Análisis
El Ponzi del Toto
Casi como una secuela de su primer aventura en el ministerio de economía, Luis Caputo, el ‘Toto de la Champions’ como lo bautizara Marcos Peña en su momento, vuelve a implementar una estafa que tendrá inexorablemente al país como principal damnificado. Porque cuando se generan las condiciones para que haya inversiones especulativas, con tasa de rentabilidad en dólares extraordinaria, esa farsa y esa fiesta en algún momento hay que pagarlas.
Martín Epstein*
Carlo, originario de Lugo, en pleno centro de Italia, en la región de Emilia Romania, y nacido a finales del siglo 19 decidió migrar a Estados Unidos. Diríamos hoy, un tipo con calle, pero sin demasiada suerte terminó preso por engañar a una anciana en el banco en el que trabajaba. Pero no se dio por vencido, y para la década de 1920 se convertiría en el ideólogo y ejecutor de una estafa que determinará su vida y su carrera. Prometiendo ganancias extraordinarias, en un cortísimo plazo a través de arbitraje de precios de cupones postales (mecanismo de ahorro muy difundido en ese tiempo) logró convertirse en un famoso promotor de un mecanismo que, si pagara regalías haría a sus familiares descendientes muy felices.
Estafas piramidales, telares de la abundancia, inversiones en criptoactivos desconocidos no son otra cosa que perfeccionamientos de aquel primer Esquema Ponzi. Los principales fundamentos se sostienen inamovibles: montar un espectáculo que haga convincente el engaño, ofrecer inversiones de corto plazo con una tasa de retorno muy tentadora, y buscar sumar a la mayor cantidad de víctimas como sea posible para que el show funcione. El tiempo y los recursos económicos, simbólicos y tecnológicos han sido claves para la diversificación de un medio para aprovecharse de inversores desesperados o muy tentados por el dinero fácil.
La base de todo siempre es la confianza, y cuanto más creíbles sean sus promotores, cuanto más grande sea la red que puedan tejer, mayor será la burbuja que se construya y más sostenible la creencia de que se trata de una inversión convencional. Entonces, dependerá de si su promotor es Carlo Ponzi, Leonardo Cositorto, o Bernie Madoff para evaluar el volumen de dinero involucrado y la cantidad de damnificados. Pero en todos los casos, la garantía de continuidad de la estafa está dada por el flujo de dinero. Mientras entren más inversiones que las que quieran salir, seguirá rodando la rueda.
En el sistema financiero, en el legal, los programas que apuntan a promover la valorización financiera tienen como fin asegurar condiciones que sean atractivas para que grandes (o pequeños) capitales apuesten e inviertan. En ese sentido, el flujo de inversiones dependerá de la expectativa de ganancia y la confianza en la capacidad de pago que se tenga en quien ofrece la inversión. Pero en este caso, la posibilidad de promover el endeudamiento del Estado como resguardo es el comodín con el que cuentan muchas veces quienes gestan esos esquemas.
Cuanto más convincente sea, mayor será la sensación de cumplimento de las maravillas de la bicicleta financiera. Inversión especulativa y alta tasa de rentabilidad en el corto plazo hacen que sea muy similar a una estafa piramidal. Pero la diferencia sustancia reside en que mientras los Ponzi privados dependen del ingreso de nuevos estafados para continuar, los Ponzi públicos permiten la salida de la mayoría de los apostadores, dejando como saldo un aumento exponencial de las deudas en las espaldas de los Estados.
Casi como una secuela de su primer aventura en el ministerio de economía, Luis Caputo, el ‘Toto de la Champions’ como lo bautizara Marcos Peña en su momento, vuelve a implementar una estafa que tendrá inexorablemente al país como principal damnificado. Porque cuando se generan las condiciones para que haya inversiones especulativas, con tasa de rentabilidad en dólares extraordinaria, esa farsa y esa fiesta en algún momento hay que pagarlas. Y por eso no es buena noticia que consiga más préstamos. Y por eso es peligroso que se inicie un nuevo ciclo de endeudamiento con los mercados internacionales.
Esta película ya la vimos, y ya sabemos como termina. A diferencia de lo que les pasó Ponzi, Madoff o Cositorto, seguramente cuando la burbuja explote y la estafa se haya consumado, Caputo desempolvará su remera roja y se podrá tomar un plácido descanso en alguna playa brasileña, y a nosotros no seguirá tocando pagar los platos rotos por varias generaciones.
*Politólogo y Analista Económico del Centro de Economía Política Argentina (CEPA)
Análisis
El drama de Granja Tres Arroyos: 500 familias sin trabajo y sin cobrar
La empresa avícola cerró su planta en la localidad bonaerense, adeuda sueldos y aguinaldos y pidió un concurso preventivo de acreedores. «Somos un pueblo al que le cayó una bomba», describieron los trabajadores despedidos, que reclaman respuestas que la patronal nunca dio.
