Entrevista
De la Bomba Nuclear sobre Nagasaki a “Oppenheimer”
Entrevista al escritor Alejo Brignole, en el marco del Día Internacional de los Crímenes de EEUU contra la Humanidad.
Por Javier Larraín*
Bastaron unos pocos días para que la película “Oppenheimer” desbordara las taquillas de los cines en todo el mundo, llegando, al momento de realizar esta entrevista, a 400 millones de espectadores. Con esa excusa entrevistamos al escritor argentino Alejo Brignole, quien año a año promueve el 9 de agosto como el Día Internacional de los Crímenes Estadounidense contra la Humanidad.
Brignole es miembro de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (REDH) y entre sus obras destacan La merienda del Diablo, Manual de guerra del buen latinoamericano y Manual de guerra del ciudadano europeo.
Cada 9 de agosto, tú, Atilio Boron, Stella Calloni, Telma Luzzani y otros, junto a la REDH nos invitan a conmemorar el Día Internacional de los Crímenes Estadounidense contra la Humanidad. ¿Cuál es la importancia de esta jornada?
Es importante porque el modelo de mundo actual es, como decía el psicoanalista Erich Fromm –muerto en 1980–, un modelo necrófilo, autodestructivo y peligroso para la continuidad humana. A lo largo de los años, y sobre todo en las últimas tres décadas, los Estados Unidos han promovido un retroceso inadmisible en los códigos de la convivencia internacional, desconociendo e ignorando cientos de resoluciones de las Naciones Unidas (que es, por otra parte, un organismo colonizado y controlado por Washington). Sus acciones y premisas buscaron, entre otras cosas, degradar el principio de garantía jurídica como un derecho humano básico inalienable y universal. Por esto es importante que todas las personas apoyen, promuevan y difundan este día con las herramientas comunicacionales que tengan a su alcance. Conmemorar esta fecha no requiere una organización política ni infraestructuras preestablecidas. Un simple maestro de escuela puede explicar en su aula el significado de esta efemérides. Un luchador gremial en un sindicato, un obrero en su ámbito laboral, o un comunicador social, pueden hacer visible este día y colaborar en la toma de conciencia mundial del peligro que significan los Estados Unidos para la continuidad de una civilización más justa, con respeto a la vida humana y la fraternidad entre los pueblos.
En los últimos días la cartelera de cine se ha removido con «Oppenheimer» y el famoso Proyecto Manhattan que dio inicio a la Era Nuclear, ¿qué opinión te merece el que temas como estos lleguen a la pantalla grande?
No he visto aún el filme (lo tengo en agenda) y no puedo todavía opinar sobre el enfoque sutil de la película. En general celebro que estas grandes reflexiones tomen formas de divulgación masiva, incluso en el área del entretenimiento, pero también es verdad que tengo una natural desconfianza cuando los productos vienen de la propia matriz cultural hegemónica. Que la película “Oppenheimer” esté en todos los cines de América Latina tiene, por principio, toda mi duda. El sistema es funcional a sí mismo y sabe filtrar lo incómodo, o bien permite pequeñas incomodidades que tiene un efecto placebo y narcotizante sobre las masas, que creen ver un testimonio humanista cuando en realidad son consumidores de verdades a medias dosificadas muy estratégicamente. Pero reitero: no he visto la película y quizás no sea el caso que describo.
Una de las escenas más crudas del filme es cuando las autoridades de los Estados Unidos escogen «al azar» y hasta bromeando la ciudad que sería blanco de la bomba atómica, ¿por qué Washington decidió lanzar dos bombas sobre civiles de un país aparentemente ya rendido? ¿Cuánto de eso refleja una sicología «criminal» del imperialismo yanqui?
Estas preguntas son en extremo interesantes por varias razones. La primera, porque, tal como conceptualizó Hannah Arendt en la década de 1960, el mal es siempre banal. Es decir, despreocupado y lábil, por tanto superficial. Y cuando el mal es expresado en poderes impregnados de fatuidad, el daño puede ser absoluto y además ejercido con total banalidad, que es la premisa de la filósofa alemana.
