Columna
Humanizar el capital
“No se trata de resistir, se trata de avanzar. No se trata de oponerse, se trata de proponer. No se trata de gritar, se trata de conversar».
Por Cristian Dodaro
Integrante del Espacio de Comunicación Sindical
Docente e investigador en comunicación
Frente a un oficialismo que parece creer que la verdad se decreta emerge con fuerza una oportunidad: salir al territorio, escuchar y, desde allí, construir los consensos que humanicen la economía. Nada bueno puede hacerse diciéndole a todo el país desde Palermo lo que hay que hacer.
Dos Argentinas, dos lenguajes
En una esquina de la discusión pública, el Gobierno nacional y sus voceros insisten en un relato. Hablan de «cepos al trabajo», de «flexibilización» y «modernización laboral». Son las mismas recetas, con distintos eufemismos, que buscan transferir ingresos de trabajadores a empresarios, debilitar la organización sindical y precarizar las condiciones laborales.
Frente a esto los sindicatos, los movimientos sociales y referentes políticos tienen en sus manos una respuesta que permite rechazar el guión de la polarización estéril. La consigna es Humanizar el Capital, un concepto que busca poner la economía al servicio del pueblo.
Pero lo más revolucionario no es solo el qué, sino el cómo. La propuesta reconoce que una idea, por más justa que se considere, no se impone por decreto. Debe ser puesta en común.
El plan: contagiar la idea, no imponerla
El núcleo de esta estrategia es combinar acciones territoriales, medios y redes. El objetivo es claro: salir de la trampa de hablar solo para los convencidos.
La hoja de ruta es opuesta a la lógica de los chicos que se hablan a si mismos en streams. En lugar de decir qué hacer, propone «salir a escuchar»: ir sistemáticamente a fábricas, talleres, clubes y plazas. Construir una red orgánica, «de abajo hacia arriba, horizontal y colectiva».
Las acciones son concretas y buscan generar adhesión, no solo rechazo. «Caravanas de la Dignidad» que recorran polos industriales; «Asambleas Abiertas» en plazas centrales. Una campaña de «Escanea la Dignidad», donde murales y stickers con códigos QR en fábricas recuperadas y espacios públicos lleven a la gente a testimonios, propuestas legislativas y datos contrastados.
La narrativa: construir desde lo positivo
Mientras el oficialismo se empeña en etiquetar a sus opositores, este plan busca construir atributos positivos para el sindicalismo y el peronismo: «Defensores históricos de la dignidad laboral», «Constructores del modelo productivo nacional», «Innovadores en derechos laborales». Al mismo tiempo, expone al libertarianismo como lo que es «deshumanizador», «regresivo» y «elitista».
«Mientras el pueblo sufre, ellos doman reposeras».
Los ejes de debate están planteados en un lenguaje claro y directo, pensado para las redes y la calle:
«Más tiempo para vivir, misma plata para vivir» (Reducción de la jornada laboral).
«Ni esclavos digitales ni emprendedores frustrados» (Regulación de plataformas).
«El que pone el cuerpo tiene derecho al fruto» (Participación en las ganancias).
«Los que más tienen, más aportan – menos conferencias, más soluciones» (Tributación a grandes fortunas).
La oportunidad: la política del diálogo vs. la soberbia del monólogo
El contexto es propicio. La fatiga de la sociedad ante la grieta permanente abre una ventana para quienes propongan un camino de conversación y construcción. «No se trata de resistir, se trata de avanzar. No se trata de oponerse, se trata de proponer. No se trata de gritar, se trata de conversar».
La verdadera apuesta es demostrar que la fuerza no está en la capacidad de gritar más fuerte desde un micrófono, sino en la habilidad de tejer consensos en el barro del territorio. Es una apuesta arriesgada, que requiere paciencia y humildad, dos virtudes escasas en la política argentina actual.
Mientras el Gobierno confía en la potencia de su relato unidireccional, esta otra estrategia apuesta a que las soluciones duraderas no nacen en los escritorios ni espacios de stream sino de la capacidad de «humanizar hasta lo que parece inhumano». En un país sediento de soluciones y hastiado de enfrentamientos vacíos, hay que escuchar y debatir.
Puede ser el único camino real para generar los consensos que la Argentina necesita.
Por Jesús Rivero*
Deseo comenzar por la etimología de transmisión, porque como planteaba Jacques Marie Emile Lacan, el origen me colma.
Transmisión etimológicamente significa acción y efecto de hacer circular una cosa, más allá.
¿Qué se transmite?
El objeto petit “a» que agujerea al sujeto-sujetado y lo sostiene desde su pérdida.
¿Es pedagógico?
Se puede decir que no. Aunque las palabras no pueden decir todo.
Éste petit “a» de Jacques Lacan es su invento privilegiado, ya que a la nada le cedió un lugar topológico, lo nombró y dio (donó) existencia.
Falta irreductible que opera más allá del sujeto supuesto saber. Es la hiancia que motoriza el deseo. Lacan en su última enseñanza transmite esto, la cosa, el ruido. No un supuesto saber platónico y universal, esto obtura.
Hagan la prueba, pongan sobre un escritorio una piedra y un libro frente a una audiencia y observen las miradas de dicha audiencia, que se transmite. El ruido, la enunciación del enunciado. El dicho del decir del disertante, cuyo rasgo unario, no tiene que ver con la pedagogía. Lo que se transmite es otra cosa, el objeto petit “a».
Lo que todos buscan en este movimiento, que es el peronismo, cuyo significante vacío busca negociar con un significado. Es el punto de capitón que anuda la significación. Esta lucha casi interminable que auguran para siempre los opositores, pero nadie mejor que ellos saben, que dicha disputa de poder (lucha de clases) siempre llega a su anudamiento.
El significante vacío sin negociación, no es nada. La problemática es intentar identificar un líder, sin transmisión. Sin hacer circular una cosa, más allá. Esto no puede ser forzado, no es pedagógico, responde a la lógica de la falta, de lo que se perdió. El mismo Sigmund Freud en “Psicología de las masas y análisis del yo” planteó que “las masas no se identifican al ideal del yo, sino que se identifican entre sus yoes, al objeto ideal que es el líder». Es decir, no hay identificación al significante, sino entre las masas a un rasgo, que es el objeto ideal.
Este objeto (poder) no es pedagógico. No se aprende, se comprende. La conducción no es para cualquiera, se tiene o no se tiene. Todos tienen el bastón de mariscal en la mochila, pero no todos saben transmitirlo. De aquí, vemos a grandes teóricos no entender la fórmula de dicha conducción, nunca la van a entender, porque no se entiende se comprende.
El mismo Juan Domingo Perón, que en lo singular creo es el mejor en conducción, no decía: “la política no se aprende, se comprende, y solamente comprendiendo es posible realizarla racionalmente. Decía el Mariscal de Sajonia que él tenía una mula que lo había acompañado en más de diez campañas, pero decía que la mula no sabía nada de estrategia. Lo peor es que él pensaba que muchos de los generales que también lo habían acompañado, sabían lo mismo; hay hombres que toda su vida han hecho política, pero nunca la han comprendido. El éxito será siempre para quien la haya comprendido, no para el que pretenda aprenderla”.
Hoy en día hay muchos que pretenden aprenderla, y hay pocos que desde el exilio, cárcel o proscripción, la comprenden. Es cuestión de tiempo y comprensión, no de pedagogía.
*escritor y activista político.
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