Sociedad
Más embarazadas y madres con hijos en cárceles
El último registro dio cuenta de un aumento de mujeres presas estando embarazadas o conviviendo con sus pequeños hijos en pabellones de penitenciarias federales revirtiendo una tendencia a la baja que se venía experimentando en los últimos años
La Procuraduría de Violencia Institucional (PROCUVIN) denunció que a partir de 2021 comenzó a registrarse un aumento en la cantidad de mujeres embarazadas y con hijos pequeños conviviendo en cárceles dependientes del Servicio Penitenciario Federal.
El alza en cantidad de casos revirtió la tendencia decreciente que se registraba desde 2018 y que se había pronunciado durante la pandemia por el coronavirus, se indicó.
Estas y otras conclusiones surgen de los números informados en la última semana de cada año, desde 2014 a 2022, por parte del Servicio Penitenciario Federal a requerimiento de la PROCUVIN.
A partir de haber recibido estos datos, se detalló que “de 22 mujeres embarazadas y 43 que convivían intramuros con algunos de sus hijos e hijas en 2014, se pasó a 8 y a 36, respectivamente, en 2018. El descenso continuó hasta 2020, cuando se registró una mujer embarazada y cuatro que vivían con alguno de sus hijos/as. Pero en 2021 hubo siete mujeres embarazadas y 3 que vivían con alguno de sus hijos/as, mientras que en el año en curso se registran 12 y 6, respectivamente, para esas categorías”.
En consecuencia, se señaló “que la tendencia alcista del 2021 y lo que va del año en curso constituyen una señal de atención, especialmente por el marco normativo en que se produce, que tiende a la protección de este grupo”.
Según las cifras de la PROCUVIN, a cargo del fiscal Alberto Gentili, de la información surgida de los reportes del Servicio Penitenciario Federal en los últimos ocho años, da cuenta del siguiente detalle: * En 2014, de las 735 mujeres alojadas en cárceles, 22 estaban embarazadas, 43 vivían con algunos de sus hijos/as en la unidad de detención y 47 niños/as convivían en prisión con sus madres. * Para 2015, de 730, 13 estaban embarazadas, 33 vivían con algunos de sus hijos/as con igual cantidad de niños. * Ya en 2016, de un total de 796 presas, 12 de ellas estaban embarazadas, 31 vivían con algunos de sus hijos/as en la unidad de detención y 31 niños/as convivían en prisión con sus madres. * En 2017, de 955 mujeres alojadas en cárceles del SPF, 19 mujeres estaban embarazadas, 39 vivían con algunos de sus hijos/as en la unidad de detención y 43 niños/as convivían en prisión con sus madres. * En 2018 de 1135 mujeres alojadas en cárceles, 8 mujeres estaban embarazadas, 36 vivían con algunos de sus hijos/as en la unidad de detención y 38 niños/as convivían en prisión con sus madres. *Para 2019, de 1089 presas, 4 mujeres estaban embarazadas, 24 vivían con algunos de sus hijos/as en la unidad de detención y 24 niño/as vivían en prisión con sus madres. * Y en 2020, en cárceles del SPF se advierte un descenso del 35% de la población de mujeres detenidas, con 697 mujeres alojadas. De todas ellas, se registró una mujer embarazada y 4 que vivían con alguno de sus hijos/as en la unidad de detención; y 4 niño/as que vivían en prisión con sus madres. Los descensos se asociaron a las medidas sanitarias de prevención debidas a la pandemia por COVID-19.
Ahora, según los datos del 2021, de 712 mujeres detenidas en cárceles, 7 mujeres estaban embarazadas y 3 vivían con algunos de sus hijos/as en la unidad de detención, mientras que 3 niño/as vivían en prisión con sus madres. Mientras que en el último registro, correspondiente a este año, 764 mujeres detenidas en cárceles del SPF, 12 mujeres están embarazadas, 6 viven con algunos de sus hijos/as en la unidad de detención y 6 niño/as viven en prisión con sus madres. Así, se revierte la tendencia de descenso.
Ciencia 🧬
Científicos de la UBA buscan detectar trastornos del neurodesarrollo con un análisis de sangre
Un equipo del Laboratorio de Sinapsis y Neurobiología Celular de la Facultad de Ciencias Médicas trabaja en el desarrollo de biomarcadores que permitirían identificar patologías como el TGD sin secuenciación genómica. La investigadora Verónica Báez advierte que la mayoría de los pacientes nunca recibe un diagnóstico preciso porque los estudios son costosos y las obras sociales no los cubren.
