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Trump y Rubio inician una guerra contra la CPI: al único tribunal que puede juzgar a EEUU e Israel por crímenes de guerra

El secretario de Estado Marco Rubio anunció una ofensiva diplomática global para destruir la Corte Penal Internacional, presionar a aliados a abandonarla y ampliar sanciones contra sus jueces. La escalada ocurre semanas después de que tres magistradas demandaran a Trump ante un tribunal federal de Nueva York.

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El Argentino Diario-Donald Trump.
Trump avanza en una campaña diplomática para "desmantelar" la Corte Penal Internacional y sancionar a sus jueces.

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, anunció este lunes el lanzamiento de una campaña diplomática para «desmantelar» la Corte Penal Internacional (CPI), pilar central del sistema de justicia internacional, y presionar a los aliados de Washington para que abandonen el organismo, al que acusa de inmiscuirse en asuntos estadounidenses. La declaración fue acompañada de una columna de opinión publicada en The Wall Street Journal y un video difundido en redes sociales.

«La CPI representa una amenaza intolerable para la soberanía estadounidense: se arroga la autoridad para procesar e incluso encarcelar a militares y funcionarios que actúan en defensa del interés nacional de Estados Unidos», afirmó Rubio en un comunicado oficial. También acusó a la entidad de librar «una guerra contra nuestro país, no con balas ni misiles, sino con estatutos, pactos y la fuerza de lo que llaman el derecho internacional».

El plan de desmantelamiento paso a paso

La estrategia anunciada por el Departamento de Estado incluye múltiples ejes de presión. En primer lugar, la prohibición de entrada a territorio estadounidense para todo el personal de la CPI. En segundo lugar, el endurecimiento de sanciones contra sus integrantes y las organizaciones que la apoyan. Y en tercer lugar, una campaña diplomática coordinada en la que altos funcionarios de Washington, incluyendo al propio Rubio, el vicesecretario de Estado y embajadores en todo el mundo, contactarán a gobiernos extranjeros para instarlos a retirarse del organismo y cortar su financiamiento.

La ofensiva también contempla «mayor escrutinio» para aquellos países que se nieguen a repudiar la autoridad de la Corte mientras dependen de la asistencia económica o el paraguas de seguridad militar de Estados Unidos, una presión que expertos en derecho internacional califican como coerción diplomática abierta. «Utilizando todos los recursos a disposición de nuestro gobierno, trabajando codo a codo con cada aliado con quien podamos unir fuerzas, desmantelaremos la CPI, paso a paso, si es necesario», escribió Rubio en The Wall Street Journal.

En la misma columna, el secretario de Estado calificó a la CPI de estar «respaldada y dirigida por una poderosa red de organizaciones no gubernamentales de izquierda, globalistas engreídos y gobiernos hostiles del Tercer Mundo unidos por su enemistad hacia Estados Unidos». La caracterización, cargada de menosprecio hacia el sur global, evidencia la profundidad ideológica de la ofensiva.

Un conflicto que viene de lejos

Estados Unidos nunca firmó el Estatuto de Roma, el tratado fundacional de la CPI adoptado en 1998 y que entró en vigor en 2002. Desde su primer mandato, la administración Trump ya había apuntado contra el tribunal cuando este intentó investigar presuntos crímenes de guerra cometidos por personal militar estadounidense en Afganistán. La administración del presidente Joe Biden levantó aquellas sanciones, pero el segundo gobierno de Trump las retomó y profundizó.

El detonante más reciente fue la actuación de la CPI en relación con la guerra en Gaza: en 2024 el tribunal emitió órdenes de captura contra el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y el exministro de Defensa Yoav Gallant por presuntos crímenes de guerra. Washington, que considera a Israel su aliado estratégico principal, respondió con una batería de sanciones contra funcionarios de la Corte. A la fecha, la administración Trump ha impuesto medidas restrictivas contra al menos once funcionarios del organismo, incluyendo al fiscal jefe Karim Khan, sus dos fiscales adjuntos y ocho jueces, además de una relatora especial de Naciones Unidas y tres organizaciones palestinas de derechos humanos.

Las juezas que demandaron a Trump

El anuncio de Rubio se produce en un contexto de creciente contraofensiva legal desde el interior mismo del tribunal. El 25 de junio pasado, tres juezas sancionadas presentaron una demanda ante el Tribunal Federal del Distrito Sur de Nueva York contra el presidente Trump y su gabinete. Las magistradas son Kimberly Prost (Canadá), Solomy Balungi Bossa (Uganda) y Reine Alapini-Gansou (Benín), y solicitan que se declare ilegal la Orden Ejecutiva 14203, firmada por Trump el 6 de febrero de 2025, y que se levanten las sanciones en su contra.

