Educación
Inclusión educativa: responsabilidades, oportunidades y urgencias tras el fallo de la familia Rey
La educación no es un negocio limitado a quienes cumplen ciertos estándares de “normalidad”.

Por Lic. Gonzalo Gomez, Psicopedagogo
Convocado como Licenciado en Psicopedagogía y docente, considero imprescindible detenernos en el reciente fallo que dictaminó en favor de la familia de Rodrigo Rey al ordenar que la institución escolar garantice la continuidad de sus hijos, entre ellos un niño con diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista (TEA), y en declarar que la educación inclusiva es una «obligación jurídica y ética»
Este hito no debe entenderse solo como un triunfo particular sino como un llamado de atención al conjunto del sistema educativo. Este caso nos enseña, lo que aún está pendiente y lo que podemos (y debemos) hacer.
¿Qué implicaciones tiene el fallo?
El tribunal determinó que la negativa de renovación de matrícula, en este caso, confirmaba una forma de discriminación indirecta: la institución no logró justificar su decisión de excluir o no renovar la matrícula de un alumno con TEA y su hermana, lo cual generó un impacto desproporcionado en razón de la discapacidad.
Asimismo la resolución ordena garantizar la escolaridad hasta la finalización de los ciclos educativos tanto para los hermanos como para el niño con TEA, y exige a la institución que realice los ajustes razonables y capacite a todo su personal en inclusión, neurodiversidad y derechos humanos.
Desde una mirada psicopedagógica esto representa varios avances:
• Confirma que las instituciones privadas no están exentas de obligaciones de derechos humanos y que sus reglamentos internos no pueden prevalecer sobre las leyes que garantizan la igualdad y la no discriminación.
• Señala que la inclusión es algo más que “tener al alumno en clase”: implica adaptaciones, formación, acompañamiento y estructuras que permitan su pleno desarrollo.
• Fija un precedente que, si bien no es vinculante en todos los casos, podrá servir de referencia para otras familias que enfrentan situaciones similares.
Sin embargo, como profesional, debo señalar que el fallo plantea también retos muy importantes para la práctica educativa.
Responsabilidades y urgencias
a) Formación del equipo educativo
No basta con declarar “inclusión”: la escuela debe contar con equipos docentes, directivos, auxiliares, orientadores y de apoyo que estén efectivamente preparados para responder a la diversidad. Que sepan cómo diseñar adaptaciones, comprender la neurodiversidad, prevenir el acoso escolar y gestionar la convivencia en entornos diversos. El fallo lo estipula, y la práctica cotidiana exige que se formen.
b) Acompañamiento a las familias
Quiero manifestar mi preocupación personal por la necesidad de acompañar a las familias de niños y niñas con TEA u otras discapacidades. Es común que estas familias se sientan solas o desbordadas ante los procesos de reclamo, adaptación, cambio de institución o defensa de derechos. Deben tener espacios de contención, asesoramiento psicopedagógico, redes de apoyo.
Además, propongo, y mi práctica lo confirma, que se implementen talleres de inclusión para todas las familias de la escuela, no solo las que tienen alumnos con discapacidad visible. Estos talleres pueden tratar: sensibilización en diversidad, estrategias de acompañamiento entre pares, prevención del acoso/discriminación, gestión de la transición escolar, identificación de necesidades de aprendizaje. Este tipo de acciones fortalecen la cultura escolar y hacen que la inclusión deje de ser “una excepción” para convertirse en un proceso normalizado.
c) Revisión de los reglamentos institucionales
Como docente, he visto cuántas veces los reglamentos de admisión, permanencia, promoción o conducta de una institución privada (o pública) operan como barreras implícitas para la inclusión. El fallo nos recuerda que tales normas no pueden contravenir los marcos legales superiores. Las familias tienen derecho a exigir que la educación elegida para sus hijos cumpla con estándares de derechos humanos, igualdad y no discriminación. Como profesional, me comprometo a fomentar que esos reglamentos sean analizados desde una perspectiva de derechos y adaptados cuando lo requieran.
d) Inclusión real más allá del aula
La inclusión no termina cuando “el alumno entra al aula”. Debe abarcar a la institución en su conjunto: recreos, actividades extracurriculares, convivencias, comunicación con las familias, diseños curriculares, evaluación, apoyos, participación. Esto es especialmente clave en niños con TEA o necesidades educativas especiales, cuyo bienestar y desarrollo se benefician enormemente de entornos predecibles, seguros y adaptados.
Limitaciones y en quiénes impacta este fallo
Un matiz importante que deseo enfatizar: si bien el fallo favorece claramente a los hijos de la familia Rey y abre caminos, probablemente beneficie con mayor facilidad a los niños que recién ingresen al sistema educativo o a nuevas instituciones, más que a aquellos ya matriculados que ya han vivido múltiples filtros institucionales.
