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Análisis

José Tcherkaski: un anónimo “muy grosso”

Por Diego Boris (Músico Independiente- expresidente del INAMU).

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Suele decirse que el mayor éxito de una canción es que sea apropiada por el público, cantada, resignificada y transmitida de generación en generación, de pueblo en pueblo, incluso sin conocerse su autoría.

Así es como el protagonismo de la persona que le dio vida se traslada a su obra, que ha alcanzado un recorrido propio que excede la voluntad de su artífice.

En estos casos, especialmente, quien escribe y compone se vuelve presente a través del canto colectivo, con la fuerza de su creación emergiendo en cada voz.

Pocas cosas deben ser tan emocionantes como escuchar una letra interpretada al unísono, ya sea en un estadio de fútbol, una manifestación, un acto escolar, una fiesta o un concierto.

Esto se repite en distintas partes del mundo.Pero así como se reconocen a determinados temas musicales, también es importante resaltar a las personas creadoras de esas obras, cuya profunda sensibilidad y observación de la realidad les ha permitido comunicar de manera artística-poética hechos y sentimientos que nos atraviesan.

A ellas hay que darles su justa valoración, divulgando sus nombres e historias, rindiéndoles merecidos homenajes por proveernos de las bandas de sonido de nuestras vidas; esas que nos remiten a una época, que cantamos, que tocamos, que hacemos sonar o compartimos para una fecha especial.

José Tcherkaski es un ejemplo paradigmático de estas personalidades de nuestra cultura que deben ser destacadas. Este periodista y escritor argentino, es además poeta y el autor de letras de canciones emblemáticas, algunas de ellas agrupadas bajo la categoría “canción social”.

Gran lector del clima político y cultural de nuestro país, mediante sus escritos se puede conocer parte de nuestra historia nacional. Asimismo, su “poesía cantada” tiene repercusión en Latinoamérica y otros continentes, pues abarca conceptos universales como la libertad, el amor, la relación filial, la soberanía, la patria, el paso del tiempo, la muerte…

En dupla con Piero, cantante popular que puso voz, interpretación y música a la poesía de José, han logrado que esas canciones nos representen y aún hoy permanezcan en nuestro inconsciente colectivo.

Sus temas: “Mi viejo”, “Para el pueblo lo que es del pueblo”, “Como somos”, “Juan Boliche”, “Pedro Nadie”, “Tengo la piel cansada” o “Coplas de mi país”, por mencionar solamente algunos, son valorados por oyentes de distintos lares.

En particular, “Mi viejo” tuvo más de 400 versiones en todo el mundo, desde una en italiano cantada por Iva Zannicchi hasta otra entonada en lengua chorote, de un pueblo originario del norte argentino, por Miriam García.

Lo curioso es que, según cuenta su autor, pasó mucho tiempo hasta que un sello discográfico accedió a grabar este tema. La canción está inspirada en el papá de José, un inmigrante judío ruso llamado Mario, que vino a la Argentina buscando un futuro mejor.

El autor perdió a su padre a los 14 años, momento en el que tuvo que salir a trabajar junto a su hermano Osvaldo. A pesar de la temprana pérdida, en sus hijos (luego periodistas y escritores) quedó su amor por la literatura y su patria.

También como su padre, aunque por otras causas, ante las amenazas sufridas y la violencia creciente, en los 70 José tuvo que abandonar su país. El exilio fue primero en Panamá y luego en Madrid.

A su regreso, en 1979, retornó a su labor periodística y a su sociedad autoral con Piero. Con una larga trayectoria, por su educación familiar, sus inquietudes, su excelente “pluma”, su experiencia y compromiso político-cultural, no resulta casual que José Tcherkaski tenga más de 30 libros publicados, su destacable labor en los medios y la escritura de letras de canciones que narran de forma conmovedora los avatares de un pueblo y su gente.

Su obra está incluida dentro de ese selecto patrimonio cultural argentino, digno de divulgarse, conocerse y compartirse, Vaya paradoja la de José: ¡Solo un artista muy «Grosso» puede ser tan popular y anónimo a la vez!

