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Una forma diferente de hacer teatro: llega la segunda temporada de «Las cosas maravillosas»

La actriz y la directora conversaron con El Argentino, abrieron su corazón y contaron los sentimientos que despierta esta obra de teatro en ellas y cómo armarían la lista de aquellas cosas por las que vale la pena vivir.

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Por Andrea Reyes

La actriz y la directora conversaron con El Argentino, abrieron su corazón y contaron los sentimientos que despierta esta obra de teatro en ellas y cómo armarían la lista de aquellas cosas por las que vale la pena vivir.

El 24 de abril se estrena en el Multiteatro Comafi la segunda temporada de «Las cosas maravillosas», la obra de Duncan Macmillan y Jonny Donahoe, que en 2022 llegó a Buenos Aires con Peter Lanzani como protagonista y sorprendió al público con una experiencia de teatral distinta. Este año el unipersonal tendrá un elenco rotativo y Lali González será la primera intérprete de la obra, bajo la dirección de Mey Scápola.

La actriz y la nueva directora conversaron con @ElArgentino y Mey explicó que la obra cuenta con un elenco rotativo, una modalidad a la que el público argentino “no está tan acostumbrado”.

-¿Cómo surge la idea de rotar el elenco acá en Argentina?

-(Mey Scápola) Es algo que está hecho así en todo el mundo, sólo acá no se había realizado de esa manera. Es una obra que está de gira en España, Noruega, Miami, Nueva York, y tiene el concepto de elenco rotativo de ocho semanas cada intérprete.

-¿Con qué se va a encontrar el público en esta segunda temporada?

-(MS) Cambió el espacio y, por ende, se modifica la manera. Los espectáculos hablan en las salas con un lenguaje distinto y uno no puede ser ingenuo de saber que está contando de una forma diferente. Para mí lo que tiene de interesante esto de ser un elenco rotativo, es que cada instrumento lo cuenta de una manera distinta.

-¿Por qué elegiste a Lali para el comienzo de la nueva temporada?

– (MS) No da igual que sea una mujer la que siga después de Peter Lanzani, porque va a poder comunicar con claridad que no se trata de “un reemplazo”. Además, me enamoré del humor y la picardía que tiene, de ese nivel de verdad y profundidad que maneja Lali. No podes dejar de mirarla.

-¿Vos te imaginabas haciendo teatro en Argentina?

– (Lali González) Si bien me recibí como actriz de teatro, mi carrera se abocó más al cine y en los últimos años a la televisión. Entonces, que me llamen para hacer por primera vez un personaje dramático en teatro me resultó un desafío llamativo para el momento que estoy pasando. Esta obra, de alguna manera, me conectó a un lugar bastante sensible y real mío que yo no conocía.

-¿Cómo es ese lugar?

– (LG) Es un lugar más humano de vivir el presente y ser consciente del aquí y ahora. Esta obra tocó lugares sensibles como mujer, madre…, porque es una obra esperanzadora y bastante luminosa con respecto a la vida. Hizo en mí una metamorfosis del antes y el después. Estoy viviendo uno de los momentos más felices de mi vida, y no estamos acostumbrados a escuchar eso. Aprendí que debemos pasar por un proceso, en este caso de masticar el texto, para que se genere ese revuelo que hoy me permite sentirme más liviana.

-¿Cómo fue la construcción de tu personaje?

– (LG) Más allá de un personaje, es una persona que está contando una historia que es bastante empática y puede hacer que alguien se sienta identificado por lo que genera la obra en sí. Entonces, si lo cuento desde un lugar presente, compasivo y luminoso de mí ser, creo que todo eso va a llegar. Por eso digo que la obra me conectó con la realidad y con las cosas maravillosas de la vida.

-¿Cómo esperas que el público reaccione a la obra?

-(MS) La complicidad es fundamental, por eso se dice que “el público completa” yen este caso, más que nunca. El espectador completa algo de esa historia que se cuenta. Es una obra donde la cuarta pared desde que entra la persona está rota, así que te diría que es donde más foco estoy poniendo, puesto que implica recibir a la persona como si te dijera metafóricamente con un abrazo.

-Si tuvieran que armar una lista de cosas maravillosas por las que creen que vale la pena vivir, ¿qué incluiría cada una?

-(LG) Vale la pena vivir por el sol, el cielo, los animales, los años cumplidos, nuestros hijos, nuestro antepasado…también por el público, los aplausos, el teatro, el cine, por estar de pie, por nosotros mismos.

-(MS) El último mes tuve muchísimo trabajo, jornadas que no se terminaban más, entonces una comida con la persona que amo, con mi hijo u otro ser amado, me cambia el día. Juntarme con amigas y saber que voy a salir transformada de esos encuentros que te calman el corazón, no hay más. Mis amigas son mi vida, son mi familia. Otra cosa maravillosa es dejar parte de mi corazón en el actor o la actriz que estoy dirigiendo.

Cultura

Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital

Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.

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El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.

La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.

La experiencia como respuesta millennial

Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.

Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.

También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.

La Generación Z y la identidad como presencia

La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.

Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.

La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.

De tener cosas a mostrar señales

Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.

En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.

Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.

Economía, acceso y prioridades

Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.

La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.

Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.

Comunidad y pertenencia

La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.

La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.

En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.

Riesgos de ambos modelos

Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.

Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.

Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.

Una diferencia de entorno, no de esencia

Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.

La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.

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