El documento judicial, de 66 páginas, argumenta que las sanciones constituyen «una pena de muerte financiera» y que fueron impuestas «simplemente por desempeñar» funciones judiciales. La jueza Prost denunció concretamente la congelación de su cuenta bancaria en Estados Unidos, el bloqueo de tarjetas de crédito y la cancelación de sus cuentas en plataformas como Amazon, Google y Expedia. Su proveedor de seguro médico rechazó pagar reclamaciones y otras empresas del sector le negaron cobertura. La demanda señala que la orden ejecutiva excede las competencias presidenciales, contradice legislación aprobada por el Congreso y vulnera obligaciones internacionales asumidas por Estados Unidos.

James Goldston, codirector legal de la jueza Prost y de la Open Society Justice Initiative, afirmó que Washington utiliza estas sanciones para presionar a los jueces a emitir fallos favorables a la administración en casos vinculados a crímenes de guerra. «Estos jueces están siendo castigados por ejercer sus funciones judiciales de forma independiente», señaló. Se trata de la quinta impugnación judicial contra la Orden Ejecutiva 14203, y la primera presentada directamente por miembros de la CPI.

El multilateralismo en la cuerda floja

La CPI tiene el mandato de juzgar crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y genocidio, y cuenta con el respaldo formal de 125 Estados partes, entre los que se encuentran casi todas las democracias occidentales. La Corte, que depende del apoyo diplomático y financiero externo para operar, rechazó la ofensiva de Washington con una declaración en la que advirtió que las medidas estadounidenses representan «un claro intento de socavar la independencia de una institución judicial internacional».

La nueva estrategia plantea un dilema de fondo para los aliados tradicionales de Washington. Muchos de ellos son Estados parte de la CPI y están jurídicamente comprometidos con su funcionamiento; al mismo tiempo, dependen de la cooperación militar, económica e inteligencia de Estados Unidos. La presión de Rubio los pone ante una disyuntiva que tensiona las alianzas transatlánticas y erosiona la arquitectura multilateral construida tras la Segunda Guerra Mundial.

Sobre este punto, la administración Trump también exigió a la CPI que modifique el Estatuto de Roma para impedir que el organismo pueda investigar o procesar a Trump una vez que abandone el cargo en 2029, un proceso que requiere el respaldo de dos tercios de los 125 países miembros y que la mayoría de los analistas considera políticamente inviable.

Puntos clave

  • Rubio anunció una campaña diplomática para «desmantelar» la CPI, con prohibición de ingreso a funcionarios de la Corte al territorio estadounidense y presión sobre aliados para que se retiren del organismo.
  • La administración Trump ya sancionó a once funcionarios de la CPI, incluyendo al fiscal jefe Karim Khan, ocho jueces y ambos fiscales adjuntos.
  • Tres juezas (Prost, Bossa y Alapini-Gansou) demandaron a Trump el 25 de junio ante el Tribunal Federal del Distrito Sur de Nueva York, calificando las sanciones de «pena de muerte financiera».
  • La CPI fue creada en 2002 para juzgar crímenes de guerra y lesa humanidad, y cuenta con el respaldo de 125 Estados; Estados Unidos nunca firmó el Estatuto de Roma.
  • El conflicto se intensificó tras las órdenes de captura de la CPI contra Netanyahu por presuntos crímenes de guerra en Gaza, emitidas en 2024.

América Latina

Brasil lanzó su campaña presidencial: Lula lidera en las encuestas pero la derecha disputa el Congreso

El pasado domingo arrancó formalmente la campaña presidencial en Brasil. Con 158,7 millones de electores habilitados y las elecciones fijadas para el 4 de octubre, el escenario es de polarización total entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro. Las encuestas favorecen al oficialismo, pero la batalla real se libra en el Congreso, donde el Centrão y la renovación del Senado pueden condicionar cualquier gobierno por la próxima década.

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La República Federativa de Brasil activó su maquinaria electoral. El domingo pasado comenzó formalmente la campaña presidencial y lo que en la superficie parece un reencuentro conocido entre dos bloques irreconciliables adquiere, en este ciclo, una dimensión institucional que va mucho más allá de la disputa por el Palacio do Planalto. La elección del 4 de octubre no solo definirá quién gobierna Brasil hasta 2030; también reconfigurará la composición del Congreso Nacional y, con ella, el equilibrio de poderes de la república por al menos una década.

La tercera vía fracasó: el escenario es binario

La contienda se perfila como una reedición del duelo de 2022, pero con nuevos protagonistas en el campo opositor. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva, acompañado por el vicepresidente Geraldo Alckmin, encabeza una amplia coalición democrática. Frente a él, Flávio Bolsonaro asumió el liderazgo del Partido Liberal (PL) y la representación orgánica del bolsonarismo, tras la inhabilitación electoral de su padre, Jair Bolsonaro, procesado por el intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2023.

Las denominadas «terceras vías» no lograron despegar. Los candidatos ajenos al duelo central se mantienen estancados entre el 3% y el 9% de intención de voto, lo que consolidó una contienda netamente binaria. En un sistema de doble vuelta con voto obligatorio, donde el índice de rechazo absoluto opera como techo electoral, la elección se perfila como un plebiscito de identidades políticas irreconciliables.

