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Tragedia de Beara: nuevo aval al juez macrista

La Cámara de Casación porteña también rechazó la recusación del magistrado Nocetti Achával, acusado por familiares de las víctimas de sus vínculos con el ex presidente y haber beneficiado con la absolución a los funcionarios del gobierno porteño.

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En una actitud considerada como de la “corporación judicial” en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires, la Cámara de Casación porteña rechazó la recusación del padre de Leticia Provedo, una de las dos jóvenes muertas por el derrumbe de un entrepiso en el boliche Beara en septiembre, contra uno de los jueces del Tribunal Oral Criminal Nro. 7 por sus “relaciones” con el ex presidente y entonces jefe de Gobierno, Mauricio Macri.

Albero Provedo, papá de Leticia, había presentado una recusación contra el juez Alejandro Nocetti Achával por sus vínculos sociales y familiares con el macrismo, tras el fallo por la Tragedia de Beara en que todos los funcionarios del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires resultaron sospechosamente absueltos.

El plantel ya había sido rechazado por el propio magistrado y sus dos colegas que integraron el Tribunal Oral Criminal Nro. 7, quienes, al término del juicio, solo aplicaron penas menores a los responsables del boliche del barrio de Palermo, donde se produjo el derrumbe en el que murieron Ariana Lizarraga y su amiga Leticia Provedo, además de las heridas sufridas por otros 50 jóvenes.

Ahora, la Cámara de Casación porteño, en el fallo unipersonal del juez Eugenio Sarrabayrouse, resolvió que «en el caso no se verifica motivo alguno para apartar al juez aludido del conocimiento del proceso, ni se advierten circunstancias que justifiquen el alegado temor de parcialidad desde una perspectiva objetiva«.

El juez Nocetti Achával no es pariente, ni per sé ni a través de familiares hasta cuarto grado de cosanguinidad, con ninguno de los ex funcionarios del Gobierno porteño, se indicó.

Ahora, se aguarda por la decisión de la Cámara Nacional de Casación que debe revisar la sentencia que absolvió a todos los funcionarios públicos por la tragedia de Beara y sólo condenó a penas de prisión en suspenso a los empresarios que regenteaban el local, luego de las apelaciones presentadas por el fiscal Oscar Ciruzzi y una de las querellas.

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Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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