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Análisis

Los caramelos y las jugueterías de agosto

El desvirtuado día más esperado por los más pequeños y pequeñas.

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Por Jorge Kreyness

Agosto asoma prometiendo, a sus veintiún días –es decir, en su mayoría de edad– el día del niño, la niña y las niñeces. Así lo han dictaminado señores y señoras entallados en prolijos trajes de adulto en donde, según decreto de la ONU en 1956, todos los países son libres de celebrar tal día, en la fecha que crean más oportuna.

En Argentina fue en el año 1958 cuando se promovió por primera vez la celebración del Día del Niño, como iniciativa de la Cámara Argentina de la Industria del Juguete. Nada menos cierto, o nada más repugnante.

Sin embargo, la efeméride como tal, escapa a tamaña falta de visibilización en torno a las necesidades –y a la falta de voz propia– que tienen aquellos que no consiguen siquiera asomarse a las más encumbradas jugueterías, más que para ofrecer estampitas a cambio de unas monedas. Se aclara de antemano, entonces, que la fecha responde a vacíos consagrados arriba de un impoluto escritorio y que de ninguna manera –quien escribe– responderá a las sendas publicidades de los fabricantes de juguetes importados, ni publicará este veintiuno nada por el estilo, quizás por haber aprendido a jugarse la vida arriba de un carrito de rulemanes.

Dicho esto, hay un pequeño e incisivo artilugio humano que responde a las más gratas de las satisfacciones, y mancomuna, sin efeméride alguna y con absoluta atemporalidad, a quienes han sabido ser alguna vez chicos: los caramelos.

Su origen responde a los médicos de la sumeria antigua, hace más de cuatro mil años. Estos pusieron, en bolsillos de lino, aquellas proto-pastillas de pulpa de fruta, cereales y miel, en pos del alivio digestivo; también servían a los viajantes y mercaderes para soportar los largos trayectos y proveerse de energía rápidamente.

Aunque la misma terquedad imperialista, que vende figuras de acción y cuentos de hadas a dólar juguete, busque de todas maneras posibles occidentalizar la historia, difícilmente consiga borrar del mapa oriental a tal hallazgo. No fue en otro lugar más que en la India donde se incorporó la primera pizca de azúcar a un caramelo. En aquellos lares, aparte de inventarse el primer telégrafo, los botones, el ajedrez, los juegos de cartas, el código binario y la regla, entre otras oportunas cuestiones, se descubrió la caña de azúcar, también llamada “caña de miel”, que en latín la denominaban “canna melis” y que finalmente dio lugar a “caramelo”.

Si el capricho corresponde a determinada edad, se omitirá adrede la industrialización de los pequeños. Un caramelo es un vuelto que pone de rodillas a cualquier tipo de cambio; un regreso a cierto punto de guardapolvos blancos y, en tal sentido, es improbable que los escritorios gocen de tal dulzura. Todo los demás es una historia conocida que, a veces, sabe durar media hora.

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Análisis

La pelota manchada: avatares del juego sucio del Partido Judicial

La columna de Jorge Elbaum.

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El-Argentino-Jorge-Elbaum

Por Jorge Elbaum

Hay muchas maneras de jugar a la pelota. Existe el formato del potrero que se caracteriza por su noción de esquina. En ese deporte, los arcos se disponen con bolsos, con buzos o con zapatillas. Cualquier cosa sirve para imaginar postes verticales que sostendrán travesaños donde se discutirán goles al ángulo.

En ese fulbo de rodillas raspadas con costras y pequeñas hileras de sangre, los goles se suelen teñir de anocheceres y de barrios de luces exiguas. En ese jugo hay decenas de goles porque es un partido sin tiempo preciso de finalización. Quienes participan de los partidos no son jugadores: son hermanos, primos, compañeros o colados insignes.

En esa comarca del tiempo, muchos de nosotrxs aprendimos lo mejor de lo que somos: la amistad, los códigos de solidaridad, la defensa del más débil, el aguante estoico de la derrota, la rebeldía contra los poderosos, la lesión de herida perpetua  y –sobre todo– la admiración por la belleza estilizada e ingrávida de la habilidad psicomotriz.

El-Argentino-Fiscal Luciani-Juez Giménez Uriburu
El fiscal Luciani junto a su compañero de andanzas, el juez Giménez Uriburu.

Ese fue el origen. Pero después sobrevino otra cosa que hoy cotiza en bolsa. Uno que se juega en perimetrales cerrados con líneas de cal precisas, riego semanal y personal de maestranza. Uno que tiene camisetas estampadas que hacen juego con las medias y los pantalones y que rotulan dobles apellidos en la espalda. Una actividad de esparcimiento que se desarrolla con la  lógica de la racionalidad corporativa, en formato de tasas de interés y en vestuarios con sauna y baño turco.

En esos espacios se congregan –con una cuadrícula medida de espacio plano y parejo–, aquellos que vociferan sus grotescas proezas goleadoras, sus mesas de café con servidumbre, su alegato engolado de caza de brujas. Ahí, en la ruta que va desde la mansión a la entrada del country (siempre con aspiración residencial) se escucha el chillido individual, sin eco colectivo, de un grito ganador desfigurado por una dramatización impostada.

Un esmero por fuera del juego: la comprobación de una experiencia de socialización imbricada con el poder. Una mecánica matricial de ganadores y perdedores. Una búsqueda por someter, humillar y destruir al otro. En síntesis: prácticas extrañas a la pasión lúdica de la reciprocidad, la risa, el compañerismo, el festejo y el abrazo.

El-Argentino-La Liverpool-Los Abrojos-Fiscal Luciani-Rodrigo Giménez Uriburu
La Liverpool, el equipo del fiscal Luciani y el juez Giménez Uriburu, en Los Abrojos de Macri.

El fiscal Diego Luciani y el juez Rodrigo Giménez Uriburu ejercitan el rol tribunalicio y lúgubre que alguna vez describió Franz Kafka. La sinrazón convertida en lógica de persecución. La burocracia del hostigamiento dispuesto para anular cualquier desobediencia: la doctrina que permite dictaminar la condena escolástica de cualquier aluvión zoológico. La magistratura regulada para desanimar a los humildes, a los trabajadores, a los precarizados, y a la vez aislarlos y/o separarlos de sus posibles referencias políticas.

En Las Brujas de Salem, Arthur Miller escribe una frase que explica el léxico de un vestuario cómplice conformado por fiscales y jueces cambiemitas: “puede hacerse evidente la necesidad del Diablo como arma. Un arma ideada y utilizada una y otra vez, en toda época, para obligar a los hombres a someterse…” Demonizar para aterrorizar. Estigmatizar para incitar al odio. Mancillar para cosificar y proscribir.

Este es el objetivo de un Grupo de Tareas que toma la posta de los genocidas del último cuarto de siglo pasado. Antes era la tortura y la picana. Hoy los dictámenes en conjunción con titulares de propaganda mediáticos. Esa es la misión regada por dineros corporativos y sugerencias salidas de Embajadas extranjeras. Ese es el cometido de una derecha fascista, unida para impedir –otra vez– la democratización del poder, la riqueza y la renta.

El partido, sin embargo, tiene la duración que todas las revanchas autorizan. Y quienes jugamos alguna vez en los adoquines unidos por el barro prodigioso  –sustancia de la que nació la vida– nunca supimos arrugar en las difíciles. Cuando la busquen a ella tendrán que pasar por sobre nostroxs.

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