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Entrevista

Trastorno Obsesivo Compulsivo: ¿Cuáles son sus síntomas?

Entrevista a Romina Vitale, actriz, cantante, psicóloga, autora del libro “Tocada”y “Trastocada” y activista concientizadora del TOC.

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Por Anna Lainez

El Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) es un trastorno clínico caracterizado por la presencia de pensamientos involuntarios, obsesivos y recurrentes (denominados “pensamientos intrusivos”) que generan una ansiedad muy elevada y llevan a las personas a realizar acciones repetitivas (denominadas: “compulsiones”).

¿Cómo funcionan los pensamientos intrusivos?

La particularidad de los pensamientos intrusivos es que son intrusivos. Hacen “TUP” y aparecen. Para las personas con TOC el pensamiento es una entidad a la que hay que prestarle mucha atención porque es muy peligroso, hay una sobre importancia de los pensamientos. Y la realidad es que no es así. Yo en una época tenía “TOC de contaminación”, sigo teniendo, pero los síntomas pueden ir variando de contenido y en una época tenía muchos miedos relacionados con la radiación y ese tipo de cosas. Y era insoportable. Pero fumaba. Los cigarrillos tienen entre siete y diez, creo, componentes radiactivos y no es que no lo supiera. Entonces el TOC hace sus recorridos irracionales, por eso no se dialoga con el TOC en términos del contenido. Lo único que podemos hacer es empezar a contrarrestar la parte que sí podemos controlar, que es la acción, la compulsión. El pensamiento me está diciendo que yo tengo que tocar cuatro veces esto, pues no lo hago. Una después ya sabe el estilo de pensamiento que va a tener, pero uno puede estar caminando por la calle, más o menos tranquila y de repente emergió un estímulo X, mínimo. Una pila en el piso por ejemplo. “¡Ah! La pila”. Hay que controlar la pila y por ahí aparecen un montón de compulsiones que tampoco son previsibles. No sabés el tipo de compulsiones que podés tener, pero puede ser desde explorarla, sacarle una foto, salir corriendo, pedirle a alguien que venga y te diga que la pila no está oxidada o sulfurada, ver si la pisaste o no, ir y volver. Puede haber repetición, puede haber chequeo, puede haber lavado.

¿Cómo funcionan los rituales en el TOC?

En el TOC lo automatizás, pero yo hay un montón de ropa que no uso, ropa que no puedo tocar, zonas que no puedo acceder y cosas con las que no puedo entrar en contacto. Están ahí y quedan como en ese parálisis. Conservarlas da miedo, tocarlas da miedo. Entonces quedan como en esa cuerda floja. Como paciente estuve casi un año para escuchar una canción, la música fue otra cosa que yo descarte. Escucharla era intolerable, era la muerte. Catástrofe. Y aunque sabés que no es así, el cuerpo entero te dice: “no puedo, esto realmente es el fin del mundo”

¿Qué son los sesgos cognitivos?

En el TOC hay una cosa que se llaman “creencias disfuncionales o sesgos cognitivos” Por responsabilidad por ejemplo: “Si yo no hago esto, yo voy a… ser responsable de hacer un mal, yo no voy a ser tal persona, o se va a morir tal por mi culpa. Si digo tal palabra va a pasar algo malo”

¿Cómo describirías el TOC?

El TOC es al mismo tiempo una amenaza y una oportunidad. Algo que parece muy condenatorio y al mismo tiempo es un proceso de cambio y de transformación muy grande. Yo no lo ubico en un lugar tan negativo, para mí no es una condena o algo que hay que extirparse. El TOC tiene toda una parte que tiene que ver con los síntomas pero también forma parte de las neuro divergencias y me parece que también puede ser identidad. Algunas de las cosas que nos pasa tienen que ver con nuestra sensibilidad y está bien reivindicarlas y otras, que tienen que ver con lo más disfuncional, está bien reducirlas. Pero entonces la relación con el TOC es una relación dual, donde para mí es un compañero de ruta que en algún punto forma parte de mi propio guión vital y por otro lado, es una condición que implica que yo esté atenta a ayudarme a mí misma cuando los niveles de malestar son muy altos.

¿Cuál es tu relación con el trastorno?