Me explico: los alumnos que ya están en un colegio y han superado procesos de admisión, adaptación, transición, pueden haber experimentado una serie de barreras previas (evaluaciones, admisiones, expectativas, exclusiones) que el fallo no necesariamente reforma de inmediato. En cambio, para un nuevo ingreso, la institución tendrá mayor claridad jurídica de que no puede negar matrícula o finalización de ciclo por motivos vinculados a discapacidad, lo cual constituye una ventaja preventiva.
Desde mi rol docente y psicopedagógico, esto nos plantea también un deber de revisión institucional: asegurar que no sólo los nuevos ingresantes tengan derechos garantizados, sino que los que ya cursan no sufran exclusiones, segregaciones o que sus necesidades queden invisibilizadas por la cultura escolar o políticas implícitas.
Un llamado a la acción
Este fallo es una ventana de esperanza, una señal clara de que el derecho a la educación inclusiva no es un ideal diluido sino una norma que debe cumplirse. Como profesional de la educación y de la psicopedagogía, afirmo con convicción que la escuela debe transformarse para acoger la diversidad, no que los niños deban adaptarse a una escuela que no está preparada.
Insto a todos los actores, dirigentes educativos, directivos, docentes, familias, comunidad, a aprovechar este momento: a capacitar, a reflexionar, a revisar, a acompañar, a normalizar la inclusión. La igualdad de oportunidades educativas depende de ello. Y cada niño o niña que quede excluido, cada matrícula que se niegue sin justificación, es un signo de que todavía el sistema está en deuda.
La educación no es un negocio limitado a quienes cumplen ciertos estándares de “normalidad”. Es un derecho humano fundamental que debe garantizarse sin importar la condición, diagnóstico o necesidad especial. Me comprometo a ser parte activa de ese cambio. Y convoco a que todos los que formamos parte de la comunidad educativa estemos a la altura de ese desafío.
Educación
Deepfakes en las aulas: cuando la IA se convierte en una nueva herramienta de violencia de género
Estudiantes varones de los colegios Nacional Buenos Aires y Carlos Pellegrini circularon y comercializaron imágenes de sus compañeras alteradas con inteligencia artificial para mostrarlas desnudas. La justicia interviene ante un vacío legal mientras las comunidades educativas activan protocolos de género y las voces de quienes vienen advirtiendo sobre la violencia digital cobran nueva urgencia.
Las comunidades educativas de dos de los colegios secundarios más prestigiosos de la Argentina atraviesan una crisis sin precedentes. En el Colegio Nacional de Buenos Aires y en la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, ambas dependientes de la Universidad de Buenos Aires (UBA), se confirmó que alumnos varones circularon y comercializaron imágenes de sus compañeras intervenidas con inteligencia artificial (IA) para mostrarlas con sus rostros reales y cuerpos desnudados de manera sintética. El escándalo expone, una vez más, la brecha entre el avance tecnológico y la respuesta del sistema legal y educativo frente a nuevas formas de violencia de género.
Cómo comenzó el escándalo
El caso tomó estado público a fines de junio, cuando alumnas de segundo año del Carlos Pellegrini encontraron un archivo compartido en Google Drive que contenía sus nombres, fotos intervenidas y hasta un precio asignado a cada imagen. Las fotos mostraban los rostros reales de las estudiantes sobre cuerpos generados o «desnudados» mediante aplicaciones de IA, muchas de ellas tomadas sin consentimiento de sus redes sociales. Luego se supo que estudiantes del Nacional Buenos Aires también estaban involucrados y que existían indicios de que el fenómeno se extendía a otras instituciones. La mayor parte de los alumnos señalados cursan segundo año y tienen alrededor de 14 años.
La magnitud del hecho quedó subrayada por el cinismo con que fue respondido dentro de las propias aulas: tras el estallido del escándalo, apareció escrito en un pupitre de una de las instituciones la frase «Ustedes nos pueden delatar, pero no vamos a parar de desnudarlas y venderlas». La frase condensa la naturaleza del problema: no se trata de una travesura tecnológica sino de una práctica sistemática de cosificación, violación de la privacidad y comercialización del cuerpo ajeno.
