Análisis
La Noche de los Lápices

Por Manu Campi | @manucampimaier
Crecí con la sensación de que había algo roto. Los domingos de generala, política y el tío Juan envalentonado, colorado de rabia, ante cualquier atisbo que atente contra una democracia sostenible. La sensación de desahogo en la palabra y el piano en el hall de entrada y la mesa de la cocina donde mi madre me enseñó a jugar ping pong. Lucía, todavía con los mocos colgando, modelo ochenta y dos esquivaba el llanto de Agustina, la más chica de los tres.
Con los primos no hablábamos de otra cosa más que de cómo entretenernos un domingo hecho para los grandes. Los pibes éramos una especie de lastre revoltoso que había reducido, considerablemente, la movilidad de quienes no tuvieron más remedio que conformarse con rodear la mesa, discutir y jugar a las cartas.
En enero, Valeria del Mar, caballos por hora y escuchar reputear a Claudia cada vez que Guille se encaprichaba con alguna tontera típica de un día lluvioso. La tía era de lo más original para inventar amenazas: “te voy a sacar las tripas con una rama por el ombligo” o cosas por el estilo que, a la práctica, ni el más delicado asesino serial hubiese podido llevar adelante.
Así las cosas, nos reíamos más de lo que nos asustábamos. De aquellos domingos peronistas y parrilleros con olor a levadura, mate con facturas y el asado recalentado a la hora del vermouth, comprendí el porqué de la visceralidad con la que en la mesa de la calle Acevedo se trataban las cosas. Había libertad en la casa nueva. Se hizo el quincho en parte de la terraza, la sombra trajo guerra de hormigas negras culonas con Ale y Memé y el puesto de diarios de Retiro funcionaba de lo más bien. Así, entre estudiantes de medicina, floristas y laburantes, todos los domingos, indiscutiblemente, fue obligatorio aquel precioso amparo. Con el pasado cerca, la libertad era motivo para presumir.
De chico se ve todo grande, pero ninguno de aquellos personajes, por aquel entonces, pasaba los treinta y cinco años. A César le iba bien en la multinacional, Emilse se recibió antes que Gustavo y se repartía entre la residencia en el Clínicas, vernos crecer y amenazarnos eternamente con que cobrás a la una, a las dos, a las dos y tres cuartos…Tato y Elida atendían una inmobiliaria en Belgrano y el Pochi como un tomate hipertenso se jugaba la vida en una rodaja de cantimpalo, además era florista.
Serrat, Porchetto, Charly, La Negra Sosa, León y la Nueva Trova Cubana comprometían la tarde sobre el tocadiscos. Fuimos creciendo. Nos topamos con nosotros mismos husmeando en la biblioteca de casa esas cosas llamadas libros que hasta entonces eran simples adornos. Las necesidades intelectuales que se habían escondido entre los dados veían ahora la luz y todavía puedo escuchar el ruido del cubilete.
La primera vez que tuve en mis manos un “Nunca Más” fue en primer o segundo año. La tapa roja y el título sin números. Solo eso, nunca más. Los detalles que se omitían en casa cobraban sentido. La secundaria fue una especie de depositario donde más que nada se pasó el rato. Esquivé, con destreza, cualquier expectativa universitaria en cuanto comprendí que aquella era una diligencia próspera para potenciales contadores, abogados y doctores. Era otra época. Las presiones de antaño eran parte de un recuerdo contado por otros que hablaban de lo bien que nos vendría hacer eso que llamaban colimba.
Sin embargo, aquella terraza fue la plataforma de lo que vino después. Las piezas, con los años, se fueron acomodando solas. Pero es cierto, era otra época. Por cuestiones del azar, mis primeros recuerdos son en democracia. No sé cuál hubiese sido mi historia, pero de seguro tendría una diferente a esta, que me tiene escribiendo con una taza de té mientras los perros duermen.
No puedo evitar pensar que hace cuarenta y siete años, a lo mejor, Claudio De Acha también estaba tomándose un té, que María Clara Ciocchini, Emilce Moler y Patricia Miranda estaban con la tele prendida en sus sillones con fiaca de levantarse para ir a la cama, que María Claudia Falcone, de dieciséis años recién cumplidos, estaba dormida con el mismo deshabillé que tenía puesto cuando la mataron, que Daniel Racero, Horacio Ungaro y Pablo Díaz se acostaron ni bien terminaron de cenar y que Francisco López Muntaner se estaba fumando un pucho antes de que le tiren la puerta abajo.
A todos los secuestró la Policía y el Ejército entre el 8 y el 21 de septiembre de 1976. Ninguno tenía más de dieciocho años. La Noche de los Lápices fue el título del documento de inteligencia que encontraron años más tarde en dependencias de la Bonaerense. Cuarenta y siete años después, la memoria confronta incoherencias, allana caminos y mantiene viva la identidad propia. A Graciela, siempre.
Análisis
El drama de Granja Tres Arroyos: 500 familias sin trabajo y sin cobrar
La empresa avícola cerró su planta en la localidad bonaerense, adeuda sueldos y aguinaldos y pidió un concurso preventivo de acreedores. «Somos un pueblo al que le cayó una bomba», describieron los trabajadores despedidos, que reclaman respuestas que la patronal nunca dio.
