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Croto y el Viejo Pablo

Por Manu Campi.

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Por Manu Campi | @manucampimaier

Nací en la calle, por el centro. Mis primeros recuerdos son de muy cachorro, mirando hacia arriba, desde adentro de una caja, a humanos que elegían entre mis 9 hermanos.

En poco tiempo me fui quedando solo, no me eligieron. Quizás por la reticencia que mostré ni bien nacido a que me acaricien, o a que me hablaran con voz aguda en un idioma que todavía no entendía.

Tal vez porque era el único marrón, o por ser el único con pelo corto y duro o, a lo mejor, por no querer irme con nadie solo por el mínimo hecho de estar abandonado a una suerte que siempre me resulta ajena.

La calle me dio la bienvenida ni bien conseguí salir de la caja. Mis primeros años me encuentran cercano al obelisco, haciendo escala en todas las pizzerías de la avenida Corrientes, pero desde que la basura se tira en cestos imposibles, me vi a merced de una generosidad también esquiva.

Empecé a acompañar a dos pibes que tiraban de un carro juntando cartones y así le fui ganando terreno a Buenos Aires. Caminar con hambre, acercarme con las orejas retraídas, en busca de la sobra de alguno de sus almuerzos, solo sirvieron para conocer el significado de una paliza, pero aprendí a no perderme.

Cada vez más flaco, y más ajeno, me perdí de vista en el Parque Centenario; tampoco me llamaban desde el carro para que vuelva, aunque ni aun así hubiese regresado.

La libertad me entregó el sol como abrigo y así, con mi madurez a cuestas, conocí al viejo Pablo. El viejo comía una especie de guisado sentado en el umbral de un negocio mayorista de plásticos, lo mire sin acercarme, sin bajar las orejas.

Pablo dejó el taper de lado, se apoyó en el carrito de supermercado donde guardaba sus cosas para ponerse de pie y caminó hasta el cordón con la misma cara que me miró siempre.

La primera caricia fue en el lomo, sus primeras palabras fueron dos: “Hola Croto”. El sentido de pertenencia vino con el nombre y con la mitad del almuerzo del viejo Pablo.

Los próximos años fuimos inseparables; en verano dormíamos cerca, pero en invierno, por las noches, me pegaba al viejo para que no tenga frío y para que la misma rata que todas las noches cruzaba la calle, para robarle los restos de comida del tupper, deje de molestarlo.

“Dejá de gruñirle, Croto. Está en la calle como vos, como yo”. Así de bueno era el viejo. Una tarde, mientras ordenaba los libros que le donaban los vecinos, y el vendía “a voluntad” sobre un tablón sostenido por dos cajones de manzanas, a Pablo se le escuchó un gemido ahogado, una especie de suspiro hacia adentro.

Primero apoyó una rodilla en el suelo y después se cayó al piso en cámara lenta. Yo ladraba, las personas que trabajaban en el negocio se acercaron rápido, porque Pablo era así, un ciruja al que todos querían, cuidaban y ahora, atendían.

Una ambulancia se lo llevó tres días eternos. La mañana que volvió estaba con un bastón metálico que le dieron en el Duran. No hablaba y tampoco podía mover uno de sus brazos. Las caminatas de las mañanas quedaron reducidas a los pasos necesarios para seguirle el ritmo al sol, o para ir a limpiarse a la estación de servicio de enfrente, pero estábamos juntos.

Con el tiempo le volvió la voz, lo primero que dijo fue mi nombre y yo ya no corría hasta la esquina ida y vuelta, ahora iba al lado suyo siempre del lado en que apoyó aquella rodilla.

El último otoño, y con los primeros fríos del año, al viejo le costó todo; levantarse, cambiarse, ir a buscar comida y salir en busca del sol. Caminaba con el mismo suspiro ahogado y mirando hacia el horizonte, como si llegar hasta la esquina fuese una proeza inútil.

Pero Pablo era así, el desafío era su vida entera. La mañana que se lo llevaron, él pedía únicamente que lo llevaran conmigo. “No se aceptan mascotas”, le contestó un joven del “servicio de asistencia” para la gente en “situación de calle”, así le dijeron. “Lo venimos a llevar a un lugar calentito, con una cama y comida, quédese tranquilo”.

Pablo resistió como pudo, apenas podía comer por sus propios medios, apenas podía pensar en un invierno cada vez más cercano y apenas pudo juntar en una bolsa su radio a pilas y algo de ropa.

Me miró, también como pudo, cómo pidiéndome disculpas, porque así era Pablo, se preocupaba por los demás antes que él. Nunca lo había visto llorar, pero se apoyó en el bastón y se agachó, con un esfuerzo enorme, despacio.

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Me abrazó en llanto. Acercó su frente a la mía, me acarició el lomo con más fuerza que nunca, como si quisiera que el recuerdo de sus manos quede grabado en la memoria de mi cuerpo. “Chau Croto, gracias querido amigo”.

Ya no le gruño a la rata que viene todas las noches a perder el tiempo conmigo, tenía razón el viejo, es igual a mi. Sin embargo, cada mañana me siento a mirar al horizonte, esperando que vuelva papá, mi viejo Pablo. 

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“Basta de matarnos”: el grito en la marcha del Día del Orgullo

Entre los reclamos detallaron el pedido de la incorporación de la figura del travesticidio, transfemicidio y transhomicidio al Código Penal, aparición con vida de Tehuel.

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Por Néstor Llido

La séptima marcha de la comunidad travesti trans y no binarie, que unió Plaza de Mayo con el Congreso Nacional, se concretó bajo un enérgico reclamo en contra de los travesticidios, transfemicidios y transhomicidios.


La consigna fue “Basta de matarnos», en el marco del Día Internacional del Orgullo, que se replicó con movilizaciones en todas las ciudades del país.


Entre los principales ejes del reclamo detallaron el pedido de la incorporación de la figura del travesticidio, transfemicidio y transhomicidio al Código Penal.


Además, se pidió por aparición con vida del joven trans Tehuel de la Torre, la reparación histórica a las sobrevivientes de la violencia institucional, la aplicación del cupo laboral trans, entre otras demandas.


«Desde la última concentración del año pasado seguimos sumando muertes evitables. Nuestra comunidad, en estos meses lleva registrados 68 fallecimientos, de los cuales seis fueron por travesticidio y transfemicidio y tres fueron suicidios”, se señaló de la comisión organizadora de la convocatoria

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