Análisis

La culpa es nuestra: cómo la ciencia y los medios siguen apuntando a las madres cuando se habla de autismo

Cómo se envidencia en la nota de análisis de Clarin, rara vez se pregunta «¿qué hizo el padre?».

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Machismo en la ciencia: el cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia

Un estudio publicado en el British Medical Journal sobre exposición laboral tóxica y autismo fue reencuadrado mediáticamente en clave de culpa materna. Una tradición que la ciencia superó, pero el machismo resiste.

Un estudio reciente de investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins y de la Universidad de Harvard, publicado en el British Medical Journal (The BMJ), analizó 1.702 casos de niños diagnosticados con trastorno del espectro autista (TEA) en Dinamarca entre 1973 y 2012.

Sus conclusiones son técnicas, acotadas y explícitas: las madres que trabajan en entornos con exposición frecuente a sustancias tóxicas (plomo, solventes, gases de escape, derivados de combustibles) o con niveles elevados de estrés laboral crónico tienen mayor probabilidad de tener hijos con TEA. Las profesiones identificadas incluyen transporte terrestre, defensa militar y administración pública.

Lo que el estudio dice, con precisión, es que ciertas condiciones laborales tóxicas afectan el neurodesarrollo fetal. Lo que ciertos medios transmitieron, en cambio, fue otra cosa: que el problema son las profesiones de las madres. Que el problema, una vez más, son ellas.

El regreso de la «madre culpable»: una historia que no termina

La narrativa que conecta al autismo con la conducta materna tiene una historia larga y vergonzosa. A mediados del siglo XX, el psiquiatra Bruno Bettelheim popularizó el concepto de la «madre nevera» (refrigerator mother), según el cual la frialdad emocional de las madres era la causa del autismo en sus hijos. La teoría fue desacreditada décadas después por la propia comunidad científica, pero el daño en miles de familias, y especialmente en miles de mujeres que cargaron durante años con una culpa que no les correspondía, fue irreparable.

Hoy, la ciencia acumulada es contundente en la dirección opuesta. Un estudio financiado por el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de los Estados Unidos (NICHD), que involucró a casi 2 millones de participantes, determinó que los factores genéticos hereditarios representan aproximadamente el 80,8% del riesgo de TEA, mientras que los llamados «efectos parentales maternos» representan entre el 0,4% y el 1,6% del riesgo, una cifra considerada estadísticamente insignificante por los propios autores. Ese mismo estudio advirtió, además, que no analizó los factores paternos, como la edad del padre, que la literatura científica también asocia con el riesgo de autismo.

La entidad Autismo España, en su portal institucional, señala que la investigación apunta a una «tasa aproximada de recurrencia del 20% en las familias» con un componente genético complejo y aún no completamente dilucidado. La organización también documenta que en los últimos años creció el diagnóstico de padres y madres después de que sus hijos fueran diagnosticados, lo que refuerza el peso de la herencia biológica compartida.

Lo que el estudio realmente dice (y lo que el titular omitió)

La investigación publicada en The BMJ no estudia si las madres trabajan o no. Estudia la exposición a agentes tóxicos y el estrés como factores de riesgo ambientales en el desarrollo fetal. La diferencia no es semántica: es política.

Afirmar que «las profesiones de las madres» tienen un «patrón común» en casos de autismo, sin contextualizar que lo que se mide es la exposición a plomo, solventes industriales, gases de escape y estrés crónico, es construir un titular que, deliberada o negligentemente, pone el foco en quién trabaja y no en qué condiciones laborales son toleradas por el Estado y los empleadores. Es trasladar la responsabilidad de una falla sistémica (la falta de regulación de ambientes laborales tóxicos) a las mujeres que los habitan.

Los propios investigadores del estudio son explícitos: el hallazgo requiere «investigar más en profundidad sobre las exposiciones laborales» y su relación con el neurodesarrollo, «usando metodologías que aborden estas exposiciones de manera específica y temporal». Es decir, la conclusión científica apunta a la regulación laboral y a la salud ocupacional, no a la maternidad como variable de riesgo en sí misma.

