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Represión

Nueva represión en Congreso: heridos en protesta contra los vetos de Milei

En la tradicional marcha de jubilados, nuevamente un fotográfo, del medio internacional AP, fue herido en la cabeza por la policía de Bullrich.

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Represión frente al Congreso: heridos en una protesta pacífica contra los vetos de Milei

Las fuerzas de seguridad avanzaron con camiones hidrantes y balas de goma contra jubilados, personal del Hospital Garrahan, Abuelas de Plaza de Mayo y asociaciones de discapacidad que se manifestaban frente al Parlamento. Un reportero gráfico fue herido en la cabeza por el chorro de un hidrante.

Una movilización reprimida en medio del debate parlamentario

Mientras la Cámara de Diputados sesionaba este miércoles, se registró una violenta represión policial frente al Congreso Nacional contra una manifestación compuesta por trabajadores del Garrahan, jubilados, personas con discapacidad y miembros de Abuelas de Plaza de Mayo. La protesta pacífica tenía como eje el rechazo a los recientes vetos del presidente Javier Milei a la Ley de Emergencia en Discapacidad, el aumento del 7,2% a las jubilaciones y la prórroga de la moratoria previsional.

El Congreso permanecía completamente vallado desde las primeras horas del día. Según constató este medio en base a registros audiovisuales de C5N, las fuerzas de seguridad avanzaron con camiones hidrantes y balas de goma, provocando al menos un herido entre los manifestantes y otro entre la prensa.

Un reportero gráfico de AP, entre los heridos

El fotógrafo Rodrigo Abd, de la agencia internacional Associated Press, fue alcanzado directamente por un chorro de agua lanzado desde un hidrante policial. «Estaba cubriendo la protesta y el chorro me tira al piso. No escucho bien. Fue un golpazo», declaró el fotoperiodista ante las cámaras del canal C5N. Las imágenes registradas muestran que el chorro fue dirigido directamente a su cabeza.

La cronista Daniela Gian, también de C5N, relató en vivo desde el lugar: “Se siente el gas en el aire. Hay personas heridas, hay una lastimada. Tenemos que estar pendientes del disparo del hidrante porque alcanza muchos metros”.

El accionar represivo ocurrió mientras dentro del recinto se discutían proyectos relacionados con el financiamiento universitario y la situación del Hospital Garrahan. Legisladores de la oposición apuntaron contra el operativo policial y lo calificaron como desproporcionado.

Un escenario de tensión creciente

La protesta de este miércoles se enmarca en un clima de creciente tensión social tras los vetos presidenciales. Desde el entorno de Unión por la Patria se convocó a movilizarse “en defensa de los sectores más vulnerables”, y se impulsan acciones legislativas para revertir las decisiones del Ejecutivo.

“En asamblea decidimos movilizarnos al Congreso para exigir la declaración de la emergencia pediátrica”, había anticipado Alejandro Lipcovich, secretario general de ATE en el Hospital Garrahan, en declaraciones reproducidas por medios nacionales. Abuelas de Plaza de Mayo también sumaron su voz: exigieron “la protección del Banco Nacional de Datos Genéticos” y reclamaron leyes de emergencia.

CABA

La Policía de Macri reprimió a un pibe de 15 años que volvía del colegio

Fue en Rivadavia y Bustamante, en las inmediaciones de la protesta por la reincorporación de Araceli Pintos, trabajadora del Subte. La Policía convirtió la calle en un lugar de peligro para un menor que solamente quería volver a su casa.

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Un chico de 15 años salía de su colegio y volvía a su casa. No estaba armado, no cometía ningún delito: era un estudiante que simplemente quería llegar a su hogar. La Policía de la Ciudad de Buenos Aires, la fuerza de seguridad que conduce el jefe de Gobierno Jorge Macri, lo alcanzó en el marco de la represión a una acción solidaria por la reincorporación de Araceli Pintos. El adolescente terminó necesitando atención médica de urgencia. La escena resume con brutalidad descarnada lo que viene siendo la política de seguridad del gobierno porteño frente a cualquier forma de organización y protesta social.

