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¿Qué implica la Ley Hojarasca? Sturzenegger y su cruzada “inútil” contra 70 normas en desuso

La motosierra de Javier Milei también pretende recortar legislación obsoleta. Cuáles son los riesgos de realizar una purga masiva de leyes para desregular todo de manera indiscriminada.

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El Argentino Diario-Federico Sturzenegger.

Federico Sturzenegger, actual ministro de Desregulación y Transformación del Estado y uno de los principales artífices del ajuste libertario de Javier Milei, reveló esta semana el contenido del polémico proyecto “Ley Hojarasca”. La iniciativa, que ya fue enviada al Congreso, propone eliminar más de 70 leyes que, según el Gobierno, «obstruyen las libertades individuales», pero la realidad es que esas leyes ya están en desuso y quedaron obsoletas tras la reforma constitucional del ’94 y legislaciones sancionadas posteriormente.

Sin embargo, el proyecto “Hojarasca” se presenta de manera simbólica como un paso más en la profundización del ajuste que el gobierno de Javier Milei lleva adelante. Desde el Ministerio de Desregulación que encabeza Sturzenegger, aseguran que estas leyes resultan anacrónicas y atentan contra la libertad individual.

A pesar de esto, la iniciativa no deja de generar polémica por lo aparentemente inútil de la propuesta, pero cuidado, aún no se conocen los alcances reales ni que esconde el proyecto detrás de la derogación de 70 leyes.

Vende humo: libertades vs. regulación estatal

Sturzenegger compartió una pequeña lista de leyes de diferentes gobiernos, tanto democráticos como de facto, y prometió reducir la legislación para alcanzar “una Argentina con mayor libertad”. Asimismo, sostuvo que algunas de esas normas supuestamente “afectan las libertades individuales” y otras que, según consideró, establecen “controles estatales” sobre la prensa, la cultura e incluso el movimiento de personas.

La hoja de ruta de Sturzenegger.

Leyes a derogar bajo la lupa empañada de la Ley Hojarasca

Según la información proporcionada por el propio Sturzenegger, algunas de las leyes que se pretenden eliminar son:

Ley 14.034 (1951, bajo el primer gobierno de Juan Domingo Perón): prohíbe la defensa de los derechos humanos de la sociedad argentina en foros internacionales.

Ley 18.312 (1969, durante el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía): crea un fondo para controlar la producción de papel de diarios y condiciona la prensa escrita.

Ley 19.787 (1972, dictadura de Alejandro Lanusse): restringe la libre elección de temas musicales en la programación de radios.

Ley 20.120 (1973, también durante Lanusse): habilita al Estado a prohibir reuniones privadas entre ciudadanos.

Ley 20.802 (1974, bajo el gobierno de Isabel Perón): impide la libre circulación por el país.

Ley 22.875 (1983, dictadura de Reynaldo Bignone): permite al Estado exigir a empresas privadas la relocación de sus actividades productivas.

Ley 22.964 (1983, también bajo Bignone): habilita el confinamiento forzoso de enfermos de lepra.

Sturzenegger defendió la eliminación de estas normas aludiendo a que “limitan la libertad individual y restringen el derecho de propiedad”. Además, (como era obvio) agregó que algunas leyes “definen obligaciones para instituciones que ya no existen” o resultan “superadas por los avances tecnológicos”. A priori, por lo compartido por el ministro, eso solo generará un gasto de recursos innecesario tanto en el Ejecutivo como en el Legislativo, pero habrá que deshojar el proyecto para conocer su alcance real.

La crítica al proyecto gira en torno a la posibilidad de que esta supuesta “reducción del marco regulatorio” termine beneficiando únicamente a ciertos grupos económicos. Además, la eliminación en bloque de las leyes mencionadas (y de otras 70 que no menciona), aunque desactualizadas, podría tener efectos secundarios no previstos, dejando desprotegidos ciertos derechos.

La propuesta de derogación de Sturzenegger recuerda a otros intentos de desmantelamiento del Estado bajo pretexto de “eficiencia” que terminaron por ampliar la desigualdad social. Tal es el caso de las reformas laborales impulsadas en los ’90 y por el propio gobierno de Milei, cuyo objetivo es flexibilizar aún más las relaciones entre empleadores y empleados, debilitando derechos adquiridos.

Gesto simbólico y avance peligroso

La “ley Hojarasca” se inscribe dentro de la ideología libertaria que Javier Milei pregona: menos intervención estatal y más “libertad”. Sin embargo, la propuesta podría tener consecuencias todavía imprevisibles, no solo en términos de libertades individuales, sino también en la capacidad del Estado para garantizar derechos sociales y económicos básicos.

Para argumentar a favor de su purga de leyes, Sturzenegger compartió un llamativo texto en redes sociales: “Un viejo adagio reza que ‘cuantas más leyes, menos justicia’. Al respecto, el jurista norteamericano Grant Gilmore escribió: ‘Cuantas más leyes, peor será una sociedad. En el infierno no hay otra cosa que la ley’”.

El Argentino Diario-¿Qué implica la Ley #Hojarasca? Sturzenegger y su cruzada
Tuit de Sturzenegger sobre la Ley Hojarasca.

