Columna
Gaza: entre esqueletos andantes y la complacencia de Occidente
La tragedia humanitaria que vive el pueblo palestino es insostenible, así los poderosos la ignoren.
Por Consuelo Ahumada
Sin duda, es uno de los episodios más impactantes entre los múltiples horrores conocidos en esta pesadilla sin fin: la masacre que dejó al menos 112 personas muertas y más de 760 heridas en el norte de Gaza, cuando se aglomeraban frente a un convoy de camiones con comida.
El ejército israelí disparó a la multitud, como lo evidencian testimonios de los sobrevivientes e imágenes satelitales. Netanyahu y su banda de asesinos responsabilizaron a la multitud hambrienta y a los conductores palestinos por la avalancha y la masacre. Los soldados dispararon al aire solo para defenderse, señaló su informe preliminar.
Los países expresaron su repudio. La Autoridad Palestina habló de “atroz matanza”. Biden, azorado en medio de su campaña electoral, afirmó que miraría si Israel había violado el DIH. Su país ha vetado tres veces el alto al fuego en el Consejo de Seguridad y la declaración en contra de la masacre que presentó Argelia el día después.
La presidenta de la UE expresó su consternación y Macron su indignación. El Vaticano se pronunció con contundencia. Pero nada pasa y el genocidio continúa.
Algunos miembros del Gobierno israelí aplaudieron lo sucedido. Los militares “actuaron de manera excelente contra una turba de Gaza que intentó dañarlos”, señaló Ben Gyir, ministro de Seguridad Nacional. Pidió impedir cualquier entrada de ayuda por considerarla “oxígeno para Hamás”.
Las personas deambulan como esqueletos andantes, entre basura y cadáveres en descomposición. Disputan el pasto con los animales para tratar de mitigar el hambre
Lo cierto es que la tragedia humanitaria que vive Gaza es insostenible, así los poderosos la ignoren. Huda Emad Hegazi, valiente corresponsal de la W en Gaza, entrevistó a Hosni Muhanna, portavoz de la municipalidad, quien contó que las personas deambulan como esqueletos andantes, entre basura y cadáveres en descomposición. Disputan el pasto con los animales para tratar de mitigar el hambre. No hay leche para niños y madres lactantes. Una ciudad fantasmal.
Tras cinco meses de ataques aéreos y terrestres, han sido asesinadas más de 30.000 personas, 80 % de las cuales mujeres y niños. Hay más de 70.000 heridos, sin ninguna atención médica. Las cifras dan cuenta solo de quienes llegan a los hospitales, ahora por completo destruidos.
Se calculan al menos 8.000 personas bajo los escombros. No hay excavadoras para rescatar a los vivos y cadáveres. Entre tanto, Israel recurre a la IA para obtener mejores resultados con sus ataques.
Según la ONU, no hay cifras parecidas en conflictos recientes. En Gaza muere más gente por día que en Irak y Siria, incluso en sus peores días. O en Ucrania.
Haifa Zangana, escritora y activista política iraquí, llama la atención sobre un asunto gravísimo que tiene que ver con su experiencia de resistencia en su propio país: el ecocidio ambiental. Al destruir los edificios se liberan químicos y sustancias tóxicas como el asbesto, que se quedan en la tierra por la que caminan y en el agua que consumen. A ello se suman los químicos de las bombas, como el temible fósforo blanco.
Denuncia también que veinte años después de la invasión de EE. UU. a Irak, sufren un incremento de cáncer y de malformaciones en recién nacidos. Muchas mujeres se niegan a quedar embarazadas, porque temen que sus bebés nazcan con deformaciones horrorosas.
Y concluye de manera contundente: “Para aliviar la crisis humanitaria de Gaza hay que dejar de venderle armas a Israel”
La mayor tensión está ahora en Rafat, en la frontera con Egipto. El ejército israelí bombardea permanentemente y amenaza con una incursión terrestre. Allí también las escenas son escalofriantes: “Estamos aterrorizados sin saber a dónde escapar” dice una mujer. Dos tercios de la población de Gaza fueron desplazados desde el norte. Sobreviven en tiendas de campaña, en condiciones infrahumanas.
La ayuda humanitaria para la Franja es cada vez menor. Sin investigación alguna, Israel acusó a 12 funcionarios de la agencia UNRWA de la ONU de ser cómplice de Hamás. Esto llevó a 20 países, entre ellos EE. UU. y varios europeos, a suspender la ayuda.
Durante 75 años esta agencia ha sido fundamental para proveer servicios vitales a más de 6 millones de palestinos de la región. La Media Luna Roja se ha visto también envuelta en acusaciones similares.
Un documento de trabajo filtrado del Ministerio de Inteligencia de Israel propone expulsar a la población de Gaza, a la fuerza y para siempre, al Sinaí egipcio cuanto antes.
Según el plan presentado hace unos días, El día después de Hamás, el Gobierno israelí busca mantener el control de todos los ámbitos de la vida de la Franja y estrechar su ocupación de Cisjordania y Jerusalén oriental.
“Gaza debe ser más pequeña al final de la guerra […]. El que empieza una guerra con Israel debe perder territorio”, adelantaba ya antes de la invasión terrestre Gideon Saar, ministro del Gobierno de emergencia.
