Entrevista
Caso Ángel: “Los jueces tendrían que pensar en las infancias: un error puede llevar a una muerte”
La Lic. Analía Gómez Malacalza, psicóloga y perito forense, sostiene que existen fallos “tibios” incluso frente a evidencias, donde no se escucha a los niños y las decisiones se toman “desde el adulto”. Cuestiona la prioridad de los procesos de revinculación en el Poder Judicial, advierte la falta de capacitación y recursos, y reclama políticas concretas de prevención desde el Estado.
La muerte de Ángel Nicolás López, el niño de cuatro años que falleció en Comodoro Rivadavia, volvió a poner en el centro una pregunta incómoda: ¿Qué está fallando cuando quienes deberían proteger a las infancias no lo hacen?
La autopsia reveló que el niño presentaba al menos 22 golpes compatibles con agresiones físicas en la cabeza, correspondientes a episodios de violencia que habrían ocurrido en los días previos, según confirmó la Fiscalía.

Por el hecho, la madre del niño, Mariela Altamirano, y su pareja, Michael González, permanecen detenidos e investigados por presunto homicidio agravado. A esto se suma un dato que complejiza aún más el cuadro: el padre del niño, Luis Armando López, había sido denunciado en 2025 por su pareja, Lorena Andrade, por presuntos episodios de violencia.
En diálogo con Radio Buenos Aires, Paula Wachter, directora de la Fundación Red por la Infancia, advirtió: “El 80% de la violencia sucede en donde los niños deberían estar más protegidos, en el hogar”. Y remarcó: “El mismo año que Lucio Dupuy perdió la vida, otros 56 chicos también murieron. Desde entonces hasta hoy, al menos 80 niños murieron en la misma circunstancia que Lucio y que Ángel; lo que pasa es que sus casos no trascendieron”. Y agregó: “Esto sucede en todo el país y tiene una escala aún más grave: desde que estalló el caso de Ángel, nuestra fundación recibió al menos 36 pedidos de ayuda”.
En ese marco, la pregunta deja de ser únicamente qué pasó con Ángel para volverse más amplia: qué señales no se vieron, qué intervenciones fallaron y qué responsabilidades quedan pendientes cuando se habla de infancias vulneradas.
Para profundizar en estas dimensiones, El Argentino dialogó con la Lic. Analía Gómez Malacalza, psicóloga y perito forense, magíster en Psicología Infantojuvenil (MN 34222).
-¿Qué implica que una infancia esté atravesada por situaciones de violencia?
-La infancia, a veces, se piensa como un asunto privado, pero en realidad es una responsabilidad compartida entre la familia, la comunidad y el Estado. Esto es fundamental para entender cómo se configura la afectación en la infancia.
El niño o la niña va a ir respondiendo en su vida psíquica de acuerdo al cuidado que reciba de estas tres instancias. No podemos pensarlo solo de manera individual ni únicamente desde la familia de origen, porque el cuidado de la infancia es una responsabilidad colectiva.
-En la sociedad sigue instalada la idea de “no te metas”. ¿Cómo impacta eso en la protección de las infancias?
-Estamos instalados como sociedad en la cultura del “no te metas”. Eso genera un prejuicio social que lleva a pensar que lo mejor es no intervenir.
Por eso es clave trabajar en educación y prevención, para revertir esa lógica y que las nuevas generaciones entiendan que el cuidado implica intervención activa, no indiferencia.
Históricamente, el niño fue pensado como propiedad privada. Con el tiempo, ese paradigma fue cambiando y hoy se lo reconoce como sujeto de derecho, con avances como la Convención sobre los Derechos del Niño.
Sin embargo, aunque esto está claro en el plano técnico y profesional, todavía no logra instalarse plenamente en la sociedad. Frente a esto, es necesario generar acciones concretas de prevención. Los distintos gobiernos deberían convocar a especialistas de la temática para diseñar políticas efectivas que permitan intervenir antes de que estos hechos ocurran.
-¿En qué fallamos los adultos cuando estas situaciones se repiten?
-Hay muchos actores sociales involucrados. Por un lado están los pares, la comunidad: vecinos, amigos, personas del entorno. Ante cualquier sospecha de que un niño pueda ser víctima de abuso o violencia, es fundamental conocer los protocolos y saber hacia dónde dirigirse para realizar una intervención.
Por eso es clave contar con herramientas claras, canales de denuncia accesibles -incluso anónimos-e incentivar la intervención social.
Por otro lado, están las escuelas. Deben existir protocolos de actuación ante un niño que llega golpeado a la institución: qué hace el equipo directivo, a quién se recurre y cómo se interviene.