Parte del trastorno es odiarlo. Las personas con TOC tienen “insight”, es decir, tienen conciencia de la enfermedad. Al tener conciencia de la enfermedad, están todo el tiempo peleándose con su TOC. Es parte de la naturaleza del trastorno. Somos gente que se pelea con su trastorno. Todo el día. Y quedamos capturadas en… “¿Por qué no puedo hacer esto si sé que es una estupidez? ¿Por qué no puedo avanzar? Por eso yo insisto en la importancia de revincularse con el trastorno porque también nos ayuda a bajar los niveles de auto latigazo y entender que, por ahí, una de las cosas importantes para hacer con todo, no solo con el TOC en la vida, es entender que todas las emociones tienen un sentido. Estar tristes, estar enojadas, estar asustadas tienen un sentido adaptativo, tienen un sentido experiencial importante y muchas veces vamos a hacer en estado de pánico.Después está la sensación de sentirse completamente inútil. Como esta idea de discapacitada, de que el otro tiene que estar todo el tiempo asistiendote porque no podés hacer nada. De repente decís “para allá no se puede, para allá tampoco, para allá pasa algo malo, para allá no sé qué cosa” y quedaste ahí. Es como un cuerpo que está en una especie de silla de rueda simbólica muy maniatado por determinados indicios mentales. O sea, literal el cuerpo se desarma. Se vuelve críptico, se encripta porque la cantidad de estímulos de miedo, pánico, toman las paredes y las ventanas. Cuanto más las respondemos o cuanto más las atendemos, más se multiplican. Se expande, se viraliza tremendamente. Así funciona. Por eso la terapia consiste fundamentalmente en hacer un corte en esa viralización simplemente exponiéndose a aquello a lo que le tememos. Y ahí se empiezan a desconfirmar las expectativas de peligro que todo va generando una y otra vez.

¿Qué es lo que se llama “la ruta del miedo”?

Si no sabemos las estrategias para compensar lo que el TOC nos pide, hay una cuestión que es absolutamente neurológica, que tiene que ver con lo que se llama la ruta del miedo. La ruta del miedo va sola. Vos podés aprender a inhibirla, pero no se muere. Entonces, cuando vuelve a emerger, la persona con TOC te puede llegar a decir: “no, pero esta vez en serio, yo ya sé que no, pero esta vez es más fuerte. No, pero esta vez…” Es el pastorcito mentiroso, eso es clásico de algo que es más neurobiológico. Aunque lo entendamos, va a volver a reactualizarse. Puede pasar que por ejemplo, yo ahora que voy a México vaya a un aeropuerto y justo hay una amenaza de bomba y a mí me parezca que resulta que la bomba me la pusieron en la mochila y entonces ahora me va a explotar. Y en ese momento yo tiro la mochila.¿Pero qué haría yo en ese caso?, no tirarla, o sea me banco la angustia y espero. Esa es la diferencia completamente, espero, no hago la compulsión, se llama prevención de la respuesta, me banco que estoy pensando cualquier cosa.

¿Cuán difícil es aguantar ese malestar?

Es espantoso, la única parte buena es después cuando ves lo que recuperaste, decís: “ahora me puedo sentar, me puedo tomar un café, estoy incómoda, tengo intrusiones en ese momento, claro que las tengo, aún así estoy haciendo algo valioso y estoy pudiendo transitarlo”, eso es lo que yo digo del registro de resiliencia, que uno dice: “loco, pude”.Y esto es algo que tenemos todo el tiempo encima las personas que tenemos TOC, la sensación de que no damos por sentado que podemos tomar un vaso de agua, nunca estamos tranquilas. Y al mismo tiempo también hay que darle mucho valor a lo que pude ir logrando, darle mucho, mucho valor y no olvidarme de donde vengo. No olvidarme que hoy estaba en la peluquería y el tipo me decía: “¿ y cómo te sentís de estar en la peluquería?”, y digo:” feliz, porque lo estoy volviendo a hacer, porque ya no tengo que tener 5 metros de pelo largo porque no me atrevo a que nadie me lo toque”.¿Qué vengo postergando? Un viaje, ¿qué vengo postergando? Un beso, un abrazo, un café rico, entrenar, el pelo. Anotemos, ¿qué vengo postergando? De a poquito. Vamos de a poquito, pero vayamos dirigiéndonos hacia eso que tanto deseamos y que por ahí son cosas chiquitas, pero para nosotros son gigantes. Cuando empecé la terapia empecé a recuperar ropa que no usaba, clásica, el tema de la ropa. La ropa y las calles son dos cosas complicadas: “por acá no paso” y tiramos ropa, regalamos ropa, donamos ropa. Hubo una época que usaba solo ropa descartable porque ya me había cansado de salir en invierno con la ropa mojada, porque la lavaba 20 veces a mano con espadol.Y la lavaba, una vez porque estaba contaminada, otra vez porque era malvada, una vez porque estaba contaminada, otra vez porque era malvada. Eran horas y horas llorando en el piso, no quería usar lavarropa, no quería usar nada, lavaba, lavaba y lavaba nunca llegaba a secarse la ropa, entonces lo poquito que tenía me lo ponía en invierno empapado. La cuestión de la ropa y el TOC es todo un tema.

