Entrevista
Brian Tolenti, de El Cuarto Soda: «Nunca imaginé mi vida resignándome a un camino cómodo»
El líder de El Cuarto Soda repasa su camino desde el subte porteño hasta los grandes escenarios, recuerda el beso de Lilian Clark en la despedida de Gustavo Cerati y reflexiona sobre el éxito, la humildad y el legado de Soda Stereo.
Recrear uno de los últimos conciertos de Soda Stereo no consiste únicamente en aprender las canciones o reproducir cada detalle del sonido original. Para Brian Tolenti, cantante y guitarrista de El Cuarto Soda, el verdadero desafío pasa por otro lado. «Lo más difícil no es tocar perfecto, sino transmitir», resume. Y completa: «Si sos excelente técnicamente, pero no le llega nada a la gente, te van a ver una vez… y después no vuelven».
Con esa premisa, El Cuarto Soda se presenta este 7 de agosto en el Auditorio Belgrano con Me verás volver; el 8 llegará al Teatro Devoto y el 9 ofrecerá en el Teatro Don Bosco Cronología Gustavo Cerati, un recorrido por toda la obra del músico. Además, la banda prepara su primera gira por Europa.
En diálogo con El Argentino, Tolenti repasa su camino desde los años en el subte hasta los grandes escenarios, reflexiona sobre el legado de Soda Stereoy asegura: «Las canciones ya forman parte de nosotros de tanto tocarlas y trabajarlas»
-En tu historia hay un momento muy simbólico: mientras cantabas durante la despedida a Gustavo Cerati, Lilian Clark se asomó al balcón y te saludó con un beso. Mirándolo con la perspectiva que dan los años, ¿sentís que ese fue uno de esos instantes que terminan cambiando un destino?
-En su momento, para mí fue muy fuerte, porque mi intención era salir del subte, donde trabajaba todos los días, llevar mi amplificador y mi guitarra para compartir con la gente las pocas canciones de Soda Stereo que me sabía. Mi idea era que cantáramos las canciones completas, no apenas algunos pedacitos. Nunca imaginé que la familia iba a estar en ese balcón.
Entonces tenía a todos ellos mirando para ver quién estaba tocando. De repente, la gente empezó a reír, a cantar, a abrazarse, a llorar, a gritar. Se produjo una conexión increíble entre ese balcón lleno de familiares, el público y la guitarra sonando.
Después pasó lo de la mamá de Gustavo, que creo que fue el momento más fuerte. Muchos me decían:»Flaco, ¿vos sos consciente de que fuiste a cantar canciones de Soda en la despedida de Gustavo? Y, sin querer, la mamá de Gustavo te tiró un beso… listo, te bendijo».
Pero no me la creo, porque mi historia de vida me mantiene con los pies sobre la tierra. Pero sí me gusta pensar que tuve ese contacto con la mamá de Gustavo y ver en sus ojos un agradecimiento, como diciendo: «Gracias, no sé quién sos, pero viniste a cantar las canciones de mi hijo con toda esta gente».Ese beso fue un momento muy fuerte para mí.
-¿Sentís que ese día también marcó el comienzo de El Cuarto Soda?
-Hasta ese día tocaba Soda Stereo, pero también música nacional e internacional en el subte. Después de aquello empezó a acercarse mucha gente para decirme que tenía que hacer un tributo. Yo siempre respondía que no.
Más tarde apareció ShowMatch porque alguien me descubrió tocando en el subte y, casualmente, terminé cantando dos canciones de Soda Stereo, sin que nadie supiera que ese repertorio formaba parte de lo que hacía. Después surgió El Cuarto Soda, que prácticamente ya estaba armado, aunque todavía no tenía nombre, y me propusieron sumarme.
Empecé a sentir que todo me llevaba hacia el mismo lugar. Y me subí a ese barco, el de homenajear a un artista que siempre me pareció increíble, aunque, paradójicamente, al principio ni siquiera me sabía sus canciones en la guitarra.
–Aunque te llegó la exposición, elegiste volver al subte. ¿Por qué tomaste esa decisión?
-Lamentablemente, no sé transar con el negocio de la industria. Era consciente de todo lo que estaba pasando, pero ese mundo no era el mío. Yo estaba dentro de la música y todo aquello pertenecía al ámbito mediático o actoral. Entonces me preguntaba: «¿Qué me puedo llevar realmente de todo esto?» Y la respuesta era nada. No había un productor musical, un coach vocal ni alguien que pudiera ayudarme a crecer como músico.
