Opinión
Darse la mano, el gusto del contacto y el placer de no pertenecer más que a nosotros mismos
Saludarse.

Por Manu Campi | @manucampimaier
A simple vista no es más que un gesto, o una declaración de principios. En los últimos años la grieta sujetó el acto y el tacto, valga la redundancia, a simpatías políticas. De cualquier modo, empatiza, descomprime y es de la más buena educación hacerlo, así como motivo de discordia evitarlo.
Si la vista determina la primera impresión entre dos personas, el saludo es el momento en que se da el sentido. No saludarse es tan determinante como abrir la heladera en casa ajena sin pedir permiso. El saludo determina el momento en una pequeña acción.
Inclinar la cabeza, ponerse de pie cuando alguien es de mayor jerarquía, o cuando una mujer entraba a una sala era de lo más común en Europa durante el s XIX (costumbre también vista en las colonias de estos lares). También al siglo pasado corresponde el gesto de levantarse el sombrero en la vía pública.
Hace unos cuatro mil años los semitas se daban un abrazo, un beso en la mejilla, en la mano, e incluso en la boca, dependiendo de si trataba de amistad, sometimiento o devoción respectivamente.
Dicho esto, y repasando la civilización en donde un sinfín de maneras se ha puesto sobre el tapete, darse la mano responde a la universalidad de llevarse medianamente bien.
En tiempos de capa, espada y poder de fuego, cuando dos desconocidos cruzaban caminos mostrar la mano sin armas denotaba buenas intenciones, de ahí la mano diestra a la hora de tal saludo.
A los hechos, este no es su origen. Estrecharse la mano es una de las formas más antiguas de la magia del contacto.
La mano jugó un papel primordial en esto, y estrecharla sellaba pactos y alianzas. En el antiguo Egipto, cinco mil años de esto, implicaba transmisión de autoridad: en el lenguaje jeroglífico la mano extendida indica delegación de poder. En Babilonia, el rey estrechaba la mano a la estatua de Marduk hacia el 1800 a. C., cada primero de año, costumbre que adoptaron también los asirios.
También en las viejas ceremonias hindúes, el oficiante une las manos de los contrayentes en señal de fusión de sus familias, como hacían los romanos en la llamada “dextrarum junctio” o unión de las manos derechas. El cristianismo, obvio, prefirió esta forma de saludo relegando el beso y el abrazo solo para inapropiados, soñadores y artistas. Pero ¡qué va!, en otro de los tantos momentos complicados, en donde la sangre corre en las internas de la política nacional, no somos ni turcos, ni persas, ni babilonios. Argentinas, argentinos, que está de lo más bien volver a saludarnos.
Análisis
La tecnología no reemplaza la voluntad popular
Daniel Ríos propone reconstruir un proyecto nacional “soberano y planificado”. “Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos”, afirma.
Por Daniel Ríos
Lejos está, la presente iniciativa, de constituir una visión integral sobre el país que queremos y mucho menos representar a quienes pensamos parecido. Visión que correspondería debiera impulsarse desde las organizaciones que conforman el movimiento nacional y popular de Argentina, y una representación que debemos reconstruir. Sí creo que puede ser un disparador para abordar una discusión transversal y democrática sobre cuestiones que considero urgentes e ineludibles, casi de supervivencia.
Son tiempos de juntarnos con la finalidad de crear escenarios de debate en el seno mismo del Movimiento Nacional y Popular, para que, cuando se presente la oportunidad de accionar, nos encuentre preparados, que no nos tome por sorpresa.
Debemos reconstruir esa capacidad de representación de las mayorías populares con propuestas simples, directas, de sentido común, al alcance de todos y todas. Solo se trata de escucharnos, para poder debatir, si nos hacemos cargo de abordar con coraje la construcción de un gran frente nacional, un gran pacto social, político, económico, científico y cultural que, por el momento, todavía parece lejano.
Mientras tanto, esta nueva versión de la crisis mundial, evidenciada por la polarización de las ideas y la concentración de la riqueza, nos encuentra a los argentinos transitando, en forma históricamente reiterada, otra nueva versión de la entrega de nuestra soberanía por parte de los viejos y conocidos liberales que no quieren el desarrollo del país, empujándonos hacia la desintegración nacional.
Como casi todos, ignoro cuándo y cómo termina, aún así, descarto correrme de esta realidad, ocultarme, hacerme el distraído, resignarme, o militar un silencio cómplice. En cambio, elijo hacerme cargo de proponer ideas para una nueva convivencia con la intención de contribuir a recrear las reglas de un nuevo Estado de Bienestar.
La Tecnología, creada por el hombre, no es, ni será sustituto de la voluntad popular. Se equivocan los que piensan que somos la última generación dorada que alguna vez tuvimos las rodillas raspadas. La juventud es maravillosa y es con ellos.
Es por esto que estoy dispuesto a compartir algunos ejes o algunos lineamientos del modelo que abrazo y aportarlos para una experiencia de construcción colectiva, como creo que debe ser, con el objetivo de definir hacia dónde queremos ir, y cómo hacerlo, evitando la improvisación que casi siempre nos impone la urgencia del cronograma electoral y la falta de humildad de la dirigencia, en general.
Una propuesta sólida, representativa de los intereses del pueblo y de la Nación Argentina, de la presente y de la futura, debe basarse en un profundo análisis de la situación actual del país y del contexto internacional, y es precisamente por esto último que resulta imprescindible un diagnóstico preciso, sobre esos problemas que parecen reiterados e insuperables, problemas estructurales que se van reinventando, en materia política, económica, educativa, productiva, etc., etc.
La vertiginosa realidad mundial nos debe hacer pensar, minuto a minuto, el país que queremos para nosotros y para las generaciones futuras. Planificar, accionar, verificar, corregir y volver a planificar podría ser el método normal, la práctica instalada. Planear estratégicamente mal puede considerarse como un fin en sí mismo, simplemente es el camino obligado de una inteligente gestión de lo público.
El oficio y la intuición son útiles, pero ya insuficientes, necesitamos definir, colectivamente, objetivos claros, alcanzables, de mediano y largo plazo, y definir una hoja de ruta estructurada que apuntale un plan de desarrollo armónico, territorialmente equilibrado, gradual, sostenible y soberano.

ARSAT, el primer satélite geoestacionario argentino y prueba de nuestra vocación activa en el desarrollo aeroespacial, largamente saboteado, interrumpido y reducido por administraciones obedientes al llamado «consenso de Washington».
Si “la unión hace la fuerza” no queda otra que unirnos para lograrlo. Hacer nuestros mejores aportes es la actitud militante que debemos tener todos aquellos que pensamos parecido, todos aquellos que nos sentimos con las ganas y la responsabilidad de contribuir para definir el modelo de país que deseamos.
Solo tenemos que juntarnos los de “este lado”, ampliamente hablando, y asumir el coraje de abordar el diseño de un nuevo modelo, desechando prácticas, creencias y discursos perimidos que, en gran medida, nos trajeron hasta acá. Si nos dejamos ganar por la inercia tal vez hoy pueda ser el principio del fin.
Propongo girar 180º o seguir fracasando. Así no va más. Juntémonos, es una oportunidad para empezar de nuevo, ya que no empezamos de cero. Supimos cruzar los Andes para liberar pueblos, hagámoslo de nuevo.
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