¿Cómo es ese momento en el que decidís dar el paso y enfrentar esa intrusión?

Está baldosa no la puedo cruzar, la piso igual. ¿Cómo es ese salto? Primero, es tremendamente difícil y ambivalente, hay todo un sistema que te está diciendo: “no hagas eso, no, loca, porque es el fin del mundo” es a ese nivel. El malestar es muy sensorial, es como el cuerpo aprisionado y la sensación es que nunca se va a ir esa sensación y que es el fin del mundo, literal. Frente a toda una consigna racional y terapéutica, vos lo que tenés que hacer es hacer algo completamente contraintuitivo. Es como si yo te dijera literal, voy a meter la mano en una fogata, y yo tengo que confiar en que no me va a destrozar la mano, y que después, cuando la mano pase para el otro lado, me voy a sentir mejor, pero tengo que confiar en que eso va a pasar mientras me estoy chamuscando los dedos, a ese nivel. Es así, literal. Con el tiempo y con la práctica, uno se dispone mejor a eso, y ya la fogata es una bracita, salvo que aparezca, como decíamos hace rato, un estímulo nuevo, que por ahí te activa mucho. Ya después las exposiciones se vuelven más fácil, pero en la primera etapa, los pacientes te miran como diciendo: “vos no me podés estar pidiendo que yo haga esto”, pero también la gente llega muy cansada, muy agotada, muy harta de vivir presa del TOC, de los síntomas.

¿Qué le recomendarías a una persona que recién está diagnosticada y que está iniciando ese camino?

Lo primero que recomendaría es poner como prioridad absoluta el tratamiento. Recordar que lo más jodido de todo son los síntomas, cuando los síntomas están muy altos y a pesar de que el tratamiento es muy fuerte, las personas que están recién diagnosticadas tienen que poner todo lo demás a un costado y ubicar el tratamiento en la centralidad de su vida. Es la única manera de salir rápido de la situación sintomática fuerte, tratar de orientar el tratamiento hacia los valores ¿Qué es lo que quiero recuperar, qué es lo que más extraño? Abrazar a mi mamá. Bueno, perfecto, me tengo que mejorar porque quiero abrazar a mi mamá. Motivación y centralidad del tratamiento, eso es lo que yo más recomiendo. Las 4 patas del tratamiento: Y el tratamiento para mí tiene cuatro patas: Una es la alianza terapéutica, buscar a alguien con quien realmente te sientas cómodo. Dos es, si hace falta, disponerse a la medicación, que también puede ser una gran herramienta en algunos momentos. Tres, centralidad en la EPR (Exposición y prevencion de la respuesta) Y cuatro, el entorno., es re importante que sobre todo las personas convivientes sepan lo que están haciendo, porque si no se produce la acomodación familiar. Psicoeducarse, compartir el tratamiento con las personas, el TOC es de todos, cuando está fuerte, el TOC no es de una sola persona. es de mi hermana que me roba la ropa, de mi viejo que lloraba y de mi vieja que golpea puertas.

¿En qué momento tu escritura se convirtió en un libro, un proyecto de libro?

Yo siempre cuento que son tres etapas que tuvo “Tocada”: La primera fue compulsiva, yo lo que hacía era darme auto-reaseguro. Eso es un tipo de compulsión, por ejemplo, caminé con la birome en la mano pero no tocó la pared, ¿no tocó la pared?. Entonces me lo escribía. Cuando me diagnosticaron y empecé el tratamiento empecé a entender lo que me estaba pasando, como con una cosa de enojo. “¿Qué es esto que me pasa? ¿Por qué me pasa esto?” Paso del auto-reaseguro, que era pura compulsión, a una cosa más reflexiva, pero también tomada por la angustia y la frustración y la expectativa de qué iba a pasar con este tratamiento. Mientras estaba en ese proceso, mi mamá, que escribió un par de libros, me dijo, “¿por qué no le presentas esto a la editorial?” Les mandé ese quilombo que tenía ahí y les encantó, se ve que les pareció que podía tener algún potencial. me dijeron, queremos editarte y se fue armando. Después escribí “Trastocada”, el segundo, que está como en revisión, estamos terminando como las etapas previas, a ver si lo editamos, o este año o el año que viene.

