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Opinión

La alianza de los amos y los monstruos

Como las élites abonaron el terreno para el resurgir de la ultraderecha y el neofascismo.

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Por Óscar Lomba Álvarez *

En el corazón oscuro de Europa, emergen las sombras del pasado, sin embargo no brotan de la nada. No son fantasmas que surgen sin razón, sino espectros cuidadosamente alimentados por aquellos que, en las alturas del poder, aprendieron a manipular el miedo y la desesperación. En Alemania, el ascenso de la ultraderecha no es solo el retorno de monstruos pardos que una vez arrasaron el continente; son el fruto venenoso de un árbol cuyas raíces fueron regadas por las mismas élites que ahora fingen horror ante el resultado. El regreso de estos monstruos no es un accidente de la historia, sino una consecuencia deliberada de políticas y narrativas que fueron impuestas desde las cúpulas del poder financiero y mediático.

Hoy, el ascenso de Alternativa para Alemania (AfD) en Turingia y Sajonia no es más que el resultado de un plan meticulosamente trazado por las oligarquías, que sembraron la división y el odio en la sociedad, desviando la atención de sus propios crímenes y acumulación de riquezas. Los banqueros, los magnates de las corporaciones mediáticas, los políticos corruptos: todos ellos encontraron en la ultraderecha un aliado perfecto para mantener el control sobre la clase trabajadora y las masas empobrecidas y desorientadas. Utilizaron sus plataformas mediáticas para fabricar enemigos ficticios, para redirigir la ira de los desposeídos hacia aquellos que son los más vulnerables, en lugar de permitir que esa furia se vuelva contra los verdaderos culpables.

La Alemania que una vez fue cuna de la cultura, arte y pensamiento crítico, se encuentra ahora atrapada en una encrucijada mortal. Sin embargo esta decadencia no surgió espontáneamente. Ha sido fomentada, alimentada y acelerada por una clase dominante que encontró en el fascismo una herramienta útil para dividir y conquistar. Mientras el pueblo alemán lucha por sobrevivir en un mundo de creciente desigualdad, las élites se retiran a sus atalayas de lujo y castillos exclusivos, disfrutando de sus inmensas fortunas, asegurando su poder a través de la manipulación del discurso público y la represión de cualquier movimiento que desafíe el statu quo.

El miedo que hoy recorre Alemania no es un miedo natural, sino un pánico construido meticulosamente. Los medios de comunicación, controlados por los segmentos dominantes, poderes fácticos y resto de las élites hegemónicas, han trabajado incansablemente para crear una narrativa donde el inmigrante, el pobre, el diferente, se convierten en amenazas. Han moldeado la percepción pública para que el enemigo no sea el ejecutivo de un fondo buitre o de una multinacional que evade impuestos, sino el refugiado que huye de la guerra y la miseria. En esta narrativa, el miedo se convierte en odio, y el odio en votos para aquellos que prometen restaurar una fantasía de pureza y orden.

Sin embargo esta narrativa es una farsa, una cortina de humo diseñada para ocultar la verdad. La verdad de que los problemas que enfrenta Alemania, y el mundo en general, no son el resultado de la inmigración o de una supuesta pérdida de identidad nacional. Son el resultado de un sistema económico y político que favorece a unos pocos a expensas de la mayoría. Son el resultado de políticas neoliberales que desmantelaron el estado de bienestar, que empobrecieron a las clases trabajadoras y medias, y que concentraron el poder y la riqueza en manos de una élite cada vez más pequeña y cada vez más alejada del pueblo.

El ascenso de AfD y de otros movimientos semejantes en Europa es la culminación de décadas de políticas diseñadas para beneficiar a las élites, mientras sé culpabiliza a los más débiles de los problemas creados por los más fuertes. Es el resultado de un sistema que está rompiendo las redes de seguridad social, que está privatizando lo público, que pretende convertir la educación y la sanidad en mercancías, y que abandonó a los más vulnerables a su suerte. Y cuando esos segmentos indefensos procuran respuestas, las encuentran en las promesas vacías de los demagogos, que ofrecen chivos expiatorios en lugar de soluciones reales.

La verdadera pesadilla de un futuro bajo el dominio de AfD no es solo la amenaza de una nueva era de represión y odio, sino la perpetuación de un sistema que ya demostró su capacidad para deshumanizar y explotar a la mayoría en beneficio de unos pocos. Si Alemania, y Europa en su conjunto, desean evitar este destino, no basta con resistir a los movimientos neofascistas; es necesario confrontar a las élites que permitieron que broten estos movimientos.

Es hora de que el pueblo despierte, de que entienda que la verdadera batalla no es entre ellos y los inmigrantes, entre ellos y los pobres, entre ellos y los diferentes. La verdadera batalla es entre la mayoría social y las élites que utilizan el miedo, el odio y la división como herramientas para mantener su dominio. Es hora de recuperar la democracia popular, de exigir justicia económica y social, de construír un mundo donde el bienestar y la riqueza no sea el privilegio de unos pocos, sino el derecho de todas y todos. Solo entonces podremos decir que los monstruos fueron derrotados, no solo en las urnas, sino en el corazón de la sociedad.

Las opiniones expresadas en la presente nota de opinión y/o análisis son las de los autores. No pretenden reflejar las opiniones de El Argentino Diario o de sus integrantes. Las denominaciones empleadas en la misma y la forma en que aparecen presentados los datos que contiene no implican, de parte de El Argentino Diario juicio alguno sobre la información y/o datos y/o valoraciones aquí expuestas.

* Óscar Lomba Álvarez es Abogado. Licenciado en Derecho. Activista Social. Miembro del Equipo Técnico de Podemos Galicia (Responsable de Municipalismo). Miembro de la Internacional Antiimperialista de los Pueblos. 

| Vigo | 13/09/2024

Elecciones

¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia

A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.

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El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.

No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.

Una lealtad que se conjuga en presente

Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.

El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.

Un Gobierno que no respeta la democracia

Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.

Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.

Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.

No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.

El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición

El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.

Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.

Las mujeres y disidencias van al centro del poder

Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.

La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.

Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.

Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.

2027: la lealtad es organizarse

Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.

Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.

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