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Análisis

Día del Periodista: «El violento oficio de escribir»

En una nueva jornada en la que se conmemora el Día del Periodista, en medio de una compleja coyuntura donde las fake news pasan inadvertidas en las redes sociales y entre los lectores y televidentes de los grandes medios de comunicación, es importante recupera la figura e impronta de Rodolfo Walsh, a más de 44 años de su asesinato y desaparición.

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En una nueva jornada en la que se conmemora el Día del Periodista, en medio de una compleja coyuntura donde las fake news pasan inadvertidas en las redes sociales y entre los lectores y televidentes de los grandes medios de comunicación, es importante recupera la figura e impronta de Rodolfo Walsh, a más de 44 años de su asesinato y desaparición.

Por Juan Rapacioli

Rodolfo Walsh estuvo cerca de consagrarse como un gran escritor de su tiempo pero, frente a las injusticias que le tocó ver, decidió usar sus capacidades como narrador para la escritura política, y se convirtió también en un militante de la palabra

Escritor, traductor, periodista, intelectual y militante, nombre clave para comprender la relación entre literatura y política en la Argentina, Rodolfo Walsh es revisitado por una serie de autores que analizan su obra, pensamiento y compromiso a más de 44 años de su asesinato por parte de la última dictadura militar.

«Walsh era capaz de escribir en todos los registros de la lengua y su prosa es uno de los grandes momentos de la literatura argentina contemporánea», escribió Ricardo Piglia en el prólogo a la edición de sus «Cuentos completos», publicado por Ediciones de la Flor en 2013.

En ese texto, Piglia señaló que «frente a la buena conciencia progresista de las novelas ‘sociales’, que reflejan la realidad y ficcionalizan las efemérides políticas, Walsh levantaba la verdad cruda de los hechos, el documento, la denuncia directa y a la vez cuestionaba, en la circulación inmediata de sus investigaciones, el formato libro y por tanto el mercado literario».

Walsh (Choele Choel, Río Negro, 1927) fue autor de la emblemática investigación «Operación Masacre», considerada la primera obra de no ficción -de la que este año se cumplen 60 años de su publicación-, donde narra a la manera de una novela policial los fusilamientos ilegales de un grupo de prisioneros peronistas el 9 de junio de 1956 en José León Suárez por parte de la Revolución Libertadora.

Autor de grandes cuentos en la tradición del género policial y relatos breves ligados a la prosa de Jorge Luis Borges, Walsh estuvo cerca de consagrarse como un gran escritor de su tiempo pero, frente a las injusticias que le tocó ver, decidió usar sus capacidades como narrador para la escritura política, y se convirtió también en un militante de la palabra.

A partir de esa decisión, su vida cambió para siempre: en 1959 fue parte de la creación de la Agencia de Noticias Prensa Latina en Cuba, donde puso en evidencia los planes de la CIA para invadir la isla; dirigió el semanario de la CGT; militó en el Peronismo de Base; fue parte de la organización Montoneros; y, junto con Paco Urondo, fundó el diario Noticias.

Durante la dictadura militar iniciada el 24 de marzo de 1976 creó la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA), donde escribió y difundió el célebre texto que dice: «El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información.»

Al cumplirse un año de la dictadura, escribió desde la clandestinidad su famosa «Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar», donde desnudó con precisión el plan económico, terrorista y criminal de los militares encabezados por Jorge Rafael Videla. Un día después fue secuestrado por un grupo de Tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada. Su cuerpo nunca fue encontrado.

Lucidez, compromiso, creatividad y pasión por la verdad se condensan en la figura de Rodolfo Walsh, un autor único atravesado por la violencia de la historia argentina que, a pesar de su desaparición física, sigue latiendo como un fuego imposible de apagar.

Ricardo Ragendorfer, María Pía López, Daniel Link, Martín Caparrós y Juan Mattio hace algunos años hablaron con Télam sobre la obra, vida, influencia y legado del escritor que abrió nuevos caminos en los modos de pensar la tensión entre literatura y política, clave en la historia argentina.

«Me atrevería a decir que su cuento ‘Esa mujer’ es -junto con ‘El Aleph’, de Borges- uno de los mejores textos de la literatura argentina», sostuvo el periodista Ricardo Ragendorfer. Y señala dos aspectos que definen al escritor: «por un lado está la singularidad de su obra. Por otro, la solidez con la que sobrellevó hasta el final su condición de intelectual orgánico de una causa política».

