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Análisis

El mandato de Hebe: luchar siempre

Por Demetrio Iramain.

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Por Demetrio Iramain

Hebe hizo un esfuerzo grande para poder estar en la Plaza de Mayo en la marcha de las Madres del jueves 10 de noviembre. Lo logró. Hizo caso a los consejos de los médicos, que “me dejaron venir porque saben que también es parte de mi salud, necesito la Plaza para cuidarme, los necesito a ustedes para mejorarme”.

No sé cuánto se mejoró ella, ni benefició su salud, pero a sus enemigos políticos, que bien ganados los tenía, los jodió bastante.

En su intervención aquel jueves (la última que dio en la Plaza de Mayo), y con una contundencia que era su marca registrada, convocó a defender a Cristina y “hacer una pueblada para sacar a todos estos jueces de mierda; una pueblada de verdad contra los jueces, donde demostremos como el 19 y 20 de diciembre que el pueblo está harto y podrido”.

Como es debido, Clarín y La Nación y todos los demás que ya sabemos, se enojaron mucho. Hoy seguramente creerán tener en su partida física su revancha. Pobres. No saben que ahora Hebe es viento, polen, la tormenta que llovió hoy en el sur, y miles y miles de cuerpos dispuestos a llevar a la victoria todos los sueños que ella soñó en voz alta, sin dobleces, ni ambigüedades.

Podrán venir tiempos aún más difíciles en el país. Habrá que sobrellevarlos ya sin ella. Es el reto histórico que nos queda de aquí hacia adelante. Nos quedan su ejemplo, sus enseñanzas, su modo visceral de entender la política: luchar como vivir, pelar como se ama, con el cuerpo y la cabeza, el corazón y la razón, todo en un mismo movimiento.

Es difícil. Pero vamos a poder. Como pudo ella el jueves 10 de noviembre. Como las Madres de Plaza de Mayo durante 45 años increíbles.

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Opinión

Antecedentes de la persecución y las tenaces resistencias de un pueblo

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Por Jorge Elbaum

El fusilamiento inicial, el que marcó la atormentada historia de nuestra Patria, sucedió un 13 de diciembre de 1828 hace 194 años. En aquella ocasión Manuel Dorrego fue asesinado por haber sido electo Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, y haber avalado el voto popular de negros y orilleros y hacer de estos sus más fieles seguidores.

En una ocasión, en la legislatura bonaerense, cuestionó a la oligarquía y comerciantes hacendados por impedir el sufragio de los más humildes. “Los criados a sueldo, los peones jornaleros y los soldados de línea. He aquí la aristocracia del dinero –subrayó con énfasis freten a los atribulados señoritos–. Sería entonces fácil influir en las elecciones porque no es fácil influir en la generalidad de la masa, pero sí en una corta porción de capitalistas. Y hablemos claro (…) la elección sería el Banco”.

Poco tiempo después, los antecesores de Magento, Nisman, Bonadío, Mahiques, Ercolini, Luciani –con la aquiescencia de los supremos– decidieron asesinar al gobernador electo de la Provincia de Buenos Aires. En aquella oportunidad, Valentín Gómez, Salvador María del Carril, Martín Rodríguez y Bernardino Rivadavia, entre otros, se constituyeron en los expertos criminales de la pretendida civilización: asesinaron a varias docenas de Caudillo y completaron su trasiego con dos genocidios casi paralelos: el de la “campaña al desierto” y el ejecutado en Paraguay.

Fueron necesarias tres décadas para que Leandro N. Alem vuelva a recuperar el rojo punzó de Rosas —para amnesia de los actuales radicales cambiemitas— La persecución, entonces, fue contra la chusma Yrigoyenista, lo que le valió en 1930 la proscripción para para el Peludo. Esa criminalización continuó contra Evita, Perón y sus descamisados y se hizo brutal en los bombardeos  a Plaza de Mayo y los fusilamientos de José León Suarez. La resistencia y el genocidio de los setenta sólo fueron el prólogo de este nuevo intento de borrar la historia de un pueblo.

Argentina no es muy original porque el Partido Judicial es continental: en abril de 2020 se condenó al expresidente Rafael Correa a ocho años de prisión. Dos años antes, en abril de 2018, Lula fue detenido durante 580 días antes de volver a ser electo primer mandatario.

Lo que no sabe la oligarquía—hoy financiera, trasnacional y neoliberal— es que las grandes mayorías, al igual que los grandes caudales de agua, siempre saben por dónde canalizar su oleaje. Cristina es el último capítulo de esta historia de lucha. Y no existe ni la mínima dubitación acerca de esta continuidad: su hermosa terquedad será capaz de articular esta dignidad ancestral con el colectivo de gritos del pasado.

Hay un Pueblo, ahí afuera, que dará testimonio de eso.

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