Análisis
El gobierno de Netanyahu extiende la guerra de Gaza al Líbano.
Las tensiones entre Israel y Hezbolá han ido en aumento desde el inicio del conflicto de Gaza el pasado 7 de octubre. Durante meses, las hostilidades de bajo nivel se han mantenido a fuego lento al otro lado de la frontera, pero recientemente, las cosas han subido de tono. La cadena de noticias Al Jazeera publicó que “Israel ha aprobado planes operativos para la guerra con Líbano”.
Por Floreal Barrios
El ministro de Asuntos Exteriores de Israel, Yisrael Katz, llamó la atención del líder de Hezbolá y dijo que Israel está muy cerca del momento de la decisión de cambiar las reglas contra Hezbolá y Líbano, subrayando que, en una guerra total Hezbolá será destruida y Líbano se verá gravemente afectado. Más tarde, el jefe del mando norte israelí, Ori Gordin, declaró que habían aprobado y validado los planes de organizar un asalto terrestre al norte de la frontera.
Durante ocho meses, el primer ministro Benjamin Netanyahu decidió que no era el momento de luchar en el norte, al menos no en una guerra en toda regla. Pero esa política parece estar desmoronándose rápidamente. Las lagunas en las negociaciones se consideran insalvables, por lo que lo único que queda es la guerra. Por ello, los oficiales militares israelitas hablan ahora más alto y más a menudo de una invasión terrestre de Líbano.
Mientras tanto, en su último mensaje de vídeo, el líder de Hezbolá, Hassan Nasrallah, dijo que en caso de guerra su ejército lucharía sin restricciones, sin reglas y sin límites. Si estallara un conflicto armado se desarrollaría como una tormenta de fuego, devorándolo todo a su paso.
Se especula que combatir a Hezbolá exigiría un conflicto largo y complejo. Hay que admitir que Israel es pequeño, pero tiene un ejército robusto que dispone de acceso ilimitado al arsenal estadounidense y a sus industrias de defensa. Israel también dispone de un vasto arsenal de misiles y cohetes de producción nacional. Numerosos misiles balísticos y de crucero que pueden alcanzar objetivos tan lejanos como Irán.
Hezbolá, que antes se consideraba un grupo militante con escasos recursos que podía llevar a cabo atentados ocasionales y pequeños ataques de incursión y fuga, posee ahora capacidades asociadas a los ejércitos estatales profesionales. Se especula que su fuerza de combate cuenta con unos 100.000 soldados, la mayoría de ellos curtidos en las batallas de Siria. Las tropas de Hezbolá están entrenadas como un ejército y equipadas como un Estado. Poseen un arsenal grande y diverso de cohetes y misiles balísticos, así como misiles antiaéreos, antitanque y anti buque provenientes de Irán.
Tras ocho meses de conflicto convencional en Gaza, Hezbolá es consciente de que todo Líbano quedaría destruido en caso de guerra total, con decenas de miles de bajas. Pero Israel también es consciente de que lo que afrontó en Gaza durante estos últimos meses, sin lograr todos sus objetivos, no sería nada comparado con una guerra con Hezbolá. Lo que hace que el conflicto con Hezbolá sea tan complejo es su naturaleza atrincherada. Como Líbano es mucho más grande que Gaza, el atrincheramiento urbano de Hezbolá significa que conservaría la capacidad de atacar objetivos israelíes con eficacia a lo largo del tiempo. La única forma de desactivar esta ventaja sería bombardear indiscriminadamente las ciudades libanesas desde el aire y luego desplazar fuerzas terrestres para ocupar los lugares estratégicos. Sería como la actual guerra de Gaza, pero a una escala mucho mayor.
En Gaza, las fuerzas israelís se movieron rápidamente y cortaron las defensas de Hamas por encima del suelo. Bajo tierra, sin embargo, las cosas se han desviado del plan. Las Unidades Especiales de Ingeniería Israelís pueden ocuparse de túneles individuales, pero no pueden cubrir grandes redes con eficacia. Por ello, Israel ha sido incapaz de encontrar activos estratégicos o altos dirigentes de Hamas. En Líbano, las hostilidades serían órdenes de magnitud mayores. Hezbolá dispone de armas antitanque y drones de ataque mucho más avanzados. Si los combates tuvieran lugar en territorio abierto, las tropas de Hezbolá podrían atacar y destruir a las fuerzas israelís desde kilómetros de distancia. Esa no es una capacidad que Hamas haya tenido nunca.
Es más, al igual que Hamas, Hezbolá también tiene redes de túneles que recorren el Líbano bajo tierra. Se cree que estos túneles son aún más extensos que los utilizados por Hamás. Además, en cuanto al análisis del terreno, Líbano es una tierra montañosa, mientras que la franja de Gaza es un terreno llano. Por tanto, luchar en las montañas del Líbano contra un enemigo armado hasta los dientes y con túneles subterráneos no es la mejor de las ideas. Además, a diferencia de Gaza, que está geográficamente aislada de sus patrocinadores en Teherán, Irán ha establecido rutas de suministro terrestre y aéreas que conducen al Líbano a través de Irak y Siria, y que podrían utilizarse para sostener a la logística de las fuerzas militares de Hezbolá, en caso de guerra a gran escala.
Hezbolá, a pesar de su retórica del martirio, no es suicida. Al contrario, del análisis de sus acciones militares se deduce que prefiere una escalada controlada, manteniendo sus acciones justo por debajo del umbral de una guerra total. Sus acciones hasta ahora han consistido en contrarrestar la escalada israelí con medidas recíprocas, con el objetivo de establecer una nueva disuasión. Esa escalada podría aumentar o disminuir en los próximos meses.
No sabemos lo que piensan los funcionarios libaneses o israelís, pero si la escalada sobrepasa ciertas líneas rojas, por ejemplo, si se produce un repentino aumento de las víctimas civiles, entonces la guerra a gran escala podría ser inevitable. La única forma de dar un paso atrás es que Israel y Hamás acuerden un alto el fuego y luego negocien para que Hezbolá también lo respete. La potencia de fuego disponible que poseen ambas partes es demasiado grande para aplicarla, por lo que es lógico que la paz se mantenga en la medida en que exista un equilibrio de fuerzas militares y solo continuará mientras exista ese equilibrio.
Elecciones
¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia
A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.
El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.
No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.
Una lealtad que se conjuga en presente
Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.
El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.
Un Gobierno que no respeta la democracia
Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.
Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.
Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.
No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.


El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición
El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.
Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.
Las mujeres y disidencias van al centro del poder
Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.
La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.
Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.
Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.
2027: la lealtad es organizarse
Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.
Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.
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