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Cultura

Vacaciones de invierno: toda la música de Canticuénticos en el ND Ateneo

La banda se presenta en el ND Teatro, en Paraguay 918, de jueves a domingos hasta el 31 de julio con dos funciones diarias, a las 15 y a las 17.30.

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Por Hernán Campaniello

La agrupación santafesina de música para las infancias Canticuénticos inició una serie de presentaciones en el porteño teatro ND Ateneo y desató una colorida fiesta en la que grandes y chicos cantaron y bailaron al ritmo de sus canciones profundas, que abarcan una innumerable cantidad de temáticas y reivindica los ritmos latinoamericanos.

Canticuénticos se presenta en el ND Teatro, en Paraguay 918, de jueves a domingos hasta el 31 de julio con dos funciones diarias, a las 15 y a las 17.30.

Además, en el medio de sus presentaciones porteñas, la banda santafesina brindará funciones en cuatro teatros bonaerenses: mañana en el Coliseo de Zárate, en el Maipú de Banfield el miércoles 20, en el Gran Ituzaingó el 26 y en el Coliseo Podestá de La Plata el 27.

Con canciones propias sobre ritmos folclóricos de la Argentina y Latinoamérica, la banda logra una profunda complicidad con su público, que vibra con la riqueza de una sonoridad propia.

En la entrada del casi centenario teatro ND Ateneo la mayoría de las familias que formaban fila llegaban para descubrir por primera vez en vivo a un grupo que sus hijos e hijas escucharon en escuelas y jardines de todo el país y del continente y que se instaló en la programación musical de sus hogares vía el canal de YouTube de la banda.

La tarde arrancó combinando humor, sorpresa, emoción y creatividad cuando la banda encadenó «Nada en su lugar», «Un remolino» y el celebrado candombe «Acá tá».

Luego llegaron el clásico «El Mamboretá», una historia de animales autóctonos con nombres en guaraní, encendió a los grandes y chicos que colmaron las 600 butacas del teatro.

La «Chacarera jeringosa», un vivaz trabalenguas que desató carcajadas generalizadas, y «Por qué, por qué», una catarata de preguntas que surgen de la curiosidad de los niños y niñas, despegaron a la audiencia de sus butacas.

Un público afectuoso aplaudió y disfrutó de una tarde llena de músicas, pocos días después de que la banda regresará de una gira de tres meses que abarcó Chile, Colombia y diferentes puntos de la Argentina.

El pico de emoción se dio con una sutil versión de «Hay secretos», que aborda con agudeza temas delicados como el abuso y el maltrato infantil y que se convirtió en una herramienta clave para que una niña se anime a contar un abuso que había sufrido; y del huayno «Pañuelito blanco», en homenaje a las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo para dejar en claro que con su propuesta original, alejada de los estereotipos, el conjunto se anima a hablar de todo.

La banda, que ya cuenta con cinco discos editados que transitan la amplia geografía de los ritmos folclóricos latinoamericanos, se encuentra trabajando en su sexto álbum.

En el ND Ateneo a modo de adelanto presentaron «El Lorito Teté», una canción que promete convertirse en un nuevo clásico de la banda, mientras en la entrada del teatro el público descubría entre el merchandising al Lorito y al «Monstruo de la laguna» en peluches artesanales y una nutrida colección de libros surgidos de las canciones.

Con la energía y el magnetismo que caracteriza a la agrupación, sobre el final la fiesta se desató con clásicos infaltables como «Bate con la cucharita», «La cumbia del monstruo», «Quiero para mí» y «Viene para acá».

Canticuénticos está integrado por Ruth Hillar (compositora, voz, flauta y acordeón), Laura Ibáñez (voz), Cintia Bertolino (voz invitada y asistencia de puesta en escena), Gonzalo Carmelé (bajo y coros), Daniel Bianchi (guitarra, cuatro y coros), Nahuel Ramayo (batería, percusión y coros), Sebastián Cúneo (producción, iluminación y video) y Darío Zini (asistencia de escenario, aerófonos y charango).

Pero más allá de la música, Canticuénticos no solo es una banda de música sino un colectivo dedicado a generar contenidos para las infancias.

En su presentaciones porteñas y en el conurbano el grupo continua presentando «Canticuénticos en papel» (ilustrados por Estrellita Caracol), que cuenta con nueve libros sobre los textos de las canciones, dos de ellos seleccionados por Nación para el Plan Nacional de Lectura.

Asimismo, suma en esta oportunidad «Canticuénticos en cartón» (ilustrados por Martina Cúneo), una colección de libros pequeños en cartoné (hojas duras) pensada especialmente para la primera infancia.

Cultura

Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital

Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.

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El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.

La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.

La experiencia como respuesta millennial

Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.

Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.

También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.

La Generación Z y la identidad como presencia

La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.

Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.

La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.

De tener cosas a mostrar señales

Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.

En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.

Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.

Economía, acceso y prioridades

Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.

La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.

Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.

Comunidad y pertenencia

La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.

La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.

En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.

Riesgos de ambos modelos

Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.

Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.

Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.

Una diferencia de entorno, no de esencia

Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.

La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.

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