Géneros 🟣

Senado: denuncian proyecto de “falsas denuncias” intenta silenciar a las víctimas

A nivel global, organismos como ONU Mujeres ubican las denuncias falsas en torno al 1% de los casos.

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Senado: qué pasa con el proyecto de “falsas denuncias”

El conversatorio “Derecho a la voz: contra la criminalización de quienes denuncian violencia” funcionó como una respuesta urgente frente al proyecto impulsado por Carolina Losada, que ya cuenta con dictamen de mayoría en la Comisión de Justicia y Asuntos Penales. La iniciativa propone agravar las penas por falsa denuncia, falso testimonio y encubrimiento en casos de violencia de género, delitos sexuales y situaciones que involucren a niñas, niños y adolescentes.

Para quienes expusieron, el diagnóstico fue otro: no hay vacío legal ni problema empírico que justifique la reforma. Lo que sí aparece, señalaron, es una estrategia política para disciplinar a quienes denuncian y reinstalar el silencio.

Una arquitectura punitiva para desalentar la denuncia

La abogada Ileana Arduino, referente del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales, desmenuzó el corazón del proyecto. Sostuvo que no se trata de una falla técnica sino de una decisión deliberada: utilizar el derecho penal como herramienta de control social.

Funciona como una extorsión procesal”, advirtió. El planteo es claro: en un sistema judicial que ya resulta hostil, la amenaza de una contra-denuncia penal empuja a las víctimas a no hablar. El resultado no es más justicia, sino menos denuncias.

Arduino también apuntó a un efecto colateral clave: la criminalización de las redes de acompañamiento. Equipos interdisciplinarios, profesionales y organizaciones quedarían bajo sospecha por intervenir en procesos donde la prueba suele ser compleja y el tiempo judicial, lento.

Construir un problema inexistente

La ministra bonaerense Estela Díaz fue directa: “Lo falso es el problema que quieren instalar”.

Respaldada por un documento con más de 1.700 firmas, sostuvo que las falsas denuncias no representan un fenómeno significativo en Argentina. En cambio, sí lo es la subdenuncia en casos de violencia y abuso.

Para Díaz, la iniciativa se inscribe en una narrativa política más amplia que cuestiona la existencia misma de la violencia de género. En ese marco, el proyecto no busca mejorar el sistema penal, sino desplazar el foco: de la protección de las víctimas a la sospecha sobre su palabra.

El miedo como política pública

Desde el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género, Natalia Gherardi aportó datos que desarman el argumento central del proyecto:

  • Solo una de cada cuatro mujeres en situación de violencia busca ayuda.
  • En abuso sexual infantil, más del 88% de los casos no llega a la Justicia.

En ese contexto, endurecer penas por denuncias “falsas” no resuelve un problema: crea otro. Introduce una amenaza concreta para quienes están obligados a denunciar, como establece la Ley Lucio.

La contradicción es evidente: el Estado exige denunciar ante la sospecha de abuso, pero al mismo tiempo instala el riesgo de persecución penal si la causa no prospera. El mensaje implícito, señalaron, es el silencio.

Convenciones internacionales vulneradas

La dirigente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, María Elena Naddeo, cuestionó la compatibilidad del proyecto con los estándares internacionales.

Mencionó dos marcos normativos clave:

  • Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer
  • Convención de Belém do Pará

Ambos obligan al Estado a garantizar el acceso a la justicia y a no generar obstáculos para denunciar violencia de género. La iniciativa, en cambio, invierte esa lógica: convierte a la denunciante en potencial imputada.

Naddeo también desarmó una de las falacias centrales: equiparar falta de prueba con falsedad. En delitos que ocurren en la intimidad, esa equivalencia no solo es errónea, sino funcional a la impunidad.

Datos incómodos para el oficialismo

A nivel global, organismos como ONU Mujeres ubican las denuncias falsas en torno al 1% de los casos. Se trata de una cifra marginal, que en general no está vinculada a violencia de género sino a otros delitos.

Sin evidencia empírica que justifique el endurecimiento penal, el proyecto queda expuesto como una definición ideológica: desplazar la centralidad de la víctima y reinstalar la sospecha sobre su palabra.

Efectos concretos: censura, desprotección e impunidad

El rechazo no se agota en el plano simbólico. Las organizaciones advirtieron consecuencias concretas:

  • Bozal mediático: limitaciones a la difusión de casos que han sido clave para visibilizar violencias.
  • Persecución profesional: equipos técnicos y redes de acompañamiento bajo amenaza penal.
  • Inseguridad jurídica: profesionales de salud y educación atrapados entre denunciar o protegerse.
  • Desaliento de denuncias: una profundización en la caída previsible en el acceso a la justicia.

En ese marco, el proyecto aparece como una herramienta de disciplinamiento que redefine el sistema: ya no se investiga al agresor, se sospecha de quien denuncia.

Una disputa de fondo: voz o silencio

Lo que se debatió en el Senado excede una reforma penal. Se trata de una disputa política y cultural: quién tiene derecho a hablar y bajo qué condiciones.

Frente a un escenario que intenta reinstalar el miedo como frontera, el feminismo articuló una respuesta clara. El derecho a la voz no es un privilegio ni una concesión: es un derecho humano básico.

Y su restricción, no fortalece la justicia. La debilita.

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