Un equipo científico de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y el CONICET avanza en el desarrollo de una herramienta de diagnóstico que podría transformar la forma en que se detectan los trastornos del neurodesarrollo en niñas y niños argentinos: una simple muestra de sangre, sin necesidad de secuenciación genómica ni equipamiento de alta complejidad. La investigación, que ya obtuvo resultados positivos en modelos animales publicados en revistas internacionales, se encuentra actualmente en la fase de recolección de muestras biológicas de voluntarios de la población general.
Un diagnóstico que llega tarde, o nunca
Las patologías del neurodesarrollo se agrupan en Argentina bajo el paraguas clínico de los Trastornos Generalizados del Desarrollo (TGD), una categoría amplia que, en la práctica, deriva en tratamientos de ensayo y error. Un niño con dificultades motoras va a fisioterapia; uno con problemas cognitivos, a psicopedagogía; ante convulsiones, se prueban anticonvulsivantes hasta dar con el que funciona. El sistema trata síntomas porque, en la mayoría de los casos, no sabe cuál es la causa.
«La mayoría de los pacientes queda sin un diagnóstico certero de la causa. Lo que se hace es tratar los síntomas que va teniendo el paciente», explicó Verónica Báez, docente e investigadora de la UBA y el CONICET, quien dirige el proyecto. La especialista señaló que solo quienes concurren a clínicas especializadas y pueden costear una secuenciación genómica obtienen un diagnóstico preciso: «Pocas familias pueden acceder a este tipo de estudios, dado que muchas obras sociales no los cubren y terminan siendo muy costosos».
El contexto regional agrava el cuadro. «De todos los niños y niñas que tenemos en Argentina con patologías del neurodesarrollo, son muy pocos los que podemos diagnosticar. Y en Latinoamérica son muchísimo menos», subrayó Báez.
Buscar en la sangre lo que ocurre en el cerebro
La propuesta del equipo es rastrear en muestras de sangre las huellas de ciertas proteínas sinápticas, es decir, propias de la sinapsis, la estructura donde las neuronas se comunican entre sí. En particular, el laboratorio trabaja sobre los receptores NMDA, que controlan la plasticidad sináptica: la capacidad del cerebro para cambiar, adaptarse y aprender, formar recuerdos y mantener estables las conexiones cerebrales. Cuando estas proteínas se desregulan o fallan, los circuitos cerebrales se desequilibran, un mecanismo directamente vinculado a trastornos del neurodesarrollo y enfermedades neurodegenerativas.
«Lo que detectamos es que hay ciertas cosas que se modifican en la sangre cuando una persona tiene una de estas patologías», precisó Báez. Si bien la concentración de estas proteínas en sangre es notablemente menor que en tejido cerebral, el equipo ya pudo verificar su detectabilidad en modelos animales. El paso siguiente es establecer valores de referencia en personas sanas para luego contrastarlos con los de niños y niñas que presentan trastornos sin diagnóstico específico. Cualquier desviación relevante de esos rangos podría constituir una alerta clínica.
Democratizar el diagnóstico: menos costo, más acceso
El objetivo declarado de la investigación no es encontrar una cura, sino abrir una puerta que hoy permanece cerrada para la mayoría de las familias. «Queremos dejar en claro que esta investigación no va a impactar en la cura, pero puede haber un diagnóstico y un tratamiento acertados, que es muy importante», enfatizó Báez.
En un país donde el desfinanciamiento de la ciencia pública avanzó en los últimos años sobre presupuestos universitarios y sobre el CONICET, la apuesta de este equipo representa una respuesta concreta al desafío de sostener investigación aplicada con impacto social en condiciones adversas. Un test de sangre accesible, sin equipamiento de alta complejidad, podría acortar drásticamente los tiempos de diagnóstico y habilitar intervenciones tempranas, que son las que mejoran de manera sustantiva la calidad de vida de los niños y sus familias.
El proyecto se desarrolla en el Laboratorio de Sinapsis y Neurobiología Celular del Instituto de Biología Celular y Neurociencia de la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA y el CONICET, y actualmente se encuentra en la etapa de recolección de muestras de la población general, paso previo indispensable para validar el método en humanos.
Puntos clave
- El equipo de la UBA-CONICET busca detectar trastornos del neurodesarrollo mediante biomarcadores en sangre, sin necesidad de secuenciación genómica.
- La mayoría de los pacientes con TGD en Argentina no recibe diagnóstico preciso por el alto costo de los estudios genéticos y la falta de cobertura de las obras sociales.
- Los resultados positivos en modelos animales ya fueron publicados en revistas científicas internacionales; la fase actual trabaja con voluntarios humanos.
- La investigadora Verónica Báez advierte que en Latinoamérica el déficit de diagnóstico es aún más grave que en Argentina.
- El objetivo es facilitar un diagnóstico temprano y accesible que permita tratamientos adecuados, no una cura para los trastornos.
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