El contexto: la lucha por Araceli Pintos

El episodio ocurrió en el marco de una acción solidaria por la reincorporación de Araceli Pintos, trabajadora del subte despedida por la concesionaria Emova S.A. después de denunciar el acoso sexual reiterado de un efectivo de la propia Policía de la Ciudad en su lugar de trabajo.

El policía denunciado continúa en funciones sin consecuencias conocidas. Pintos, en cambio, perdió el empleo que había esperado ocho años para obtener. Desde entonces, trabajadores y trabajadoras del subte, organizaciones feministas y sociales vienen sosteniendo una campaña de solidaridad que incluye aperturas de molinetes, comités de apoyo, petitorios y acciones callejeras. La respuesta del Estado no fue garantizar sus derechos, sino enviar uniformados a disolver la protesta.

La represión: un menor como víctima

Según la denuncia pública realizada por el médico generalista del Hospital Argerich, Franco «Paco» Capone, en sus redes sociales y compartida por “La Izquierda Diario”, la Policía de la Ciudad reprimió brutalmente la acción solidaria y ese adolescente de 15 años, que apenas salía de su colegio, terminó necesitando atención médica. La Posta de Salud y Cuidado, junto al Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH), tuvo que asistirlo mientras se esperaba la llegada de una ambulancia.

La pregunta que se impone es elemental: ¿con qué nivel de violencia tiene que actuar una fuerza policial para que un chico de 15 años que sale de la escuela termine necesitando asistencia de emergencia? No se trataba de una persona armada, no se trataba de alguien cometiendo un delito. Era un estudiante. La Policía de la Ciudad convirtió la calle en un lugar de peligro para un menor que solamente quería volver a su casa.

Violencia institucional como política de Estado

No se trata de un hecho aislado. La Policía de la Ciudad ha protagonizado en los últimos años una sucesión de episodios de violencia desproporcionada contra manifestantes, trabajadores y sectores vulnerables. Desde la represión a jubilados que reclamaban frente al Congreso hasta el desalojo violento de vendedores ambulantes en Belgrano, el patrón se repite: una fuerza de seguridad que actúa como instrumento de disciplinamiento social antes que como garante de derechos.

El caso Araceli Pintos condensa además una cadena de impunidad institucional que va más allá de la represión callejera. Un policía acosó a una trabajadora en su lugar de trabajo; la empresa la despidió a ella; el policía siguió en funciones; y cuando sus compañeros y compañeras salieron a reclamar justicia, la misma institución que protegió al agresor original mandó efectivos a golpear a quienes protestaban, hiriendo en el proceso a un adolescente que pasaba por ahí. El círculo de la violencia institucional no podría estar más perfectamente cerrado.

La Posta y el CeProDH: quienes curan lo que el Estado rompe

Que hayan sido la Posta de Salud y Cuidado y el CeProDH quienes contuvieron y asistieron al menor herido no es un detalle menor. Ambas organizaciones llevan años cubriendo el daño que genera el accionar represivo en Buenos Aires, atendiendo a manifestantes, jubilados, trabajadores y vecinos que resultan lastimados por las fuerzas de seguridad. Su presencia sistemática en cada episodio de represión dice algo sobre el Estado: que no protege a quienes agrede, y que la tarea de reparar recae sobre colectivos de salud y derechos humanos que funcionan a pulmón.

Desde la Posta de Salud y Cuidado se repudió la represión y se exigió que se investiguen los hechos. «Ningún pibe tiene que ser víctima de la violencia policial por simplemente salir de la escuela y volver a su casa», plantearon públicamente. La frase no necesita más comentario. La Policía de la Ciudad, responsable de garantizar la seguridad, convirtió una jornada de solidaridad en una zona de peligro para menores de edad.

Lo que está en juego

El derecho a la protesta es un derecho constitucional. El derecho de un menor a circular libremente y en seguridad también lo es. Cuando la Policía de la Ciudad vulnera ambos en el mismo operativo, no está cometiendo un «exceso»: está ejecutando una política. Una política que desde el gobierno de Jorge Macri se aplica con creciente impunidad y con el silencio cómplice de quienes tienen la responsabilidad de controlar a las fuerzas de seguridad. Que el damnificado sea un estudiante de 15 años que volvía a su casa no debería generar indignación solo en las redes sociales: debería generar una investigación penal inmediata y respuestas políticas concretas.

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