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Desregulación

Empresas sin empleados, sin controles y con ley extranjera: otro proyecto de Sturzenegger que se cae

Antes de que el Senado le pusiera límites, el proyecto de reforma de la Ley General de Sociedades impulsado por el ministro de Desregulación habilitaba compañías gestionadas íntegramente por inteligencia artificial, sin ningún empleado ni director humano, con participaciones en blockchain y con la posibilidad de dirimir conflictos bajo derecho extranjero. Un repaso por lo que el Gobierno quiso hacer y lo que el debate parlamentario comenzó a frenar.

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El Argentino Diario-Federico Sturzenegger.
El plan que no pudo: las empresas-fantasma de Sturzenegger que el Congreso comenzó a desactivar.

El proyecto de reforma de la Ley General de Sociedades que el Gobierno de Javier Milei envió al Congreso el 29 de mayo de 2026 fue presentado por el ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, como una transformación estructural del andamiaje jurídico de las empresas argentinas. La norma vigente, sancionada en 1972 durante el gobierno de facto de Alejandro Lanusse, fue calificada por Sturzenegger como «rígida y anacrónica» y construida sobre «la desconfianza al sector privado». Lo que el Ejecutivo propuso en su lugar fue un esquema donde el estatuto de cada empresa prima sobre la ley, el Estado pierde sus atribuciones de control ordinario y las sociedades pueden operar sin un solo ser humano en su estructura.

Después de meses de debate en la Comisión de Legislación General del Senado y frente a las críticas acumuladas de juristas, abogados y expositores de distintos bloques, el oficialismo anunció este miércoles que retrocede en uno de los puntos más disruptivos: las nuevas figuras societarias deberán tener al menos un responsable humano o jurídico. Pero para entender el alcance real de esa concesión, es necesario revisar con precisión qué era lo que el proyecto original proponía.

El proyecto original: empresas sin personas

La iniciativa creaba dos figuras jurídicas sin antecedentes en el derecho argentino. La primera, la «Sociedad Automatizada», podía operar íntegramente mediante algoritmos o sistemas de inteligencia artificial, sin requerir empleados ni directivos humanos para su funcionamiento ordinario. La segunda, las DAO (Organizaciones Autónomas Descentralizadas), funcionaban total o parcialmente de forma autónoma, con participaciones representadas en tokens y registros asentados en blockchain, sin directorios ni gerencias de ningún tipo.

Ambas figuras tendrían, según el texto enviado por el Ejecutivo, personalidad jurídica plena y responsabilidad limitada. Es decir: una empresa gestionada por un algoritmo podría firmar contratos, ser titular de bienes, contratar servicios y acumular deudas, con la misma capacidad legal que cualquier sociedad anónima tradicional, pero sin ninguna persona física a quien reclamarle en caso de incumplimiento, fraude o daño a terceros. Los interrogantes sobre quién respondería ante un acreedor, un trabajador contratado o el propio Estado no encontraban respuesta clara en el articulado original.

El estatuto por encima de la ley: el fin del control estatal ordinario

Uno de los ejes centrales del proyecto convierte las disposiciones de la Ley General de Sociedades en normas supletorias: el estatuto de cada empresa prevalece sobre la legislación general. Sturzenegger lo enunció sin rodeos en la red social X: «Las restricciones estatales serán excepcionales y de interpretación restrictiva. Los registros públicos no podrán dictar resoluciones que limiten lo que la ley permite.»

En términos concretos, esto implica una reducción severa de las facultades de organismos como la Inspección General de Justicia (IGJ) y las Direcciones Provinciales de Personas Jurídicas, que hoy tienen atribuciones para auditar, observar y rechazar actos societarios que consideren irregulares. Bajo el esquema propuesto, esos organismos solo podrían intervenir en los casos expresamente habilitados por la ley, y siempre de manera restrictiva. La reforma también eliminaba la obligación de consignar un objeto social específico: si el estatuto no lo precisaba, la empresa podría realizar cualquier actividad lícita, sin límite de rubro ni sector.

Conflictos bajo ley extranjera: la elusión de la justicia argentina

El punto de mayor tensión jurídica del proyecto es la posibilidad de que las sociedades sometan sus conflictos internos al derecho extranjero o mercantil internacional y pacten cláusulas arbitrales en sus estatutos para resolver disputas por fuera de los tribunales argentinos. Sturzenegger citó como modelos de referencia a Dubai, donde las relaciones societarias se rigen por la legislación que los propios socios elijan, y a Irlanda, cuyo marco legal y fiscal atrajo a las principales multinacionales tecnológicas del mundo.

