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Análisis

Campañas de odio: el ataque a Julia Mengolini y la escalada de Milei contra el periodismo

El castigo no es sólo político: es sexual, moral, y profundamente machista. La periodista ha sido blanco reiterado de ataques desde 2015, pero los episodios se multiplicaron desde el régimen libertario.

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La periodista Julia Mengolini fue víctima, nuevamente, de una campaña de hostigamiento y violencia digital orquestada desde redes sociales, en un contexto político marcado por el señalamiento sistemático a comunicadores críticos por parte del régimen libertario de Javier Milei.

El ataque más reciente se desató tras sus declaraciones en el programa Patria o Muerte, que se emite por el canal de streaming Futurock, donde cuestionó los efectos del ajuste y denunció el desmantelamiento del Estado. Las respuestas no tardaron en llegar: insultos, amenazas, tergiversaciones y violencia de género mediática.

Un patrón de persecución

Lo que le ocurrió a Mengolini no fue un hecho aislado. Forma parte de un patrón consolidado en la gestión libertaria: la estigmatización pública de voces disidentes, en particular mujeres y periodistas con posturas feministas o peronistas. Desde las cuentas oficiales del Presidente y sus principales voceros —incluidos el vocero presidencial, Manuel Adorni, y la Secretaria General de la Presidencia, Karina Milei— se alienta la confrontación directa contra comunicadores, humoristas, actores, docentes, científicos, dirigentes sociales y referentes del movimiento de DDHH.

A través de posteos, reposteos o simples likes, el Presidente amplifica agresiones y habilita simbólicamente la legitimidad del ataque. En el caso de Mengolini, las cuentas libertarias difundieron extractos descontextualizados de sus declaraciones, acompañados de mensajes violentos y misóginos. La periodista fue blanco de burlas, insultos sexuales y descalificaciones personales.

Ensañamiento con las mujeres comunicadoras

El ensañamiento con comunicadoras mujeres no es casual ni circunstancial: responde a una matriz ideológica profundamente antifeminista que Javier Milei no oculta, sino que exhibe como parte de su identidad política. Desde la campaña presidencial, el actual mandatario ha despreciado públicamente al movimiento de mujeres, ha negado la existencia de la violencia de género como problema estructural y ha promovido la eliminación de políticas públicas vinculadas a la equidad de género.

En este marco, las mujeres que ocupan espacios públicos de comunicación se convierten en objetivos privilegiados del aparato libertario de hostigamiento. El castigo no es sólo político: es sexual, moral, y profundamente machista. La periodista Julia Mengolini ha sido objeto de ataques que combinan misoginia, desprecio clasista y odio político. Lo mismo ocurrió con otras comunicadoras como Cynthia García, Gisela Marziotta, Ofelia Fernández, Nora Veiras, Diana Zurco o Julia Strada, entre muchas otras.

El patrón es claro: mientras los varones críticos del Gobierno reciben insultos o burlas centradas en lo ideológico, las mujeres son objeto de ataques que apuntan a sus cuerpos, su sexualidad, su maternidad o su vida privada. La violencia simbólica cumple una función de escarmiento. El mensaje implícito es disciplinador: no se tolera que una mujer opine con autoridad, cuestionando al poder.

Violencia que busca disciplinar

Diversas organizaciones, como la Red de Periodistas Feministas y la Asociación de Reporteros Gráficos (ARGRA), han advertido sobre el creciente clima de hostilidad hacia el periodismo independiente. En particular, señalaron cómo el aparato de comunicación libertario promueve el escarnio público como forma de disciplinamiento simbólico. Las mujeres comunicadoras, en este esquema, reciben un castigo diferenciado: misoginia, amenazas de violación, acoso digital y deslegitimación profesional.

El caso de Mengolini se suma a los ataques sufridos por otras periodistas como Julia Strada, Carolina Amoroso, Ofelia Fernández (en su rol de comunicadora en redes), Cynthia García y Gisela Marziotta, entre muchas otras.

Silenciamiento por saturación

La lógica es clara: saturar el espacio público con odio para desalentar la participación política y el debate. Mengolini —una de las fundadoras de Futurock y figura referencial del periodismo argentino— ha sido blanco reiterado de estos ataques desde 2015, pero los episodios se multiplicaron desde la asunción de Milei. Lejos de tratarse de usuarios aislados, el ataque responde a una maquinaria organizada de cuentas anónimas, trolls y operadores que actúan como brazo digital del oficialismo.

Los discursos de odio no sólo afectan a las víctimas directas. También producen un efecto silenciador en quienes podrían expresar ideas críticas o defender políticas públicas cuestionadas por el Gobierno. El resultado: una esfera pública más pobre, más polarizada y más violenta.

La responsabilidad estatal

Organismos internacionales como la Relatoría para la Libertad de Expresión de la CIDH han sostenido que cuando el Poder Ejecutivo participa activamente de campañas de hostigamiento contra la prensa, se debilita la democracia. En Argentina, el régimen de Milei ha hecho de la confrontación con la prensa un eje central de su retórica.

No hay, hasta el momento, ningún posicionamiento institucional por parte del Ejecutivo para frenar estos discursos. Por el contrario, el hostigamiento suele estar legitimado, si no impulsado, desde las propias cuentas oficiales. Esto configura una estrategia de poder, no un exceso aislado.

