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Allanan locales del microcentro porteño y secuestran 1.000 celulares robados

La División Contravenciones y Faltas contra el Orden Público de la Policía de la Ciudad, la Agencia Gubernamental de Control (AGC) y de la Dirección General de Coordinación Operativo (Dgcope), fueron realizados en cuatro comercios en la galería Jardín, en la calle Florida al 500, y otros tres sobre Lavalle al 600, dentro la galería Oroz.

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Más de mil celulares denunciados como robados fueron secuestrados por la policía porteña en siete locales de telefonía ubicados en el microcentro de la ciudad de Buenos Aires, durante un operativo en el que fue detenida una persona, informaron hoy fuentes de esa fuerza

Los allanamientos, a cargo de la División Contravenciones y Faltas contra el Orden Público de la Policía de la Ciudad, la Agencia Gubernamental de Control (AGC) y de la Dirección General de Coordinación Operativo (Dgcope), fueron realizados en cuatro comercios en la galería Jardín, en la calle Florida al 500, y otros tres sobre Lavalle al 600, dentro la galería Oroz.

Como resultado de los procedimientos, los efectivos secuestraron 1.041 celulares denunciados como robados y sin documentación respaldatoria, mientras que un hombre que ejercía como responsable de dos de los comercios fue detenido.

Según los voceros, el aprehendido quedó imputado por infringir la Ley 25.891 de Comunicaciones Móviles, ya que en sus locales se encontraron tres celulares y una tarjeta SIM que figuraban como robados ante el Ente Nacional de Comunicaciones (ENACOM).

Además, en esos dos comercios, los oficiales incautaron otros 948 celulares sin documentación que regula la identificación de los aparatos electrónicos de telefonía celular, sus repuestos y partes, afectados a la compra venta y reparación.

Por otra parte, en los cinco locales restantes se encontraron 94 dispositivos reportados como robados, motivo por el cual sus responsables fueron intimados por irregularidades administrativas.

Intervienen en la investigación los Juzgados Nacionales en lo Criminal y Correccional Federal 4 y 5, a cargo de los magistrados Ariel Lijo y María Eugenia Capuchetti.

Al respecto, el jefe de gobierno porteño, Jorge Macri, destacó la importancia de que se haga la denuncia del robo de celulares al 911 «para que luego llamando a la compañía se pueda bloquear el IMEI, que es el número que identifica a cada aparato» y explicó que «esa es la medida tecnológica más efectiva para desalentar el mercado paralelo y la reventa de celulares robados».

Por último, el ministro de Seguridad de la Ciudad, Waldo Wolff, agregó: «La mejor forma de luchar contra el robo de celulares es atacar las organizaciones delictivas y sus puntos de venta. Estas inspecciones en galerías donde se revenden teléfonos son vitales y seguiremos con ellas para desalentar la actividad».

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Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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