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Análisis

BRICS: una alternativa solidaria frente al capitalismo salvaje

Es imperativo que más países del Sur Global vean en los BRICS una plataforma para la emancipación económica, tecnológica y política.

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Por Lois Pérez Leira

En un mundo marcado por décadas de hegemonía unipolar, dominado por las lógicas implacables del capitalismo salvaje y el poder imperialista de Estados Unidos, el surgimiento y consolidación del bloque BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, con nuevas incorporaciones como Irán, Egipto, Etiopía y Argentina –aunque esta última frenada por la coyuntura política interna) representa una alternativa histórica. No es simplemente una alianza económica: los BRICS encarnan la posibilidad de construir un mundo más equilibrado, solidario y respetuoso de las soberanías nacionales.

Desde su fundación, los BRICS han promovido un enfoque distinto al de las instituciones tradicionales dominadas por Occidente, como el FMI o el Banco Mundial. La Nueva Ruta de la Seda, impulsada por China, o la creciente cooperación energética y tecnológica con Rusia, muestran que otra forma de relacionarse entre naciones es posible, basada no en la subordinación, sino en el respeto mutuo y el beneficio compartido. Este bloque es un espacio donde convergen gobiernos de distintas ideologías, pero con un objetivo común: la construcción de un nuevo orden internacional, más justo, multipolar y descentralizado.

La Federación Rusa y la República Popular China han sido sin duda los grandes motores de esta iniciativa. En medio de sanciones, bloqueos y campañas de desinformación orquestadas desde Washington, Moscú y Beijing han perseverado en abrir caminos de cooperación Sur-Sur, priorizando la inversión productiva, la transferencia de tecnología, la infraestructura, y la defensa de los intereses soberanos frente al chantaje económico de las potencias occidentales.

La importancia geopolítica de los BRICS se volvió aún más evidente en los últimos años. Frente a un dólar cada vez más utilizado como arma financiera, la idea de transacciones comerciales en monedas locales o en nuevas divisas comunes adquiere una relevancia estratégica. Es un paso hacia la desdolarización del comercio global y un golpe al control que ejerce Estados Unidos sobre las economías del Sur Global a través de su sistema financiero.

El miedo del imperialismo norteamericano no es infundado: el crecimiento y la expansión de los BRICS cuestionan su monopolio sobre los modelos de desarrollo, los valores «universales» que impone, y su rol como policía económico y militar del mundo. La guerra en Ucrania y la presión sobre Taiwán han sido, en parte, respuestas desesperadas de un imperio en declive ante el surgimiento de nuevos polos de poder.

Es imperativo que más países del Sur Global vean en los BRICS una plataforma para la emancipación económica, tecnológica y política. Naciones como Honduras, que atraviesan una nueva etapa de dignidad nacional y voluntad soberana, con gobiernos comprometidos con la justicia social y el desarrollo independiente, deben buscar activamente su integración a este espacio. No solo como un gesto simbólico, sino como una estrategia concreta para mejorar las condiciones de vida de sus pueblos, fortalecer su autonomía frente al intervencionismo, y participar de un nuevo paradigma internacional.

Los BRICS, en última instancia, no son la panacea, pero sí una herramienta valiosa en la lucha contra el orden injusto que el capitalismo financiero ha impuesto al mundo. Son un faro de esperanza para quienes soñamos con un planeta donde la cooperación sustituya a la competencia feroz, y donde la dignidad de los pueblos sea respetada.

Opinión

A 24 años de la masacre de Avellaneda: Dario Santillán y Maximiliano Kosteki presentes

La masacre de Avellaneda no fue un hecho aislado. Fue parte de una lógica política que intentó contener la crisis política-económica-social con represión y la criminalización de quienes sufrían consecuencias.

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Por Jesús Rivero*

A 24 años del asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, la memoria de la represión de Puente Pueyrredon vuelve a interpelar el presente. Hoy, la impunidad sigue presente con Eduardo Duhalde libre y como una especie de gurú político dando consejos en instituciones y medios de comunicación.

Dario Santillán  y Maximiliano Kosteki no fueron victimas de un enfrentamiento fue la violencia y represión institucional (policía bonaerense) las que recibieron órdenes del poder ejecutivo para reprimir y asesinar en un contexto de crisis política-económica-social como efecto de las políticas neoliberales que se aplicaron a nivel global como efecto de la caída del muro de Berlín en 1989 y el fin de las ideologías simbólicamente y la emancipación del sistema capitalista a nivel global, a nivel nacional (particular) con los gobiernos neoliberales de Carlos Menem y De la Rúa.

Darío Santillán  y Maximiliano Kosteki  eran dos militantes que fueron acribillados el 26 de junio de 2002 por uno de los tantos operativos represivos contra organizaciones que reclamaban por trabajo, alimentos y condiciones dignas de vida.

La fecha toma una dimensión política particular con la reaparición de Eduardo Duhalde en la escena pública. El ex presidente que gobernaba el país durante la masacre de Avellaneda, volvió a subir a escena en un contexto marcado por la crisis del gobierno representado por Javier Milei y sostenido por el círculo rojo internacional, por ahora.

La figura de Duhalde no es casualidad, el contexto es similar. Su gobierno llegó luego del paradigmático y dramático 2001 con un país atravesado por el desempleo, la pobreza, la indigencia y una enorme conflictividad política y social. En ese momento, como en el actual, la respuesta del Estado (una forma de organización política) frente al crecimiento de los movimientos sociales y piqueteros, fue la violencia institucional. 

El operativo del Puente Pueyrredón involucró distintas fuerzas de seguridad y terminó con el asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.

La masacre de Avellaneda no fue un hecho aislado. Fue parte de una lógica política que intentó contener la crisis política-económica-social con represión y la criminalización de quienes sufrían consecuencias.

En aquel contexto, como el actual, miles de trabajadores informales (desempleados) se organizaban en las periferias de las urbes (barrios) frente a un modelo económico que había dejado una enorme exclusión. 

En lo concerniente a las condenas, los autores materiales fueron condenados por la presión y lucha popular, los autores intelectuales no lo fueron. Hoy, es nuestra responsabilidad exigir a la Justicia como poder independiente en teoría, porque en la práctica no lo es, que avance y legitime una necesidad de justicia. 

*escritor y dirigente social.

 

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