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La abogada de Lotocki no cree que la muerte de Luna afecte a su defendido

La actriz y modelo Silvina Luna falleció hoy a los 43 años en el Hospital Italiano del barrio porteño de Almagro, a consecuencia del agravamiento de su estado de salud producto de una mala praxis del médico Aníbal Lotocki.

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La abogada de Aníbal Lotocki descartó hoy la posibilidad de que el fallecimiento de la actriz Silvina Luna afecte la situación legal de su defendido ya que, afirmó, la justicia no encontró «nexo causal» entre las cirugías y la muerte de los pacientes.

La actriz y modelo Silvina Luna falleció hoy a los 43 años en el Hospital Italiano del barrio porteño de Almagro, donde estaba internada desde el pasado 13 de junio, a consecuencia del agravamiento de su estado de salud producto de una mala praxis del médico Aníbal Lotocki, quien en 2011 le produjo una intoxicación de metacrilato que le provocó hipercalcemia e insuficiencia renal.

Ileana Lombardo, letrada de Lotocki, poco después de conocerse la muerte de la actriz y ex paciente de su defendido, confirmó que pedirá la «historia clínica» de Luna para «saber cuál fue el proceso» que terminó con su vida.

En febrero de 2022 Lotocki fue condenado a cuatro años de prisión efectiva y a cinco años de inhabilitación para ejercer la medicina por «lesiones graves» derivadas de los tratamientos de belleza que practicó sobre Gabriela Trenchi, Silvina Luna, Stefanía Xipolitakis y Pamela Sosa.

El fiscal que llevó adelante la acusación, Sandro Abrales, señaló durante el juicio que Lotocki «no atendía las más mínimas reglas de la práctica profesional: atendía en lugares sin habilitación, con productos que no podía usar e incluso quiso hacer responsable a sus pacientes por las consecuencias nocivas» padecidas.

La fiscalía había pedido 7 años y 9 meses de prisión y las querellas de las víctimas 9 años, pero el juez Carlos Rengel Mirat entendió que cuatro años era la pena ajustada.

Lotocki causó lesiones en el cuerpo a Trenchi, Luna, Xipolitakis y Sosa con el uso de un relleno que contenía microesferas de polimetil metacrilato (PMMA), en lugares del cuerpo en los que está prohibido su uso, y en cantidades superiores a las sugeridas por la comunidad científica.

Este material les produjo tumoraciones a estas mujeres -que se sometieron a una intervención en sus glúteos, pelvis y muslos- e inflamaciones crónicas.

En el juicio también se ventiló un reporte del Ministerio de Salud, en el que se señaló que Lotocki «no posee título de especialista en cirugía general, ni tampoco la especialidad de cirugía plástica y reparadora registradas ante esta cartera sanitaria».

El médico, tras conocerse el fallo condenatorio, aseguró que la condena era «injusta» ya que «el producto que utilicé en esas cuatro pacientes está autorizado por las autoridades sanitarias».

Luego utilizó el mismo argumento que hoy repite su abogada, y es que las pericias «dicen que las enfermedades que padecen las denunciantes no tienen nexo causal con el procedimiento» que les aplicó.

En febrero de 2022, el abogado de Silvina Luna, Fernando Burlando, celebró la decisión del Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional 28.

«Fueron muchos años de lucha, muchos en los que tuvimos una Justicia que hacía oídos sordos y entendía que esto era un tema frívolo y no era un tema vinculado a la salud», dijo el abogado que todavía no reveló si encabezará alguna iniciativa legal a partir del deceso de Luna.

A mediados de este año, la Cámara Nacional de Casación, ordenó la «inhabilitación» provisoria de Aníbal Lotocki para el ejercicio de la medicina, hasta tanto su sentencia quede firme.

Los jueces del tribunal de alzada advirtieron en las pruebas presentadas que Lotocki ejercía de manera «abusiva» la profesión de médico.

También a mitad de 2023, el falso cirujano fue procesado por el juez Luis Schelgel, aunque sin prisión preventiva, como autor del «homicidio simple con dolo eventual» del paciente Rodolfo Zárate (60), ocurrido el 16 de abril de 2021, tras las complicaciones por una intervención quirúrgica programada.

El paciente decidió hacerse una lipoescultura y dermolipectomía, por la suma de 6.500 dólares, pero se descompensó poco después de la intervención y fue intubado por el equipo de Lotocki, aunque se determinó después que fue «mal intubado».

Zárate tenía una situación de salud general delicada, según determinó el juez, y la remoción de tejidos en cuello, hombros, pectorales, brazos, axilas, cara anterior del abdomen, pelvis, región lumbar y sacar y glúteos, pudieron llevarlo al paro cardíaco que lo terminó matando.

En agosto de este año también sorprendió la muerte de Mariano Craparola (49), columnista del programa La jaula de la Moda, quien el lunes 14 de este mes había ingresado al Centro Medicus, de la Ciudad de Buenos Aires, para extirparle unos cálculos renales. Luego de esa cirugía se produjo una descompensación y un shock hemorrágico que le desencadenó un paro cardíaco.

