Análisis
Apuntes para salir del incendio
A seis meses del gobierno de Javier Milei.
Por Rocío Fernández Collazo y Laura Bitto
“Era un placer quemar. Era un placer especial ver cosas devoradas, ver cosas ennegrecidas y cambiadas. Empuñando la embocadura de bronce, esgrimiendo la gran pitón que escupía queroseno venenoso sobre el mundo”, crepitaban las palabras de Ray Bradbury al comienzo de Fahrenheit 451, premonitorias de un mundo de libros quemados convertidos en cenizas. Como los nazis en la Opernplatz de Berlín o los milicos cuando, en junio 1980, quemaron veinticuatro toneladas de libros y fascículos del Centro Editor de América Latina. Ese mismo placer que el histriónico Peter Ustinov tan bien representó en la piel de Nerón, vociferando su odio en la famosa escena de “Quo Vadis”, “la plebe, esa maldita turba canalla que apesta y pide demasiado, el populacho no hace más que torturarme, su inmundo aliento flota en mi casa, en mis jardines, quisiera que tuviese una sola garganta para poder degollarlo”.
En Argentina estamos viviendo tiempos históricos que nos acorralan entre la distopía de Bradbury y el gran incendio de Roma en el que Nerón, dicen, tocaba la lira y cantaba mientras la ciudad ardía. En pleno siglo XXI, el presidente argentino Javier Milei, durante una entrevista con un medio extranjero en una de sus tantas visitas a EEUU, con una voz digna de Nerón, que se clava en los tímpanos como un punzón afilado, sentenció: «¡Amo! ¡Amo ser el topo dentro del Estado! ¡Soy el que destruye el Estado desde adentro! Es como estar infiltrado en las filas enemigas. Es decir, la reforma del Estado la tiene que hacer alguien que odie el Estado. Y yo odio tanto al Estado, que estoy dispuesto a soportar todo este tipo de mentiras, calumnias, injurias, tanto sobre mi persona como mis seres más queridos, que son mi hermana, mis perros y mis padres, con tal de destruir al Estado”. Ni reformar, ni mejorar, destrozar la organización política de nuestra sociedad, incendiarnos como a Roma. Orgulloso, se comparó a sí mismo con Terminator y proclamó que viene de un “futuro apocalíptico» para evitar la existencia del “socialismo». Al poco tiempo, en el Senado, mientras los votos afirmativos se desplegaban en las pantallas; afuera, la movilización popular era azotada sin piedad por el avance en formación romana de Gendarmería, Prefectura, Policìa Federal y de la Ciudad, que con tanques hidrantes, armas al hombro y placer en sus rostros, escupían “queroseno venenoso” que dejó ojos y pieles en llamas.
Obstinado en destruir, como Nerón con la plebe, sus políticas, el DNU y la Ley Bases atentan contra los valores democráticos que supimos conseguir: la educación, la salud, la obra, los medios públicos, los derechos humanos, de la comunidad LGBTIQ+, de las mujeres, pueblos originarios, jubilados, niñxs y adolescentes.
Manifestó siempre un goce cruel ante la desgracia del pueblo. Durante el tiempo que lleva en el gobierno cayeron en la pobreza 5.000.000 de personas. La indigencia pasó del 9,6 al 17,5%. Hubo miles de despidos en el Estado y empresas privadas. Se desplomó la industria, la construcción, y el consumo. Se desfinanció a las Universidades Nacionales. Los salarios y las jubilaciones perdieron, frente a la inflación, su poder adquisitivo. Las tarifas aumentaron entre un 300% y 400%. Son varias sus armas de destrucción, pero sin dudas, la manguera incendiaria de los últimos días es la Ley de Bases, que termina de establecer el sistema de privilegios fiscales, normativos y administrativos en beneficio de empresas internacionales de capitales concentrados más extremo que el país haya visto jamás.
El psicoanalista Fernando Ulloa, tres años antes del estallido social del 2001, planteaba que las políticas de la crueldad que acompañan los ajustes salvajes implican una complicidad colectiva: “la crueldad, como implementación de la condición agresiva y odiosa del hombre, es un hecho cultural y requiere una política que la ambiente. Dentro de esa política, ilustrada entre nosotros por los objetivos socioeconómicos de marginación que implementó el terrorismo de Estado, o por las políticas actuales de ajustes, se organiza ese dispositivo que da entorno directo a la mayor crueldad. Un dispositivo que configura la encerrona trágica donde, no habiendo tercero de apelación, no hay ninguna salida inmediata para la víctima”.
No encontramos un tercero de apelación frente a estas polìticas destructoras de todo lo bueno que tenía este país, la Corte Suprema de Justicia desestimó los pedidos de inconstitucionalidad del DNU que dictó Milei al asumir y la repartija de beneficios personales para lograr los votos en el Senado no tuvieron el màs mínimo disimulo.