¿De qué habla el segundo libro? ¿Podés contar algo?

Sí, Trastocada es un libro mucho más literal. e coacheó una escritora, entonces hubo como una cosa mucho más de jugar con registros narrativos distintos. Traje la nena chiquita que fui, dialogué con mi infancia, hay dibujos y hay cosas más de psicología. El otro era un vómito, vomitar lo que me estaba pasando Es un libro muy distinto el primero, el otro es un libro casi autoayuda, y este es un un poco más volado, un poquitito más picante que el otro. Ees para gente joven, para la misma gente que me sigue en TikTok, gente que está pasando por distintas situaciones psicoemocionales y que está entendiendo que estamos todos en un barco neurodivergente, que la realidad es que nadie está perfecto, y el caminito del sujeto funcional está reservado para tres personas, o dos, o nadie. desde ahí me parece que podemos como sumar un poco de esto de acompañamientos colectivos, yo creo que la salud mental es un fenómeno de comunidad, y me parece que el libro apunta a eso,. Mi deseo es que le llegue a la gente que por ahí se está sintiendo inadecuada, o que no encaja, o que todo el tiempo tiene que estar enmascarando sus padeceres y sus sentires, y que sienta que podemos construir una manera de acompañarnos, como de un frente compartido hacia adelante.

Entrevista

Caso Ángel: “Los jueces tendrían que pensar en las infancias: un error puede llevar a una muerte”

La Lic. Analía Gómez Malacalza, psicóloga y perito forense, sostiene que existen fallos “tibios” incluso frente a evidencias, donde no se escucha a los niños y las decisiones se toman “desde el adulto”. Cuestiona la prioridad de los procesos de revinculación en el Poder Judicial, advierte la falta de capacitación y recursos, y reclama políticas concretas de prevención desde el Estado.

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La muerte de Ángel Nicolás López, el niño de cuatro años que falleció en Comodoro Rivadavia, volvió a poner en el centro una pregunta incómoda: ¿Qué está fallando cuando quienes deberían proteger a las infancias no lo hacen?

La autopsia reveló que el niño presentaba al menos 22 golpes compatibles con agresiones físicas en la cabeza, correspondientes a episodios de violencia que habrían ocurrido en los días previos, según confirmó la Fiscalía.

Lic. Analía Gómez Malacalza

Por el hecho, la madre del niño, Mariela Altamirano, y su pareja, Michael González, permanecen detenidos e investigados por presunto homicidio agravado. A esto se suma un dato que complejiza aún más el cuadro: el padre del niño, Luis Armando López, había sido denunciado en 2025 por su pareja, Lorena Andrade, por presuntos episodios de violencia.

En diálogo con Radio Buenos Aires, Paula Wachter, directora de la Fundación Red por la Infancia, advirtió: “El 80% de la violencia sucede en donde los niños deberían estar más protegidos, en el hogar”. Y remarcó: “El mismo año que Lucio Dupuy perdió la vida, otros 56 chicos también murieron. Desde entonces hasta hoy, al menos 80 niños murieron en la misma circunstancia que Lucio y que Ángel; lo que pasa es que sus casos no trascendieron”. Y agregó: “Esto sucede en todo el país y tiene una escala aún más grave: desde que estalló el caso de Ángel, nuestra fundación recibió al menos 36 pedidos de ayuda”.

En ese marco, la pregunta deja de ser únicamente qué pasó con Ángel para volverse más amplia: qué señales no se vieron, qué intervenciones fallaron y qué responsabilidades quedan pendientes cuando se habla de infancias vulneradas.

Para profundizar en estas dimensiones, El Argentino dialogó con la Lic. Analía Gómez Malacalza, psicóloga y perito forense, magíster en Psicología Infantojuvenil (MN 34222).

-¿Qué implica que una infancia esté atravesada por situaciones de violencia?

-La infancia, a veces, se piensa como un asunto privado, pero en realidad es una responsabilidad compartida entre la familia, la comunidad y el Estado. Esto es fundamental para entender cómo se configura la afectación en la infancia.

El niño o la niña va a ir respondiendo en su vida psíquica de acuerdo al cuidado que reciba de estas tres instancias. No podemos pensarlo solo de manera individual ni únicamente desde la familia de origen, porque el cuidado de la infancia es una responsabilidad colectiva.

