Cultura
Luisa Kuliok interpreta a Juana Azurduy
La histórica actriz de telenovelas conversó con El Argentino sobre la presentación de su obra en la sala Caras y Caretas 2037.
Por Andrea Reyes
La histórica actriz de telenovelas conversó con @ElArgentino sobre la presentación de su obra en la sala Caras y Caretas 2037. Además, opinó sobre el proceso de deconstrucción que transitan hombres y mujeres y se sinceró sobre su visión de la televisión actual.
Luisa Kuliok es una actriz multifacética, sinónimo de grandes telenovelas, que en su extenso trayecto como artística hoy se encuentra desarrollando en teatro “Juana Vive”, una obra basada en el libro “Proceso a Juana Azurduy” de Andrés Lizarraga. “La Extraña Dama” se pone en la piel de la revolucionaria y patriota del Alto Perú que luchó heroicamente por la independencia.
La obra es una adaptación de Rosa Celentano, se trata de “una mujer que en siglo XIX llevó una gesta extraordinaria, fuera de todo lo imaginable”, comenta Luisa y agrega que Juana Azurduy “entregó realmente su vida y sus bienes a la revolución, a la posibilidad de tener una Patria libre y soberana”.
-Luisa, ¿el relato que plantea la obra es imaginario o real?
El relato que hacemos es el de una mujer de carne y hueso, bajada del bronce, es decir, con su humor, sus maneras, sus deseos y con lo que fue su lucha cotidiana y totalmente expuesta en una situación ideada por el autor que no fue real, pero que es una imaginación poética sobre qué habría pasado si a Juana se la hubiera juzgado. Para mí es un enorme honor y desafío hacer a Juana Azurduy, y es uno de los momentos más significativos de mi carrera teatral.
-¿Qué crees les diría Juana a las mujeres que hoy claman por sus derechos?
-Juana viene corriendo del siglo XIX. Imagínate que les sacó la bandera de sus manos a los españoles. Fue una gran adelantada, gran guerrillera, y es la que quiere acompañar a Belgrano a la guerra, sosteniendo que las mujeres tienen los mismos derechos y mismas responsabilidades que los hombres.

-¿En qué rol ubicas la figura del hombre actual ante el empoderamiento femenino?
–Los hombres están en una etapa de transición así como las mujeres, porque nosotras también tenemos que estar aprendiendo a de-construir, estamos en una cultura patriarcal de siglos, entonces hemos naturalizado como mujeres situaciones que, aunque dolorosas, las aceptábamos. Me refiero como sociedad, no a mí particularmente. Por eso, la obra hace un homenaje a Juana y a todas las mujeres que, a lo largo de la historia, en silencio o a viva voz fueron construyendo la rebelión imprescindible del hoy, por eso Juana está vida, porque el pasado es algo vivo no es algo que queda detenido, sino es lo que alumbra el hoy y nos inspira.
-¿Qué significa el teatro en tu carrera como actriz?
–Es difícil definirlo en una sola palabra. Es mi forma de vida y también mi compromiso como persona, porque para nosotros hoy estar haciendo “Juana Vive” desde el escenario, es un compromiso muy fuerte como ciudadanos.
-Luisa, ¿cómo vez hoy la televisión? ¿Te gustaría hacer algo en la tele o en alguna plataforma?
–Prácticamente no tenemos ficción. Es lamentable, porque los pueblos crecen con la ficción. “La extraña Dama”, por ejemplo, sigue teniendo vigencia, la gente habla de la tira como si hubiera pasado hace seis años. Creo que hoy nos están faltando esas grandes historias que nos confronten a nosotros mismos con nuestro propio espejo de los miedos, los aciertos, la fe….
Yo quiero hacer algo que sea lo más democrático posible, no estoy negada a las plataformas, pero a mí me gusta la televisión abierta porque da la posibilidad de sentarse la familia entera a ver una gran historia todos los días.
-Para finalizar, ¿dónde se presentará “Juana Vive”?
–La obra se presenta este jueves a las 20.00 con entradas absolutamente populares en la sala Caras y Caretas, y el viernes viajamos a Mendoza para participar del primer Festival de Unipersonales, aunque somos dos. Además, vamos a hacer “Juana Vive” en el teatro Mendoza el sábado 15 a las 21.30 horas. En mayo estamos en Quilmes y en julio viajamos a Bolivia para hacer el día 12, en la Ciudad de La Paz, una gala con la obra y probablemente hagamos las ciudades de Charcas y Santa Cruz. Para nosotros significa un regalo de la vida enorme, porque desde que estrenamos la obra soñábamos con llevarla a ese lugar donde nació.
Cultura
Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital
Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.
El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.
La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.
La experiencia como respuesta millennial
Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.
Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.
También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.
La Generación Z y la identidad como presencia
La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.
Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.
La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.
De tener cosas a mostrar señales
Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.
En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.
Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.
Economía, acceso y prioridades
Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.
La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.
Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.
Comunidad y pertenencia
La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.
La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.
En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.
Riesgos de ambos modelos
Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.
Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.
Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.
Una diferencia de entorno, no de esencia
Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.
La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.
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