El problema es que no en todas las provincias estos protocolos están actualizados o correctamente implementados. En muchos casos son precarios o antiguos, por lo que es necesario reforzar la prevención en las comunidades educativas.
La escuela interviene, pero muchas veces carece de herramientas al momento de activar los protocolos. Luego interviene el Estado, a través de una justicia que debería contar con equipos técnicos capacitados. Hoy nos encontramos con equipos que, en algunos casos, limitan o condicionan la escucha de lo que realmente ocurre.
A esto se suma una realidad estructural: el recorte presupuestario. Eso genera, por ejemplo, que un profesional deba realizar una cantidad excesiva de pericias mensuales, lo que impide trabajar con la profundidad necesaria.
-¿Qué piensa de la acusación hacia la psicóloga del caso Ángel?
-Cuando se apunta directamente contra la psicóloga, hay que considerar todas las aristas. Ese profesional muchas veces trabaja bajo presión, con salarios bajos y exigencias que no se condicen con la responsabilidad de su rol como perito judicial. Además, los tiempos de evaluación suelen ser muy acotados. A veces sería necesario realizar más entrevistas, aplicar técnicas adecuadas y contar con mayor tiempo para analizar cada caso. Esto no beneficia ni al profesional ni al niño. Y no es un problema aislado: se repite en distintas provincias del país. Hay pocos profesionales para demasiados casos.
No se trata de justificar responsabilidades individuales, sino de abrir el debate. Si no, todo se reduce a buscar culpables, y eso no es constructivo.
-Está la Ley Lucio, pero algo falló. ¿Qué mecanismos de protección no se implementaron o fallaron en el caso Ángel?
-Es necesaria una capacitación obligatoria y una actualización permanente sobre las formas actuales de violencia en todas las áreas del Poder Judicial.
También debería existir un organismo o comisión que supervise cómo se trabaja en estos casos, porque hoy el sistema funciona de manera fragmentada: cada área actúa por separado, sin articulación.
El problema es que quien recibe la denuncia es quien debe resolver sobre la vida de un niño. Si bien existen mecanismos de detección temprana, faltan acciones efectivas de prevención.
En el caso Ángel, esas acciones no alcanzaron para evitar el desenlace. Por eso es necesario crear una comisión de seguimiento de casos para evitar que los expedientes queden aislados o fragmentados. Esto ocurre con frecuencia.
En Argentina existe la percepción de que la justicia es lenta, pero en estos casos, además de lenta, puede ser negligente. Cuando las víctimas son menores, el tiempo es crítico: en la vida de un niño, el tiempo corre en otra escala. Por eso, la intervención debe ser urgente. Se necesitan equipos mejor formados y recursos que hoy no alcanzan.
Finalmente, es fundamental una justicia objetiva, sin sesgos ideológicos, ya que la protección de las infancias es una responsabilidad colectiva.
-Cuando hay denuncias cruzadas y no se escucha al niño, ¿qué ocurre en el sistema?
-Yo veo todo el tiempo un vicio judicial. Muchas veces los jueces, secretarios o actores del sistema ubican el conflicto exclusivamente en los adultos y lo encuadran como un “conflicto parental de denuncias cruzadas”. En ese proceso, se pierde al niño.
Esto expresa un enfoque adultocéntrico que desvía el eje del caso y deja al niño en situación de vulnerabilidad. Se termina dando más respuesta a los expedientes de los adultos que al cuidado del niño.
-¿Por qué muchas veces se prioriza el vínculo con los progenitores y los procesos de revinculación por sobre la escucha del niño?
-Hoy todavía existe una cierta omnipotencia en los ejecutores judiciales que, en algunos casos, toman decisiones desde su ideología o juicio personal, de manera equivocada y fuera de criterios éticos.
Se habla del interés superior del niño, pero en la práctica muchas veces esto no se cumple. Hay niños que han hablado y no se ha tomado en cuenta lo que dijeron, y las decisiones se resuelven desde el mundo adulto. Esto es moneda corriente.
Uno de los argumentos frecuentes es evitar “el mal mayor” de perder el vínculo o no obstruir procesos de revinculación. Sin embargo, hay límites claros: existen situaciones donde hay estructuras de personalidad psicopáticas, consumos problemáticos o incapacidades para el cuidado de un menor, y en esos casos no puede haber dudas.
Se observan fallos tibios incluso ante evidencias. En muchos casos, los niños no son escuchados porque se sostiene que el rol del decisor es inapelable: “yo tengo la razón”.
