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Análisis

La rebeldía nunca será de derecha

La conflictividad social está demostrando una radicalidad que no es acompañada por gran parte de una dirigencia política que hace concesiones o se posiciona directamente del lado de los poderes concentrados.

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Por Emiliano «Gaita» Ameigeiras, Nicolás Castelli @thegaita @CastelliNicox

La última semana tuvo como hechos destacados los conflictos protagonizados por estudiantes de escuelas públicas porteñas y trabajadores de uno de los sectores más importantes de la industria automotriz.

El desarrollo de ambas luchas evidenció que en un mundo donde lo hegemónico es trabajar y estudiar en condiciones cada vez más precarias y con derechos vulnerados, la rebeldía es de quienes se levantan ante este orden de cosas y no de quienes lo defienden con poses “transgresoras”.

Al comenzar la semana, los principales diarios argentinos, Clarín y La Nación, pusieron como nota central de sus ediciones impresas y digitales que ya no había producción de neumáticos en el país como consecuencia de un “paro salvaje” realizado por gremialistas de “ultraizquierda”.

De acuerdo a los relatos de estas corporaciones periodísticas, Bridgestone, Pirelli (empresas transnacionales, la primera japonesa y la segunda italiana) y Fate (firma argentina, propiedad del grupo Madanes Quintanilla), se vieron obligadas a bajar las persianas como consecuencia de la lucha del Sindicato Único de Trabajadores del Neumático (SUTNA) para que el salario no siga perdiendo con la inflación.

A partir de estas notas empezó una formidable campaña de desinformación y demonización sobre estos trabajadores y sus reclamos que se vio replicada en la mayoría del establishment mediático (incluso en programas progresistas de señales alineadas con el gobierno) a la que se sumaron las principales figuras del macrismo en su competencia para ver quién está más a la derecha de cara a las elecciones de 2023.

Este ataque -acompañado también por el silencio de gran parte de la dirigencia política del Frente de Todos (FdT)- tuvo como telón de fondo más de cinco meses para llegar a un acuerdo por la intransigencia de estas patronales a ofrecer aumentos salariales que no queden rezagados con la inflación, algo que pueden hacer con holgura sin ver afectadas sus ganancias extraordinarias.

Estas tres empresas, que reciben ayuda del gobierno para comprar materias primas al dólar oficial, habían ofrecido en primera instancia un aumento salarial del 38% en el marco de una inflación anual que se proyecta cercana al 100%. Y se mantuvieron intransigentes en esta posición en todo este tiempo.

Para revertir este panorama los trabajadores tuvieron que hacer uso del derecho a huelga, consagrado en el artículo 14 bis de nuestra constitución, para defender sus ingresos. Como respuesta recibieron la presencia policial en sus lugares de trabajo y suspensiones para quienes llevasen a cabo medidas de lucha.

Pero la persistencia en la medida de fuerza llevó a los obreros a conseguir lo que buscaban. El “grupo chiquito y caprichoso” como los tildó el ministro de Economía, Sergio Massa, logró defender el poder adquisitivo de los salarios del conjunto de los trabajadores del sector y hasta recuperar parte de lo perdido.

A la vez, en la Ciudad de Buenos Aires ante un conflicto con los estudiantes secundarios que realizan medidas de fuerza para exigir mejoras edilicias, entre otros reclamos, el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, y su ministra de Educación, Soledad Acuña, dieron una respuesta inédita en democracia por el nivel de intimidación al que llegaron.

No solo decidieron judicializar el conflicto y exigir que las madres y padres de estos estudiantes paguen de sus bolsillos una multa por los días de toma en los colegios, sino que para implementar esta medida enviaron patrulleros a las casas de las familias para notificar las demandas penales. D

esde el poder mediático la respuesta fue similar a la que recibieron de los trabajadores del neumático: tergiversación y demonización de la lucha.¿Por qué la violencia contra los que luchan?

Si hay un denominador común que articula las diversas respuestas que se pueden ensayar ante esta pregunta es una intención manifiesta de lograr un efecto disciplinador sobre el conjunto de la sociedad frente una puja distributiva entre el capital y el trabajo que irá escalando en conflictividad si la inflación sigue destruyendo los salarios.

Con un crecimiento macroeconómico que no se traslada a mejorar la calidad de vida de las mayorías populares, no hace falta mucha perspicacia para ver que la conflictividad social seguirá creciendo.

En este contexto de crisis y ajuste tutelado por el FMI, pareciera que organizarse, luchar y defender derechos es un “mal ejemplo” para quienes no están dispuestos a ceder un milímetro de sus tasas de ganancia.

Y ya se sabe que quienes no quieren ver amenazados sus privilegios miran con temor toda acción que tienda a empoderar a los sectores que viven del trabajo y no vacilan en tirar todo su arsenal contra cualquier atisbo de alcanzar mayores niveles de justicia distributiva o de hacer valer el derecho a estudiar en condiciones dignas.