-En la sociedad sigue instalada la idea de “no te metas”. ¿Cómo impacta eso en la protección de las infancias?

-Estamos instalados como sociedad en la cultura del “no te metas”. Eso genera un prejuicio social que lleva a pensar que lo mejor es no intervenir.

Por eso es clave trabajar en educación y prevención, para revertir esa lógica y que las nuevas generaciones entiendan que el cuidado implica intervención activa, no indiferencia.

Históricamente, el niño fue pensado como propiedad privada. Con el tiempo, ese paradigma fue cambiando y hoy se lo reconoce como sujeto de derecho, con avances como la Convención sobre los Derechos del Niño. 

Sin embargo, aunque esto está claro en el plano técnico y profesional, todavía no logra instalarse plenamente en la sociedad. Frente a esto, es necesario generar acciones concretas de prevención. Los distintos gobiernos deberían convocar a especialistas de la temática para diseñar políticas efectivas que permitan intervenir antes de que estos hechos ocurran.

-¿En qué fallamos los adultos cuando estas situaciones se repiten?

-Hay muchos actores sociales involucrados. Por un lado están los pares, la comunidad: vecinos, amigos, personas del entorno. Ante cualquier sospecha de que un niño pueda ser víctima de abuso o violencia, es fundamental conocer los protocolos y saber hacia dónde dirigirse para realizar una intervención.

Por eso es clave contar con herramientas claras, canales de denuncia accesibles -incluso anónimos-e incentivar la intervención social.

Por otro lado, están las escuelas. Deben existir protocolos de actuación ante un niño que llega golpeado a la institución: qué hace el equipo directivo, a quién se recurre y cómo se interviene.

El problema es que no en todas las provincias estos protocolos están actualizados o correctamente implementados. En muchos casos son precarios o antiguos, por lo que es necesario reforzar la prevención en las comunidades educativas.

La escuela interviene, pero muchas veces carece de herramientas al momento de activar los protocolos. Luego interviene el Estado, a través de una justicia que debería contar con equipos técnicos capacitados. Hoy nos encontramos con equipos que, en algunos casos, limitan o condicionan la escucha de lo que realmente ocurre.

A esto se suma una realidad estructural: el recorte presupuestario. Eso genera, por ejemplo, que un profesional deba realizar una cantidad excesiva de pericias mensuales, lo que impide trabajar con la profundidad necesaria.

-¿Qué piensa de la acusación hacia la psicóloga del caso Ángel?

-Cuando se apunta directamente contra la psicóloga, hay que considerar todas las aristas. Ese profesional muchas veces trabaja bajo presión, con salarios bajos y exigencias que no se condicen con la responsabilidad de su rol como perito judicial. Además, los tiempos de evaluación suelen ser muy acotados. A veces sería necesario realizar más entrevistas, aplicar técnicas adecuadas y contar con mayor tiempo para analizar cada caso. Esto no beneficia ni al profesional ni al niño. Y no es un problema aislado: se repite en distintas provincias del país. Hay pocos profesionales para demasiados casos. 

No se trata de justificar responsabilidades individuales, sino de abrir el debate. Si no, todo se reduce a buscar culpables, y eso no es constructivo.

-Está la Ley Lucio, pero algo falló. ¿Qué mecanismos de protección no se implementaron o fallaron en el caso Ángel?

-Es necesaria una capacitación obligatoria y una actualización permanente sobre las formas actuales de violencia en todas las áreas del Poder Judicial.

También debería existir un organismo o comisión que supervise cómo se trabaja en estos casos, porque hoy el sistema funciona de manera fragmentada: cada área actúa por separado, sin articulación.

El problema es que quien recibe la denuncia es quien debe resolver sobre la vida de un niño. Si bien existen mecanismos de detección temprana, faltan acciones efectivas de prevención.

En el caso Ángel, esas acciones no alcanzaron para evitar el desenlace. Por eso es necesario crear una comisión de seguimiento de casos para evitar que los expedientes queden aislados o fragmentados. Esto ocurre con frecuencia.

En Argentina existe la percepción de que la justicia es lenta, pero en estos casos, además de lenta, puede ser negligente. Cuando las víctimas son menores, el tiempo es crítico: en la vida de un niño, el tiempo corre en otra escala. Por eso, la intervención debe ser urgente. Se necesitan equipos mejor formados y recursos que hoy no alcanzan.