Caprarola, que también le había iniciado una demanda a Lotocki, en una entrevista dada al programa Socios del Espectáculo (El Trece) -emitida el pasado 3 de julio- aseveró que no puede «ni nombrarlo». Cuando lo menciono, me provoca un dolor tremendo en el alma. Incluso fui garante de su clínica en Belgrano».

Sobre la operación estética a la que se sometió afirmó: «Hice algo por estúpido, por no pensar las consecuencias; pero nunca pensás que un amigo te va a traicionar como me traicionó, que te va a inyectar muerte».

Entretenimiento

La Granja de Zenón cumple 10 años: «Cuando veo conectar a los chicos con los personajes, siento que todo vale la pena»

En diálogo con El Argentino, el productor Maximiliano Córdoba reconstruye la historia de La Granja de Zenón y explica por qué el fenómeno sigue vigente diez años después. Además, comparte las experiencias que más lo marcaron junto al público y recuerda la casualidad que terminó llevándolo al universo del teatro.

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La Granja de Zenón celebra diez años sobre los escenarios con una nueva temporada de En busca del arcoíris, el espectáculo que forma parte de la cartelera de vacaciones de invierno y permanecerá en el Teatro Astral hasta el 2 de agosto. Lo que comenzó como una propuesta para llevar al teatro a los personajes que millones de chicos ya seguían en YouTube terminó convirtiéndose en uno de los fenómenos del entretenimiento infantil más importantes del mundo hispanohablante.

Detrás de ese recorrido está El Reino Infantil, el universo creado por Roberto «Kuky» Pumar, que hoy supera los 240 millones de suscriptores en YouTube y se expandió a la televisión, las plataformas digitales, los videojuegos, los productos licenciados y los espectáculos en vivo. En diálogo con El Argentino, el productor Maximiliano Córdobareconstruyó cómo nació la apuesta teatral, explicó por qué el vínculo con el público sigue siendo el corazón del proyecto y recordó las experiencias que, diez años después, todavía lo emocionan.

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Del éxito en YouTube al teatro: el encuentro que pedían las familias

Cuando La Granja de Zenón se convirtió en un fenómeno en YouTube, el universo de El Reino Infantil ya había trascendido la pantalla. Las canciones, los juguetes, los libros y los peluches acompañaban la vida cotidiana de miles de familias, mientras la comunidad crecía en distintos países. En ese contexto surgió una nueva pregunta: ¿cómo llevar esa experiencia al mundo real?

«Fue una necesidad que surgió del pedido del público en las redes»,recuerda Córdoba.

 «Leader Entertainment trabajamos como una empresa 360. Tratamos siempre de completar un poco más la experiencia. Teníamos algo sin precedentes en plataformas digitales, los juguetes, los libros, los peluches… lo que nos faltaba era el encuentro genuino con el público, poder verlo cara a cara. Querés ver nuestros capítulos y nos tenés en YouTube; querés tener nuestros personajes y vas a las jugueterías más importantes del país; ahora, querés vernos en vivo y conectarte con nosotros, vení a vernos al teatro», comenta.

Con el paso de los años, esa propuesta también fue transformándose. No porque cambiara el público al que apunta -niños de entre uno y seis años-, sino porque el equipo fue aprendiendo qué esperaba la audiencia de cada función. La tecnología, las proyecciones y la puesta en escena evolucionaron, pero el cambio más importante estuvo en la manera de vivir el espectáculo.

«El público ya no quiere ser más un simple espectador, sino que quiere ser parte del show. Eso fue mutando mucho en estos años. Tratamos de encontrar esa comunión entre la música, el texto y la interacción», explica el productor. Para Córdoba, ese intercambio es el que permite que, por un momento, un personaje de dos metros de altura deje de ser un actor disfrazado para convertirse, a los ojos de los chicos, en el verdadero Bartolito o la Vaca Lola.

El vínculo con los chicos, la clave de un fenómeno que cruzó fronteras

Si el teatro nació para acercar los personajes a las familias, la permanencia del fenómeno, cree Córdoba, tiene otra explicación. No habla de estrategias comerciales ni de fórmulas para sostener el éxito. La respuesta, dice, la encontró hace tiempo en una conversación con Roberto «Kuky» Pumar, creador de El Reino Infantil.

«En una charla que tuve con Roberto Pumar le pregunté por qué creía que el fenómeno seguía vigente. Su respuesta fue muy simple, pero a la vez muy profunda: ‘Todos tratan de generar un producto para la familia; yo simplemente creo personajes para los chicos. Están pensados para entretener, acompañar y convertirse en un amigo, en un compañero. Están pensados para ese público, qué es lo que el niño necesita'», recuerda Córdoba.

