DDHH
Indignante: genocidas culpables del Terrorismo de Estado piden Habeas corpus
La estrategia para lograr prisión domiciliaria. Entre los represores solicitantes, se encuentran figuras como Jorge «Tigre» Acosta y Juan Daniel Amelong.
Lo que tenés que saber
- Organizaciones defensoras de represores presentaron un habeas corpus para pedir prisión domiciliaria.
- La Cámara Nacional de Apelaciones ordenó nuevos informes sobre las condiciones de los presos.
- Dos sobrevivientes de la dictadura desmintieron los argumentos presentados en favor de los genocidas.
- Entre los represores solicitantes, se encuentran figuras como Jorge «Tigre» Acosta y Juan Daniel Amelong.
- Las organizaciones pro-represores alegan que la edad avanzada y la situación penitenciaria justifican el beneficio.
Nueva estrategia legal de los represores
Recientemente, los represores de la última dictadura cívico-militar detenidos en cárceles nacionales presentaron una nueva estrategia legal para conseguir la prisión domiciliaria. A través de un habeas corpus, diversas organizaciones que defienden a los responsables de crímenes de lesa humanidad intentaron que la justicia les conceda el beneficio, basándose principalmente en la edad de los involucrados y las supuestas malas condiciones del Servicio Penitenciario Federal. Aunque el recurso fue rechazado inicialmente por un juzgado nacional, la Cámara Nacional de Apelaciones decidió pedir informes adicionales a la justicia federal.
Los defensores de los genocidas
Organizaciones como la Asociación Abogados por la Justicia y la Concordia, que se dedican a defender a represores, fueron las que impulsaron este habeas corpus. Cecilia Pando, una conocida defensora de genocidas y presidenta de la Asociación de Familiares y Amigos de los Presos Políticos de Argentina, figura en el recurso. En un mensaje publicado en redes sociales, la entidad denunció que «la justicia nacional se encuentra investigando a la totalidad de los jueces federales por el trato deparado a los militares y policías presos por la guerra de los 70».
Argumentos para la prisión domiciliaria
El pedido se basa en la presunta vulnerabilidad de los represores, que argumentan que su avanzada edad y problemas de salud requieren condiciones más benignas de detención. Las organizaciones que abogan por la excarcelación sostienen que la Convención Interamericana de Protección a Personas Mayores obliga al Estado a ofrecer alternativas a la prisión carcelaria menos gravosas. Además, afirman que el sistema penitenciario está «superpoblado» y en «emergencia».
Respuesta de la justicia
El Juzgado Nacional y en lo Criminal y Correccional Número 27 rechazó el habeas corpus, al no haberse verificado «obstaculizaciones o incumplimientos concretos» en cuanto a los derechos de los detenidos. Sin embargo, la Cámara Nacional de Apelaciones ordenó que se pidan nuevos informes sobre las condiciones de los presos y convocó a una audiencia con representantes de diversos organismos, como el Servicio Penitenciario Federal y el Ministerio Público Fiscal.
Actividades y condiciones en prisión
En respuesta a los argumentos sobre la superpoblación y las malas condiciones carcelarias, el Servicio Penitenciario, que depende del Ministerio de Seguridad de la Nación, explicó que en la Unidad 34 de Campo de Mayo, donde están alojados varios represores, no se observan tales complicaciones. Según el informe, los detenidos tienen acceso a actividades recreativas como caminatas guiadas, clases de tenis, yoga y piano, entre otras.
Los represores que buscan prisión domiciliaria
El habeas corpus incluye a más de 80 represores condenados por crímenes de lesa humanidad, algunos de los cuales están involucrados en los peores horrores de la dictadura. Entre ellos se encuentra Jorge «Tigre» Acosta, ex jefe del centro clandestino de detención de la ESMA, condenado por 82 crímenes de lesa humanidad. Otro nombre destacado en la lista es Juan Daniel Amelong, responsable de múltiples asesinatos y torturas en el contexto del terrorismo de Estado.
