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Repartirán platos de comida caliente alrededor de la Facultad de Medicina

La actividad, denominada «Plato Caliente», será llevada a cabo por voluntarios de la UBA.

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Voluntarios de las distintas facultades de la Universidad de Buenos Aires (UBA) repartirán un plato de comida caliente a personas que se encuentren en situación de calle, una actividad que realizan por tercer año consecutivo, informó hoy la casa de altos estudios.

El Programa «Plato Caliente» comenzará a partir de este jueves, y se llevará a cabo durante todos los martes y jueves desde las 19 con punto de reunión en el bar de la Facultad de Medicina, ubicado en la calle Azcuénaga y Marcelo T. de Alvear, en el barrio porteño de Recoleta.

En ese mismo lugar, voluntarios de la carrera de Nutrición realizarán platos que cumplan con los valores nutricionales que cada persona debe consumir y, una vez preparada la comida, los platos serán repartidos por las zonas aledañas a las facultades.

Nicolás Gutiérrez es estudiante de Contador Público de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA y participa del voluntariado desde sus inicios, hace tres años, y aseguró a Télam que su participación en el programa «lo llena de orgullo» y que una de las grandes repercusiones que da es «poder darle a la sociedad un poco de lo que nos brinda a través de la educación pública».

Convocados por la Federación Universitaria de Buenos Aires, el voluntariado Plato Caliente se lleva adelante desde el inicio de la pandemia de Covid-19 (en mayo de 2020, y continúa hasta la actualidad), y tiene la finalidad de acercar un plato de comida a las personas que se encuentran en situación de calle.

«A veces cuando repartimos vemos esa pequeña gota de alegría en aquellas personas que hoy por hoy no la están pasando muy bien. Te llena bastante el alma ver un poco de esa alegría que les das con un plato de comida caliente», aseguró Gutiérrez.

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Respecto a la cantidad de gente que pasan a retirar un plato de comida, el estudiante explicó que «dar un número cada vez que realizamos una jornada es bastante difícil» porque «las cantidades de personas a las cuales estamos repartiendo varía noche a noche».

Desde sus inicios, y hasta el año pasado, se entregaron más de 110 mil platos de comida y participaron casi 20 mil voluntarios de la UBA a través del Programa UBA en Acción, dependiente de la Secretaría de Extensión Universitaria y Bienestar Estudiantil (Seube), según detalló la casa de altos estudios.

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Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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