No era el camino que quería recorrer. Me ofrecían un VIP, una botella de champagne… y yo pensaba: «¿Qué hago acá?» Nunca entendí eso de ser famoso por ser famoso. A mí me gusta trabajar, no que me reconozcan por convertirme en un producto. Por eso decidí volver al subte. Sentía que todavía tenía algo más por aprender y que mi camino seguía estando ahí.
-¿Qué aprendiste de esos pocos segundos que tenías para lograr que alguien frenara a escucharte?
-Yo tenía el deseo de cantar frente al público, pero sufría un pánico escénico terrible. Entonces pensé: «¿Cómo enfrento este miedo? Tengo que ir al infierno y atravesarlo». Por eso elegí el subte, porque era el lugar más difícil. Ahí te encontrás con gente que disfruta de la música y también con personas que la detestan, que incluso pueden decirte: «¿Por qué no te buscás un trabajo?» Imaginate todo lo que viví ahí abajo.
Fueron nueve años recibiendo todo tipo de reacciones. Ese feedback constante fue lo que terminó curándome del miedo escénico.
-¿Hay algo de aquel músico del subte que todavía te acompañe cada vez que subís a un escenario?
-La esencia sigue siendo la misma. Por más que quiera, no puedo cambiarla. Disfruto mucho subirme a un escenario y que la gente venga a escuchar las canciones de Soda Stereo interpretadas por nosotros. Pero también necesito disfrutar de la gente. Quiero saber qué les pasó, qué sintieron. Y la única manera de descubrirlo es acercándome a ellos.
Por eso camino mucho, hablo con todo el mundo y nunca me gustó hacerme el inalcanzable. No necesito hacerme la estrella ni esconderme. Nunca me voy a olvidar de que existo como artista gracias al público. Por eso necesito saber por qué vinieron a vernos y qué se llevan cuando termina el show.
-¿Cómo cambió tu idea del éxito desde aquel Brian que tocaba en el subte hasta este presente?
-No mido el éxito por los lugares donde estuve o hasta dónde llegué, aunque podría hacerlo. Uno podría decir: «Empecé tocando en el subte y terminé haciendo un Luna Park». Es una linda historia. Pero yo mido el éxito desde otro lugar, mucho más personal.
Cuando era chico entendí algo que me marcó para siempre: la vida puede terminar de un día para el otro. Entonces me pregunté qué quería hacer con el tiempo que me tocara vivir. Y la respuesta fue muy simple: hacer lo que realmente me gustaba.
Muchos dicen «trabajá de lo que te gusta», pero no siempre coincide con lo que te da de comer. Yo también quería ayudar a mi familia, porque pasamos muchas necesidades, y eso fue un incentivo enorme para creer en mí. Siempre me repetía: «No importa para dónde vayas, confiá en vos y seguí adelante».
Con el tiempo entendí que, si querés crecer, tenés que moverte. Cuanto más hacés, más oportunidades aparecen. Para mí el éxito es no despertarme nunca pensando que estoy acabado. Si me caigo, me levanto. No hay mejor maestro que el error.
Pasé por muchas situaciones difíciles, por momentos de vergüenza y también vi partir a mucha gente que quería. Todo eso me hizo crecer. Por eso nunca imaginé mi vida resignándome a un camino cómodo solo porque era más seguro.
Mi mayor orgullo es seguir siendo el mismo Brian. Nunca perder la humildad. Puedo haber tocado en el Luna Park, pero mañana me vas a encontrar en un kiosco comiéndome un pancho.
En definitiva, el éxito fue no abandonar nunca el sueño de homenajear a Soda Stereo y, especialmente, a Gustavo Cerati. Y eso también se lo debo al público.
-Sos de Posadas y contás que empezaste a tocar con una guitarra criolla prestada. ¿Cómo fueron aquellos primeros años?
-Por las circunstancias que nos tocaron vivir como familia, tener una guitarra era un lujo.
Una vez gané una beca en Paraguay y con ese dinero pude comprar mi primera guitarra. Pero me duró apenas dos horas: un amigo, jugando, la terminó rompiendo contra otro chico. En realidad, nunca llegué a tener esa primera guitarra.