«Y a eso también hay que sumar la influencia de su pensamiento en el campo popular. Claro que tipos como Haroldo Conti, Paco Urondo, Raymundo Gleyzer y Héctor Oesterheld, entre otros, no fueron menos valiosos. Pero, por alguna extraña razón, todos ellos terminaron cristalizados en la figura de Walsh», apuntó el autor de «Los doblados». Y consideró también que «su influencia está más en la literatura que en el periodismo. Basta leer los diarios o prender la tele para darse cuenta de ello. Pienso que su ausencia es una tragedia por razones fácticas. Dado que la mitomanía se ha convertido en una política de Estado, no estaría mal revalorizar su figura. Pero no solo por el aniversario de su muerte, sino por sus enseñanzas en el campo de la contrainformación».

Para la socióloga María Pía López, «sus investigaciones son absolutamente nuevas e ineludibles. En ese contexto es que hay que pensar que sus excepcionales cuentos quedan en un segundo plano. David Viñas decía que Walsh era el gran cuentista argentino, con obras más relevantes que las de Borges. Eso tenía algo de provocación, pero a la vez señalaba lo preciso de esa literatura».

«En intelectuales de muy distinto estilo de intervención, como Horacio González y Horacio Verbitsky, existe ese engarce entre la idea de justicia, el activismo público y la escritura. No habría que mitologizar un único modo del compromiso, que aparece vinculado a una época, la de la insurgencia armada, porque si no declararíamos desiertas de política todas las posteriores», reflexionó la ex directora del Museo del libro y de la lengua.

El escritor y catedrático Daniel Link, que editó la obra de Walsh («El violento oficio de escribir», «Ese hombre y otros papeles personales»), explicó que para el propio Walsh «hay una distancia entre los cuentos firmados por Daniel Hernández (publicados con ese seudónimo en revistas) y las ‘novelas cortas’ protagonizadas por Daniel Hernández, pero firmadas por Rodolfo Walsh, que integran «‘Variaciones en rojo'».

«En todo caso -considera Link-, Walsh ejercita el cuento policial con una coherencia y un talento que nadie más que Borges había tenido ni tendrá en el contexto de la literatura argentina. Más adelante abandonará el género y publicará cuentos que deben leerse en el contexto de la onda expansiva promovida por el boom latinoamericano, la editorial Jorge Álvarez y la actividad de su mujer de aquellos años, Pirí Lugones».

Según Link, «Walsh aspira a más y aspira, sobre todo, a un tipo de articulación entre literatura y política que el cuento no puede darle. Si lo recordamos antes por ‘Operación masacre’ que por su producción cuentística es por la enorme estatura de esa investigación vuelta libro, y no porque sus cuentos no se cuenten entre los mejores».

El periodista y novelista Martín Caparrós sostuvo que las obras de no ficción de Walsh «implicaron una renovación del género que sus cuentos no, así que es lógico que hayan tenido más repercusión. Digamos que su periodismo narrativo abrió caminos; sus cuentos los recorrieron con eficacia y elegancia».

«Walsh escribió en tiempos particularmente políticos, donde su escritura tenía un peso y una circulación que no podría haber tenido en otros momentos. Sus intervenciones fueron extraordinarias», considera el autor de «Los Living». Y señala: «Me gustaría pensar que lo importante de Rodolfo Walsh no es su ‘desaparición’, sino su aparición, que haya pensado, discutido, escrito, publicado. A veces temo que, para algunos, su importancia está demasiado basada en su fin trágico; a esos, les recomendaría que lo lean».

Juan Mattio, escritor y periodista, dice que «habría que pensar a Walsh como un territorio sobre el cual las generaciones de escritores que llegan después que él deciden dar ciertos debates. Una de las grandes preguntas que se hicieron los escritores de su generación -¿De qué forma se relacionan la práctica literaria y la acción política?- encontró en él una respuesta que sirvió como modelo».

«La influencia de Walsh es múltiple. Está presente, por supuesto, en algunas de las experiencias de no ficción que se producen y circulan hoy. También es la figura central de una serie de debates que intentan pensar el vínculo entre literatura y sociedad», apuntó el autor de «Tres veces luz».

Elecciones

¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia

A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.

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El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.

No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.

Una lealtad que se conjuga en presente

Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.

El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.

Un Gobierno que no respeta la democracia

Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.

Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.

Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.

No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.

El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición

El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.

Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.

Las mujeres y disidencias van al centro del poder

Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.

La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.

Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.

Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.

2027: la lealtad es organizarse

Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.

Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.

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