Esa manera de pensar los contenidos, sostiene, también terminó reflejándose fuera de la Argentina. Lo que comenzó como un fenómeno local hoy tiene elencos que recorren distintos países y funciones que convocan a miles de familias en España y Latinoamérica. Y todavía se sorprende con la respuesta del público: «He estado en los mejores teatros de España y, de repente, empiezan a sonar los clásicos de La Granja de Zenón y ves a mil o tres mil personas cantando sin parar. Esto es un fenómeno».

Las escenas se repiten una y otra vez, sin importar el país. «Veo salir a la Vaca Lola en Manizales, Colombia, y parece que salieran los Rolling Stones. Lo mismo pasa con Bartolito en Bolivia, Perú o Centroamérica». Para Córdoba, esa reacción confirma que la música y los personajes lograron construir un lenguaje común que atraviesa generaciones y fronteras.

“Cuando los veo conectar, siento que todo vale la pena»

Más allá del éxito, Córdoba asegura que lo que más recuerda no son las cifras ni las giras, sino los encuentros con las familias que asisten a cada función de La Granja de Zenón.

Uno de esos recuerdos está ligado a las funciones distendidas, una propuesta que incorporaron para que chicos con diferentes necesidades sensoriales y de apoyo puedan disfrutar del espectáculo. «Me ha pasado de ver a chicos autistas, a chicos con parálisis cerebral, y lo que genera la música en ellos es indescriptible. Se me pone la piel de gallina de ver cómo el cuerpo responde, de ver cómo la música empieza, y tiene que ver con esa cosa maravillosa que tiene la música, que nos une, que nos moviliza el cuerpo, que nos iguala, que nos hace sentir», cuenta el productor.

Momentos como ese son los que, según cuenta, le reafirman por qué eligió dedicarse al teatro. Incluso admite que nunca había experimentado una emoción similar con otro espectáculo. «Esto no me ha pasado nunca con otro personaje, con otro producto. Cuando los veo conectar, siento que todo vale la pena. Que ya marcamos algo en un niño, dos o tres, ya está. Poder darle un ratito de alegría a tantos niños me afirma que fue el camino correcto», confiesa.

Esa idea de encuentro atraviesa toda la propuesta de La Granja de Zenón. Para Córdoba, el objetivo nunca fue solamente montar un espectáculo, sino construir un espacio donde los chicos puedan reencontrarse, año tras año, con personajes que sienten cercanos. «A mí me pasa que cuando era chico era fanático de Los Muppets y de Plaza Sésamo. Lo que tenían de maravilloso, y es lo que busco con mis espectáculos, es que los chicos se lleven que siempre hay un lugar donde nos pueden encontrar. Que el teatro es un lugar de reunión porque siempre nos vamos a poder volver a encontrar. Es mantener viva la ilusión de que nosotros estamos ahí».

“Sentí que pertenecía a ese lugar» 

La manera en que Córdoba habla del teatro también tiene una explicación personal. Mucho antes de convertirse en productor y recorrer escenarios de distintos países, hubo una función que cambió su vida para siempre.

«Yo era un pibe muy tímido. Un día, la empresa para la que trabajaba mi tío regaló entradas para ir a ver Arlequín, servidor de dos patrones, en el Teatro Margarita Xirgu. Yo nunca había ido al teatro, creo que tenía ocho o nueve años, y me enamoré. Sentí que pertenecía a ese lugar, a los olores, a la comunidad, a esa fiesta que iba a suceder. Esa fue mi primera conexión con el teatro», recuerda.

Esa sensación fue el punto de partida de un recorrido que todavía continúa. Primero estudió actuación, aunque pronto entendió que su lugar estaba detrás del escenario. «Empecé a estudiar actuación, me di cuenta de que no era lo mío, pero que yo quería estar ahí«, cuenta el productor de La Granja de Zenón. Poco después consiguió su primera oportunidad como utilero en el Teatro Broadway y empezó a descubrir cada uno de los engranajes que hacen posible una función.

«Lo que más me fascinó del teatro fue que te da la posibilidad de ver demasiadas áreas en conjunto y de todo podés aprender. Fui encontrando mi lugar de alguna manera. Siempre quise hacer producción», afirma. Desde entonces recorrió la Argentina de punta a punta con distintas compañías y más tarde llevó ese trabajo a escenarios de otros países, una experiencia que, asegura, sigue disfrutando como el primer día.

«Me siento muy privilegiado con el recorrido que pude hacer. Siempre trato de no dejar de sorprenderme, que creo que es lo que me hace feliz», dice. Y enseguida vuelve sobre una idea que atravesó toda la charla: la necesidad de escuchar al público y crecer con él: «El teatro también va cambiando. La gente consume cada vez más y hay que darle propuestas mejores, más elaboradas. A mí me interesa hacer productos que te dejen pensando».

Diez años después de llevar a La Granja de Zenón a los escenarios, Córdoba sigue buscando que cada función provoque en otros chicos algo parecido a lo que él sintió aquella primera vez que cruzó la puerta de un teatro: la sensación de haber encontrado un lugar al que siempre vale la pena volver.

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