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Análisis

Vacaciones pagas: un derecho conquistado por el peronismo que vuelve a estar en disputa

O el trabajo garantiza una vida digna, o la lógica del mercado se impondrá incluso sobre el cuerpo y el tiempo de las personas.

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Las vacaciones pagas no fueron una concesión amable del mercado ni un beneficio otorgado por empresas “generosas”. Fueron una conquista histórica del movimiento obrero argentino, impulsada y garantizada por el Estado a partir del proyecto político encabezado por Juan Domingo Perón.

Hoy, ese derecho vuelve a estar en riesgo frente a las reformas laborales que pretende imponer el gobierno de Milei, bajo la lógica del ajuste, la flexibilización y la mercantilización del trabajo.

El derecho al descanso como política de Estado

La consagración de las vacaciones pagas en Argentina se dio en el marco de una transformación profunda del vínculo entre capital y trabajo. Durante el primer peronismo, el descanso anual remunerado fue reconocido como un derecho social, inseparable de la dignidad humana y de la salud física y mental de las y los trabajadores.

Lejos de una mirada asistencialista, el peronismo entendió que el trabajador no es una mercancía, sino un sujeto de derechos. Las vacaciones pagas permitieron, por primera vez, que amplios sectores populares accedieran al ocio, al turismo y al tiempo libre, rompiendo una lógica histórica de explotación continua. No fue casual: fue parte de un modelo de país que colocó al trabajo en el centro y al Estado como garante.

Ese paradigma quedó plasmado en normas laborales, en convenios colectivos y, más adelante, en el artículo 14 bis de la Constitución Nacional, que consagra el derecho al descanso y a vacaciones pagas como pilares del orden social argentino.

El modelo Milei: flexibilización y retroceso

El proyecto político que hoy encarna Javier Milei propone una ruptura frontal con ese consenso histórico. Bajo el discurso de la “libertad”, se intenta reinstalar una lógica donde los derechos laborales son vistos como costos y no como conquistas sociales.

Las reformas impulsadas, o anunciadas, por el Gobierno apuntan a debilitar la protección del trabajador: contratos más precarios, menor intervención estatal, reducción del poder de negociación colectiva y una concepción individualista del vínculo laboral.

En ese esquema, derechos como las vacaciones pagas dejan de ser innegociables para convertirse en variables ajustables según la rentabilidad empresarial.

No se trata de modernización, sino de regresión. La experiencia histórica y comparada muestra que la flexibilización no genera empleo de calidad, sino más precariedad, jornadas extendidas y trabajadores exhaustos, sin tiempo para descansar ni vivir.

Discutir las vacaciones pagas no es un debate técnico ni abstracto. Es discutir qué modelo de sociedad se quiere construir. Uno donde el trabajo garantice una vida digna, o uno donde la lógica del mercado se imponga incluso sobre el cuerpo y el tiempo de las personas.

El impacto social: cuando el descanso deja de ser privilegio

Lo que verdaderamente incomoda a la élite económica no es el “costo” de las vacaciones pagas, sino su efecto igualador. Lo que molesta es que las y los trabajadores accedan al descanso, al ocio, al turismo y al tiempo propio. Que salgan, aunque sea por unos días, de la lógica de la supervivencia permanente.

Durante el primer peronismo, el derecho a las vacaciones pagas no fue una abstracción jurídica: se tradujo en políticas públicas concretas. El turismo social impulsado por el Estado permitió que miles de familias trabajadoras conocieran el mar o las sierras por primera vez. Complejos como Chapadmalal o Embalse Río Tercero no solo ofrecieron descanso, sino que simbolizaron una ruptura histórica: el ocio dejó de ser patrimonio exclusivo de las clases altas.

Viajar, descansar, disfrutar del tiempo libre había sido, hasta entonces, una marca de distinción social. El peronismo democratizó ese acceso. El mensaje era claro: el trabajador no estaba destinado solo a producir, sino también a vivir.