Por eso, es necesario trabajar profundamente. Los jueces en la Argentina deberían pensar las infancias. Un error puede llevar a una muerte, por lo que estos roles requieren ética, conciencia y capacitación permanente.
-¿Cómo se relaciona la violencia de género con la violencia infantil en los hogares?
-En el pasado se hablaba de violencia familiar. Luego se avanzó en la diferenciación de tipos de violencias, entre ellas la violencia de género, que es una de las más relevantes. Puede coexistir o no con situaciones de violencia hacia niños. En términos estadísticos, muchas veces aparecen vinculadas, pero no siempre se puede establecer una relación directa.
Es necesario un análisis complejo de cada grupo familiar, ya que las violencias son múltiples y no se explican de manera única.
Cuando se trabaja con víctimas infantiles o juveniles, el abordaje debe centrarse específicamente en la infancia y con perspectiva de derechos. Si bien existe la Ley Lucio, el caso Ángel obliga a reflexionar sobre qué medidas deben modificarse y qué acciones concretas deben implementarse. Sin embargo, no se observan hoy planes concretos de prevención impulsados desde los espacios legislativos, más allá de los discursos.
-¿A quiénes les importan realmente las infancias?
-Es una pregunta angustiante. Da la sensación de que las infancias aparecen muchas veces en contextos electorales o en discusiones legislativas puntuales, donde pueden ser utilizadas dentro de determinados proyectos políticos.
No veo, en general, una inversión real en prevención: ni en presupuesto, ni en tiempo, ni en planificación sostenida.
Síndrome del niño maltratado: señales tempranas
La Lic. Analía Gómez Malacalza nos comenta qué señales pueden dar cuenta de situaciones de maltrato en las infancias y adolescencias:
En general, suelen presentarse dos patrones de comportamiento: por un lado, tendencia al retraimiento o aislamiento, con posibles conductas de autolesión; por otro, cuadros de alta irritabilidad, con cambios bruscos en el comportamiento y ausencia de sonrisa espontánea.
Otro indicador importante es la alimentación. En muchos casos, la angustia se expresa a través de la pérdida de apetito y dietas deficientes. En otros, puede darse el fenómeno contrario: una ansiedad marcada que deriva en un aumento significativo de peso.En todos los casos, se trata de señales asociadas a distintos niveles de desequilibrio emocional y conductual que requieren atención.
Línea 102
Si necesitas ayuda o conoces a alguien que esté expuesto a violencia, llamá al 102. Es un servicio gratuito y confidencial, de atención especializada sobre los derechos de niñas, niños y adolescentes. Podés llamar ante una situación de vulneración de derechos. Si vivís una emergencia llama al 911.
Entrevista
Lorena Vega, del teatro autogestivo a la popularidad: “Siempre pensé en cambiar mi destino”
En uno de los momentos de mayor exposición de su carrera, la actriz, directora y dramaturga habla con El Argentino sobre cómo vive la popularidad, el deseo que sostuvo su recorrido y aquella certeza que apareció mucho antes: había una realidad que quería cambiar.
A Lorena Vega todavía le resulta extraño observar lo que ocurre a su alrededor. Después de más de tres décadas de trabajo, la popularidad llegó a los 50 y, por momentos, la mira casi como si le estuviera pasando a otra persona. “Me pongo en observadora de un fenómeno que pareciera que no me pasa a mí”, cuenta.
El reconocimiento la encuentra, además, en pleno movimiento. Mientras Sottovoce la lleva a compartir escenario con Adrián Suar, Carla Peterson y Fernán Mirás, su presente se reparte entre el teatro, el cine y las series. Sin embargo, asegura que no mide este momento únicamente por la exposición.
“Lo vivo con agradecimiento, lo vivo con diversión. Hay cosas que me divierten y me sorprenden”, dice. Vega encuentra una imagen más precisa para explicar qué hace con todo lo que recibe: “Se traduce un poco en impulso, en confianza, en alegría, como si me recargara cartuchos para seguir haciendo”.
Hay una distancia enorme entre esta Lorena Vega y aquella chica que, a los 17 años, empezaba a impulsar sus propios proyectos. Y, al mismo tiempo, algo permanece intacto. Cuando se le pregunta cómo imaginaba entonces a la mujer adulta que sería, la respuesta aparece por otro lado: “Creo que siempre pensé en cambiar mi destino”.
