Análisis
Sobre la medición de pobreza
En el contexto actual, con caída del nivel de empleo formal, recesión económica y virtual ausencia del Estado en obra pública y licuación de haberes previsionales, ¿cómo puede explicarse que haya bajado la pobreza en nuestro país?
Martín Epstein*
Durante la última semana circularon diversas estimaciones que ponen en foco en la forma en que se mide la pobreza en nuestro país. Primeramente, tanto desde el Ministerio de Capital Humano como otros analistas dan cuenta de un descenso de la incidencia de pobreza e indigencia desde los primeros dos trimestres de 2024 respecto al tercero. Se trata de una proyección que toma como instrumento la variación de canasta básica alimentaria (para medir indigencia) y total (que mide pobreza). Inclusive el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica confirman que para el tercer trimestre del año la pobreza afectaría al 38,9%, con un descenso del 12,1 puntos desde la medición anterior, y la indigencia 8,5% cayendo 7,5 puntos porcentuales.
Ahora bien, en el contexto actual, con caída del nivel de empleo formal, recesión económica y virtual ausencia del Estado en obra pública y licuación de haberes previsionales, ¿cómo puede explicarse que haya bajado la pobreza en nuestro país?
Lo primero que vale aclarar es que una de las variables más simples para medir niveles socioeconómicos son los ingresos y su capacidad de compra. Incluso la UCA reconoce el fenómeno como multidimensional, pero desde hacer tiempo el indicador fundamental para establecer pobreza e indigencia es el poder adquisitivo. Segunda aclaración metodológica, en la medición, se utilizan los ingresos de un mes comparados con la canasta básica del mes siguiente. Esta situación, en ciclos de alta inflación tiene un fuerte efecto distorsivo: cuando el dato es malo, la pobreza sube más rápido, y cuando los precios desaceleran, baja mucho más velozmente la medición.
Los primeros meses de la gestión de Milei, devaluación de diciembre mediante, aceleró muy rápidamente el nivel inflacionario, y específicamente de alimentos, frente a ingresos que quedaron muy rezagados, tanto en la formalidad como en el trabajo informal. Por ese proceso, la proyección dio para el primer trimestre 54,8 para pobreza y 20,2 para indigencia. De hacer una comparación que use datos del mismo mes, la pobreza hubiera sido de 47,1 en la primera parte del año, pero el cierre de 2023 hubiera sido también significativamente menor: en lugar de 38,6 hubiera dado 33,9, y respecto al 2024, sería ahora de 37,4.
En concreto, las tasas de pobreza e indigencia se observan con la medición actual un poco arriba de los niveles del mismo trimestre del año pasado, pero aún así, merece la pena dar una nueva vuelta metodológica para tratar de entender la medición. Como se trata de un análisis unidimensional, no puede dar cuenta, por ejemplo de una variación en la configuración de los gastos de las familias. De hecho, ni el pago de alquileres, ni el peso del costo de los servicios públicos y transporte dan cuenta de la reconfiguración de precios relativos que viene llevando adelante Milei.
Entonces, si bien es acertado decir que bajo los parámetros de análisis de esta metodología las variaciones son las publicadas, vale la pena pensar en nuevas formas de pensar una problemática estructural de nuestra sociedad, que sigue en un muy alto piso superior al 33%, niveles de inseguridad alimentaria del 28,3%, récord para la UCA incluso peor que durante la pandemia, con un 35,5% de niños y adolescentes con déficit de alimentación que constituye un drama tanto en el presente como en para sus futuros.
*Politólogo y Analista Económico del Centro de Economía Política Argentina (CEPA)
Análisis
El drama de Granja Tres Arroyos: 500 familias sin trabajo y sin cobrar
La empresa avícola cerró su planta en la localidad bonaerense, adeuda sueldos y aguinaldos y pidió un concurso preventivo de acreedores. «Somos un pueblo al que le cayó una bomba», describieron los trabajadores despedidos, que reclaman respuestas que la patronal nunca dio.
Más de 500 trabajadores y trabajadoras de Capitán Sarmiento perdieron su empleo en las últimas semanas tras el cierre de la planta avícola de Granja Tres Arroyos en esa localidad del norte bonaerense. La empresa acumula deudas salariales que incluyen meses de sueldo sin pagar y aguinaldos pendientes, y recurrió a la Justicia para pedir la apertura de un concurso preventivo de acreedores, el mecanismo legal que antecede a la quiebra y que deja a los trabajadores en una situación de extrema incertidumbre sobre el cobro de sus acreencias.