Más de 500 trabajadores y trabajadoras de Capitán Sarmiento perdieron su empleo en las últimas semanas tras el cierre de la planta avícola de Granja Tres Arroyos en esa localidad del norte bonaerense. La empresa acumula deudas salariales que incluyen meses de sueldo sin pagar y aguinaldos pendientes, y recurrió a la Justicia para pedir la apertura de un concurso preventivo de acreedores, el mecanismo legal que antecede a la quiebra y que deja a los trabajadores en una situación de extrema incertidumbre sobre el cobro de sus acreencias.
El impacto de los despidos no se limitó a Capitán Sarmiento. Según describió Andrea Ulere, ex empleada de la empresa, la crisis se extendió a municipios vecinos: alrededor de 100 despidos adicionales se registraron en Arrecifes y otros 100 en San Antonio de Areco, lo que convierte a esta debacle laboral en un golpe colectivo sobre toda la región del norte del conurbano extendido.
«Una bomba en el medio del pueblo»
Ulere describió la situación con una imagen que sintetiza el derrumbe social que vive la localidad. «Somos un pueblo que tiene la sensación hoy de caminar por la calle, que nos ha caído una bomba en el medio y andamos juntando los pedazos de la gente», señaló. «No se puede describir con palabras el dolor que tenemos», agregó.
La ex trabajadora reveló además un detalle que ilustra la dimensión humana de la crisis: «Acá venía el cartero del pueblo con el despido en mano llorando». La imagen del telegrama de despido entregado entre lágrimas en una localidad pequeña habla de un tejido comunitario que la empresa desgarró sin dar explicaciones.
Ulere fue cuidadosa al momento de atribuir responsabilidades, pero contundente: «Más allá del nivel nacional, que todos sabemos que económicamente estamos todos mal, acá hubo una mala gestión de los hijos y sobrinos de Joaquín de Grazia, que hicieron un mal negocio. Los despidos decían que eran por la gripe aviar, el Covid-19, y nosotros en esa época es cuando se trabajó más que nunca».
Veinte años de trabajo, deudas y silencio patronal
Los testimonios de los trabajadores que aún no recibieron su telegrama pero temen recibirlo en cualquier momento son igualmente demoledores. Oscar, con 20 años de antigüedad en la planta, graficó el costo que la prolongada agonía de la empresa tuvo sobre su salud y su dignidad: «La situación me tiene mal. Nos afecta la salud mental. Ya hace un año y medio que vivimos esto. Yo vivo con mis padres. No es lo justo que yo tenga que vivir de ellos».
Nadie de la empresa viene a dar la cara y dar explicaciones, denunció Oscar. «Así nos tuvieron un año y medio. Nos quitaron parte de nuestro salario, nos deben el pago de meses, nos deben vacaciones», enumeró.
Otro trabajador con más de 18 años de antigüedad contó que el deterioro fue progresivo y que los empleados cedieron ante cada exigencia patronal con la esperanza de conservar el puesto: «El conflicto comenzó con un pedido de esfuerzo a los trabajadores y una reducción salarial del 9%. Luego, los pagos comenzaron a realizarse en cuotas. Con tal de seguir trabajando lo aceptamos. Hace tres meses nos pagaban 100 mil por semana«, relató. «Nosotros hemos aportado mucho a la empresa, pero para ellos somos un número más», cuestionó.
Un tercer operario con 16 años en la empresa resumió la angustia cotidiana de quienes todavía no fueron desvinculados pero tampoco cobran: «Todos tenemos chicos, cuentas que pagar, se me vence el alquiler, no tengo plata para alquilar en otro lado. Los servicios los pago como puedo. Si hacés una changa te peleás por los precios. Tuvimos que hacer muchos recortes en salidas y alimentos. Antes alcanzaba la plata. Ahora no alcanza para nada. Tenemos un trabajo fijo pero no cobramos».
La intendenta y el pedido de los trabajadores
Durante las protestas frente a la planta y en la plaza de Capitán Sarmiento, la intendenta local Fernanda Astorino Hurtado se hizo presente para interiorizarse sobre la situación. Habló de un «mal manejo empresarial», lo que coincide con el diagnóstico de los propios trabajadores, aunque para estos últimos la presencia política no alcanza si no se traduce en acciones concretas.
Ulere fue directa al respecto: «Todo sirve, nosotros estamos desorientados y lo que queremos es que esto no se apague, que ella luche por nosotros para que no se apague. Porque donde dejen de hablar de nosotros, todo va a terminar en la nada. A los políticos para que se muevan, porque ¿quién nos va a salvar a nosotros?».
La pregunta resuena con fuerza en un contexto nacional en el que el gobierno de Javier Milei ha reducido el gasto en programas sociales en más de un 60% y donde la desregulación del mercado laboral, impulsada por la misma gestión, dejó a miles de trabajadores sin las redes de contención que el Estado podía ofrecer. El drama de Capitán Sarmiento no es una excepción: es el retrato de lo que ocurre cuando una empresa quiebra y el Estado se hace a un lado.
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