Sobre las razones de Washington para bombardear nuclearmente en dos ocasiones a un país virtualmente vencido, hay muchas explicaciones y lecturas posibles ya muy debatidas por la historiografía y todas válidas. En primer lugar, Japón era una nación profundamente arraigada en creencias místicas e históricas más bien irreductibles, lo cual la convertía en una nación poco dada a relacionar causas y efectos en un contexto de guerra total. Creían que su emperador, Hirohito, su Teno, era un ser divino y por tanto intocable y al cual había que defender hasta las últimas consecuencias. Esta perspectiva que los norteamericanos conocían, reforzaba la idea de que Japón debía ser traumatizado de manera contundente y llevado a un shock colectivo pleno. Aunque esta no fue la principal motivación para Washington. También había una necesidad de experimentación científica y militar del aparato industrial estadounidense y la oportunidad de poder ver los efectos reales sobre poblaciones humanas de una bomba atómica. Para los científicos y altos mandos estadounidense era una ocasión imperdible y, como era de esperar, no la desperdiciaron. Y aquí regresamos a la premisa de Hannah Arendt: el mal como una fuerza banal e irresponsable dispuesta a todo.
“Harry Truman, el presidente que autorizó el uso nuclear sobre Japón, era un genocida doctrinal, una psicópata funcional que no tuvo reparos en hacer esa demostración de fuerza brutal sobre todo un pueblo, y además repetir el experimento tres días más tarde sobre Nagasaki”
Por último, estaba la cuestión soviética, la carrera armamentista y la creciente disuasión mutua como una jugada de ajedrez. Estados Unidos necesitaba demostrar a la Rusia comunista su gran poder destructivo y capacidad de devastación. Recordemos que la URSS detonó su primera bomba nuclear en 1949, cuatro años después que Hiroshima. Y aunque era 20 veces más potente que la primera bomba estadounidense, esa tecnología llegaba tarde. Harry Truman, el presidente que autorizó el uso nuclear sobre Japón, era un genocida doctrinal, una psicópata funcional que no tuvo reparos en hacer esa demostración de fuerza brutal sobre todo un pueblo, y además repetir el experimento tres días más tarde sobre Nagasaki. Las propias cartas de Harry Truman a su novia cuando este servía en Alemania durante la Primera Guerra Mundial, hablan de la naturaleza psicopática del individuo. En esa carta habla de matar a niños alemanes y de arrancar cabelleras germanas para llevárselas como trofeo. Presidentes como Taft, Teddy Roosevelt, Truman, Nixon, Reagan o Trump (solo por citar algunos) resultan claros ejemplos sobre cómo la “psicopatía del conjunto” toma formas personales. Con el agravante de que algunos representan a una nación, una tendencia colectiva o lideran grandes grupos humanos. Creo, sin dudas, que los Estados Unidos han provisto a lo largo de todo el siglo XX claros ejemplos en la relaciones entre hegemonía y pathos social. Entre desviaciones psicosociales y doctrinas políticas asumidas por un Estado. El nazismo fue el otro gran ejemplo, y ahora mismo el Estado de Israel es otro “leading case”, un ejemplo de análisis de lo que estamos hablando. Pero, en mi opinión, el caso más emblemático es sin dudas Estados Unidos, así como lo fue Inglaterra en su apogeo colonial. También el imperio Otomano, con su genocidio de 1915 contra el pueblo armenio, enriquece esta lista atroz. El problema novedoso con los Estados Unidos es que sus genocidios programados manu militari (ya sea directamente o a través de dictaduras sostenidas por oligarquías locales beneficiadas por sus políticas), han sido realizados en un marco jurídico internacional que contempla las figuras de lesa humanidad y deberían dar cierta visibilidad a las acciones que lo vulneran. Estados Unidos hoy tortura, desaparece personas, bombardea naciones y secuestra individuos de manera arbitraria en todo el mundo, mientras pregona unos derechos humanos que caen en saco roto cada día y en cada una de sus políticas exteriores. He aquí la importancia de señalar un día especial sobre estas atrocidades y el sistema bizarro que las sustentan.