El impacto de los despidos no se limitó a Capitán Sarmiento. Según describió Andrea Ulere, ex empleada de la empresa, la crisis se extendió a municipios vecinos: alrededor de 100 despidos adicionales se registraron en Arrecifes y otros 100 en San Antonio de Areco, lo que convierte a esta debacle laboral en un golpe colectivo sobre toda la región del norte del conurbano extendido.
«Una bomba en el medio del pueblo»
Ulere describió la situación con una imagen que sintetiza el derrumbe social que vive la localidad. «Somos un pueblo que tiene la sensación hoy de caminar por la calle, que nos ha caído una bomba en el medio y andamos juntando los pedazos de la gente», señaló. «No se puede describir con palabras el dolor que tenemos», agregó.
La ex trabajadora reveló además un detalle que ilustra la dimensión humana de la crisis: «Acá venía el cartero del pueblo con el despido en mano llorando». La imagen del telegrama de despido entregado entre lágrimas en una localidad pequeña habla de un tejido comunitario que la empresa desgarró sin dar explicaciones.
Ulere fue cuidadosa al momento de atribuir responsabilidades, pero contundente: «Más allá del nivel nacional, que todos sabemos que económicamente estamos todos mal, acá hubo una mala gestión de los hijos y sobrinos de Joaquín de Grazia, que hicieron un mal negocio. Los despidos decían que eran por la gripe aviar, el Covid-19, y nosotros en esa época es cuando se trabajó más que nunca».
Veinte años de trabajo, deudas y silencio patronal
Los testimonios de los trabajadores que aún no recibieron su telegrama pero temen recibirlo en cualquier momento son igualmente demoledores. Oscar, con 20 años de antigüedad en la planta, graficó el costo que la prolongada agonía de la empresa tuvo sobre su salud y su dignidad: «La situación me tiene mal. Nos afecta la salud mental. Ya hace un año y medio que vivimos esto. Yo vivo con mis padres. No es lo justo que yo tenga que vivir de ellos».
Nadie de la empresa viene a dar la cara y dar explicaciones, denunció Oscar. «Así nos tuvieron un año y medio. Nos quitaron parte de nuestro salario, nos deben el pago de meses, nos deben vacaciones», enumeró.
Otro trabajador con más de 18 años de antigüedad contó que el deterioro fue progresivo y que los empleados cedieron ante cada exigencia patronal con la esperanza de conservar el puesto: «El conflicto comenzó con un pedido de esfuerzo a los trabajadores y una reducción salarial del 9%. Luego, los pagos comenzaron a realizarse en cuotas. Con tal de seguir trabajando lo aceptamos. Hace tres meses nos pagaban 100 mil por semana«, relató. «Nosotros hemos aportado mucho a la empresa, pero para ellos somos un número más», cuestionó.
Un tercer operario con 16 años en la empresa resumió la angustia cotidiana de quienes todavía no fueron desvinculados pero tampoco cobran: «Todos tenemos chicos, cuentas que pagar, se me vence el alquiler, no tengo plata para alquilar en otro lado. Los servicios los pago como puedo. Si hacés una changa te peleás por los precios. Tuvimos que hacer muchos recortes en salidas y alimentos. Antes alcanzaba la plata. Ahora no alcanza para nada. Tenemos un trabajo fijo pero no cobramos».
La intendenta y el pedido de los trabajadores
Durante las protestas frente a la planta y en la plaza de Capitán Sarmiento, la intendenta local Fernanda Astorino Hurtado se hizo presente para interiorizarse sobre la situación. Habló de un «mal manejo empresarial», lo que coincide con el diagnóstico de los propios trabajadores, aunque para estos últimos la presencia política no alcanza si no se traduce en acciones concretas.
Ulere fue directa al respecto: «Todo sirve, nosotros estamos desorientados y lo que queremos es que esto no se apague, que ella luche por nosotros para que no se apague. Porque donde dejen de hablar de nosotros, todo va a terminar en la nada. A los políticos para que se muevan, porque ¿quién nos va a salvar a nosotros?».
La pregunta resuena con fuerza en un contexto nacional en el que el gobierno de Javier Milei ha reducido el gasto en programas sociales en más de un 60% y donde la desregulación del mercado laboral, impulsada por la misma gestión, dejó a miles de trabajadores sin las redes de contención que el Estado podía ofrecer. El drama de Capitán Sarmiento no es una excepción: es el retrato de lo que ocurre cuando una empresa quiebra y el Estado se hace a un lado.
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