Elecciones
La deuda interna y los desafíos del año electoral
Este año electoral transcurre en una coyuntura histórica particularmente compleja, con dos grandes coaliciones que volverán a dirimir sus fuerzas. La que prevalezca deberá dar respuesta a los diferentes problemas que nos afectan como sociedad en los escasos cuatro años que impuso la última reforma constitucional.
Por Gerardo Codina
Este año electoral transcurre en una coyuntura histórica particularmente compleja, con dos grandes coaliciones que volverán a dirimir sus fuerzas. La que prevalezca deberá dar respuesta a los diferentes problemas que nos afectan como sociedad en los escasos cuatro años que impuso la última reforma constitucional. Además, en ambos espacios previamente deberán saldarse las hegemonías determinantes del contenido programático y los estilos de acción política de cada uno.
En Juntos por el Cambio la pérdida de votos por derecha ante el surgimiento del fenómeno Milei, lleva a sus principales referentes a competir por quién se exhibe como el más duro en la represión de la protesta social o el más veloz en el ajuste de la economía, como si esas fueran soluciones viables para una sociedad como la nuestra y se pudieran aplicar sin una reedición del terrorismo de estado, impensable en el mundo actual. Sin embargo, saben por experiencia que una población agobiada por la imposibilidad de sostener sus rutinas diarias, en un estado de shock inducido por el continuo y severo empeoramiento de sus condiciones de vida, es más permeable a tolerar “cirugía mayor”, si se le promete que después del dolor se curarán todos los males. La rebelión de las grandes empresas contra el plan anti inflacionario del gobierno, echa nafta intencionalmente a ese fuego, que corroe ferozmente las posibilidades electorales del oficialismo. Cómo plantarse frente al poder económico para sortear con cierta probabilidad de éxito la trampa mortal de la deuda macrista es lo que diferencia a las dos corrientes en las que se escinde el Frente de Todos.

El sector mayoritario demanda más activismo estatal a la hora de asegurar una mejor distribución de la riqueza, la deuda interna que alimenta el conflicto social. Sabe por experiencia que el capitalismo, librado a su propia dinámica de acumulación incrementada, solo construye mayor desigualdad. Pese a lo que declaró el ministro Massa respecto a que Argentina no es un país rico, sino uno con riquezas, de lo que se trata es de cómo se reparte el producto social, del que un sector de la sociedad ha fugado el equivalente a un año de trabajo de los argentinos. Argentina tiene aún muchas riquezas por desarrollar y muchos se ilusionan con esquivar el conflicto social existente, procurando un impacto progresivo del mayor producto generado con las exportaciones de combustibles fósiles, litio y cobre, hidrógeno verde y azul, además de tecnología nuclear o de la economía del conocimiento.
Pero, así como un sector de la sociedad se apropió de la renta agraria, también aspira a apoderarse de todas o gran parte de las nuevas fuentes de riqueza. A esas pretensiones hay que oponerse, si no se quiere reproducir la matriz de desigualdad existente. El nuevo ataque buitre perpetrado en los tribunales de Nueva York contra YPF es un aviso de que van por eso. Son los “cuatro vivos de siempre”, de los que habló la Vicepresidenta hace más de un año en La Plata, que siempre responden con el mismo bolsillo avaro
Las opiniones expresadas en la presente nota de opinión y/o análisis son las de los autores. No pretenden reflejar las opiniones de El Argentino Diario o de sus integrantes. Las denominaciones empleadas en la misma y la forma en que aparecen presentados los datos que contiene no implican, de parte de El Argentino Diario juicio alguno sobre la información y/o datos y/o valoraciones aquí expuestas.
Elecciones
Brasil va a segunda vuelta: el bolsonarismo sorprende y Lula deberá pelear el 25
Flávio Bolsonaro se impuso en la primera vuelta del 4 de octubre con el 47% contra el 45% de Lula, revirtiendo lo que marcaban las encuestas. El hijo del expresidente preso hereda la maquinaria del movimiento que intentó un golpe de Estado en 2022 y obliga al Partido de los Trabajadores a una segunda vuelta que promete ser la más disputada de la historia reciente de Brasil.
Con el 47% de los votos contra el 45% de Luiz Inácio Lula da Silva, Flávio Bolsonaro se impuso en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil del domingo 4 de octubre y obligó a una segunda vuelta que se disputará el 25 de octubre de 2026.
El resultado sorprendió a las consultoras, que en los días previos daban a Lula levemente por encima del senador. Ninguno de los dos alcanzó el 50% más uno de los votos válidos requerido para ganar en primera vuelta, y Brasil deberá decidir en un balotaje su próximo presidente.
