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Pidieron que la quiebra de Sasetru sea investigada como delito de lesa humanidad

En 1981 apresaron a 15 de sus directivos, los forzaron a la venta del principal activo de la empresa que lo constituyó el banco BISA y por eso se realizarán 25 medidas de prueba.

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Por Leonardo Castillo.

La Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad elaboró un dictamen sobre la quiebra y liquidación del grupo económico Sasetru, orquestada durante la última dictadura cívico militar, y solicitó que se lleven a cabo medidas de prueba para determinar si ese hecho debe investigarse como un delito de lesa humanidad perpetrado por funcionarios del Banco Central que respondían al exministro de Economía José Alfredo Martínez De Hoz.

A mediados de la década del ’70, Sasetru era la principal productora de alimentos del país con más de 10 mil empleados, diez establecimientos fabriles y presencia en ciudades de Europa y América que la consolidaron como la primera multinacional argentina.

Pero los funcionarios civiles del terrorismo de Estado la empujaron a una quiebra plagada de irregularidades que constituyó un despojo, según la denuncia que impulsa Jorge Salimei, uno de sus últimos directivos.»Se trató de un genocidio laboral y económico. Lo hicieron porque Sasetru era una empresa que molestaba por su desarrollo. Pagábamos 15 sueldos por año y construíamos viviendas para nuestros trabajadores. Tenían que sacarla del medio para hacer otro modelo de país», indicó Salimei.

A pedido de la Fiscalía Federal número 10 a cargo de Paloma Ochoa, que interviene en la causa, la Procuraduría elaboró un dictamen que indica que se debe investigar si la sesión de las acciones del grupo se realizó «mediante intimidación contra la voluntad» de los directivos de la empresa.En una resolución de más de 85 páginas –emitida en diciembre pasado-, la procuradora de Crímenes contra la Humanidad, la fiscal María Ángeles Ramos, solicita investigar «las detenciones ilegales» que sufrieron los directivos de la empresa y la «venta ilegítima» del Banco Internacional (BISA) –propiedad de Sasetru- al Bank of América por parte de funcionarios de la última dictadura militar.

Sasetru se constituyó en 1949 y su nombre era un acrónimo formado por las primeras letras de los apellidos de sus tres primeros socios, Jorge Salimei (padre), Ángel Seitún y Fermín Trucco Aguinaga.

Con los años expandió sus negocios en la industria del aceite y los alimentos: exportaba el 30 por ciento de las oleaginosas y el 20 por ciento de los cereales del país.

En 1975, en pleno «Rodrigazo», una megadevaluación determinada por el Gobierno de Isabel Perón, Salimei padre muere y su hijo Jorge debe tomar su lugar en la empresa con 20 años junto con sus otros dos socios.

Tras el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la dictadura militar impuso un modelo de valorización financiera ejecutado por la gestión de José Alfredo Martínez de Hoz, que aumentó de forma exponencial la tasa de interés tuvo un efecto devastador para las empresas que necesitaban financiación.

Para contener el aumento de precios, el equipo de Martínez de Hoz definió un instrumento que se conoció como «La Tablita», para calcular el porcentaje de la devaluación de la moneda argentina.Sin embargo, la inflación aumentó mucho más que la devaluación

La empresa entró en convocatoria, y desde el Banco Central, su vicedirector Alejandro Reynal (quien desde 1991 vive fuera del país) presionó para la creación de un fideicomiso conformado por «un club de bancos» que se haría cargo de la gestión de Sasetru.

Sin embargo, el verdadero objetivo era apropiarse despojar a Sasetru de unos de sus activos más importantes: el Banco Internacional (BISA), que fue obligado a endeudarse y a girar créditos a firmas vinculadas al gobierno que nunca fueron cancelados.

El Banco Central y el Banco Provincia negaron financiación y a principios de 1981, la empresa con una deuda de más de 500 millones de dólares fue a la quiebra y obligada a vender el Internacional al Bank of América, en una operación por la cual Sasetru no percibió nada.

La operación se concretó en marzo de 1981, días antes de que Reynal terminara su gestión en el Banco Central.

El Banco de Sasetru se vendió sin autorización del juez y con una maniobra por la cual no les quedó «ni un peso» a los propietarios del grupo, según cuenta Salimei.

