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Limitan los acarreos por grúas en la Ciudad

La Legislatura porteña voto un proyecto que eliminó algunos de los motivos para levantar autos mal estacionados, apuntando a que solo ocurra ante “situaciones graves”

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Con una votación mayoritaria, la Legislatura porteña eliminó algunos de los motivos que estaban en vigencia, por los cuales las grúas acarrean los autos mal estacionados, con el propósito de limitar los casos de remoción de los vehículos, para que solo sea en “situaciones graves y de fuerza mayor”, tales como la obstrucción del tránsito o la accesibilidad.

La norma propone modificar el Código de Tránsito y Transporte para suprimir una serie de situaciones en las cuales los autos mal estacionados demandan el acarreo, pese a que se mantendrá el cobro de la multa por la infracción.

En forma puntual, ya no serán removidos los autos que estén en doble fila en forma transitoria, los vehículos pesados como ómnibus, microómnibus, camiones, casas rodantes, acoplados, semiacoplados y maquinaria especial que estén en la vía pública y las unidades que estén estacionadas por más de 48 horas.

También quedarán fuera del acarreo los autos que estén sobre las entradas de locales de espectáculos públicos y frente de salas velatorias y aquellos vehículos en zonas de estacionamiento medido cuyo lapso de tiempo que fue abonado esté vencido.

En la actualidad, el servicio de grúas para el acarreo está a cargo del Estado tras la suspensión, en el último mes de agosto, del contrato con las empresas concesionarias que explotaban el sistema y que permanecían operando de manera irregular con prórrogas desde hace más de 20 años y con un canon congelado de solo 55.000 pesos.

La remoción de los vehículos hasta una playa de acarreo implica el pago de 6.525 pesos y la multa económica oscila entre los 5800 a 17500 pesos, según la gravedad de la infracción.

El proyecto obtuvo 52 votos positivos y dos abstenciones durante la sesión ordinaria, siendo impulsados por los diputados Roberto García Moritán y Eugenio Casielles

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Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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