Durante seis años, desde los once hasta los diecisiete, aprendí con una guitarra prestada. Un amigo iba a la escuela por la mañana y por la tarde, y yo le pedía permiso a la mamá para usarla mientras él no estaba. Así aprendí a tocar.
Cuando me vine a Buenos Aires empecé a trabajar de muchas cosas y también a conocer músicos. Posadas, hace veinticinco años, era muy distinta. Acá vi por primera vez una banda en vivo y conocí una guitarra eléctrica. Ni siquiera sabía cómo se conectaba.
Un año después pude comprarme una guitarra, que me costó veinte pesos. Esa sí fue mi verdadera primera guitarra. Ahí empecé a descubrir otro mundo.
-Y, sin embargo, llegaste a El Cuarto Soda sin haber tenido una banda. ¿Cómo viviste ese salto?
-Nunca había pasado por esa historia que suele tener cualquier músico: ensayar durante años, probar distintos estilos o tocar en varios grupos antes de encontrar un lugar.
Yo llegué directamente a El Cuarto Soda. No tenía experiencia de banda, ni siquiera tenía los instrumentos adecuados. No tenía la guitarra Jackson ni las pedaleras que necesitaba para hacer ese repertorio.
Y, de repente, cinco años después estaba tocando en el Luna Park. A veces pienso que había algo escrito, porque todo pasó demasiado rápido.
Pero también creo que ese recorrido empezó mucho antes, cuando de chico tuve que salir a trabajar y aprender a arreglármelas solo. Tuve que hacerme adulto antes de tiempo.
Cuando apareció El Cuarto Soda, quizás no tenía experiencia en una banda, pero sí tenía muchas herramientas que había construido durante toda mi vida. Recién ahí pude empezar a cumplir pequeños sueños, como comprar el amplificador o los pedales que usaba Gustavo Cerati. Y pensar que todo eso llegó casi veinte años después de haber aprendido a tocar con una guitarra criolla prestada.
-Para terminar, ¿cómo te recibe Posadas cada vez que volvés a tocar?
-La primera vez fue muy emocionante. Volví a mi barrio, miré desde el escenario y reconocía, por lo menos, a doscientas personas. Me largué a llorar. Además estaba mi familia, que era la primera vez que me veía arriba de un escenario. Fue un momento muy fuerte.
Con el tiempo empecé a naturalizarlo, pero cada vez que vuelvo a Posadas sigue siendo especial. Los shows en mi tierra tienen un valor enorme para mí.
La gira continúa durante agosto
Tras las presentaciones de este 7 de agosto en el Auditorio Belgrano, el 8 en el Teatro Devoto y el 9 en el Teatro Don Bosco de San Isidro, El Cuarto Soda continuará su gira con nuevas fechas por el país.
El recorrido seguirá el 14 de agosto en El Arca (Concepción del Uruguay), el 15 en Sala Regina (Arrecifes), el 16 en el Cine Ítalo (Capitán Sarmiento), el 27 en el Teatro Selectro (Mendoza), el 28 en el Teatro Roma (San Rafael) y el 29 en la Sala Hugo (San Juan).
Además del tramo argentino, la banda volverá a presentarse durante 2026 en Colombia y México, y ya trabaja en una nueva etapa internacional con funciones previstas en El Salvador, Panamá, Guatemala, Costa Rica, Venezuela, Ecuador, Perú, Chile, Uruguay, Europa y Estados Unidos.
América Latina
«La revolución es el arte de sumar»: el libro que une a Fidel, Silvio y un siglo de historia latinoamericana
El historiador chileno Javier Larraín Parada presenta en Argentina su obra que recorre la figura del líder cubano a través del cancionero del trovador. El libro, editado por Acercándonos Ediciones, propone una lectura política y humanista que desafía las miradas simplificadoras sobre Cuba.
Por Fernando Roperto
El próximo 13 de agosto llega a las librerías argentinas Fidel Castro en la canción de Silvio Rodríguez, la obra del historiador y periodista chileno Javier Larraín Parada, director de Correo del ALBA, editada por Acercándonos Ediciones. El libro propone un recorrido inusual: rastrear la figura de Fidel Castro en el cancionero de Silvio Rodríguez para reconstruir, canción por canción, la trama política, ética y humana de la Revolución Cubana. Una apuesta que llega en un momento preciso: el año del centenario del natalicio del Comandante.