En la cinta “Oppenheimer” se aprecia el estrecho vínculo entre ciencia-política, la subordinación de aquella a la seguridad nacional. ¿Cómo funciona el imperialismo en ese sentido?
Claramente no podría entenderse una continuidad imperialista, una hegemonía exitosa, sin los aspectos técnico-científicos que permitan esa continuidad. Esto es así desde la antigüedad. El predominio romano estaba sustentando, en buena medida, en la eficacia de sus armas, de sus tácticas y logísticas. En su capacidad de hacer caminos, acueductos y extracción minera, en legislar el Imperium y en romanizar a través de la lengua, la arquitectura y las artes a los pueblos sojuzgados. La ciencia naval desarrollada por Gran Bretaña en el siglo XVIII le permitió su predominio en los mares, mientras que los conocimientos de artillería y tácticas militares en tierra le permitieron a Napoleón dominar toda Europa. Los estrechos vínculos entre tecnología y dominación son indiscutibles. Algo que, por otra parte, ya analizó muy extensamente el filósofo alemán Herbert Marcuse en la década de 1960. Cuando Marcuse señala en su libro El Hombre Unidimensional, publicado en 1964 (que fue calificado como el libro más subversivo del siglo XX): “la dominación tiene su propia estética, y la dominación democrática tiene una estética democrática”, lo que estaba marcando era el carácter oculto de la alienación capitalista que se sirve de la tecnología como vía de sometimiento, mutilando al hombre en una sola dimensión regida por el consumo y la producción, junto a las necesidades ficticias que esta crea. Pero yendo más específicamente a su pregunta entre las relaciones Estado, desarrollo tecnológico y hegemonía, lo que está claro es que ningún avance científico radical puede quedar a la deriva o en manos privadas. Ningún Estado hegemónico lo permitió ni lo permitirá nunca. También en ello radican las estrategias de desindustrialización y atraso tecnológico programado para las naciones periféricas, porque cualquier avance exógeno implica algo fuera de control del hegemón, que a la postre podría desestabilizarlo.
Asimismo, hay un viejo debate de cómo los adelantos científicos en las superpotencias capitalistas pasan a la defensa para pronto aplicarse en la esfera de la producción o servicios. Algo que confirmaría el estrecho vínculo entre grandes capitalistas y poder político. ¿Cuán desventajosamente nos encontramos en ese campo y en esa dinámica?
Podría dar múltiples ejemplos sobre estas relaciones de lo político y las corporaciones capitalistas. La propia Conferencia de Berlín de 1885, en donde las potencias europeas se repartieron África como si fuera un queso, fue muy elocuente sobre estas relaciones. El poder económico famélico de las riquezas africanas, de sus recursos, operaba a través de las monarquías y los Estados para la obtención de lucro y la expansión económica privada. Por supuesto, eso nunca resulta inocuo. Las tensiones generadas en África colonial fueron las que desembocaron en la Gran Guerra de 1914.
También lo vemos en el desarrollo de algunos acontecimientos inaugurales de este siglo XXI: la guerra de Irak, que no solo produjo un genocidio entre el pueblo iraquí, sino que barrió con los derechos de millones de estadounidenses y ciudadanos de todo el mundo, solo para satisfacer a las élites petroleras y al complejo militar-industrial norteamericano, que hacia el final de la guerra tenía más soldados privados que regulares en el campo de batalla. La privatización de la guerra, en definitiva. Igual la crisis de las hipotecas sub-prime de 2008, en donde los productores y responsables del desajuste financiero mundial (grandes bancos y el establishment financiero de Wall Street) resultaron finalmente los grandes beneficiarios, recapitalizados con los dineros públicos de toda Europa y los Estados Unidos, en un rescate sin precedentes históricos.