Por qué Sottovoce llegó en el momento justo para Lorena Vega
Sottovoce aparece en medio de ese presente cargado de proyectos, pero también marca para Vega una renovación. “Yo vengo haciendo muchas obras de teatro, pero la que tiene menos tiempo ya tiene cinco años. Entonces hacía muchos años que no estrenaba algo como actriz, sí como directora. Necesitaba una renovación en ese camino, de crear algo y que pase por la instancia de darlo a luz”, explica.
La obra, que se presenta de jueves a domingo en el Teatro El Nacional, reúne a dos parejas alrededor de la venta de una propiedad y una pyme familiar. Lo que podría parecer una discusión sobre cómo repartir bienes empieza a remover pertenencias, memorias, viejos argumentos y secretos.
Para Vega, esa pequeña disputa familiar permite mirar algo bastante más amplio: “Para mí es una obra que, en esos términos micro, habla de los vínculos para después hablar en términos macro de un tipo de momento social. Cómo seguir pensando nuestro futuro, quiénes lo piensan de modo individual, quiénes tienen más consideraciones colectivas. Un poco pone en juego todo eso”.
Su personaje pertenece, además, a un universo que reconoce: popular, barrial y atravesado por una idea de comunidad. La cercanía, sin embargo, no eliminaba el desafío, ya que sostiene que “el riesgo es hacer algo cliché o estereotipado”. Y agrega: “No es el camino que me interesa. Tenía el desafío de no subestimar el personaje y hacerlo por signos ya conocidos, sino encontrarle su singularidad”.
Pero las ganas de aceptar un trabajo no siempre dependen del personaje en sí mismo, según Vega. También puede ser decisivo el lenguaje que propone una obra. En Sottovoce encontró una comedia “popular, ácida y atrevida” donde, a medida que avanza el conflicto, la superficie empieza a romperse.
“Los personajes son punzantes, se van destartalando y afeando, no solo porque se empiezan a deteriorar visualmente, sino porque empiezan a aflorar muchas miserias internas, mucha mugre”, comenta la actriz a El Argentino.
“Producir con lo que se tiene”: la escuela de la autogestión
Actuar, dirigir, escribir y motorizar sus propios proyectos no es algo nuevo para Lorena Vega. Empezó a moverse entre esos distintos roles cuando todavía era adolescente. “Desde que empecé a tener inquietudes artísticas o profesionales, siempre fui parte de procesos autogestivos. Y siempre me ubiqué en roles que motorizaban mucho esos proyectos”, recuerda.
En esa trayectoria también aparece su paso por el centro cultural que funcionaba en la fábrica IMPA, en Almagro. “Muchos artistas trabajábamos ahí en el centro cultural, dando clases o haciendo espectáculos”, cuenta. Allí, crear también suponía conseguir los recursos y tejer los vínculos necesarios para sostener cada proyecto.
“La autogestión, producir con lo que se tiene, con lo que hay, buscar ayuda, generar lazos, me parece que eso es parte de nuestra cultura, y que profundamente en el teatro independiente eso sucede. Es un poco la escuela que hacés”, cuenta.
Esa lógica también atraviesa su experiencia detrás de escena. En los últimos años sumó trabajos como guionista y codirectora, aunque Vega ubica el impulso por ocupar esos lugares mucho antes de que algunas discusiones actuales tuvieran nombre: “Yo lo entiendo así desde antes de que se nombrara, como se nombra ahora con tanta claridad, el feminismo, la paridad de género o el tema de igualar los cupos. Es algo que ya estaba en mí”.
Al hablar del lugar de las mujeres detrás de cámara, esa iniciativa adquiere también una dimensión colectiva: “Las mujeres estamos con una decisión, con una claridad sobre que si no ocupamos los espacios, no los tenemos. Con muchas historias por narrar que no fueron contadas, con mucho para decir desde nuestra perspectiva, con muchas chicas formadas en los rubros técnicos, detrás de cámara”.
El deseo y la subsistencia cuando el contexto no acompaña
La autogestión podría prestarse fácilmente a un relato romántico sobre hacer lo que uno quiere pese a cualquier dificultad. Vega pone un límite antes de llegar allí.
Consultada por El Argentino sobre qué podría decirles a los jóvenes que intentan abrirse camino en el arte en un contexto adverso, primero habla de las necesidades básicas: “Me parece que es un momento súper delicado y hay necesidades y prioridades muy fuertes que tienen que ver con sostener cuestiones básicas, como la vivienda, la alimentación, tener un techo, un espacio, poder comer y poder acceder a la educación”. Y añade: “Con mucho respeto entiendo el camino que cada uno vaya decidiendo tomar en relación a cómo subsistir”.