Lo que esa comparación omite es el impacto sobre la capacidad del Estado argentino de investigar, auditar o gravar a empresas que operen en territorio nacional pero hayan pactado someterse a tribunales de arbitraje extranjeros o a marcos legales de jurisdicciones con menor carga impositiva. La posibilidad de que una empresa con activos en Argentina, sin empleados formales y con participaciones en tokens dirima sus disputas bajo legislación de Dubai representa, en los hechos, un mecanismo de blindaje frente a cualquier reclamo fiscal, laboral o civil en el país.

Digitalización integral: el expediente en papel, a la historia

La iniciativa incorporaba también la digitalización plena del sistema societario: domicilio electrónico, libros y registros digitales, asambleas a distancia, constitución de sociedades por firma digital y legajo digital público para cada empresa. «Con este proyecto, el expediente en papel queda en la historia», afirmó Sturzenegger. Este aspecto del proyecto generó menos resistencia, ya que la modernización de los trámites registrales es una demanda histórica del sector empresarial y no implica, por sí sola, una reducción de los controles de fondo.

Un proyecto en un paquete mayor: Hojarasca, Propiedad Privada y reforma laboral

La reforma societaria no llegó al Congreso de manera aislada. Forma parte de un paquete legislativo más amplio que el Ejecutivo viene impulsando en paralelo: la Ley Hojarasca, que busca derogar más de 60 normas consideradas obsoletas por el Gobierno; la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, también diseñada por Sturzenegger; y la reglamentación de la reforma laboral, que el Ejecutivo avanzó mediante los decretos 406, 407, 408 y 409, firmados en mayo de 2026, que modificaron la Ley de Contrato de Trabajo, la Ley de Convenciones Colectivas y la Ley de Asociaciones Sindicales. La habilitación de empresas sin empleados llegó, en ese sentido, como el complemento jurídico-societario de una reforma laboral que ya venía vaciando derechos.

Lo que el debate parlamentario comenzó a revelar es que varios de los puntos más extremos del proyecto no encontraron respaldo suficiente, ni siquiera entre sectores aliados al oficialismo. La concesión de este miércoles sobre los responsables humanos en las DAO es la primera señal concreta de que el proyecto original, tal como fue enviado, no pasará sin modificaciones de fondo.

Puntos clave

  • El proyecto original habilitaba empresas gestionadas íntegramente por IA o algoritmos, sin ningún empleado ni director humano, con personalidad jurídica plena y responsabilidad limitada.
  • Las DAO (Organizaciones Autónomas Descentralizadas) podían funcionar con participaciones en tokens y registros en blockchain, sin directorios ni gerencias tradicionales.
  • El estatuto de cada empresa prevalecería sobre la Ley General de Sociedades, reduciendo drásticamente las facultades de control de la IGJ y organismos similares.
  • Las sociedades podían pactar que sus conflictos internos se diriman bajo derecho extranjero o arbitraje privado, fuera de la justicia argentina.
  • El proyecto forma parte de un paquete legislativo más amplio que incluye la Ley Hojarasca, la reforma laboral por decreto y la Ley de Propiedad Privada.

Desregulación

La industria textil argentina al límite: el 70% del mercado ya es importado

Con seis de cada diez máquinas paradas y una caída de la producción del 34% respecto a 2023, la industria textil argentina enfrenta su peor momento ante una apertura comercial que duplicó el ingreso de indumentaria importada. La Fundación Pro Tejer y la FITA denuncian competencia fraudulenta por subfacturación y reclaman al gobierno de Milei condiciones mínimas para sobrevivir.

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El Argentino Diario-Ropa-Vestimenta-Indumentaria.
Milei abrió las puertas y el textil se hundió: 70% del mercado es importado y la subfacturación hace el resto.

Las importaciones ya explican el 70% del mercado textil argentino. Lo que históricamente era una disputa pareja entre producción local y productos del exterior se convirtió, bajo la gestión libertaria, en una derrota estructural para la industria nacional: en el primer semestre de 2026, la indumentaria importada creció un 62% en toneladas y un 36% en dólares, mientras las fábricas textiles del país operaban apenas al 39% de su capacidad instalada.

Esos datos fueron aportados por la Fundación Pro Tejer y la Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA), los dos organismos que nuclean al sector y que coinciden en un diagnóstico que el gobierno de Javier Milei prefiere ignorar: la política de apertura comercial irrestricta, combinada con la apreciación del tipo de cambio real y la demora en medidas de competitividad, está destruyendo una cadena productiva que empleó durante décadas a cientos de miles de trabajadores formales.