Los medios de comunicación masiva y redes sociales fueron construyendo al “personaje”, naturalizando la crueldad y adormeciendo la reacción del público. Milei mismo se ofreció como espectáculo, produciendo un efecto de choque que lo hizo llamativo, su despeinado y rancio estilo de rock star noventoso acompañaron los gritos, el sarcasmo, los insultos y la violencia con la que demolió a sus adversarios. Milei siempre fue un producto de esta maquinaria efectiva de simulacro. Las imágenes de los medios audiovisuales manipularon las representaciones de la realidad según sus intereses, su rol de entretenimiento y con el fin de mantener el encendido. Lo real y el principio de realidad resultan en la actualidad negados o confundidos por los mecanismos de la industria de la comunicación. La televisión es, para Neil Postman, el centro de mando de una “nueva epistemología”, toda la comprensión pública de los asuntos importantes está influida por ella, argumenta en “Divertirse hasta morir”.
Las noticias como espectáculo y la manera de construirlas, lejos de invitar a la acción, colocaron a las audiencias en un espacio catártico, que opera como un mecanismo de naturalización del espanto. ¿Nos estamos quedando fascinados, indignados y paralizados frente a una pantalla, sin poder accionar ante una realidad cada vez más catastrófica? ¿Quieren que seamos el hámster, corriendo en su ruedita, sin ir a ningún lado?
Esta encerrona en la que estamos atrapados no puede disociarse del papel que ocupa la televisión. Ciertos periodistas se han transformado en agentes propagandísticos de Milei, obsecuentes, despliegan sus mentiras sin tapujos entre flashes y frases escupidas como slogans que sólo buscan vender ilusiones. Cuando lo entrevistan, son incapaces de la más mínima repregunta, asienten cualquier declaración, no importa lo estrafalaria que sea, asisten sin inmutarse a los más variados insultos, sobre todo hacia mujeres, y llegan al colmo de socorrerlo y completar las frases cuando lo ven perdido.
La crueldad, decía Ulloa, siempre requiere un “dispositivo sociocultural que sostenga el accionar de los crueles. La crueldad necesita la complicidad impune de otros. El eje de ese dispositivo cruel es la mentira”. El famoso “miente, miente, que algo quedará” de Goebbels. La televisión crea la ilusión de saber algo pero de hecho nos aparta del conocimiento, analizaba Postman, y es una premisa que la vemos hasta en los medios de comunicación que cuestionan las políticas de ajuste.
Como decía Jean Baudrillard “es el mero estilo de montaje, de desglose de planos, de interpolación, de apelación y de síntesis adoptado por el medio lo que controla el proceso de significación”.
El contenido televisivo repetido en loop llega a insensibilizar el ojo del espectador por la sobrecarga de las imágenes crueles. El noticiero central salpica información de manera inconexa, entre placas rojas, opiniones interrumpidas por “últimos momentos”, panelistas con apariciones intermitentes, zócalos pop muy ingeniosos y efectos sonoros graciosos; convierten, con un movimiento de magia televisiva, la tragedia en comedia. El dispositivo mediático traslada el sarcasmo a nuestras propias casas, tomadas por las pantallas.

El fuego ardía en las calles y el Congreso se oscurecía bajo un nubarrón gris plomo. Un hombre flameaba una gran bandera, llevaba las Malvinas estampadas en el pecho sobre la leyenda “honor y gloria”. Apoyado en uno de los faroles dorados de la plaza un cartel gritaba: “Senadores, voten como cóndores argentinos… No, como buitres americanos”. Sobre la avenida, el cordón de gendarmería se preparaba para avanzar. Un jóven alzaba un cartel en alto: “Con el R.I.G.I nos convertiremos en el patio trasero de los EE.UU.”.
Rodilla al piso y rifle en mano un policía escenificaba el clima habitual de ferocidad disparando fogonazos, rodeado de escuderos, fieles al mandato del gobierno nacional y el de la Ciudad quienes buscan suprimir la protesta social instaurando el terror. Golpearon y detuvieron a treinta personas, más de la mitad continúan detenidas en penales federales.
Sindicatos, organizaciones sociales, políticas, culturales, asambleas populares y el pueblo de a pie resistieron, al grito de “la patria no se vende”, la embestida de las fuerzas represivas que golpearon con palos, gases, chorros potentes de agua helada y motos voraces buscando a quién detener. Mientras en el recinto se aprobaba por un escaso márgen, modificada y tras inciertas negociaciones la “Ley Bases” que deberá ser tratada nuevamente en Diputados.
La política en Argentina es muy dinámica y cualquier cosa puede pasar. Tenemos que rescatar y fortalecer los lazos sociales para apartarnos de las pantallas y encontrar lugares de elaboración de lo que nos está pasando como país y así escapar de la encerrona trágica, saltar el muro de la impotencia y encarar la acción colectiva. Es imprescindible involucrarnos si esperamos transformar el oprobioso presente. La lucha por la libertad de los presos y presas políticas continúa.