Porque lo que está en juego en estos tiempos de crisis es el tipo de sociedad queremos vivir: si una más justa, democrática, solidaria y respetuosa de la naturaleza u otra donde sea más fácil hacer lockouts patronales en vez de aumentar salarios, mandar patrulleros a la casa de los estudiantes antes que mejorar la infraestructura de las escuelas, ceder a los lobbies empresarios y no promulgar una ley que proteja los humedales o discutir la pobreza y no el origen de las riquezas. ¿Giro social a la derecha?

Vivimos una época de ascenso de la extrema derecha en diferentes partes del globo. Expresiones políticas ultra conservadoras llegaron al gobierno de importantes países dando una batalla ideológica constante y en todos los frentes.

Lograron correr la vara del debate público a la derecha al punto que, como dijo el dirigente español Pablo Iglesias a este medio, “un socialdemócrata parezca de extrema izquierda”.

En este marco no sorprende que el legítimo ejercicio de un derecho constitucional como es la huelga sea catalogado de “extorsión” y que empresas que aumentaron el valor de su producto casi un 200% anual, muy por encima de la inflación, sean vistas como “víctimas” del accionar sindical.

El avance de medidas antidemocráticas a menos de un mes del intento de asesinato de Cristina Fernández de Kirchner -la figura política del país que representa los anhelos de justicia social- no parece haber menguado. Esta radicalización de la derecha contra los trabajadores y estudiantes deja ver que vienen con la intención de aplicar un retroceso a épocas autoritarias, sin derechos laborales y con represión a la protesta.

Pero también este avance reaccionario tiene su contrapartida en muchos sectores que no se resignan ni caen en el posibilismo como sucede con los recientes conflictos. En este sentido, la realidad demuestra que no hay fatalismos ni derechizaciones inevitables sino disputas con final abierto sobre el mundo en que queremos vivir.

Esto es señal que desde abajo hay una necesidad no canalizada por la dirigencia política de cambiar el rumbo y frenar a la derecha con decisión, coraje y políticas que defiendan y amplíen derechos sin temor a confrontar con intereses de sectores concentrados. Por eso, se hace cada vez más evidente que la correlación de fuerzas no puede ser excusa para no avanzar en derechos para las mayorías populares.

Justamente porque la correlación de fuerzas se construye y se pelea, no es algo estático que permita explicar per se los motivos de ciertas concesiones y claudicaciones al mandato electoral por el cual el Frente de Todos fue elegido en 2019.

Un mundo de trabajo precario y salarios bajosSon ya siete años de una puja distributiva de los ingresos que viene siendo cada vez más regresiva para el conjunto de la clase trabajadora y que deja a los sueldos cada vez más retrasados con respecto a los precios.

Esto provoca, entre otras variables, que la recuperación económica no llegue al conjunto de la población, sino que, por el contrario, recaiga sobre los bolsillos de los trabajadores y trabajadoras formales y de la economía popular.

Es importante recordar que siempre que aumentan los precios no solo los pobres se vuelven más pobres, sino que los grandes propietarios y dueños de las empresas aumentan sus ganancias, se vuelven cada vez más ricos y con ello se profundiza cada vez más la desigualdad social.

Una clara muestra de esto es la caída de la participación de los trabajadores y trabajadoras en el PBI que pasó de ser del 51,8% en 2016 a un 43,1% en 2021. Todo esto se enmarca estructuralmente en una tendencia del capitalismo actual a pagar salarios bajos y configurar un mercado laboral hiperprecarizado en el cual ya no alcanza con tener un trabajo registrado para llegar a fin de mes.

Este fenómeno se puede corroborar viendo los datos del INDEC: en los últimos cinco años el desempleo bajó del 9% al 6,9% y la tasa de empleo subió del 41,4% al 43,9%, pero a la vez creció el empleo no registrado que pasó del 31,5% en el segundo trimestre de 2021 al 37,8% en la actualidad.

Cómo explicó Luis Campos, coordinador del Observatorio del Derecho Social de la CTA-A, es la cifra más elevada desde el 2007, cuando todavía el mercado laboral se estaba recuperando de las políticas neoliberales de los años 90.

En este sistema que precariza la vida humana, Rodríguez Larreta y Acuña quieren hacer creer que lavar platos en hoteles 5 estrellas es una «pasantía formativa» para chicos de 17 años. Luchar contra esta realidad como están haciendo los estudiantes o los trabajadores es la verdadera rebeldía.

En un mundo que cambia a pasos acelerados y se encuentra al borde de una guerra mundial es necesario que la dirigencia cambie el libreto y se ponga en sintonía con estos movimientos que surgen desde abajo y que marcan un camino para defender la democracia y la justicia social.

Columna: https://primera-linea.com.ar/2022/10/01/rebeldia-nunca-derecha/

Análisis

El drama de Granja Tres Arroyos: 500 familias sin trabajo y sin cobrar

La empresa avícola cerró su planta en la localidad bonaerense, adeuda sueldos y aguinaldos y pidió un concurso preventivo de acreedores. «Somos un pueblo al que le cayó una bomba», describieron los trabajadores despedidos, que reclaman respuestas que la patronal nunca dio.

