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Somos Barrios de Pie: «Acuña y Larreta discriminan y atacan la Escuela Pública»

Las estigmatizantes declaraciones radiales de la ministra de Educación porteña siguen despertando reacciones de repudio.

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El Movimiento Somos Barrios de Pie de Capital Federal criticó hoy con dureza las declaraciones radiales realizadas por la ministra de Educación, Soledad Acuña, quien expresó que los chicos que dejaron la escuela como consecuencia de la pandemia de coronavirus «ya están perdidos en los pasillos de una villa» y denunciaron que «Acuña y Rodríguez Larreta discriminan y atacan a la Escuela Pública».

«¿Ya es tarde para desarrollar políticas de re-vinculación escolar?, ¿es tarde para fortalecer la educación de nuestros hijos y la de los hijos e hijas de nuestras compañeras?, ¿cuál es la imagen de las personas que vivimos en las villas que la ministra Acuña pretende consolidar en la opinión pública?», se preguntó Walter Córdoba, referente de Somos Barrios de Pie-Capital Federal. El dirigente remarcó: «Acuña y (Horacio Rodríguez) Larreta nos siguen discriminando y siguen atacando a la escuela pública».

Es que en una entrevista con radio Rivadavia, la titular de la cartera educativa porteña planteó ayer que, en algunas regiones, «ya es tarde» para apuntar a la reintegración escolar porque -dijo- los chicos «cayeron» en el narcotráfico, «están «perdidos en los pasillos de una villa» o debieron salir a trabajar.

Para el dirigente social porteño, «una vez más, los funcionarios estigmatizan y discriminan a los pibes y pibas de los barrios populares» y «una vez más estamos frente a los discursos de odio formulados desde el propio Gobierno de la Ciudad».

«Una vez más, el ataque frontal hacia la escuela pública desde el propio Ministerio de Educación de la Ciudad. Esas palabras no son azarosas, son consecuentes con sus políticas y objetivos. Desde hace 15 años que la actual gestión de la Ciudad de Buenos Aires busca mancillar y debilitar a la escuela pública; a sus estudiantes, a sus docentes y a la comunidad en su conjunto», advirtió Córdoba.

Además, el dirigente recordó que «el presupuesto educativo disminuye año tras año» porque «Larreta y Acuña buscan realizar un vacío de la escuela pública mientras que inyectan recursos en las escuelas de gestión privada». Córdoba concluyó que :»vacían a las escuelas de alimentos, de conectividad, de equipamiento y mobiliario, pero por, sobre todo, quieren vaciar la escuela de contenidos y experiencias significativas que promueven transformaciones de la realidad. No buscan que la escuela sea una usina para la formación ciudadana, ni la movilidad social o la apertura de oportunidades».

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Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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