Legislativa
Milei habló de crecimiento en un Congreso vallado donde atacó a legisladores
La lógica es conocida: cuando el Congreso acompaña, es voluntad popular; cuando objeta, es obstáculo corporativo.
El presidente Javier Milei inauguró el 144º período de sesiones ordinarias con una frase que buscó condensar su relato: “Hace dos años que la economía crece, estamos saliendo del pozo”. Lo hizo ante una Asamblea Legislativa atravesada por ausencias opositoras, fuerte operativo de seguridad y un clima político cada vez más enrarecido.
Fue la tercera apertura de sesiones desde que asumió en diciembre de 2023. El recinto de Diputados lució completo en su ala oficialista y raleado en las bancas del peronismo. Afuera, el Congreso apareció blindado. Vallas, cortes y control estricto marcaron la postal de una jornada que el Gobierno presentó como institucional, pero que transcurrió bajo lógica de fortaleza sitiada.
El relato del “rebote” y la omisión del costo social
Milei defendió su programa económico. Reivindicó el superávit fiscal, celebró la desaceleración inflacionaria y sostuvo que la Argentina dejó atrás la recesión. El discurso insistió en que el ajuste fue “necesario” y que los resultados ya se ven.
Lo que no dijo:
El deterioro del poder adquisitivo que arrastraron jubilaciones y salarios. El cierre de pymes y la contracción del mercado interno. El aumento de la conflictividad social en sectores castigados por los recortes.
El Presidente habló de números macro. Evitó detenerse en el impacto cotidiano del ajuste. La economía, en su versión, crece; la pregunta es para quién.
Un Congreso acusado permanentemente
El mandatario volvió a cargar contra lo que él llama “la casta”. Señaló a legisladores que, según su visión, bloquearon reformas estructurales. Esa línea discursiva instaló una tensión directa con el Poder Legislativo, al que responsabilizó por demoras y resistencias.
La lógica es conocida: cuando el Congreso acompaña, es voluntad popular; cuando objeta, es obstáculo corporativo. Esa mirada erosiona la división de poderes y reduce el debate democrático a una pulseada binaria entre el Ejecutivo y sus críticos.
“Ustedes son responsables del desastre”: el señalamiento directo a las bancadas peronistas
No habló en abstracto. Les adjudicó haber “fundido al país”, los acusó de “defender privilegios” y sostuvo que “se resisten a perder los curros”. En otro tramo, afirmó que “bloquearon cada reforma estructural que propusimos para sacar a la Argentina adelante”.
El intercambio no quedó ahí. Desde la oposición se escucharon murmullos y gestos de desaprobación. El oficialismo respondió con aplausos y vítores. El Presidente redobló la apuesta: “Si hoy la Argentina está cambiando, es a pesar de ustedes”.
Operativo de seguridad extremo: ¿a qué le teme Milei?
El despliegue policial alrededor del Palacio Legislativo resultó elocuente. La apertura de sesiones, que en teoría simboliza la vitalidad republicana, se realizó con perímetro cerrado y acceso restringido. El contraste fue evidente: adentro, un discurso sobre crecimiento; afuera, un operativo que recordó el estado de excepción permanente.
Entre la épica y el desgaste
Milei apostó a sostener su narrativa fundacional. Se presentó como el dirigente que “ordenó” la economía y enfrentó privilegios enquistados. El tono mantuvo la impronta confrontativa que caracteriza a su régimen.
El presidente parece no comprender la lógica legislativa, pretendiendo que todos los diputados y diputadas que representan incluso a otras fuerzas voten sus descalabradas propuestas dejando de lado el interés de sus votantes e incluso de la propia Argentina.
Legislativa
Audiencias públicas, pero no tanto: Diputados trata la Ley de Glaciares
¿Puede considerarse “participación” un mecanismo que deja afuera al 99,7% de quienes quisieron intervenir?. Se les otorgo solo 4 minutos a escasos oradores.
El vallado no es solo físico. También es político. Este miércoles, mientras comenzaban las audiencias por la reforma de la Ley de Glaciares en la Cámara de Diputados de la Nación Argentina, el cerco de hierro que rodeó el Palacio Legislativo pareció funcionar como una metáfora demasiado evidente: adentro, un debate comprimido; afuera, una participación encapsulada.
La escena no fue novedosa, pero sí elocuente. Fuerzas federales en cada esquina, accesos restringidos, calles cortadas y una circulación ciudadana reducida al mínimo. El Congreso, ese espacio que la Constitución define como caja de resonancia de la voluntad popular, amaneció blindado frente a la misma sociedad que dice representar.
Audiencias públicas, pero no tanto
Más de 100.000 personas se habían inscripto para participar. El número, en cualquier democracia que se precie de tal, debería haber encendido alertas sobre la necesidad de ampliar canales de intervención. Ocurrió lo contrario.
Intervenciones limitadas a cuatro minutos.
Selección discrecional de oradores.
Participación efectiva reducida a una fracción ínfima.
El resultado fue una audiencia que, lejos de abrir el debate, lo administró. O, como denunciaron algunos legisladores, lo domesticó.
El diputado Maximiliano Ferraro fue directo: habló de “farsa”. No por el tema (la protección de los glaciares) sino por el procedimiento. La diputada Sabrina Selva apuntó en la misma dirección: participación “cercenada” y reglas cambiantes.
Escazú, en pausa
Entre las objeciones aparece una referencia incómoda para el oficialismo: el Acuerdo de Escazú. Ese tratado, celebrado en su momento como un avance regional en materia de democracia ambiental, establece el derecho a la participación efectiva en decisiones que afecten el ambiente.
La pregunta, entonces, no es jurídica sino política: ¿puede considerarse “participación” un mecanismo que deja afuera al 99,7% de quienes quisieron intervenir?
El método también es el mensaje
El apuro por avanzar hacia el dictamen (con una ley que ya tiene media sanción del Senado) contrasta con la densidad del tema en discusión. No se trata de cualquier norma: la Ley de Glaciares regula actividades extractivas en zonas sensibles y define límites a intereses económicos de peso.
En ese contexto, el formato elegido no aparece como un detalle técnico, sino como una señal. Cuando el tiempo se recorta, cuando la palabra se filtra y cuando el Congreso se rodea de vallas, el mensaje deja de ser neutro.
El riesgo no es solo ambiental. Es institucional.
Porque cuando la participación se convierte en trámite, y el debate en formalidad, lo que se erosiona no es una ley. Es algo bastante más profundo: la idea misma de que la democracia puede, y debe, ser algo más que una puesta en escena.
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