Recién entonces aparece el deseo. “Yo creo que la clave siempre tiene que ver con el deseo, con darle espacio a lo que nos conmueve de verdad, en lo que creemos, más allá de que el contexto sea muy adverso”. No plantea una fórmula. En su propia trayectoria, deseo y posibilidad tuvieron que encontrar muchas veces la manera de convivir.
La popularidad que llegó después de décadas de trabajo
Durante años, Vega tuvo reconocimiento dentro del teatro y del circuito cultural. La llegada a públicos más amplios ocurrió después y amplió considerablemente su visibilidad.
Hoy, lejos de preguntarse por qué no sucedió antes, confiesa a El Argentino: “Estoy segura de que no era lo mismo hace 20 años atrás que ahora, porque era más joven, porque tenía otra experiencia de vida, otro recorrido, porque no era madre, y cuando sos madre las prioridades y el foco están en otro lugar”.
La actriz asegura estar “contenta de que haya sido ahora”, porque entiende que “fue cuando tenía que ser”. Pero en sus palabras hay espacio para la reflexión: “Creo que sucedió en un momento donde uno mira la vida de otra manera, comprende… Me falta, espero, mucho recorrido más, pero es cierto que hay una experiencia de vida que es distinta a los 50 que a los 25”.
Y cuando mira mucho más atrás, hacia aquella chica que todavía no sabía cómo sería su vida adulta, retoma aquella idea de “cambiar mi destino” y explica qué significaba entonces: “Me parecía que nosotros, por ser una familia humilde, teníamos como una realidad que tenía que cambiar. Y yo creo que ese horizonte sí lo tenía, que había algo que tenía que mejorar. Pero muchas veces me parecía muy difícil eso”.
No habla entonces de fama ni de popularidad. Tampoco de llegar a un lugar preciso. “Ese era el signo general: la idea de estudiar y trabajar para cambiar un poco, para modificar mi realidad. Eso sí lo tenía claro”.
Del teatro a las series: los proyectos de Vega
Además de Sottovoce, el presente de Lorena Vega se reparte entre distintos proyectos. En septiembre se estrenó Cautiva, la serie que protagoniza junto a Carolina Kopelioff y en la que interpreta a Cecilia, la madre superiora de un convento atravesado por el abuso de poder. La ficción, de seis episodios, está disponible completa en Flow.

Entre sus trabajos recientes también está Lu & Pau, la película de Nicanor Loreti que se estrenó a fines de agosto y que Vega protagoniza junto a Jazmín Stuart. A ese recorrido audiovisual se suma la tercera temporada de En el barro, prevista para 2027 y con la actriz nuevamente confirmada como “La Zurda”.
La exposición en cine y televisión no la alejó del teatro. En octubre actúa en Las cautivas y La vida extraordinaria y dirige Civilización. En diciembre, además, Imprenteros, la obra documental que creó junto a sus hermanos a partir de la historia de la imprenta familiar, tendrá nuevas funciones en el Teatro Picadero.
Lorena Vega, fuera de libreto: de Cortázar y David Lynch a una buena salsa de estofado
La actriz y directora se presta al juego rápido y revela gustos, rituales, recuerdos y alguna confesión inesperada.
Un ritual antes de salir a escena: “Me pongo en posición de loto para rezar unas oraciones que pueden venir en el momento”.
Un lugar de Buenos Aires al que siempre volvés: “A Flores, mi barrio”.
Una película que verías una y otra vez: “Con ánimo de amar y El padrino”.
Un libro que te haya marcado: “Todo Cortázar. Puede ser Historias de cronopios y de famas, Último round…”.
Un aroma que te lleve a la infancia: “Una buena salsa de estofado”.
Un pequeño lujo cotidiano que no resignarías: “Soy una persona que siempre resigna lo mío primero. No me jacto de eso: tengo un problema con eso, estoy en falta”.
¿Con quién compartirías un café?: “Hubiese amado conocer a David Lynch, hablar con él, me fascina. Pero desde que hice la campaña de Hecho en Argentina para Netflix me pasó algo con Mafalda. También me gustaría estar un rato con ella. Le preguntaría si extraña a Quino”.
Un talento oculto: “En casa dicen que soy buena para cocinar con pocos ingredientes”.
Un consejo que nunca olvidaste: “Afinar mucho la escucha con lo que siento que sucede. Me lo dieron en las clases de teatro durante mi formación inicial. Sirve para actuar, pero también para la vida”.
Lo primero que hacés cuando tenés un día completamente libre: “Probablemente aprovecho para dormir, pero no me pasa mucho”.
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