Más de 500 trabajadores y trabajadoras de Capitán Sarmiento perdieron su empleo en las últimas semanas tras el cierre de la planta avícola de Granja Tres Arroyos en esa localidad del norte bonaerense. La empresa acumula deudas salariales que incluyen meses de sueldo sin pagar y aguinaldos pendientes, y recurrió a la Justicia para pedir la apertura de un concurso preventivo de acreedores, el mecanismo legal que antecede a la quiebra y que deja a los trabajadores en una situación de extrema incertidumbre sobre el cobro de sus acreencias.
El impacto de los despidos no se limitó a Capitán Sarmiento. Según describió Andrea Ulere, ex empleada de la empresa, la crisis se extendió a municipios vecinos: alrededor de 100 despidos adicionales se registraron en Arrecifes y otros 100 en San Antonio de Areco, lo que convierte a esta debacle laboral en un golpe colectivo sobre toda la región del norte del conurbano extendido.
«Una bomba en el medio del pueblo»
Ulere describió la situación con una imagen que sintetiza el derrumbe social que vive la localidad. «Somos un pueblo que tiene la sensación hoy de caminar por la calle, que nos ha caído una bomba en el medio y andamos juntando los pedazos de la gente», señaló. «No se puede describir con palabras el dolor que tenemos», agregó.
La ex trabajadora reveló además un detalle que ilustra la dimensión humana de la crisis: «Acá venía el cartero del pueblo con el despido en mano llorando». La imagen del telegrama de despido entregado entre lágrimas en una localidad pequeña habla de un tejido comunitario que la empresa desgarró sin dar explicaciones.
Ulere fue cuidadosa al momento de atribuir responsabilidades, pero contundente: «Más allá del nivel nacional, que todos sabemos que económicamente estamos todos mal, acá hubo una mala gestión de los hijos y sobrinos de Joaquín de Grazia, que hicieron un mal negocio. Los despidos decían que eran por la gripe aviar, el Covid-19, y nosotros en esa época es cuando se trabajó más que nunca».
Veinte años de trabajo, deudas y silencio patronal
Los testimonios de los trabajadores que aún no recibieron su telegrama pero temen recibirlo en cualquier momento son igualmente demoledores. Oscar, con 20 años de antigüedad en la planta, graficó el costo que la prolongada agonía de la empresa tuvo sobre su salud y su dignidad: «La situación me tiene mal. Nos afecta la salud mental. Ya hace un año y medio que vivimos esto. Yo vivo con mis padres. No es lo justo que yo tenga que vivir de ellos».
Nadie de la empresa viene a dar la cara y dar explicaciones, denunció Oscar. «Así nos tuvieron un año y medio. Nos quitaron parte de nuestro salario, nos deben el pago de meses, nos deben vacaciones», enumeró.
Otro trabajador con más de 18 años de antigüedad contó que el deterioro fue progresivo y que los empleados cedieron ante cada exigencia patronal con la esperanza de conservar el puesto: «El conflicto comenzó con un pedido de esfuerzo a los trabajadores y una reducción salarial del 9%. Luego, los pagos comenzaron a realizarse en cuotas. Con tal de seguir trabajando lo aceptamos. Hace tres meses nos pagaban 100 mil por semana«, relató. «Nosotros hemos aportado mucho a la empresa, pero para ellos somos un número más», cuestionó.
Un tercer operario con 16 años en la empresa resumió la angustia cotidiana de quienes todavía no fueron desvinculados pero tampoco cobran: «Todos tenemos chicos, cuentas que pagar, se me vence el alquiler, no tengo plata para alquilar en otro lado. Los servicios los pago como puedo. Si hacés una changa te peleás por los precios. Tuvimos que hacer muchos recortes en salidas y alimentos. Antes alcanzaba la plata. Ahora no alcanza para nada. Tenemos un trabajo fijo pero no cobramos».
La intendenta y el pedido de los trabajadores
Durante las protestas frente a la planta y en la plaza de Capitán Sarmiento, la intendenta local Fernanda Astorino Hurtado se hizo presente para interiorizarse sobre la situación. Habló de un «mal manejo empresarial», lo que coincide con el diagnóstico de los propios trabajadores, aunque para estos últimos la presencia política no alcanza si no se traduce en acciones concretas.
Ulere fue directa al respecto: «Todo sirve, nosotros estamos desorientados y lo que queremos es que esto no se apague, que ella luche por nosotros para que no se apague. Porque donde dejen de hablar de nosotros, todo va a terminar en la nada. A los políticos para que se muevan, porque ¿quién nos va a salvar a nosotros?».
La pregunta resuena con fuerza en un contexto nacional en el que el gobierno de Javier Milei ha reducido el gasto en programas sociales en más de un 60% y donde la desregulación del mercado laboral, impulsada por la misma gestión, dejó a miles de trabajadores sin las redes de contención que el Estado podía ofrecer. El drama de Capitán Sarmiento no es una excepción: es el retrato de lo que ocurre cuando una empresa quiebra y el Estado se hace a un lado.
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