Las encuestas y sus metodologías

El mapa de las intenciones de voto muestra divergencias según la metodología empleada. Las encuestadoras que utilizan entrevistas presenciales y domiciliarias, como Datafolha y Quaest, captan con mayor precisión el voto de los sectores de menores ingresos en regiones periféricas y otorgan ventajas consistentes a Lula. Las firmas que trabajan con reclutamiento digital aleatorio, como AtlasIntel, reflejan un escenario más competitivo, ya que capturan el pulso de un electorado joven y digitalmente activo, más permeable a las narrativas de la oposición.

En el Nordeste, bastión histórico del lulismo y principal ancla electoral del PT, Quaest registra una ventaja de 29 puntos porcentuales para el oficialismo: 54% frente al 25% de Flávio Bolsonaro. Para compensar esa desventaja estructural, el Partido Liberal necesita márgenes de victoria abrumadores en la región Sur, donde sostiene una diferencia de 13 puntos cimentada en el conservadurismo agrario y el histórico antipetismo.

El verdadero campo de batalla es el Sudeste, que concentra el 41,7% del padrón electoral nacional. En São Paulo, Minas Gerais y Río de Janeiro, Quaest detecta un empate técnico con leve ventaja numérica para Lula (40% a 37%), una variable que sustenta su favoritismo en las proyecciones nacionales. A nivel de género, Lula conserva una ventaja sustancial entre las mujeres (47% a 34%), mientras que entre los varones la disputa está en empate técnico. El dato más preocupante para la izquierda es el electorado juvenil (16 a 24 años), donde la competencia es excepcionalmente estrecha (42% a 40%), lo que evidencia la penetración cultural de la derecha a través de la digitalización del discurso político.

El factor evangélico y la demografía religiosa

La demografía religiosa es quizás el clivaje más dinámico de la política brasileña. El segmento evangélico, que representa una porción creciente del electorado, mantiene un alineamiento casi dogmático con las plataformas de la derecha conservadora. Flávio Bolsonaro, respaldado por estructuras eclesiásticas como la Asamblea de Dios Victoria en Cristo, registra ventajas de hasta 22 puntos porcentuales sobre el oficialismo en ese grupo demográfico. La Iglesia como maquinaria electoral es uno de los activos más difíciles de contrarrestar para el PT.

El Centrão: la gobernabilidad tiene precio

La Cámara de Diputados, compuesta por 513 escaños, opera bajo el amparo del Centrão: un bloque de partidos de centro y centro-derecha (PP, União Brasil, Republicanos, PSD, MDB) con una capacidad de extracción de recursos presupuestarios sin equivalente en América Latina. El mecanismo son las enmiendas parlamentarias, que permiten a diputados y senadores dirigir fondos directamente a sus bastiones electorales.

La sumisión del Ejecutivo a esta dinámica es estructural. A lo largo del primer semestre de 2026, el gobierno de Lula liberó 33.890 millones de reales en enmiendas parlamentarias para garantizar el avance de su agenda legislativa. La paradoja es que el Partido Liberal (PL), principal partido opositor, concentró la mayor tajada: 3.100 millones de reales, frente a los 2.160 millones del PT gobernante. Quien gane la presidencia en octubre heredará esta misma lógica: gobernar Brasil exige pagar peaje en el Congreso.

El Senado: la disputa que puede cambiar la próxima década

Las elecciones de 2026 son especialmente críticas porque implican la renovación de dos tercios de la Cámara Alta: 54 de los 81 escaños del Senado Federal quedan en disputa. Con mandatos de ocho años, esta renovación puede alterar de forma irreversible la fisonomía política del país. Actualmente el Senado exhibe una correlación de fuerzas marcadamente conservadora.

El Senado posee competencias exclusivas que lo convierten en una pieza clave del sistema: ratifica a los directores del Banco Central, aprueba embajadores, confirma designaciones al Supremo Tribunal Federal (STF) y, en términos críticos, tiene la facultad de procesar y destituir a sus magistrados. Si la derecha alcanza los 41 escaños (mayoría absoluta), obtendría el andamiaje institucional para promover juicios políticos contra figuras como Alexandre de Moraes y condicionar la agenda judicial de cualquier gobierno de signo progresista por años.

El rol del STF y las tensiones institucionales

Think tanks internacionales como Chatham House y el Center for Strategic and International Studies (CSIS) advierten sobre una degradación paulatina de las normas democráticas en Brasil. En ese marco, el Supremo Tribunal Federal y en particular las medidas del juez Alexandre de Moraes frente a las redes sociales y la desinformación funcionan como un dique de contención del sistema electoral, aunque profundizan la confrontación interna y generan fricciones con sectores conservadores en el país y en el exterior.

El 4 de octubre, Brasil elegirá mucho más que un presidente. Quien asuma el Planalto en enero de 2027 gobernará bajo la tutela financiera del Centrão y bajo la vigilancia de un Senado potencialmente hostil. En la mayor democracia de América del Sur, ganar la presidencia es solo el primer paso; el verdadero desafío es no quedar atrapado en el laberinto de la propia gobernabilidad.

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