Sociedad
Prevenir es cuidar: la ESI como barrera frente al acoso sexual infantil
En un contexto de recortes y ofensivas contra la Educación Sexual Integral, el Día de Prevención del Acoso Sexual Infantil vuelve a exponer la urgencia de políticas públicas que protejan a niñas, niños y adolescentes. Con datos alarmantes y resistencias organizadas, la ESI aparece como la herramienta más efectiva para detectar, frenar y visibilizar violencias que suelen quedar silenciadas puertas adentro.
Cada 19 de noviembre se conmemora en la Argentina el Día para la Prevención del Abuso y el Acoso Sexual contra Niñas, Niños y Adolescentes, una fecha que cobra especial relevancia en un contexto donde los discursos negacionistas, la desinformación y el ataque explícito a la Educación Sexual Integral (ESI) volvieron a ocupar la agenda pública.
Lejos de ser una efeméride más, es un recordatorio de que la violencia sexual contra la infancia sigue siendo una de las formas más invisibilizadas de vulneración de derechos, y que la herramienta más efectiva para prevenirla, la ESI, continúa siendo objeto de disputa política.
El peso de una problemática silenciada
Organismos especializados coinciden en que el acoso y el abuso sexual infantil son delitos donde la mayoría de los casos no se denuncian. Entre los datos que se conocen, más del 80% de las víctimas señala como agresor a una persona del entorno familiar o cercano. Es decir: ocurre puertas adentro, en ámbitos donde niñas y niños deberían estar protegidos.
Por eso, la prevención no puede depender sólo de la Justicia o de redes informales: requiere políticas públicas, información, formación docente, equipos de apoyo y un Estado presente.
La ESI como política de cuidado
Desde su aprobación en 2006, la ESI se consolidó como una herramienta central para prevenir violencias, acompañar a estudiantes y generar entornos seguros. La ley plantea cinco ejes: cuidado del cuerpo, perspectiva de género, respeto por la diversidad, derechos, y valoración de las emociones y vínculos.
No se trata como sostienen algunos sectores conservadores, libertarios y negacionistas, de “adoctrinar”, sino de proporcionar información para identificar situaciones de riesgo, nombrar lo que pasa y pedir ayuda. Una nena que sabe decir “esto no está bien”, un pibe que reconoce que un adulto no debe pedirle secretos corporales, una docente que detecta señales de alarma: esa es la ESI trabajando.
Retrocesos y ataques a la ESI
En los últimos años, distintos grupos y funcionarios del gobierno de Milei impulsaron campañas para desfinanciar, vaciar o “revisar” la implementación de la ley. Bajo consignas difusas como “defensa de la familia” o “libertad de enseñanza”, avanzaron propuestas que en los hechos buscan desmontar una política pública que principalmente protege a niñas y niños.
La consecuencia es directa: menos contenidos, menos acompañamiento, más silencios.
En paralelo, provincias y escuelas que sí sostienen la ESI muestran mejores índices de detección temprana y disminución de la naturalización de violencias.
La escuela como espacio de reparación
Cuando un caso llega a la escuela, la experiencia demuestra que el aula puede convertirse en el primer ámbito donde la víctima encuentra escucha, contención y guía. Allí se activa lo que la ESI propone: protocolos, equipos interdisciplinarios, articulación con salud, justicia y organizaciones comunitarias.
La prevención no es un acto aislado ni un taller ocasional. Es un trabajo sostenido que incluye campañas, materiales, capacitación docente y participación familiar. Sin presupuesto ni voluntad política, eso se desarma.
Ni un paso atrás
El Día de Prevención del Acoso Sexual Infantil vuelve a interpelar a la sociedad argentina:
¿Quién garantiza hoy el derecho de niñas y niños a vivir libres de violencia? ¿Qué lugar ocupa la ESI en un contexto de recortes? ¿Qué Estado toma decisiones para proteger, y cuál prefiere mirar para otro lado?
Las organizaciones de infancia, los movimientos feministas, los gremios docentes y gran parte de la comunidad educativa coinciden en un punto: sin ESI, la infancia queda más expuesta.
Por eso, mientras sectores conservadores intentan retroceder, en las aulas, en los centros de salud y en los equipos territoriales la convicción sigue intacta: la ESI salva vidas. No es un slogan, es una realidad respaldada por cada piba y pibe que pudo poner en palabras lo que le estaba pasando.
Ciencia 🧬
Científicos de la UBA buscan detectar trastornos del neurodesarrollo con un análisis de sangre
Un equipo del Laboratorio de Sinapsis y Neurobiología Celular de la Facultad de Ciencias Médicas trabaja en el desarrollo de biomarcadores que permitirían identificar patologías como el TGD sin secuenciación genómica. La investigadora Verónica Báez advierte que la mayoría de los pacientes nunca recibe un diagnóstico preciso porque los estudios son costosos y las obras sociales no los cubren.