Finalmente, es fundamental una justicia objetiva, sin sesgos ideológicos, ya que la protección de las infancias es una responsabilidad colectiva.

-Cuando hay denuncias cruzadas y no se escucha al niño, ¿qué ocurre en el sistema?

-Yo veo todo el tiempo un vicio judicial. Muchas veces los jueces, secretarios o actores del sistema ubican el conflicto exclusivamente en los adultos y lo encuadran como un “conflicto parental de denuncias cruzadas”. En ese proceso, se pierde al niño.

Esto expresa un enfoque adultocéntrico que desvía el eje del caso y deja al niño en situación de vulnerabilidad. Se termina dando más respuesta a los expedientes de los adultos que al cuidado del niño.

-¿Por qué muchas veces se prioriza el vínculo con los progenitores y los procesos de revinculación por sobre la escucha del niño?

-Hoy todavía existe una cierta omnipotencia en los ejecutores judiciales que, en algunos casos, toman decisiones desde su ideología o juicio personal, de manera equivocada y fuera de criterios éticos.

Se habla del interés superior del niño, pero en la práctica muchas veces esto no se cumple. Hay niños que han hablado y no se ha tomado en cuenta lo que dijeron, y las decisiones se resuelven desde el mundo adulto. Esto es moneda corriente.

Uno de los argumentos frecuentes es evitar “el mal mayor” de perder el vínculo o no obstruir procesos de revinculación. Sin embargo, hay límites claros: existen situaciones donde hay estructuras de personalidad psicopáticas, consumos problemáticos o incapacidades para el cuidado de un menor, y en esos casos no puede haber dudas.

Se observan fallos tibios incluso ante evidencias. En muchos casos, los niños no son escuchados porque se sostiene que el rol del decisor es inapelable: “yo tengo la razón”.

Por eso, es necesario trabajar profundamente. Los jueces en la Argentina deberían pensar las infancias. Un error puede llevar a una muerte, por lo que estos roles requieren ética, conciencia y capacitación permanente.

-¿Cómo se relaciona la violencia de género con la violencia infantil en los hogares?

-En el pasado se hablaba de violencia familiar. Luego se avanzó en la diferenciación de tipos de violencias, entre ellas la violencia de género, que es una de las más relevantes. Puede coexistir o no con situaciones de violencia hacia niños. En términos estadísticos, muchas veces aparecen vinculadas, pero no siempre se puede establecer una relación directa.

Es necesario un análisis complejo de cada grupo familiar, ya que las violencias son múltiples y no se explican de manera única.

Cuando se trabaja con víctimas infantiles o juveniles, el abordaje debe centrarse específicamente en la infancia y con perspectiva de derechos. Si bien existe la Ley Lucio, el caso Ángel obliga a reflexionar sobre qué medidas deben modificarse y qué acciones concretas deben implementarse. Sin embargo, no se observan hoy planes concretos de prevención impulsados desde los espacios legislativos, más allá de los discursos.

-¿A quiénes les importan realmente las infancias?

-Es una pregunta angustiante. Da la sensación de que las infancias aparecen muchas veces en contextos electorales o en discusiones legislativas puntuales, donde pueden ser utilizadas dentro de determinados proyectos políticos.

No veo, en general, una inversión real en prevención: ni en presupuesto, ni en tiempo, ni en planificación sostenida.

Síndrome del niño maltratado: señales tempranas

La Lic. Analía Gómez Malacalza nos comenta qué señales pueden dar cuenta de situaciones de maltrato en las infancias y adolescencias:

En general, suelen presentarse dos patrones de comportamiento: por un lado, tendencia al retraimiento o aislamiento, con posibles conductas de autolesión; por otro, cuadros de alta irritabilidad, con cambios bruscos en el comportamiento y ausencia de sonrisa espontánea.

Otro indicador importante es la alimentación. En muchos casos, la angustia se expresa a través de la pérdida de apetito y dietas deficientes. En otros, puede darse el fenómeno contrario: una ansiedad marcada que deriva en un aumento significativo de peso.En todos los casos, se trata de señales asociadas a distintos niveles de desequilibrio emocional y conductual que requieren atención.

Línea 102
Si necesitas ayuda o conoces a alguien que esté expuesto a violencia, llamá al 102. Es un servicio gratuito y confidencial, de atención especializada sobre los derechos de niñas, niños y adolescentes. Podés llamar ante una situación de vulneración de derechos. Si vivís una emergencia llama al 911.

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