Podrían mencionarse otras declaraciones siniestras sobre la suerte de la Franja. Amijai Eliyahu propuso el lanzamiento de una bomba atómica; el vicepresidente del Parlamento, Nissim Vaturi, pidió “borrar Gaza de la faz de la tierra”, porque allí “no hay inocentes”; Yoav Gallant, ministro de defensa, anunció un “cerco completo”: ”ni electricidad, ni comida, ni combustible” y clamó haber eliminado “todos los límites” para combatir a los “animales humanos” de Hamás. Claramente, no se trata solo de acabar con Hamás sino con el pueblo palestino.
Hace un mes se pronunció la CIJ ante la demanda de Sudáfrica y le ordenó a Israel adoptar todas las medidas necesarias para impedir actos de genocidio. Pero su pronunciamiento de fondo todavía demora e Israel ha intensificado los bombardeos y crímenes. A estas alturas, poco importa si es genocidio o crimen de lesa humanidad.
A raíz de esta última masacre, Gustavo Petro llamó genocida a Netanyahu, le recordó el Holocausto, y anunció la suspensión de la compra de armas a Israel. Una decisión valiente, dados los vínculos históricos al respecto entre los dos países. Después acusó a EE. UU. y a la Unión Europea de ser cómplices del genocidio.
Pero nada pasa y el exterminio del pueblo palestino sigue.
Columna
Humanizar el capital
“No se trata de resistir, se trata de avanzar. No se trata de oponerse, se trata de proponer. No se trata de gritar, se trata de conversar».
Por Cristian Dodaro
Integrante del Espacio de Comunicación Sindical
Docente e investigador en comunicación
Frente a un oficialismo que parece creer que la verdad se decreta emerge con fuerza una oportunidad: salir al territorio, escuchar y, desde allí, construir los consensos que humanicen la economía. Nada bueno puede hacerse diciéndole a todo el país desde Palermo lo que hay que hacer.
Dos Argentinas, dos lenguajes
En una esquina de la discusión pública, el Gobierno nacional y sus voceros insisten en un relato. Hablan de «cepos al trabajo», de «flexibilización» y «modernización laboral». Son las mismas recetas, con distintos eufemismos, que buscan transferir ingresos de trabajadores a empresarios, debilitar la organización sindical y precarizar las condiciones laborales.
Frente a esto los sindicatos, los movimientos sociales y referentes políticos tienen en sus manos una respuesta que permite rechazar el guión de la polarización estéril. La consigna es Humanizar el Capital, un concepto que busca poner la economía al servicio del pueblo.
Pero lo más revolucionario no es solo el qué, sino el cómo. La propuesta reconoce que una idea, por más justa que se considere, no se impone por decreto. Debe ser puesta en común.
El plan: contagiar la idea, no imponerla
El núcleo de esta estrategia es combinar acciones territoriales, medios y redes. El objetivo es claro: salir de la trampa de hablar solo para los convencidos.
La hoja de ruta es opuesta a la lógica de los chicos que se hablan a si mismos en streams. En lugar de decir qué hacer, propone «salir a escuchar»: ir sistemáticamente a fábricas, talleres, clubes y plazas. Construir una red orgánica, «de abajo hacia arriba, horizontal y colectiva».
Las acciones son concretas y buscan generar adhesión, no solo rechazo. «Caravanas de la Dignidad» que recorran polos industriales; «Asambleas Abiertas» en plazas centrales. Una campaña de «Escanea la Dignidad», donde murales y stickers con códigos QR en fábricas recuperadas y espacios públicos lleven a la gente a testimonios, propuestas legislativas y datos contrastados.
La narrativa: construir desde lo positivo
Mientras el oficialismo se empeña en etiquetar a sus opositores, este plan busca construir atributos positivos para el sindicalismo y el peronismo: «Defensores históricos de la dignidad laboral», «Constructores del modelo productivo nacional», «Innovadores en derechos laborales». Al mismo tiempo, expone al libertarianismo como lo que es «deshumanizador», «regresivo» y «elitista».
«Mientras el pueblo sufre, ellos doman reposeras».
Los ejes de debate están planteados en un lenguaje claro y directo, pensado para las redes y la calle:
«Más tiempo para vivir, misma plata para vivir» (Reducción de la jornada laboral).
«Ni esclavos digitales ni emprendedores frustrados» (Regulación de plataformas).
«El que pone el cuerpo tiene derecho al fruto» (Participación en las ganancias).
«Los que más tienen, más aportan – menos conferencias, más soluciones» (Tributación a grandes fortunas).
La oportunidad: la política del diálogo vs. la soberbia del monólogo
El contexto es propicio. La fatiga de la sociedad ante la grieta permanente abre una ventana para quienes propongan un camino de conversación y construcción. «No se trata de resistir, se trata de avanzar. No se trata de oponerse, se trata de proponer. No se trata de gritar, se trata de conversar».
La verdadera apuesta es demostrar que la fuerza no está en la capacidad de gritar más fuerte desde un micrófono, sino en la habilidad de tejer consensos en el barro del territorio. Es una apuesta arriesgada, que requiere paciencia y humildad, dos virtudes escasas en la política argentina actual.
Mientras el Gobierno confía en la potencia de su relato unidireccional, esta otra estrategia apuesta a que las soluciones duraderas no nacen en los escritorios ni espacios de stream sino de la capacidad de «humanizar hasta lo que parece inhumano». En un país sediento de soluciones y hastiado de enfrentamientos vacíos, hay que escuchar y debatir.
Puede ser el único camino real para generar los consensos que la Argentina necesita.
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