Tras la quiebra, 15 directivos de Sasetru fueron acusados de violar la ley de subversión económica, pero finalmente todos fueron sobreseídos en democracia. No obstante, la empresa cesó sus actividades.

Según se establece en el dictamen, «las detenciones ilegales fueron practicadas contra miembros de Sasetru y del BISA días antes de la venta del mismo por parte del BCRA», lo que pudo constituir «el verdadero móvil de las detenciones», que pasaba por «correrlos del medio».

Además, indica que el dinero de la venta del Banco Internacional, unos 150 millones de dólares, «desapareció íntegramente» y la querella que impulsa Salimei sostiene que el Bank of América «compró gratis» a la entidad financiera de Sasetru.

Esto fue posible por «la creación por parte del Banco Central de la República Argentina de unos bonos de ajuste financiero inyectados en el balance del Banco Internacional como una obligación del Estado a ser cancelada por el futuro comprador del Banco», agrega.

En 2013, Salimei presentó una denuncia para que la quiebra de Sasetru se investigue como un delito de lesa humanidad, y en la actualidad es investigada por el Juzgado Federal Número 6.

Ramos sugiere en su dictamen que se adopten 25 medidas de prueba para determinar si se cometieron delitos de lesa humanidad, entre las que figuran declaraciones de testigos e información a distintas dependencias del Estado que la fiscal Ochoa deberá ahora evaluar para determinar cómo avanza la investigación.

«Queremos que esa causa avance y que se determine la verdad. Lo de Sasetru fue parte de un delito económico de lesa humanidad cometido para establecer un modelo de país», afirmó Salimei.

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Abuelas de Plaza de Mayo alerta por la suspensión de entregas de kits de ADN en el exterior

El envío de kits de ADN no es un trámite administrativo más: es una herramienta concreta para restituir identidades. Su interrupción abre un conflicto que excede lo técnico y vuelve a poner en tensión el rol del Estado frente a los crímenes de la dictadura.

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La política de derechos humanos volvió a quedar en discusión tras la denuncia de Abuelas de Plaza de Mayo: el Gobierno habría suspendido el envío de kits de ADN a consulados argentinos en el exterior, una herramienta clave para avanzar en la identificación de hijos de desaparecidos.

La medida impacta directamente sobre personas que viven fuera del país y que sospechan haber sido apropiadas durante la última dictadura. Sin esos kits, queda interrumpida la posibilidad de realizar pruebas de filiación sin viajar a la Argentina.

Un canal de búsqueda bloqueado

Desde la Red Internacional de Abuelas en Europa señalaron que el sistema funcionaba desde hace años sin inconvenientes. A través de consulados, las muestras se tomaban bajo supervisión oficial y eran enviadas para su análisis.

El argumento oficial, según trascendió, apunta a dificultades en la custodia de las muestras. Pero desde la organización lo rechazan de plano: sostienen que el mecanismo tenía validez y respaldo institucional desde hace casi dos décadas.

Impacto en el derecho a la identidad

La decisión golpea uno de los pilares del trabajo de Abuelas: el derecho a la identidad. Se estima que alrededor de 400 bebés fueron apropiados durante el terrorismo de Estado y aún falta restituir la identidad de muchos de ellos.

Organismos advierten que la suspensión de estos dispositivos ralentiza o directamente paraliza investigaciones que dependen de la voluntad de quienes viven en el exterior para iniciar el proceso.

Denuncias de desarticulación

Referentes del espacio también apuntaron contra la falta de articulación estatal. Señalan que la CONADI y áreas vinculadas a Cancillería quedaron debilitadas, lo que repercute en la continuidad de políticas públicas construidas durante años.

Las críticas no se limitaron a lo operativo: también denunciaron un retroceso en la política de memoria, verdad y justicia, con cuestionamientos a la falta de diálogo con los organismos.

El envío de kits de ADN no es un trámite administrativo más: es una herramienta concreta para restituir identidades. Su interrupción abre un conflicto que excede lo técnico y vuelve a poner en tensión el rol del Estado frente a los crímenes de la dictadura.

En ese terreno, la denuncia de Abuelas marca algo más profundo: no sólo un problema de gestión, sino una disputa sobre el lugar que ocupan los derechos humanos en la agenda libertaria..

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