Análisis
El tipo del cuadro
A los once, ya cadete de uniforme, anduvo a los sablazos en España y el Norte de África. Formado, jugó el juego, se codeó con algunos, tomó nota y prestó atención.
Por Manu Campi / @manucampimaier
Miró la orilla como un mocoso cualquiera. Lloró en silencio. No conocía otra madre más que por nombre. Todavía no estaba por encima de los pizarrones, ni se había convertido en el tipo del cuadro.
Corrientes afiló la punta del lápiz y anotó, cerrando el siglo XVIII y fiel a su estilo, otro correntino patrio. Quizás hijo de una india guaraní y Diego de Alvear, el tipo del cuadro partía, a los seis u ocho años, a tomar de la teta monárquica.
A los once, ya cadete de uniforme, anduvo a los sablazos en España y el Norte de África. Formado, jugó el juego, se codeó con algunos, tomó nota y prestó atención.
Nacido para sobresalir, hizo carrera y bancó la parada contra un fulano francés, también libertador. Mucho se atiende al tipo del cuadro sobre el conveniente recorte de sus logradas oraciones.

Entrecomillarlo sugiere someterlo al cuadro. Editarlo, funcionó de lo más bien para convertirlo y degradarlo a prócer. Poco se sabe de sus sustos, o de cada cuanto meaba. Si prefería vino, coñac o si hablaba dormido por las noches.
El tipo del cuadro supo tener un dulce, sentido y marcado acento andaluz. Con un metro setenta clavado, volvió sobre sus pasos. Se debatirá eternamente el motivo. Guitarrista y pintor con acuarelas, conoció a Remedios una noche en lo de Antonio y Tomasa.
Entre úlceras, asma, opio y hemorroides, cortó la manga del pujante centralismo porteño, y fue por todo; que para ello había venido. Fundó, por un momento, la patria grande.
Es difícil pensar que fue más que un tipo en un cuadro. Hemos aprendido, de manera injusta, sobre fechas y no pensamientos. América latina bien sabe de esto. Sobre los escritorios se desandan caminos, deshacen orígenes y doblegan voluntades.

Más que prócer argentino, libertador latinoamericano. Disminuirlo a nosotros es un sostenido un acto de egoísmo que sirvió para nunca sabernos hermanos. Vaya que dio resultado. La paciencia siempre estuvo del lado de los poderosos. Estos, no tienen más urgencia que planear proyectos predatorios ante las urgencias más próximas.
A Latinoamérica le robaron, también a sablazo limpio, el privilegio que alguna vez tuvo. El tipo del cuadro hizo lo suyo, ensilló al gauchaje, ordenó sus filas y ganó el camino.
Un único momento bélico en el territorio dejó la huella ancha un tres de febrero: San Lorenzo. Después, cruzó ocho veces los andes sin importarle un carajo el color del caballo.
Es más sencillo, incluso más cómodo, el pedazo de mármol erguido sobre alguna avenida, religioso para no perder la maldita costumbre, inhumano para que no sea del todo cierto, que confrontar con quienes han desatado el nudo mismo yugo que hoy nos doblega.

Que un enfermo sea tapa de todos los diarios nunca hubiese sido problema para el tipo del cuadro. A causas más grandes, los idiotas llaman la atención lo que canta el gallo.
Así de pequeñitos estamos. La libertad es solo un sustantivo pésimamente usado, cualquier hijo de vecino es un potencial enemigo y, así, el verdadero nunca muestra la cara.
Zitarrosa bien ha cantado: “no habrá camino que no recorramos juntos, tratamos el mismo asunto, orientales y argentinos, ecuatorianos, fueguinos, venezolanos, cuzqueños. Blancos, negros y trigueños forjados en el trabajo, nacimos de un mismo gajo, del árbol de nuestros sueños”.
José Francisco de San Martín murió un día muy parecido al de hoy, en otro tiempo, pero con los dueños del circo matando de similar manera. Una vez estuvimos de pie a razón de uno que, si se fijan bien, es muy parecido al tipo del cuadro.
Por Jesús Rivero
Según quiénes acompañaban a Ernesto Guevara de la Serna en Bolivia, que en paralelo que avanzaba en su marcha, escribía, demasiado escribía. Cuando lo capturaron el 8 de octubre de 1967 encontraron en su mochila varios cuadernos escritos a mano, el más conocido es su diario de campaña, pero había un cuaderno rojo en el que había transcrito (escrito más allá) tres poemas de Rubén Darío. Uno de ellos era Marcha Triunfal.
Setenta y dos años antes, una fría madrugada de fines de abril de 1895, el gran poeta nicaragüense aún no había escrito aquella marcha. En el contexto de nuestra Plaza de Mayo, estaba en un banco, desalineado, desmejorado. Seguro había pasado una noche de vino y juerga. Cuando sucedió algo inesperado, lo encontró el amigo indicado, era el doctor Plaza, responsable de la Isla Martín Garcia, donde por aquellos días se hacía la cuarentena, por la epidemia de fiebre amarilla. El doctor Plaza cubrió a Darío con un sobretodo y lo llevó directamente hasta el puerto para embarcarse en el vaporcito que los trasladará hasta la isla.
En la Isla Martín Garcia, se recuperó, al mismo tiempo que escribió, demasiado escribió. Un día llegó un telegrama en donde le pedían un poema para el próximo aniversario de la revolución del 25 de mayo de 1810. Cuyo lugar físico de celebración era “El Ateneo de la calle Florida». Tenía tres días para hacerlo, Darío se sentó y escribió su marcha triunfal que pasaría a la historia. Y, como a tantas bibliotecas de nuestro país, llegó también a la de la familia Guevara.
Ernesto Guevara de la Serna “Che» nació el 14 de junio de 1928, pleno auge de la crisis del sistema capitalista a nivel global. En lo que respecta a la Marcha Triunfal, Ernesto se la aprendería de memoria como efecto de escuchar a su padre recitarla repetidamente. Esta transmisión lo acompañaría hasta sus últimos días, transcribiendo la misma, en su cuaderno en la selva boliviana. Hoy, el manuscrito de Rubén Darío está en la sede de la Sociedad Argentina de Escritores en Ciudad Autonoma de Buenos Aires. Y, el cuaderno con la transcripción del Che, en un archivo del ejército en la ciudad de La Paz, Bolivia. Marcha Triunfal, poema que celebra una revolución, escrito en el río de La Plata, que fue transcripto por un revolucionario en la selva de Bolivia.
* escritor y activista político
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