Y si hablamos de la sinergia entre militarismo y corporaciones económicas, creo que hay dos testimonios históricos que son elocuentes por sí mismos. Uno es el discurso de despedida del presidente Dwight Eisenhower, el 17 de enero de 1961. En él se refirió a los peligros inherentes de doblegarse a la pulsión armamentista inducida por el propio complejo industrial ligado al Pentágono y su influencia sobre generales y altos mandos militares, conformando ambos (empresas y Ejército) un verdadero centro de poder tras las instituciones democráticas. En aquella oportunidad, Eisenhower dijo (y permítame leer la cita): “en los consejos de gobierno debemos evitar la compra de influencias injustificadas, ya sean buscadas o no, por el complejo industrial-militar. Existe el riesgo de un desastroso desarrollo de un poder usurpado y [ese riesgo] se mantendrá. No debemos permitir nunca que el peso de esta conjunción [industrial y militar] ponga en peligro nuestras libertades o los procesos democráticos”.
“La Guerra de Cuarta Generación ya está aquí, y eso incluye medios de prensa, ataques cibernéticos, guerra cultural y manufactura de consensos, guerra bacteriológica (pandemias), financiación de opositores y desestabilización económica”
Hay también un pequeño texto muy famoso del general estadounidense Smedley Butler, escrito en 1935, donde confiesa: “he servido durante 30 años y cuatro meses en las unidades más combativas de las Fuerzas Armadas estadounidenses: en la Infantería de Marina. Tengo la sensación de haber actuado durante todo ese tiempo de bandido altamente calificado al servicio de las grandes empresas de Wall Street y sus banqueros. En otras palabras, he sido un pandillero al servicio del capitalismo. De tal manera, en 1914 afirmé la seguridad de los intereses petroleros en México, Tampico en particular. Contribuí a transformar a Cuba en un país donde la gente del National City Bank podía birlar tranquilamente los beneficios. Participé en la ‘limpieza’ de Nicaragua, de 1902 a 1912, por cuenta de la firma bancaria internacional Brown Brothers Harriman. En 1916, por cuenta de los grandes azucareros estadounidenses, aporté a la República Dominicana la ‘civilización’. En 1923 ‘enderecé’ los asuntos en Honduras en interés de las compañías fruteras estadounidenses (referencia tácita a la United Fruit Company, ya citada aquí. N del A.). En 1927, en China, afiancé los intereses de la Standard Oil. Fui premiado con honores, medallas y ascensos. Pero cuando miro hacia atrás considero que pude haber dado a Al Capone algunas sugerencias. Él, como gánster, operó en tres distritos de una ciudad. Yo, como marine, operé en tres continentes”.
Si consideramos que ese texto que Butler tituló La guerra es una latrocinio, tiene casi 90 años de antigüedad, podemos concluir fácilmente que las turbias relaciones entre guerra y empresas en los Estados Unidos son estructurales. Es decir, inherentes a su funcionamiento como Estado y potencia internacional, y por tanto inseparables y profundamente antidemocráticas, alejadas de todo humanismo.
Sobre su pregunta en cuanto a la desventaja de nuestras naciones periféricas en estas relaciones entre poder político y económico, son inconmensurables, porque si en el Norte Global estas relaciones son para beneficio de una geopolítica supremacista, y para la expansión de las corporaciones del Norte Global. Nuestra relación Estado-poder corporativo funciona a la inversa porque es neocolonial y trabaja para nuestra destrucción como Estados, como sociedad y atenta contra nuestro avance tecnológico y un desarrollo humana genuino y autónomo.
Finalmente, ¿cómo evalúas la coyuntura global actual? ¿Avizoras, como lo hacen algunos, que estemos viviendo la antesala de una eventual Tercera Guerra Mundial?
Podría ser algo extenso de responder, porque la coyuntura global es hoy compleja, multidimensional y hasta impredecible debido a factores como el cambio climático, combinado con una transición hegemónica hacia Oriente. Lo que está claro es que el capitalismo está en una fase de implosión interna y que la exclusión social global es tan grande que las tensiones latentes están encontrando un punto de coagulación, es decir, de no retorno. Según muchos analistas, la Tercera Guerra Mundial ya está planteada de manera silenciosa y de momento indirecta en el campo militar.
