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Análisis

Juntos por el Cambio, y cómo legislar para las minorías

La derecha propone modificar la Ley de Alquileres reduciendo la duración de los contratos de los actuales 3 años a 2, indica que las subas en vez de anuales serán cada 6 meses, y además, deja librado a la decisión de los propietarios el monto del aumento.

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Por Mariana Collante  

Juntos por el Cambio no logró modificar la ley de alquileres en la Cámara de Diputados. Le faltaron los números suficientes para el debate, pero sí pudo fijar una sesión especial para el 23 de agosto, luego de celebrarse las elecciones PASO.

El proyecto que propone la derecha para su tratamiento reduce la duración de los contratos de los actuales 3 años a 2, indica que las subas en vez de anuales serán cada 6 meses, y además, deja librado a la decisión de los propietarios el monto del aumento.

En la actual ley de alquileres, ese número se obtiene de promediar la inflación con los incrementos salariales. El resultado es menor a la inflación general, y ese punto, beneficioso para los inquilinos, es uno de los que más irrita al mercado inmobiliario.

La norma presenta un mínimo marco regulatorio en un concepto que es decisivo para la vida de las personas: la vivienda. Sin embargo, el gobierno nacional no dispuso de ningún mecanismo para su control, y dejó a la deriva a 3 millones de hogares inquilinos.

Para Gervasio Muñoz, presidente de la Federación de Inquilinos Nacional, el Frente de Todos no tuvo políticas de vivienda masiva a la altura de la actual crisis habitacional. En este sentido, las cien mil viviendas inauguradas durante la gestión de Alberto Fernández “son políticas de incentivo del trabajo y de la construcción” –considera Muñoz-.

El correlato de esta falta de soluciones a los problemas cotidianos de la población es la poca representación de la clase política, dice el referente y agrega que la calidad de la vida de los trabajadores y trabajadoras se deteriora de manera creciente.

Pero es mucho más pronunciado para quienes deben pagar una renta; rescinden actividades deportivas, culturales, bajan el nivel de su alimentación, etc.

Por encuestas que ya hemos detallado en este espacio, se conoce que el cumplimiento de la ley ronda el 50% de los contratos firmados. 

 Esto significa dos cosas; la primacía de la lógica mercantil sobre la vivienda, la idea de mantener la rentabilidad de los sectores que tienen un excedente para invertir sobre el derecho que tenemos las personas a un hábitat digno y asequible.

Y en segundo lugar, que las fuerzas políticas mayoritarias tienen un rol bastante opaco en el diseño de cómo se vive en una ciudad. Son aliadas del mercado inmobiliario, o temerosas de enfrentarlo y dirimir a favor de las mayorías.

El difícil acceso a la vivienda de alquiler requiere de medidas urgentes y significativas, pero los planteamientos de Juntos por el Cambio atienden solo los reclamos del mercado inmobiliario.

No podemos dejar de leer este intento de modificar la ley en el contexto de la campaña electoral. A los pocos minutos de conocido el fracaso de la bancada opositora, el jefe de gobierno y precandidato a presidente Horacio Rodríguez Larreta usó su cuenta de Twitter para denunciar al kirchnerismo y ponerse de ejemplo.

Publicitó los créditos anunciados en abril pasado para que los inquilinos se endeuden en el proceso de conseguir un lugar para vivir. No es chiste.    

Análisis

El drama de Granja Tres Arroyos: 500 familias sin trabajo y sin cobrar

La empresa avícola cerró su planta en la localidad bonaerense, adeuda sueldos y aguinaldos y pidió un concurso preventivo de acreedores. «Somos un pueblo al que le cayó una bomba», describieron los trabajadores despedidos, que reclaman respuestas que la patronal nunca dio.

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Más de 500 trabajadores y trabajadoras de Capitán Sarmiento perdieron su empleo en las últimas semanas tras el cierre de la planta avícola de Granja Tres Arroyos en esa localidad del norte bonaerense. La empresa acumula deudas salariales que incluyen meses de sueldo sin pagar y aguinaldos pendientes, y recurrió a la Justicia para pedir la apertura de un concurso preventivo de acreedores, el mecanismo legal que antecede a la quiebra y que deja a los trabajadores en una situación de extrema incertidumbre sobre el cobro de sus acreencias.