Lo que está en juego no es una disputa entre periodistas y trolls, sino la posibilidad misma de ejercer el periodismo con libertad, especialmente cuando ese periodismo interpela a Milei.

Si vivís una situación de violencia de género o conocés a alguien que necesite ayuda llamá gratis al 144, mandá un mensaje al 11 5050 0147 o por WhatsApp al +54 911 2771 6463. También podés descargar acá una app para recibir ayuda de profesionales.

Análisis

El Nobel de Economía para dos neokeynesianos: una ironía para Milei

La Real Academia Sueca de Ciencias distinguió a Robert Hall, de Stanford, y a Michael Woodford, de Columbia, por desarrollar los modelos que hoy usan los bancos centrales para estabilizar el ciclo económico. El galardón consagra al paradigma neokeynesiano como herramienta central de la política económica contemporánea, en las antípodas del credo libertario que profesa el presidente argentino.

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El Argentino Diario-Premio Nobel de Economía.
Mientras Milei destruye el Estado, el Nobel galardona a quienes demuestran que el Estado es la solución, no el problema.

Dos economistas formados en la tradición keynesiana se llevaron este lunes el Premio Nobel de Economía 2026. Robert Hall, de 83 años, y Michael Woodford, de 71, fueron distinguidos por la Real Academia Sueca de Ciencias por construir los marcos teóricos que permitieron a los bancos centrales y los ministerios de finanzas de todo el mundo sincronizar políticas monetarias y fiscales para amortiguar los vaivenes del ciclo productivo. El premio corona décadas de investigación que colocaron al Estado como actor indispensable en la estabilización económica, un principio radicalmente opuesto al dogma que guía la gestión de Javier Milei en la Argentina.

Hall se desempeña en la Universidad de Stanford, en California; Woodford, en la Universidad de Columbia, en Nueva York. El titular del Comité evaluador, John Hassler, subrayó a través de un comunicado que las investigaciones de ambos aportaron «una base teórica estable» para que las autoridades económicas contemporáneas puedan sortear con mayor eficacia turbulencias externas como shocks energéticos o variaciones bruscas en las pautas de consumo hogareño.

Microeconomía al servicio de la macro

El aporte central de Hall y Woodford fue construir el paradigma neokeynesiano desde abajo hacia arriba: en lugar de analizar la economía como un bloque desde una perspectiva panorámica, sus modelos se asientan en decisiones individuales de millones de hogares y empresas. Ese cambio de enfoque generó una reconfiguración de paradigmas que hoy es el estándar de los bancos centrales más influyentes del planeta.

La hipótesis de Hall, presentada en un artículo de 1978, sostuvo que los cambios en el consumo no pueden predecirse porque dependen de información nueva e impredecible. Ese hallazgo resultó fundacional para la investigación moderna sobre el comportamiento del consumidor. Por su parte, el modelo de Woodford permitió responder de forma más eficaz a las perturbaciones que alteran el equilibrio entre oferta y demanda: una escasez de materias primas, un avance tecnológico que abarate la producción, una buena noticia sobre el futuro que impulse el consumo, o la noticia contraria. En todos esos casos, la política de estabilización, ya sea monetaria o fiscal, puede restablecer el equilibrio. La conclusión implícita es que el Estado no es el problema, sino parte de la solución.

El Nobel que Milei no puede ignorar

El galardón llega en un momento de singular elocuencia. Mientras el gobierno de Javier Milei profesa el achicamiento del Estado, el recorte del gasto público y la desregulación como mandatos irrefutables, la academia internacional que evalúa los avances del pensamiento económico eligió premiar precisamente lo opuesto: la demostración científica de que la intervención estatal inteligente, coordinada y basada en evidencia, reduce el sufrimiento de las personas durante las crisis. El premio no es solo un reconocimiento académico; es un mapa de lo que la ciencia económica global considera la frontera del conocimiento.

La tensión no es nueva en la historia del Nobel de Economía. En 2024, el galardón fue para investigadores de la desigualdad; en años anteriores se premió el análisis de las crisis financieras y el mercado laboral. La secuencia consolida una tendencia: la academia sueca premia la complejidad institucional antes que la pureza ideológica del mercado libre.

Una distinción con historia propia

El Premio de Ciencias Económicas del Banco de Suecia en memoria de Alfred Nobel, su nombre formal, fue instaurado en 1968 por iniciativa del Sveriges Riksbank para conmemorar su tricentenario. No fue creado por Alfred Nobel en su testamento original, a diferencia de los galardones en Física, Química, Medicina, Literatura y Paz. Su primera edición tuvo lugar en 1969, con el reconocimiento a los pioneros Ragnar Frisch y Jan Tinbergen. La dotación monetaria es equiparable al resto de las disciplinas tradicionales del Nobel.

Lo que tenés que saber

  • Robert Hall (Stanford, 83 años) y Michael Woodford (Columbia, 71 años) ganaron el Premio Nobel de Economía 2026.
  • Fueron distinguidos por desarrollar los modelos neokeynesianos que usan hoy los bancos centrales para estabilizar el ciclo económico.
  • La hipótesis de Hall sobre el consumo data de 1978; el modelo de Woodford permite responder a perturbaciones de oferta y demanda con política de estabilización.
  • El premio consagra la intervención estatal coordinada como herramienta científicamente válida, en contradicción directa con la doctrina económica del gobierno de Milei.
  • El galardón fue creado en 1968 por el Sveriges Riksbank; su primera edición fue en 1969.
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