Cultura
Lucrecia Cardoso: “Apostamos a tener una industria cultural sólida y exportar productos con alto valor agregado”
La Secretaria de Desarrollo Cultural dialogó con El Argentino sobre la edición del MICA 2023, y sostuvo que este nuevo encuentro de productores, profesionales y empresas de las industrias culturales nacionales e internacionales “es la impronta hacia lo internacional”.
Por Andrea Reyes
Entre el 1 y el 4 de junio se lleva a cabo la edición N°12 del Mercado de Industrias Culturales Argentinas (MICA), en el Centro Cultural Kirchner (CCK) y en distintos puntos de la ciudad de Buenos Aires. La programación incluye más de 16.000 rondas de negocio entre los cuatro días y más de 200 actividades relacionadas con los quince sectores culturales de nuestro país que son parte del encuentro. Asimismo, está prevista la presencia de artistas internacionales como Emicida y de músicos argentinos como Acru.
La política pública, iniciada en 2011, busca visibilizar y promover la comercialización de bienes y servicios de las industrias culturales, generando empleo. Al respecto, la Secretaria de Desarrollo Cultural, Lucrecia Cardoso, conversó con El Argentino y anticipó que con esta nueva edición se busca “hacer un fuerte foco en la exportación”.
-¿Por qué es importante que haya políticas públicas como MICA para incentivar la industria cultural de un país?
-Uno piensa en cultura y arte y lo asocia con identidad y producción simbólica, pero también hay una producción económica alrededor de la cultura, la cual genera muchos puestos de trabajo y sinergia con otras industrias. Desde esa dimensión, el MICA tiene mucha relevancia porque lo que hace es poner hincapié sobre todo en el aspecto de la circulación, la comercialización y la exportación de bienes y servicios culturales de Argentina.
-¿Qué particularidad tiene la edición MICA 2023?
-Es la impronta hacia lo internacional; es muy importante la participación de los consumidores. Tenemos casi 250 compradores internacionales y si sumamos a los nacionales, rondamos un total de 500 compradores. Conservando el apuntalamiento de lo que es el sector independiente, hacemos un fuerte foco en la exportación.
-¿Cuáles son los sectores más convocantes para lo que es el mercado internacional?
-Depende, uno puede mirar sectores preferentes por destino, hay países a los que Argentina ya exporta algunos sectores y que son los de mayor demanda; pero también hay sectores con destinos preferentes, y ahí se busca conocer cuáles son los principales destinos de exportación de estos sectores.
-El sector de videojuegos es uno de los más requeridos, ¿verdad?
-Exporta más del 80% de lo que produce. Esto explica en gran parte el empleo joven donde hay también la construcción simbólica y donde podemos brindar recursos humanos para un sector que está creciendo exponencialmente en el mundo; o bien podemos ser creadores de contenidos que, a su vez, se exporten. Nosotros apostamos a que el valor agregado sea mayor, a que no sólo generemos recursos humanos para las industrias culturales en el mundo, sino para tener una industria cultural sólida y exportar productos con alto valor agregado.
¿El público en general puede acceder al encuentro?
-Cada sector tiene una forma diferente de manejarse: el gastronómico va a tener un despliegue de venta al público. El artístico va a ser de libre acceso; lo mismo que la feria de editoriales y la de diseño. En tanto, los showcases son sólo para los compradores, para que además de tener la reunión puedan ver el despliegue de lo que se está ofreciendo.
-¿Qué artistas destacados van a estar presentes?
-Para los showcases hubo una convocatoria abierta con el acompañamiento del Ministerio de Cultura de la Nación a fin de garantizar un encuentro federal. También hay una programación artística por fuera de los showcases: Brasil, como país invitado de Honor, a partir de una convocatoria propia y financiada por sí mismo, no sólo trae una delegación de 90 compradores y vendedores, sino que acerca una delegación de artistas brasileños. Por lo tanto, contamos con la presencia de Emicida para la apertura y con Lenine y Luedji Luna para el cierre.
-¿Y del Hip Hop que tanto está creciendo el mercado internacional?
-Nosotros trabajamos en el sector de Hip Hop o MICA Freestyle no sólo con la música sino también con todos los sectores de la actividad económica que se mueven alrededor de esta cultura. Este año vamos a tener un showcases dedicado al Hip Hop, porque hoy muchos referentes se encuentran exportando de manera muy contundente a Europa y otros mercados. Van a ser parte de la programación La Valenti en la apertura y Acru y Zoe Gotusso en el cierre.
-Muchos jóvenes se ven identificados y quieren trabajar haciendo cultura
-Es que muchos de estos sectores convocan por el deseo de desarrollarse. Cuando hablamos de cultura a veces pensamos en el derecho de producir cultura y de acceder, pero también está el derecho a poder desarrollarse profesionalmente de lo que a uno le gusta. Creo que este camino de políticas públicas muy activas y consolidadas, es una posibilidad concreta.
Cultura
Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital
Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.
El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.
La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.
La experiencia como respuesta millennial
Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.
Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.
También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.
La Generación Z y la identidad como presencia
La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.
Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.
La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.
De tener cosas a mostrar señales
Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.
En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.
Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.
Economía, acceso y prioridades
Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.
La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.
Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.
Comunidad y pertenencia
La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.
La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.
En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.
Riesgos de ambos modelos
Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.
Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.
Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.
Una diferencia de entorno, no de esencia
Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.
La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.
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