Para decirlo fácilmente, aún no hay intercambio de misiles, artillería o bombardeos directos entre China y los Estados Unidos, o en entre Rusia y la Europa de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) (Ucrania es el preámbulo de ese conflicto). Sin embargo, en el ámbito cibernético y digital, la guerra mundial directa ya está planteada intensamente desde hace casi dos décadas. Rusia recibe una media de dos mil ataques informáticos diarios y hackeos a sus sistemas de defensa o gubernamentales. Lo mismo le sucede a los Estados Unidos, Rusia o a las potencias de la Unión Europea (UE). Entre los bloques Occidental y Oriental ya hay intercambios y agresiones directas. No olvidemos que el concepto de guerra ha cambiado, ha evolucionado hacia nuevos paradigmas que hasta pueden excluir la confrontación armada. La Guerra de Cuarta Generación ya está aquí, y eso incluye medios de prensa, ataques cibernéticos, guerra cultural y manufactura de consensos, guerra bacteriológica (pandemias), financiación de opositores y desestabilización económica. Incluso creación de fanatismos religiosos. El golpe a Evo Morales en Bolivia tuvo mucho de estos componentes. El menú es amplio y trasciende el campo de batalla tradicional en donde son las armas de fuego las protagonistas. Si lo consideramos desde esta perspectiva amplia, la Tercera Guerra Mundial ya está en pleno desarrollo. No olvidemos la premisas del general prusiano Carl von Clausewitz, que en su célebre obra De la Guerra señala que “[la guerra] constituye un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad”.
Von Clausewitz fue también el que afirmó eso “de que toda guerra es la continuación de la política por otros medios”.
Es correcto… Y en eso anda el mundo.
*Javier Larraín es periodista e historiador. Editor de la revista Correo del Alba
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Entrevista
Lorena Vega, del teatro autogestivo a la popularidad: “Siempre pensé en cambiar mi destino”
En uno de los momentos de mayor exposición de su carrera, la actriz, directora y dramaturga habla con El Argentino sobre cómo vive la popularidad, el deseo que sostuvo su recorrido y aquella certeza que apareció mucho antes: había una realidad que quería cambiar.
A Lorena Vega todavía le resulta extraño observar lo que ocurre a su alrededor. Después de más de tres décadas de trabajo, la popularidad llegó a los 50 y, por momentos, la mira casi como si le estuviera pasando a otra persona. “Me pongo en observadora de un fenómeno que pareciera que no me pasa a mí”, cuenta.
El reconocimiento la encuentra, además, en pleno movimiento. Mientras Sottovoce la lleva a compartir escenario con Adrián Suar, Carla Peterson y Fernán Mirás, su presente se reparte entre el teatro, el cine y las series. Sin embargo, asegura que no mide este momento únicamente por la exposición.
“Lo vivo con agradecimiento, lo vivo con diversión. Hay cosas que me divierten y me sorprenden”, dice. Vega encuentra una imagen más precisa para explicar qué hace con todo lo que recibe: “Se traduce un poco en impulso, en confianza, en alegría, como si me recargara cartuchos para seguir haciendo”.
Hay una distancia enorme entre esta Lorena Vega y aquella chica que, a los 17 años, empezaba a impulsar sus propios proyectos. Y, al mismo tiempo, algo permanece intacto. Cuando se le pregunta cómo imaginaba entonces a la mujer adulta que sería, la respuesta aparece por otro lado: “Creo que siempre pensé en cambiar mi destino”.
Por qué Sottovoce llegó en el momento justo para Lorena Vega
Sottovoce aparece en medio de ese presente cargado de proyectos, pero también marca para Vega una renovación. “Yo vengo haciendo muchas obras de teatro, pero la que tiene menos tiempo ya tiene cinco años. Entonces hacía muchos años que no estrenaba algo como actriz, sí como directora. Necesitaba una renovación en ese camino, de crear algo y que pase por la instancia de darlo a luz”, explica.
La obra, que se presenta de jueves a domingo en el Teatro El Nacional, reúne a dos parejas alrededor de la venta de una propiedad y una pyme familiar. Lo que podría parecer una discusión sobre cómo repartir bienes empieza a remover pertenencias, memorias, viejos argumentos y secretos.
Para Vega, esa pequeña disputa familiar permite mirar algo bastante más amplio: “Para mí es una obra que, en esos términos micro, habla de los vínculos para después hablar en términos macro de un tipo de momento social. Cómo seguir pensando nuestro futuro, quiénes lo piensan de modo individual, quiénes tienen más consideraciones colectivas. Un poco pone en juego todo eso”.