Eso es lo que la élite nunca terminó de aceptar. Porque un trabajador que descansa es un trabajador que piensa, compara y cuestiona. Un trabajador que viaja amplía su mundo, fortalece vínculos familiares y comunitarios, construye autoestima y conciencia de derechos. El ocio no es improductivo: es profundamente emancipador.

Por eso, cada ofensiva contra las vacaciones pagas es también una estrategia de disciplinamiento social. El modelo libertario no busca solo flexibilizar el mercado laboral, sino reinstalar jerarquías: que el descanso vuelva a ser un privilegio y no un derecho; que el tiempo libre sea un lujo y no una condición de dignidad.

El peronismo dejó una enseñanza clara: sin derechos laborales no hay justicia social, y sin justicia social no hay democracia real. Las vacaciones pagas no son un privilegio: son una condición mínima de humanidad en el mundo del trabajo.

Frente a un gobierno que propone volver a un esquema previo a las conquistas del siglo XX, defender estos derechos no es nostalgia. Es defensa activa del presente y del futuro de millones de trabajadoras y trabajadores.

Análisis

¿Dónde mueren los traidores a sus pueblos?

Pinochet, Milei y Sodoma.

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El Argentino Diario-Donald Trump-Javier Milei.

Por Alejo Brignole

Uno de los mecanismos más extendidos de las naciones sumergentes, del norte rico, es dar cobijo legal y territorial a quienes han sido sirvientes fieles de sus estrategias dominantes. Muchos expresidentes, ministros de Economía y altos cargos gubernamentales latinoamericanos adscriben a esta larga tradición de refugiados infames que hundieron a sus pueblos.

El escritor británico James Hilton (1900-1954) publicó en 1933 una célebre novela titulada Horizontes perdidos, donde narra la llegada de un grupo de extranjeros al monasterio tibetano de Shangri-La, un lugar utópico del Himalaya que se aproximaba al concepto arquetípico del Paraíso Terrenal. Hilton describe allí a una sociedad pacífica y plena de armonía gobernada por lamas llenos de sabiduría.

La novela posee claras conexiones con la obra filosófica Utopía de Tomás Moro,  escrita en 1516, aunque el mítico Shangri-La en la novela de Hilton parece más bien un reflejo de la budista Shambala, un símbolo del gobierno perfecto basado en la concordia. En cualquier caso, estos lugares utópicos, rebosantes de perfección y alejados de otras realidades distópicas, parecen ser una constante (falsa) en el ideario de los imperialismos. Pero sobre todo de sus servidores, pues todos ellos, finalmente, acuden a ese Shangri-La en búsqueda de refugio tras las devastaciones económicas y sociales que dejan tras de sí. Sin embargo, para ganarse un pasaporte fiable al Shangri-La antes habrá que probar ser un alumno útil, pero sobre todo obediente del colonialismo de turno. Solo así el Paraíso abre sus puertas, otorga refugio y pasaporte estadounidense para proteger a sus sirvientes.

Si revisamos la historia del siglo XX –podríamos ir incluso mucho más atrás, si fuera el caso– veremos que cada gobernante que vendió a su país, o entregó a las sociedades que debía resguardar, o benefició a los poderes extranjeros, finalmente tuvo su recompensa y se le permitió acceder a la “sociedad perfecta” a la cual sirvió como esclavo privilegiado. La historia nos muestra los casos de Jean-Claude Duvalier, genocida y dictador haitiano que tras su caída en 1986  fue bien recibido en Francia, que fue la metrópoli colonial a la que obedeció y benefició (además de su vecino estadounidense).

El mismo fenómeno tuvo lugar cuando el dictador chileno Augusto Pinochet estuvo en Londres y desde allí, gracias a la justicia británica, pudo sortear las acusaciones internacionales por crímenes de lesa humanidad. El Gobierno británico al que sirvió económicamente (y también militarmente en 1982 durante la Guerra de Malvinas) cumplió así su parte del contrato con el servidor colonial, protegiéndolo contra las consecuencias de sus propios crímenes y genocidios.