Una lectura que va a fondo
Larraín Parada cuenta que la idea nació de «pensar una y otra vez las canciones del trovador», de darles vuelta constantemente. En ese proceso, Fidel emergió con la misma fuerza que Martí o el Che. Pero fue la figura del Comandante la que concentró la atención del investigador: «Creo en su propuesta política y ética», afirmó el historiador en una entrevista concedida a Acercándonos Cultura. El resultado, según el propio Larraín Parada, no fue tanto un descubrimiento como una confirmación: la profundidad humanista de la obra de Silvio Rodríguez, capaz de iluminar dimensiones del pensamiento castrista que el discurso político convencional suele aplanar o distorsionar.
La obra no se limita a la lírica. Cada canción funciona como una ventana hacia un episodio, un discurso o una actitud vital de Fidel. La canción Nunca he creído que alguien me odia, por ejemplo, dialoga con el «caso Marquitos» y el juicio por la masacre de Humboldt 7, episodio que amenazó con fracturar las fuerzas revolucionarias triunfantes en 1959. Allí, el trovador cita una reflexión clave de Fidel sobre la unidad: «la revolución es el arte de sumar», una frase que resume su concepción del proyecto colectivo como algo más grande que sus propios protagonistas.
Antiimperialismo, coraje y humanidad en clave de canción
Otro núcleo del libro es Los dientes de tiburón, canción que Larraín Parada lee como una intertextualidad directa con la Segunda Declaración de La Habana: aquel documento fundacional del antiimperialismo latinoamericano donde Fidel formuló que «el deber de todo revolucionario es hacer la revolución». La canción de Silvio, en esa lectura, opera como un puente entre el documento político y la sensibilidad popular, trasladando el pensamiento del Comandante a una forma artística que lo amplifica y lo preserva.
El libro también retrata a Fidel en sus dimensiones más humanas: el asaltante del Moncada, el expedicionario del Granma, el jefe guerrillero en la Sierra Maestra, pero también el dirigente que viste de luto junto a su pueblo tras el atentado contra el avión de Cubana de Aviación en Barbados, o el que dialoga con trabajadores y jóvenes sobre el significado de una revolución. Coraje, honorabilidad y compromiso colectivo son los rasgos que emergen, según el historiador, de esa lectura entre canciones y hechos históricos.
Arte y política en la Revolución Cubana
El libro incluye dos anexos que profundizan la relación entre arte y política en los procesos revolucionarios latinoamericanos, con menciones a la Revolución mexicana, la bolchevique, el muralismo, y la explosión cultural de los mil días de la Unidad Popular en Chile. En ese marco, Larraín Parada recorre la historia de la Nueva Trova, la corriente musical de la que Silvio Rodríguez fue fundador en 1972, y que el historiador define como «hija de la Revolución», con todas las tensiones y incomprensiones que eso implicó en ciertos períodos, incluido el llamado «quinquenio gris».
El volumen incluye además una entrevista directa al propio Silvio Rodríguez y un diálogo con el escritor argentino Alejo Brignole, que contextualizan la propuesta en el debate más amplio sobre el lugar de la cultura en los procesos de transformación social. La obra ya fue difundida con orgullo por el propio Silvio Rodríguez, dato que da cuenta del alcance y la legitimidad que el libro alcanzó antes incluso de llegar al mercado argentino.
El legado de Fidel, a cien años de su nacimiento
Consultado sobre qué rescata del legado de Fidel para las nuevas generaciones latinoamericanas, Larraín Parada destacó su «temprano desprendimiento de lo material», su capacidad de trabajar colectivamente, de escuchar, de rectificar, y su rechazo a los personalismos. «Fue un furibundo luchador contra los endiosamientos de cualquier tipo», señaló. Recordó también una máxima que Fidel solía practicar y repetir: «toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz», tomada de José Martí.
Al elegir las canciones que un joven debería escuchar para empezar a comprender a Fidel, Larraín Parada optó por dos: Todo el mundo tiene su Moncada, que retrata al abogado que organizó desde cero un movimiento político sin rendirse ante la derrota, y El aguerrido pueblo de Fidel, «porque ese discurso es muy conmovedor, allí se condensan la rabia, la furia y los valores, sueños más nobles y ansias de justicia de la Revolución«, explicó. En ambas, el elemento central vuelve a ser lo gregario: el amparo colectivo como fundamento de la política revolucionaria.
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