Su personaje pertenece, además, a un universo que reconoce: popular, barrial y atravesado por una idea de comunidad. La cercanía, sin embargo, no eliminaba el desafío, ya que sostiene que “el riesgo es hacer algo cliché o estereotipado”. Y agrega: “No es el camino que me interesa. Tenía el desafío de no subestimar el personaje y hacerlo por signos ya conocidos, sino encontrarle su singularidad”.
Pero las ganas de aceptar un trabajo no siempre dependen del personaje en sí mismo, según Vega. También puede ser decisivo el lenguaje que propone una obra. En Sottovoce encontró una comedia “popular, ácida y atrevida” donde, a medida que avanza el conflicto, la superficie empieza a romperse.
“Los personajes son punzantes, se van destartalando y afeando, no solo porque se empiezan a deteriorar visualmente, sino porque empiezan a aflorar muchas miserias internas, mucha mugre”, comenta la actriz a El Argentino.
“Producir con lo que se tiene”: la escuela de la autogestión
Actuar, dirigir, escribir y motorizar sus propios proyectos no es algo nuevo para Lorena Vega. Empezó a moverse entre esos distintos roles cuando todavía era adolescente. “Desde que empecé a tener inquietudes artísticas o profesionales, siempre fui parte de procesos autogestivos. Y siempre me ubiqué en roles que motorizaban mucho esos proyectos”, recuerda.
En esa trayectoria también aparece su paso por el centro cultural que funcionaba en la fábrica IMPA, en Almagro. “Muchos artistas trabajábamos ahí en el centro cultural, dando clases o haciendo espectáculos”, cuenta. Allí, crear también suponía conseguir los recursos y tejer los vínculos necesarios para sostener cada proyecto.
“La autogestión, producir con lo que se tiene, con lo que hay, buscar ayuda, generar lazos, me parece que eso es parte de nuestra cultura, y que profundamente en el teatro independiente eso sucede. Es un poco la escuela que hacés”, cuenta.
Esa lógica también atraviesa su experiencia detrás de escena. En los últimos años sumó trabajos como guionista y codirectora, aunque Vega ubica el impulso por ocupar esos lugares mucho antes de que algunas discusiones actuales tuvieran nombre: “Yo lo entiendo así desde antes de que se nombrara, como se nombra ahora con tanta claridad, el feminismo, la paridad de género o el tema de igualar los cupos. Es algo que ya estaba en mí”.
Al hablar del lugar de las mujeres detrás de cámara, esa iniciativa adquiere también una dimensión colectiva: “Las mujeres estamos con una decisión, con una claridad sobre que si no ocupamos los espacios, no los tenemos. Con muchas historias por narrar que no fueron contadas, con mucho para decir desde nuestra perspectiva, con muchas chicas formadas en los rubros técnicos, detrás de cámara”.
El deseo y la subsistencia cuando el contexto no acompaña
La autogestión podría prestarse fácilmente a un relato romántico sobre hacer lo que uno quiere pese a cualquier dificultad. Vega pone un límite antes de llegar allí.
Consultada por El Argentino sobre qué podría decirles a los jóvenes que intentan abrirse camino en el arte en un contexto adverso, primero habla de las necesidades básicas: “Me parece que es un momento súper delicado y hay necesidades y prioridades muy fuertes que tienen que ver con sostener cuestiones básicas, como la vivienda, la alimentación, tener un techo, un espacio, poder comer y poder acceder a la educación”. Y añade: “Con mucho respeto entiendo el camino que cada uno vaya decidiendo tomar en relación a cómo subsistir”.
Recién entonces aparece el deseo. “Yo creo que la clave siempre tiene que ver con el deseo, con darle espacio a lo que nos conmueve de verdad, en lo que creemos, más allá de que el contexto sea muy adverso”. No plantea una fórmula. En su propia trayectoria, deseo y posibilidad tuvieron que encontrar muchas veces la manera de convivir.