Hoy, más que nunca, cuando parece haber caído el postulado “la Patria es el otro” que nos proponía volvernos semejantes, frente a un individualismo brutal e impiadoso, es necesario recomponer el entramado humanitario en el que el dolor ajeno no es indiferente y la crueldad no gana la batalla cultural. Como dice Ulloa: “La ternura crea el alma como patria primera del sujeto”.
Análisis
La tecnología no reemplaza la voluntad popular
Daniel Ríos propone reconstruir un proyecto nacional “soberano y planificado”. “Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos”, afirma.
Por Daniel Ríos
Lejos está, la presente iniciativa, de constituir una visión integral sobre el país que queremos y mucho menos representar a quienes pensamos parecido. Visión que correspondería debiera impulsarse desde las organizaciones que conforman el movimiento nacional y popular de Argentina, y una representación que debemos reconstruir. Sí creo que puede ser un disparador para abordar una discusión transversal y democrática sobre cuestiones que considero urgentes e ineludibles, casi de supervivencia.
Son tiempos de juntarnos con la finalidad de crear escenarios de debate en el seno mismo del Movimiento Nacional y Popular, para que, cuando se presente la oportunidad de accionar, nos encuentre preparados, que no nos tome por sorpresa.
Debemos reconstruir esa capacidad de representación de las mayorías populares con propuestas simples, directas, de sentido común, al alcance de todos y todas. Solo se trata de escucharnos, para poder debatir, si nos hacemos cargo de abordar con coraje la construcción de un gran frente nacional, un gran pacto social, político, económico, científico y cultural que, por el momento, todavía parece lejano.
Mientras tanto, esta nueva versión de la crisis mundial, evidenciada por la polarización de las ideas y la concentración de la riqueza, nos encuentra a los argentinos transitando, en forma históricamente reiterada, otra nueva versión de la entrega de nuestra soberanía por parte de los viejos y conocidos liberales que no quieren el desarrollo del país, empujándonos hacia la desintegración nacional.
Como casi todos, ignoro cuándo y cómo termina, aún así, descarto correrme de esta realidad, ocultarme, hacerme el distraído, resignarme, o militar un silencio cómplice. En cambio, elijo hacerme cargo de proponer ideas para una nueva convivencia con la intención de contribuir a recrear las reglas de un nuevo Estado de Bienestar.
La Tecnología, creada por el hombre, no es, ni será sustituto de la voluntad popular. Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos.
Es por esto que estoy dispuesto a compartir algunos ejes o algunos lineamientos del modelo que abrazo y aportarlos para una experiencia de construcción colectiva, como creo que debe ser, con el objetivo de definir hacia dónde queremos ir, y cómo hacerlo, evitando la improvisación que casi siempre nos impone la urgencia del cronograma electoral y la falta de humildad de la dirigencia, en general.
Una propuesta sólida, representativa de los intereses del pueblo y de la Nación Argentina, de la presente y de la futura, debe basarse en un profundo análisis de la situación actual del país y del contexto internacional, y es precisamente por esto último que resulta imprescindible un diagnóstico preciso, sobre esos problemas que parecen reiterados e insuperables, problemas estructurales que se van reinventando, en materia política, económica, educativa, productiva, etc., etc.
La vertiginosa realidad mundial nos debe hacer pensar, minuto a minuto, el país que queremos para nosotros y para las generaciones futuras. Planificar, accionar, verificar, corregir y volver a planificar podría ser el método normal, la práctica instalada. Planear estratégicamente mal puede considerarse como un fin en sí mismo, simplemente es el camino obligado de una inteligente gestión de lo público.
El oficio y la intuición son útiles, pero ya insuficientes, necesitamos definir, colectivamente, objetivos claros, alcanzables, de mediano y largo plazo, y definir una hoja de ruta estructurada que apuntale un plan de desarrollo armónico, territorialmente equilibrado, gradual, sostenible y soberano.

ARSAT, el primer satélite geoestacionario argentino y prueba de nuestra vocación activa en el desarrollo aeroespacial, largamente saboteado, interrumpido y reducido por administraciones obedientes al llamado «consenso de Washington».
Si “la unión hace la fuerza” no queda otra que unirnos para lograrlo. Hacer nuestros mejores aportes es la actitud militante que debemos tener todos aquellos que pensamos parecido, todos aquellos que nos sentimos con las ganas y la responsabilidad de contribuir para definir el modelo de país que deseamos.
Solo tenemos que juntarnos los de “este lado”, ampliamente hablando, y asumir el coraje de abordar el diseño de un nuevo modelo, desechando prácticas, creencias y discursos perimidos que, en gran medida, nos trajeron hasta acá. Si nos dejamos ganar por la inercia tal vez hoy pueda ser el principio del fin.
Propongo girar 180º o seguir fracasando. Así no va más. Juntémonos, es una oportunidad para empezar de nuevo, ya que no empezamos de cero. Supimos cruzar los Andes para liberar pueblos, hagámoslo de nuevo.
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