Apertura sin red: la caída en los eslabones primarios

En el primer semestre del año, las importaciones de productos textiles e indumentaria totalizaron 177.356 toneladas y 911 millones de dólares. La baja del 20% interanual en cantidades y del 5% en valores no es, como podría interpretarse, una señal de mejora: esa contracción se concentra en los insumos, no en los productos finales.

Según el informe de Pro Tejer, las materias primas cayeron un 33%, los hilados un 43%, los tejidos planos un 52% y los tejidos de punto un 34%. La lectura es inequívoca: hay menos insumos porque hay menos producción local. Las fábricas no fabrican, por lo tanto no demandan materias primas. El mercado interno simplemente se abastece con el producto terminado que llega del exterior.

La Fundación Pro Tejer precisó que «el escenario productivo local se ve afectado por la veloz apertura comercial, la desregulación total de las importaciones y la apreciación del tipo de cambio real, en un contexto de demora de medidas para reducir la carga tributaria y mejorar la competitividad sistémica de la economía argentina».

Subfacturación: más del 70% de los productos entra a precio ficticio

La FITA fue más terminante en su diagnóstico y acuñó el término que sintetiza el problema de fondo: «competencia fraudulenta». La federación señaló que las rebajas impositivas y los procesos de desregulación de los últimos años beneficiaron principalmente a las importaciones, mientras la producción nacional continúa cargando con una presión tributaria elevada, altos costos logísticos y falta de financiamiento.

Pero el punto más crítico es la subfacturación. Más del 70% de los productos importados ingresa al país a valores significativamente inferiores a los antecedentes del sector, en muchos casos sin cubrir siquiera el costo de la materia prima principal. Esta práctica, que constituye una violación a las normas de comercio exterior vigentes, configura una ventaja artificial imposible de compensar por cualquier esfuerzo de eficiencia en la producción local.

A eso se suma la competencia de plataformas digitales como Shein y Temu, que comercializan indumentaria de origen asiático sin tributar aranceles, operando en un vacío regulatorio que el gobierno libertario no ha mostrado voluntad de cerrar.

La producción en caída libre: 34% menos que en 2023

Las cifras de actividad son concluyentes. En el primer semestre de 2026, la producción textil cayó un 24,4% respecto al mismo período de 2025 y un 34% respecto a 2023, el último año antes del gobierno de Milei. El uso de la capacidad instalada se ubicó en apenas el 39%, lo que en términos prácticos significa que seis de cada diez máquinas están paradas en las fábricas del sector.

La FITA aclaró que el sector no rechaza la apertura comercial en términos generales. La entidad firmó recientemente una declaración conjunta con organizaciones del Mercosur y de Europa en el marco del acuerdo birregional, y gestiona activamente el avance comercial con Estados Unidos. El reclamo no es por el comercio exterior en sí, sino por las condiciones en que se da ese comercio: sin reglas de origen verificadas, sin valores de referencia que impidan la subfacturación y sin paridad de cargas tributarias entre lo que se produce aquí y lo que se importa.

El reclamo: que se cumpla la ley

La demanda del sector ante el gobierno no es, por ahora, proteccionismo clásico. La FITA y Pro Tejer reclaman el cumplimiento de la normativa vigente de comercio exterior: aplicar los controles aduaneros que ya existen para detectar subfacturación, establecer valores de referencia para los principales productos importados y garantizar que las plataformas digitales extranjeras tributen igual que los comercios locales.

Sin esas condiciones mínimas, la industria textil argentina enfrenta un horizonte de desindustrialización acelerada que no se limita a una rama productiva: arrastra empleo registrado, capacidad de exportación, desarrollo regional y una cadena de valor que va desde el algodón en el norte del país hasta las terminaciones en los talleres del conurbano bonaerense.

Puntos clave

  • Las importaciones representan ya el 70% del mercado textil argentino, según la Fundación Pro Tejer.
  • La indumentaria importada creció un 62% en toneladas y un 36% en dólares en el primer semestre de 2026.
  • La producción textil cayó un 24,4% interanual y un 34% respecto a 2023, con solo el 39% de la capacidad instalada en uso.
  • La FITA denuncia que más del 70% de los productos importados ingresa subfacturado, sin cubrir el costo de la materia prima.
  • Plataformas como Shein y Temu operan sin pagar aranceles, ampliando la brecha de competitividad con la producción local.
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