Desmentidos de los sobrevivientes
Dos sobrevivientes de la dictadura, Rufino Jorge Almeida y Graciela Beatriz Daleo, se presentaron ante la justicia para refutar los argumentos de las organizaciones pro-represores. En su escrito, señalaron que el habeas corpus no estaba destinado a todos los mayores de 65 años en prisión, sino exclusivamente a los genocidas. Además, adjuntaron un informe de la Secretaría de Derechos Humanos de 2022 que desmentía las acusaciones sobre las malas condiciones de detención y demostraba que las necesidades de salud de los presos están siendo atendidas adecuadamente.
Represores y sus condenas
Entre los represores que figuran en el habeas corpus, además de Acosta, están figuras como Eduardo Emilio Kalinec, condenado por crímenes cometidos en los centros clandestinos del Circuito ABO. Kalinec, al igual que otros, sigue buscando la prisión domiciliaria amparado en su edad y su estado de salud.
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A 71 años del bombardeo a Plaza de Mayo: la masacre impune que sigue sin condena
El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma.
El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron y alrededor de 2.000 resultaron heridos. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma: donde antes caían bombas, hoy caen sentencias judiciales fabricadas a medida.
El día que las Fuerzas Armadas atacaron al pueblo
El jueves 16 de junio de 1955 amaneció como un día de confrontación abierta entre el gobierno de Juan Domingo Perón y sectores del establishment eclesiástico, militar y empresarial que buscaban su caída. A media mañana, decenas de aviones de la Aviación Naval y parte de la Fuerza Aérea despegaron con un objetivo preciso: asesinar al presidente constitucional y derrocar el gobierno peronista.
Las bombas cayeron sobre la Plaza de Mayo y las calles aledañas. Las aeronaves, que llevaban inscripta la leyenda «Cristo vence» como símbolo de la alianza entre el catolicismo conservador y los sectores golpistas, atacaron sin distinción a los civiles congregados. Uno de los proyectiles impactó directamente contra un trolebús repleto de pasajeros. El saldo de la masacre fue de más de 350 muertos y cerca de 2.000 heridos, en lo que representó el mayor ataque armado a la población civil en suelo argentino hasta entonces.
Perón se refugió en el Edificio Libertador. Las tropas leales al Gobierno frenaron el alzamiento esa misma tarde. Los golpistas que no lograron escapar fueron sometidos a consejos de guerra, pero los principales responsables se exiliaron en Uruguay, donde el presidente Luis Batlle les otorgó asilo político. Entre los implicados en los hechos de aquella jornada figuraba un joven oficial, Eduardo Emilio Massera, quien años después encabezaría uno de los comandos de la dictadura genocida de 1976.
El contexto político: lo que no podían ganar en las urnas
El ataque del 16 de junio no fue un hecho aislado. Se inscribió en una estrategia política de sectores que comprendían que el peronismo era imbatible en elecciones libres. En 1954, el oficialismo había obtenido el 62,54% de los votos, consolidando una base popular que ninguna fuerza opositora podía erosionar por vías democráticas. A esa fortaleza electoral se sumaba una distribución del ingreso sin precedentes en América Latina: bajo la gestión peronista, los trabajadores alcanzaron una participación de alrededor del 53% en el PBI, un dato que irritaba profundamente a las élites económicas tradicionales.
El conflicto con la Iglesia Católica, desatado tras la sanción de la ley de divorcio y la eliminación de la educación religiosa en las escuelas públicas, les proveyó a los sectores conservadores una coartada moral para acelerar el camino del golpe. La masacre del 16 de junio fue la primera expresión de esa alianza entre el poder económico concentrado, la jerarquía eclesiástica y fracciones de las Fuerzas Armadas.
La impunidad como política de Estado
El bombardeo fracasó como golpe de Estado en junio, pero logró su objetivo tres meses después. El 16 de septiembre de 1955 la autodenominada Revolución Libertadora derrocó a Perón, quien partió al exilio y no regresaría al país hasta 1973, luego de 18 años de proscripción. Los crímenes cometidos el 16 de junio nunca fueron juzgados con la profundidad que merecían. La masacre permaneció impune, borrada del relato hegemónico durante décadas, mientras se amplificaba mediáticamente la reacción espontánea de militantes que indignados incendiaron algunas iglesias aquella misma noche.