La popularidad que llegó después de décadas de trabajo
Durante años, Vega tuvo reconocimiento dentro del teatro y del circuito cultural. La llegada a públicos más amplios ocurrió después y amplió considerablemente su visibilidad.
Hoy, lejos de preguntarse por qué no sucedió antes, confiesa a El Argentino: “Estoy segura de que no era lo mismo hace 20 años atrás que ahora, porque era más joven, porque tenía otra experiencia de vida, otro recorrido, porque no era madre, y cuando sos madre las prioridades y el foco están en otro lugar”.
La actriz asegura estar “contenta de que haya sido ahora”, porque entiende que “fue cuando tenía que ser”. Pero en sus palabras hay espacio para la reflexión: “Creo que sucedió en un momento donde uno mira la vida de otra manera, comprende… Me falta, espero, mucho recorrido más, pero es cierto que hay una experiencia de vida que es distinta a los 50 que a los 25”.
Y cuando mira mucho más atrás, hacia aquella chica que todavía no sabía cómo sería su vida adulta, retoma aquella idea de “cambiar mi destino” y explica qué significaba entonces: “Me parecía que nosotros, por ser una familia humilde, teníamos como una realidad que tenía que cambiar. Y yo creo que ese horizonte sí lo tenía, que había algo que tenía que mejorar. Pero muchas veces me parecía muy difícil eso”.
No habla entonces de fama ni de popularidad. Tampoco de llegar a un lugar preciso. “Ese era el signo general: la idea de estudiar y trabajar para cambiar un poco, para modificar mi realidad. Eso sí lo tenía claro”.
Del teatro a las series: los proyectos de Vega
Además de Sottovoce, el presente de Lorena Vega se reparte entre distintos proyectos. En septiembre se estrenó Cautiva, la serie que protagoniza junto a Carolina Kopelioff y en la que interpreta a Cecilia, la madre superiora de un convento atravesado por el abuso de poder. La ficción, de seis episodios, está disponible completa en Flow.

Entre sus trabajos recientes también está Lu & Pau, la película de Nicanor Loreti que se estrenó a fines de agosto y que Vega protagoniza junto a Jazmín Stuart. A ese recorrido audiovisual se suma la tercera temporada de En el barro, prevista para 2027 y con la actriz nuevamente confirmada como “La Zurda”.
La exposición en cine y televisión no la alejó del teatro. En octubre actúa en Las cautivas y La vida extraordinaria y dirige Civilización. En diciembre, además, Imprenteros, la obra documental que creó junto a sus hermanos a partir de la historia de la imprenta familiar, tendrá nuevas funciones en el Teatro Picadero.
Lorena Vega, fuera de libreto: de Cortázar y David Lynch a una buena salsa de estofado
La actriz y directora se presta al juego rápido y revela gustos, rituales, recuerdos y alguna confesión inesperada.
Un ritual antes de salir a escena: “Me pongo en posición de loto para rezar unas oraciones que pueden venir en el momento”.
Un lugar de Buenos Aires al que siempre volvés: “A Flores, mi barrio”.
Una película que verías una y otra vez: “Con ánimo de amar y El padrino”.
Un libro que te haya marcado: “Todo Cortázar. Puede ser Historias de cronopios y de famas, Último round…”.
Un aroma que te lleve a la infancia: “Una buena salsa de estofado”.
Un pequeño lujo cotidiano que no resignarías: “Soy una persona que siempre resigna lo mío primero. No me jacto de eso: tengo un problema con eso, estoy en falta”.
¿Con quién compartirías un café?: “Hubiese amado conocer a David Lynch, hablar con él, me fascina. Pero desde que hice la campaña de Hecho en Argentina para Netflix me pasó algo con Mafalda. También me gustaría estar un rato con ella. Le preguntaría si extraña a Quino”.
Un talento oculto: “En casa dicen que soy buena para cocinar con pocos ingredientes”.
Un consejo que nunca olvidaste: “Afinar mucho la escucha con lo que siento que sucede. Me lo dieron en las clases de teatro durante mi formación inicial. Sirve para actuar, pero también para la vida”.
Lo primero que hacés cuando tenés un día completamente libre: “Probablemente aprovecho para dormir, pero no me pasa mucho”.
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