El senador Flávio Bolsonaro, de 45 años, compite bajo las siglas del Partido Liberal (PL) con el respaldo explícito de su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de prisión por su responsabilidad en el intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2022.
Lula, en tanto, busca su cuarto mandato no consecutivo: gobernó Brasil entre 2003 y 2010, fue perseguido judicialmente en causas que el Tribunal Supremo revisó y terminó anulando, y regresó al poder en 2023.
Lo que las encuestas no vieron venir
Durante toda la campaña, la ventaja de Lula en la primera vuelta parecía consolidada. La encuesta Datafolha del 24 de septiembre, registrada ante el Tribunal Superior Electoral (TSE) bajo el número BR-00304/2026, ubicaba a Lula con el 40% y a Flávio Bolsonaro con el 36% en la primera vuelta estimulada. La consultora Nexus/BTG Pactual, en su última medición de agosto, atribuía al presidente el 39% frente al 33% del senador. Sin embargo, en la noche del 4 de octubre los resultados reales demostraron que el mapa electoral bolsonarista, profundamente arraigado en el norte, el centro-oeste y el sur del país, fue subestimado por la mayoría de los sondeos.
La encuesta Nexus de julio ya anticipaba el carácter polarizado del balotaje: Lula con el 40% y Flávio con el 34% en primera vuelta, pero empatados técnicamente en segunda con el 46% contra el 45% respectivamente. Ese empate técnico en el escenario de segunda vuelta se repitió en prácticamente todas las consultoras durante los últimos tres meses de campaña, lo que vuelve imposible anticipar con certeza el resultado del 25 de octubre.
Bolsa Familia, el campo de batalla ideológico
La campaña giró, entre otros ejes, alrededor de la política social. Lula recuperó el Bolsa Familia como bandera central de su gestión, un programa que durante su primer mandato sacó a 54 millones de personas de la pobreza y que la derecha intentó destruir bajo el gobierno de Michel Temer y luego de Bolsonaro padre. En esta campaña, el propio Lula recordó en reiteradas ocasiones que las críticas históricas al programa, que lo tacharon de fomentar la pereza y la dependencia, no resistieron el contraste con la realidad. «De todas las críticas, la más cruel es que el Bolsa Família iba a estimular la vagabundería», sostuvo en actos de campaña, recuperando una frase que pronunció a lo largo de décadas.
A pocos días de las elecciones, Lula anunció además un aumento del 15% en los pagos del programa de asistencia social, una decisión que la oposición leyó como un gesto electoral pero que, en términos electorales, no alcanzó para definir la primera vuelta a su favor. La derecha concentra sus críticas en que el programa no es una solución estructural, mientras el PT sostiene que sin ese piso de ingresos garantizados millones de familias brasileñas quedarían directamente al borde de la indigencia.
El mapa territorial y los puntos de quiebre
La geografía electoral confirma la fractura profunda de Brasil. Según los datos de la encuesta Medio/Ideia de mayo de 2026, Flávio Bolsonaro lidera en el norte con el 57% contra el 27% de Lula, y en el centro-oeste con el 60% contra el 28%. En el sur también está por encima: 50% contra 39%. El nordeste, históricamente el bastión lulista, le da al presidente el 58% frente al 34% del senador. El sudeste, que concentra la mayor parte del padrón electoral, aparecía en empate técnico antes de la votación.
Esta distribución territorial es el termómetro de la fractura de clase que atraviesa al gigante sudamericano. Las regiones más pobres, donde los programas de transferencia directa tienen mayor impacto sobre la vida cotidiana, tienden al lulismo; las regiones más ricas y con mayor presencia de sectores conservadores, al bolsonarismo. El resultado del 4 de octubre muestra que esa segunda geografía fue más eficaz de lo que las encuestas proyectaban.
El factor Bolsonaro padre y la internacionalización de la disputa
Jair Bolsonaro, preso y sin poder presentarse por su condena de 27 años, articuló desde la cárcel el apoyo a la candidatura de su hijo mayor. La sentencia fue ampliamente criticada por el gobierno de Donald Trump, con el propio presidente norteamericano afirmando que era «muy parecido a lo que intentaron hacer conmigo» y el secretario de Estado, Marco Rubio, calificándola de «injusta». Esta internacionalización del caso convirtió a la elección brasileña en parte del tablero geopolítico de la disputa entre la derecha global y los gobiernos progresistas de América Latina.
Legisladores estadounidenses, en contraposición, le pidieron formalmente a Trump que no interviniera en el proceso electoral brasileño. La sombra de la interferencia exterior planeó sobre toda la campaña, y el resultado del 4 de octubre convierte la segunda vuelta en una cita electoral con consecuencias que van mucho más allá de las fronteras del país más grande de América del Sur.
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