La Revolución Libertadora proscribió al peronismo, persiguió a sus militantes y sindicalistas, fusiló opositores en los basurales de José León Suárez y firmó el primer acuerdo con el Fondo Monetario Internacional en la historia argentina. El ciclo de violencia política inaugurado aquel 16 de junio no se cerró en 1955: se prolongó, con diferentes intensidades y métodos, durante décadas.
71 años después: la misma matriz, distintas herramientas
A 71 años del bombardeo, el odio al peronismo sigue vigente aunque ya no cae desde el cielo en forma de bombas. Opera hoy en los tribunales, en los sets de televisión, en los escritorios de jueces funcionales al poder económico. La condena a Cristina Fernández de Kirchner en la causa Vialidad, en diciembre de 2022, debe leerse en esa continuidad histórica: una proscripción no por medios militares, sino judiciales; no con aviones, sino con sentencias diseñadas sin pruebas directas. Tal como señalaron organismos de derechos humanos y juristas de distintas corrientes, la instrucción de esa causa estuvo plagada de arbitrariedades, escuchas ilegales, filtraciones mediáticas y operaciones de prensa.
Esta estrategia de persecución jurídica a líderes populares, conocida como lawfare, combina jueces, grandes medios de comunicación y servicios de inteligencia para desacreditar e inhabilitar políticamente a quienes representan al campo nacional y popular. El mecanismo fue reconocido y analizado por decenas de organizaciones de derechos humanos, académicos y juristas en Argentina y en el mundo. No es una teoría conspirativa; es una metodología documentada.
En 1955, sectores de la Sociedad Rural, la jerarquía eclesiástica y fracciones castrenses empujaron el golpe. Hoy son grupos mediáticos concentrados, grandes poderes económicos y una parte del Poder Judicial quienes reproducen esa misma lógica. El objetivo tampoco cambió: restaurar un orden donde el mercado imponga las reglas y el Estado abandone toda función redistributiva. En 1955 se habló del «tirano prófugo». Hoy se construye la figura de la «jefa de una asociación ilícita». La estigmatización es una constante que atraviesa décadas y adapta su lenguaje a cada época.
La resistencia como hilo histórico
El intento de asesinar a Perón fracasó, pero logró su proscripción por 18 años. La condena judicial a Cristina, en 2022, no pudo borrarla del escenario político. En ambos casos, la resistencia popular fue la respuesta. Los hijos de los fusilados de José León Suárez militaron en unidades básicas. Las Madres de Plaza de Mayo, cuyo origen como movimiento de lucha está indisolublemente ligado a las consecuencias políticas del ciclo abierto en 1955, marcharon durante décadas reclamando Memoria, Verdad y Justicia. Y las nuevas generaciones reconocen en esa historia una continuidad que ninguna sentencia ni ninguna bomba logró interrumpir.
Recordar el bombardeo del 16 de junio de 1955, a 71 años de aquella masacre impune, no es un ejercicio nostálgico. Es comprender que los mismos intereses que ordenaron lanzar bombas sobre trabajadores siguen operando, con otras herramientas y otros actores, contra cualquier proyecto político que coloque al pueblo en el centro de las decisiones.
Puntos clave
- El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea bombardearon la Plaza de Mayo con más de 14 toneladas de explosivos, dejando más de 350 muertos y alrededor de 2.000 heridos.
- El ataque buscó asesinar al presidente constitucional Juan Domingo Perón, quien había sido reelecto en 1954 con el 62,54% de los votos; fracasó ese día, pero derivó en el golpe de la Revolución Libertadora tres meses después.
- Los responsables de la masacre nunca enfrentaron una condena proporcional a sus crímenes; el bombardeo permanece impune 71 años después.
- El odio político al peronismo adopta hoy la forma del lawfare: persecución judicial, mediática y de inteligencia contra líderes populares como Cristina Fernández de Kirchner, con métodos distintos pero idéntica matriz.
- La resistencia popular frente a cada intento de proscripción es el hilo histórico que conecta las generaciones de 1955 con las actuales.
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