La Justicia frente a un vacío legal
La fiscal Daniela Dupuy, a cargo de la Unidad Fiscal Especializada en Delitos y Contravenciones Informáticas (UFEDyCI), fue contundente al describir la situación: «Nosotros constantemente estamos recibiendo este tipo de denuncias». Al mismo tiempo, advirtió que la investigación enfrenta un obstáculo central: el ordenamiento jurídico argentino no tipifica con precisión estos delitos. «Debemos impulsar a los legisladores a que de una buena vez lo incorporen en sus legislaciones penales», señaló la funcionaria. Para Dupuy, el delito se consuma cuando una imagen real de una persona es llevada al desnudo mediante IA, porque «afecta el bien jurídico protegido, que es la libertad en el desarrollo de la sexualidad».
En ambas instituciones se activaron los protocolos de violencia de género para contener a las víctimas y regular la convivencia, pero las estudiantes afectadas enfrentaron la situación extrema de tener que compartir aulas con quienes las victimizaron. La ausencia de un marco penal claro convierte a la respuesta institucional en el único muro de contención inmediato, y ese muro es notoriamente insuficiente.
La cultura que lo habilita: el análisis de Laura Sánchez
La voz de Laura Sánchez, madre de Ema Bondaruk (la adolescente que se suicidó tras la difusión no consentida de imágenes de su intimidad), adquirió en este contexto una resonancia particular. Sánchez, quien milita desde entonces por la sanción de legislación específica sobre violencia digital, lo dijo sin rodeos: «Es doloroso y pone a la vista que la violencia digital de género dejó de ser una problemática emergente para convertirse en urgente».
Para Sánchez, el caso del Nacional y del Pellegrini no es un hecho aislado protagonizado por adolescentes fuera de control. Es el síntoma de algo más profundo: «El problema no son sólo los chicos que difundieron, es la cultura que lo habilita». Desde la Guía Ema, el documento pedagógico que lleva el nombre de su hija y está diseñado para abordar la violencia digital en el ámbito escolar, Sánchez propone que las instituciones adopten «un convenio de corresponsabilidad digital firmado por estudiantes, institución y familias», con un trabajo que involucre a toda la comunidad educativa.
Un fenómeno que no para de crecer
La alteración de imágenes reales mediante IA para producir contenido de desnudez no consentida es una modalidad de deepfake que se expande a nivel global. En Argentina, el caso del Nacional y el Pellegrini se suma a una serie de denuncias similares que se acumulan en fiscalías, escuelas y organizaciones de acompañamiento a víctimas de violencia digital. La UFEDyCI ya viene procesando este tipo de planteos de manera recurrente, según confirmó la propia fiscal Dupuy.
El marco normativo vigente en Argentina incluye la Ley Olimpia, aprobada en 2023, que reconoció la violencia digital como modalidad específica de violencia de género. Sin embargo, la tipificación de los deepfakes pornográficos como delito autónomo aún espera tratamiento legislativo en el Congreso Nacional, donde iniciativas como la denominada Ley Belén buscan avanzar en esa dirección. La demora tiene un costo concreto y humano: cada día que transcurre sin legislación específica, las víctimas quedan desprotegidas y los responsables se mueven en un limbo jurídico que facilita la impunidad.
Lo que revelan las aulas del Nacional y el Pellegrini
Que esto haya ocurrido en dos de las escuelas con mayor nivel académico del país no es un dato menor. No porque las instituciones sean las responsables directas, sino porque desmiente el argumento de que la violencia digital es un problema vinculado exclusivamente a la marginalidad o a la falta de educación formal. Ocurre en cualquier entorno donde la cultura patriarcal no sea confrontada explícitamente y donde el cuerpo de las mujeres y adolescentes siga siendo tratado como un bien apropiable, transable y punible.
Las organizaciones especializadas en la materia, entre ellas Faro Digital, Ley Olimpia Argentina y Defensoras Digitales, vienen advirtiendo desde hace tiempo que el abordaje de la violencia digital en las escuelas no puede limitarse a reaccionar ante los casos sino que debe integrar la educación digital con perspectiva de género como contenido curricular obligatorio. La urgencia es hoy más evidente que nunca.
Puntos clave
- Alumnos varones del Nacional Buenos Aires y el Carlos Pellegrini circularon y vendieron imágenes de compañeras «desnudadas» con inteligencia artificial.
- La fiscal Daniela Dupuy confirmó que la UFEDyCI recibe este tipo de denuncias de manera constante y alertó sobre el vacío legal existente.
- Los protocolos de violencia de género se activaron en ambas instituciones, pero las estudiantes debieron seguir compartiendo espacios con los denunciados.
- La Ley Olimpia (2023) reconoce la violencia digital como modalidad de género, pero la tipificación de deepfakes pornográficos aún no tiene legislación específica en Argentina.
- Laura Sánchez, madre de Ema Bondaruk, advirtió que «la violencia digital de género dejó de ser una problemática emergente para convertirse en urgente».
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