El impacto de los despidos no se limitó a Capitán Sarmiento. Según describió Andrea Ulere, ex empleada de la empresa, la crisis se extendió a municipios vecinos: alrededor de 100 despidos adicionales se registraron en Arrecifes y otros 100 en San Antonio de Areco, lo que convierte a esta debacle laboral en un golpe colectivo sobre toda la región del norte del conurbano extendido.

«Una bomba en el medio del pueblo»

Ulere describió la situación con una imagen que sintetiza el derrumbe social que vive la localidad. «Somos un pueblo que tiene la sensación hoy de caminar por la calle, que nos ha caído una bomba en el medio y andamos juntando los pedazos de la gente», señaló. «No se puede describir con palabras el dolor que tenemos», agregó.

La ex trabajadora reveló además un detalle que ilustra la dimensión humana de la crisis: «Acá venía el cartero del pueblo con el despido en mano llorando». La imagen del telegrama de despido entregado entre lágrimas en una localidad pequeña habla de un tejido comunitario que la empresa desgarró sin dar explicaciones.

Ulere fue cuidadosa al momento de atribuir responsabilidades, pero contundente: «Más allá del nivel nacional, que todos sabemos que económicamente estamos todos mal, acá hubo una mala gestión de los hijos y sobrinos de Joaquín de Grazia, que hicieron un mal negocio. Los despidos decían que eran por la gripe aviar, el Covid-19, y nosotros en esa época es cuando se trabajó más que nunca».

Veinte años de trabajo, deudas y silencio patronal

Los testimonios de los trabajadores que aún no recibieron su telegrama pero temen recibirlo en cualquier momento son igualmente demoledores. Oscar, con 20 años de antigüedad en la planta, graficó el costo que la prolongada agonía de la empresa tuvo sobre su salud y su dignidad: «La situación me tiene mal. Nos afecta la salud mental. Ya hace un año y medio que vivimos esto. Yo vivo con mis padres. No es lo justo que yo tenga que vivir de ellos».

Nadie de la empresa viene a dar la cara y dar explicaciones, denunció Oscar. «Así nos tuvieron un año y medio. Nos quitaron parte de nuestro salario, nos deben el pago de meses, nos deben vacaciones», enumeró.

Otro trabajador con más de 18 años de antigüedad contó que el deterioro fue progresivo y que los empleados cedieron ante cada exigencia patronal con la esperanza de conservar el puesto: «El conflicto comenzó con un pedido de esfuerzo a los trabajadores y una reducción salarial del 9%. Luego, los pagos comenzaron a realizarse en cuotas. Con tal de seguir trabajando lo aceptamos. Hace tres meses nos pagaban 100 mil por semana«, relató. «Nosotros hemos aportado mucho a la empresa, pero para ellos somos un número más», cuestionó.

Un tercer operario con 16 años en la empresa resumió la angustia cotidiana de quienes todavía no fueron desvinculados pero tampoco cobran: «Todos tenemos chicos, cuentas que pagar, se me vence el alquiler, no tengo plata para alquilar en otro lado. Los servicios los pago como puedo. Si hacés una changa te peleás por los precios. Tuvimos que hacer muchos recortes en salidas y alimentos. Antes alcanzaba la plata. Ahora no alcanza para nada. Tenemos un trabajo fijo pero no cobramos».

La intendenta y el pedido de los trabajadores

Durante las protestas frente a la planta y en la plaza de Capitán Sarmiento, la intendenta local Fernanda Astorino Hurtado se hizo presente para interiorizarse sobre la situación. Habló de un «mal manejo empresarial», lo que coincide con el diagnóstico de los propios trabajadores, aunque para estos últimos la presencia política no alcanza si no se traduce en acciones concretas.

Ulere fue directa al respecto: «Todo sirve, nosotros estamos desorientados y lo que queremos es que esto no se apague, que ella luche por nosotros para que no se apague. Porque donde dejen de hablar de nosotros, todo va a terminar en la nada. A los políticos para que se muevan, porque ¿quién nos va a salvar a nosotros?».

La pregunta resuena con fuerza en un contexto nacional en el que el gobierno de Javier Milei ha reducido el gasto en programas sociales en más de un 60% y donde la desregulación del mercado laboral, impulsada por la misma gestión, dejó a miles de trabajadores sin las redes de contención que el Estado podía ofrecer. El drama de Capitán Sarmiento no es una excepción: es el retrato de lo que ocurre cuando una empresa quiebra y el Estado se hace a un lado.

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