El expresidente ecuatoriano, Jorge Jamil Mahuad (1998-2000), detenta una suerte parecida al exministro de Economía argentino, Domingo Cavallo (ministro durante la infame década neoliberal de 1990): ambos dan clases en universidades estadounidenses y tienen allí su Shangri-La asegurado, como recompensa por haber entregado las estructuras económicas de sus respectivos países a los diseños de Washington. Desde los años del Imperio romano un buen esclavo siempre puede aspirar a una buena dádiva.

En el caso de Argentina, nuestros mejores ejemplos los tenemos en los exmandatarios Carlos Saúl Menem y el actual y camaleónico Javier Milei, quienes  –cada uno en su momento– accedieron al blindaje de Washington a cambio de sumirse a la manera de Sodoma.  Luego de acatar disciplinadamente las directrices del Departamento de Estado, de haber entregado nuestra economía a las trasnacionales del norte rico y de favorecer el despliegue estratégico norteamericano en nuestras fronteras, estos presidentes acusados de corrupción, prevaricación y actos criminales de diversa naturaleza, no serán sentenciados por una Justicia igualmente diseñada desde Washington para nuestras naciones del Sur Global.

Mediante este ejercicio cómplice y después de fomentar la muerte, la desnutrición y el atraso programático en sus sociedades nativas, nuestros entregadores huyen hacia ese lugar de luz en donde no hay signos de dolor tercermundista, y en donde no tienen que contemplar el horror que sembraron a su paso, aquí lejos, en las periferias mundiales que gobernaron. Viven, por así decirlo, sus propias fantasías coloniales, en las cuales se les permite el disfrute del Shangri-La después de haber hecho su trabajo de Judas. Metáfora muy apropiada para Javier Milei, que probablemente recibirá asilo en campos hebreos, en el propio –y genocida– Estado de Israel, al que tantas puertas estratégicas le cedió en Argentina.

Estos héroes del colonialismo que hacen el trabajo sucio de los imperialismos son los que reciben el pasaporte a la Tierra Prometida y piensan que desde allí podrán escapar al juicio de los hombres y también al de la Historia. Pero al igual que en la novela de James Hilton, saben que salir del Shangli-La significa la muerte (en este caso, condenas judiciales por sus crímenes y eventualmente la prisión)

En la obra Horizontes perdidos los habitantes de ese lugar utópico viven una eterna juventud gracias a un clima especial y ciertas plantas medicinales que solo crecen allí. Por eso, cuando algunos protagonistas de la novela abandonan ese aislado paraíso mundano, los estragos de la realidad se hacen presentes de manera fulminante: envejecen repentinamente y las reglas biológicas que rigen al resto del mundo los alcanzan.

Extrapolando esta alegoría, los criminales que gobernaron y gobiernan muchos de nuestros países –entre ellos la Argentina actual– saben que solo podrán burlar la realidad jurídica huyendo hacia aquellos paraísos artificiales a los cuales sirvieron como mandaderos. Salir del Shangri-La, por tanto, es sinónimo de muerte. O lo que es lo mismo, de condena y castigo. Por eso Javier Milei, el ministro Federico Sturzenegger, Karina Milei o el lavador de dinero Luis Caputo (a cargo de la cartera económica) emigrarán a las fronteras protectoras a las que entregaron sus países, sus recursos estratégicos, sus glaciares e hidrovías estratégicas. Inescrupulosos traidores  a sus pueblos, víctimas de pobres ambiciones políticas y mundanas.

Pero sabemos que la Historia es circular y, como en todo espejismo de Shangri-La, a los  traidores de la humanidad los alcanzará la muerte, la podredumbre y el odio eterno de la sociedad que les vio nacer.

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