El doble estándar: padres invisibles, madres sospechosas

El sesgo de género en la investigación científica sobre autismo no es nuevo. La pregunta «¿qué hizo la madre?» estructura buena parte del campo desde sus orígenes, mientras que la pregunta «¿qué hizo el padre?» rara vez se formula con igual insistencia.

Sin embargo, la evidencia científica disponible indica que la edad paterna avanzada es también un factor de riesgo documentado para el TEA, asociado a mutaciones de novo en el esperma. Investigaciones publicadas en la revista Science, con datos de 2.600 familias, identificaron variantes genéticas raras heredadas paternamente como factores relevantes en el espectro autista.

El estudio de The BMJ, significativamente, no analizó las ocupaciones paternas. Esta asimetría metodológica no es neutral: refleja un sesgo histórico en la construcción de las preguntas científicas, que tiende a ver al cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia y al cuerpo paterno como un dato secundario.

Discapacidad en la Era Milei: un gobierno que recorta, criminaliza y señala

La circulación de este tipo de narrativas no ocurre en el vacío. En la Argentina de Javier Milei, el Estado retrocedió de manera sistemática sobre las políticas de discapacidad. La Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), creada para centralizar y garantizar derechos, fue disuelta en diciembre de 2025 mediante el Decreto 942/2025 y reconvertida en una Secretaría de menor rango bajo la órbita del Ministerio de Salud, movimiento que más de 400 organizaciones de personas con discapacidad y de derechos humanos calificaron como un «retroceso al modelo médico-rehabilitador» y un abandono del modelo social de la discapacidad.

El ajuste fue contundente: los $30 mil millones de presupuesto que tenía la ANDIS fueron redirigidos al Tesoro al momento de la disolución, según denunció la diputada peronista Roxana Monzón en la Cámara de Diputados de la Nación. La Justicia federal declaró inconstitucional parte de la reestructuración, pero el Gobierno apeló y, a mayo de 2026, solo reglamentó ocho artículos de la ley de emergencia en discapacidad, dejando diecisiete sin aplicar.

En ese marco, el gobierno impulsó además una nueva normativa presentada bajo el título «Contra el Fraude de Pensiones por Invalidez», que restringe los criterios de acceso a las pensiones y habilita suspensiones preventivas ante cualquier inconsistencia detectada.

Organizaciones como la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) documentaron que el relato oficial sobre el crecimiento «injustificado» de las pensiones por discapacidad utilizó datos manipulados para justificar el recorte, según publicó la propia ACIJ en su portal institucional.

Es en este contexto donde adquiere una dimensión adicional la circulación de estudios presentados de forma sesgada: cuando el Estado abandona a las familias que conviven con el autismo y recorta los apoyos que necesitan, resulta funcional instalar la idea de que el problema tiene nombre de mujer y que la solución está en las decisiones individuales de las madres, no en las políticas públicas ausentes.

Machismo de guardapolvo blanco

Culpar a las mujeres que trabajan por la condición neurológica de sus hijos no es ciencia: es ideología con bata blanca. Es el mismo mecanismo que durante décadas señaló a las madres que trabajaban fuera del hogar como responsables de los problemas emocionales de sus hijos, que culpó a las mujeres que no amamantaron, que patologizó a las que estudian, a las que tienen proyectos propios, a las que no se «sacrifican» en silencio.

La ciencia del neurodesarrollo lleva décadas construyendo una imagen cada vez más compleja del autismo: multicausal, con fuerte base genética, mediada por factores ambientales que incluyen desde la edad paterna hasta la exposición a pesticidas, desde infecciones durante el embarazo hasta complicaciones perinatales. En ese cuadro multifactorial, la ocupación laboral de la madre es, según el propio consenso científico, un factor menor y circunscripto a condiciones de exposición tóxica específicas, no al hecho de trabajar.

Presentarlo de otro modo no es divulgación científica. Es misoginia con estadísticas.

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