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Opinión

Los dueños de la Argentina lloran la muerte de Blaquier

Que Carlos Pedro Blaquier murió impune ya no es noticia. El empresario que puso a disposición la estructura del Ingenio Ledesma para facilitar el secuestro, y la tortura de 400 trabajadores en Jujuy en 1976 -55 de ellos permanecen desaparecidos- gozó del amparo de todas las instancias que conforman la estructura judicial argentina para llegar hasta los 95 años sin responder por sus atroces responsabilidades.

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Por Javier Vogel

Que Carlos Pedro Blaquier murió impune ya no es noticia. El empresario que puso a disposición la estructura del Ingenio Ledesma para facilitar el secuestro, y la tortura de 400 trabajadores en Jujuy en 1976 -55 de ellos permanecen desaparecidos- gozó del amparo de todas las instancias que conforman la estructura judicial argentina para llegar hasta los 95 años sin responder por sus atroces responsabilidades.

Blaquier siempre supo que su pertenencia al establishment le garantizaría la impunidad y que con su muerte llegaría el intento de darle un baño de bronce, o al menos disimular un poco las miserias de su currículum. Como es habitual en estos casos, la tarea comenzó en la página de obituarios de La Nación, donde se fundieron  portadores de apellidos aristocráticos, dueños de empresas formadoras de precios, escribas del poder y políticos desesperados por consolidar que buscan consolidar la adhesión de sus votantes más derechosos junto a otros que alguna vez sacaron injustamente chapa de demócratas.

Resultó obvia la presencia entre los dolientes de los descendientes de José Alfredo Martínez de Hoz y del propio Domingo Cavallo, el mismo que el 17 de noviembre de 1982 estatizó las deudas en dólares de los principales grupos económicos de la Argentina, casi dos décadas antes de llevar al país al precipicio económico de la mano de Fernando de la Rúa.

Los poderosos de siempre expresaron su dolor y elevaron sus oraciones. Allí estuvieron Luis Pagani, presidente del grupo Arcor, uno de los formadores de precios en el rubro alimenticio; Alejandro Bulgheroni, a cargo de la filial argentina de Esso, Axion y Bridas Corporation, entre otras compañías con responsabilidad en el valor de los combustibles; Osvaldo Cornide, de la Cámara Argentina de la Mediana Empresa (CAME) que “despide al amigo de siempre”; Cristiano Rattazzi, ex ceo de FIAT y ferviente militante matancero de Cambiemos.

También la familia Bagó, y el Grupo Insud, fundado por Hugo Sigman, con negocios farmacéuticos y Paolo Rocca, presidente de la Organización Techint.

Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta sumaron sus lágrimas a las del directorio de la Bolsa de Comercio, el Círculo de Armas y la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.

La lista de dirigentes compungidos se nutrió también con Horacio Jaunarena, ministro de Defensa de la Nación durante el gobierno de Raúl Alfonsín, que ejemplifica como nadie el síndrome del funcionario que se transforma en vocero de aquellos a los que debe conducir.

Blaquier murió apenas unas horas después de que la película “Argentina, 1985” se quedara sin el Oscar. Sin embargo, todavía se habla de las enseñanzas que deja el film que muestra el “heroísmo” de fiscales y jueces que condenaron a los comandantes de las tres primeras juntas de la dictadura. La muerte de Blaquier y la publicación de los obituarios es una excelente oportunidad para ver que no es bueno confundir ficción con realidad. El mejor ejemplo es el de Jorge Valerga Aráoz, uno de los jueces de la Cámara Federal que llevó adelante el Juicio, quien “despidió con tristeza” al empresario que murió impune. Tal vez se hicieron amigos cuando el ex magistrado asumió la defensa del CEO de Ledesma frente a las acusaciones por su responsabilidad en delitos de lesa humanidad.

Elecciones

¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia

A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.

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El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.

No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.

Una lealtad que se conjuga en presente

Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.

El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.

Un Gobierno que no respeta la democracia

Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.

Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.

Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.

No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.

El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición

El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.

Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.

Las mujeres y disidencias van al centro del poder

Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.

La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.

Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.

Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.

2027: la lealtad es organizarse

Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.

Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.

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