Un equipo científico de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y el CONICET avanza en el desarrollo de una herramienta de diagnóstico que podría transformar la forma en que se detectan los trastornos del neurodesarrollo en niñas y niños argentinos: una simple muestra de sangre, sin necesidad de secuenciación genómica ni equipamiento de alta complejidad. La investigación, que ya obtuvo resultados positivos en modelos animales publicados en revistas internacionales, se encuentra actualmente en la fase de recolección de muestras biológicas de voluntarios de la población general.
Un diagnóstico que llega tarde, o nunca
Las patologías del neurodesarrollo se agrupan en Argentina bajo el paraguas clínico de los Trastornos Generalizados del Desarrollo (TGD), una categoría amplia que, en la práctica, deriva en tratamientos de ensayo y error. Un niño con dificultades motoras va a fisioterapia; uno con problemas cognitivos, a psicopedagogía; ante convulsiones, se prueban anticonvulsivantes hasta dar con el que funciona. El sistema trata síntomas porque, en la mayoría de los casos, no sabe cuál es la causa.
«La mayoría de los pacientes queda sin un diagnóstico certero de la causa. Lo que se hace es tratar los síntomas que va teniendo el paciente», explicó Verónica Báez, docente e investigadora de la UBA y el CONICET, quien dirige el proyecto. La especialista señaló que solo quienes concurren a clínicas especializadas y pueden costear una secuenciación genómica obtienen un diagnóstico preciso: «Pocas familias pueden acceder a este tipo de estudios, dado que muchas obras sociales no los cubren y terminan siendo muy costosos».
El contexto regional agrava el cuadro. «De todos los niños y niñas que tenemos en Argentina con patologías del neurodesarrollo, son muy pocos los que podemos diagnosticar. Y en Latinoamérica son muchísimo menos», subrayó Báez.
Buscar en la sangre lo que ocurre en el cerebro
La propuesta del equipo es rastrear en muestras de sangre las huellas de ciertas proteínas sinápticas, es decir, propias de la sinapsis, la estructura donde las neuronas se comunican entre sí. En particular, el laboratorio trabaja sobre los receptores NMDA, que controlan la plasticidad sináptica: la capacidad del cerebro para cambiar, adaptarse y aprender, formar recuerdos y mantener estables las conexiones cerebrales. Cuando estas proteínas se desregulan o fallan, los circuitos cerebrales se desequilibran, un mecanismo directamente vinculado a trastornos del neurodesarrollo y enfermedades neurodegenerativas.
«Lo que detectamos es que hay ciertas cosas que se modifican en la sangre cuando una persona tiene una de estas patologías», precisó Báez. Si bien la concentración de estas proteínas en sangre es notablemente menor que en tejido cerebral, el equipo ya pudo verificar su detectabilidad en modelos animales. El paso siguiente es establecer valores de referencia en personas sanas para luego contrastarlos con los de niños y niñas que presentan trastornos sin diagnóstico específico. Cualquier desviación relevante de esos rangos podría constituir una alerta clínica.
Democratizar el diagnóstico: menos costo, más acceso
El objetivo declarado de la investigación no es encontrar una cura, sino abrir una puerta que hoy permanece cerrada para la mayoría de las familias. «Queremos dejar en claro que esta investigación no va a impactar en la cura, pero puede haber un diagnóstico y un tratamiento acertados, que es muy importante», enfatizó Báez.
En un país donde el desfinanciamiento de la ciencia pública avanzó en los últimos años sobre presupuestos universitarios y sobre el CONICET, la apuesta de este equipo representa una respuesta concreta al desafío de sostener investigación aplicada con impacto social en condiciones adversas. Un test de sangre accesible, sin equipamiento de alta complejidad, podría acortar drásticamente los tiempos de diagnóstico y habilitar intervenciones tempranas, que son las que mejoran de manera sustantiva la calidad de vida de los niños y sus familias.
El proyecto se desarrolla en el Laboratorio de Sinapsis y Neurobiología Celular del Instituto de Biología Celular y Neurociencia de la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA y el CONICET, y actualmente se encuentra en la etapa de recolección de muestras de la población general, paso previo indispensable para validar el método en humanos.
Puntos clave
- El equipo de la UBA-CONICET busca detectar trastornos del neurodesarrollo mediante biomarcadores en sangre, sin necesidad de secuenciación genómica.
- La mayoría de los pacientes con TGD en Argentina no recibe diagnóstico preciso por el alto costo de los estudios genéticos y la falta de cobertura de las obras sociales.
- Los resultados positivos en modelos animales ya fueron publicados en revistas científicas internacionales; la fase actual trabaja con voluntarios humanos.
- La investigadora Verónica Báez advierte que en Latinoamérica el déficit de diagnóstico es aún más grave que en Argentina.
- El objetivo es facilitar un diagnóstico temprano y accesible que permita tratamientos adecuados, no una cura para los trastornos.
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