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Más de 500 trabajadores y trabajadoras de Capitán Sarmiento perdieron su empleo en las últimas semanas tras el cierre de la planta avícola de Granja Tres Arroyos en esa localidad del norte bonaerense. La empresa acumula deudas salariales que incluyen meses de sueldo sin pagar y aguinaldos pendientes, y recurrió a la Justicia para pedir la apertura de un concurso preventivo de acreedores, el mecanismo legal que antecede a la quiebra y que deja a los trabajadores en una situación de extrema incertidumbre sobre el cobro de sus acreencias.

El impacto de los despidos no se limitó a Capitán Sarmiento. Según describió Andrea Ulere, ex empleada de la empresa, la crisis se extendió a municipios vecinos: alrededor de 100 despidos adicionales se registraron en Arrecifes y otros 100 en San Antonio de Areco, lo que convierte a esta debacle laboral en un golpe colectivo sobre toda la región del norte del conurbano extendido.

«Una bomba en el medio del pueblo»

Ulere describió la situación con una imagen que sintetiza el derrumbe social que vive la localidad. «Somos un pueblo que tiene la sensación hoy de caminar por la calle, que nos ha caído una bomba en el medio y andamos juntando los pedazos de la gente», señaló. «No se puede describir con palabras el dolor que tenemos», agregó.

La ex trabajadora reveló además un detalle que ilustra la dimensión humana de la crisis: «Acá venía el cartero del pueblo con el despido en mano llorando». La imagen del telegrama de despido entregado entre lágrimas en una localidad pequeña habla de un tejido comunitario que la empresa desgarró sin dar explicaciones.

Ulere fue cuidadosa al momento de atribuir responsabilidades, pero contundente: «Más allá del nivel nacional, que todos sabemos que económicamente estamos todos mal, acá hubo una mala gestión de los hijos y sobrinos de Joaquín de Grazia, que hicieron un mal negocio. Los despidos decían que eran por la gripe aviar, el Covid-19, y nosotros en esa época es cuando se trabajó más que nunca».

Veinte años de trabajo, deudas y silencio patronal

Los testimonios de los trabajadores que aún no recibieron su telegrama pero temen recibirlo en cualquier momento son igualmente demoledores. Oscar, con 20 años de antigüedad en la planta, graficó el costo que la prolongada agonía de la empresa tuvo sobre su salud y su dignidad: «La situación me tiene mal. Nos afecta la salud mental. Ya hace un año y medio que vivimos esto. Yo vivo con mis padres. No es lo justo que yo tenga que vivir de ellos».

Nadie de la empresa viene a dar la cara y dar explicaciones, denunció Oscar. «Así nos tuvieron un año y medio. Nos quitaron parte de nuestro salario, nos deben el pago de meses, nos deben vacaciones», enumeró.

Otro trabajador con más de 18 años de antigüedad contó que el deterioro fue progresivo y que los empleados cedieron ante cada exigencia patronal con la esperanza de conservar el puesto: «El conflicto comenzó con un pedido de esfuerzo a los trabajadores y una reducción salarial del 9%. Luego, los pagos comenzaron a realizarse en cuotas. Con tal de seguir trabajando lo aceptamos. Hace tres meses nos pagaban 100 mil por semana«, relató. «Nosotros hemos aportado mucho a la empresa, pero para ellos somos un número más», cuestionó.

Un tercer operario con 16 años en la empresa resumió la angustia cotidiana de quienes todavía no fueron desvinculados pero tampoco cobran: «Todos tenemos chicos, cuentas que pagar, se me vence el alquiler, no tengo plata para alquilar en otro lado. Los servicios los pago como puedo. Si hacés una changa te peleás por los precios. Tuvimos que hacer muchos recortes en salidas y alimentos. Antes alcanzaba la plata. Ahora no alcanza para nada. Tenemos un trabajo fijo pero no cobramos».

La intendenta y el pedido de los trabajadores

Durante las protestas frente a la planta y en la plaza de Capitán Sarmiento, la intendenta local Fernanda Astorino Hurtado se hizo presente para interiorizarse sobre la situación. Habló de un «mal manejo empresarial», lo que coincide con el diagnóstico de los propios trabajadores, aunque para estos últimos la presencia política no alcanza si no se traduce en acciones concretas.

Ulere fue directa al respecto: «Todo sirve, nosotros estamos desorientados y lo que queremos es que esto no se apague, que ella luche por nosotros para que no se apague. Porque donde dejen de hablar de nosotros, todo va a terminar en la nada. A los políticos para que se muevan, porque ¿quién nos va a salvar a nosotros?».

La pregunta resuena con fuerza en un contexto nacional en el que el gobierno de Javier Milei ha reducido el gasto en programas sociales en más de un 60% y donde la desregulación del mercado laboral, impulsada por la misma gestión, dejó a miles de trabajadores sin las redes de contención que el Estado podía ofrecer. El drama de Capitán Sarmiento no es una excepción: es el retrato de lo que ocurre cuando una empresa quiebra y el Estado se hace a un lado.

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