Análisis
La violencia machista y los femicidios no retroceden
Desde la gran movilización de «Ni Una Menos», hace ocho años, se registraron más de 2500 femicidios, según el informe que la organización feminista «La Casa del Encuentro” difundió ayer.
Un relevamiento de la organización feminista «La Casa del Encuentro” contabilizó 121 crímenes por motivos de género contra adolescentes de entre 13 y 17 años, desde el 3 de junio de 2015, primera movilización del “Ni una Menos”, impulsada por el femicidio de Chiara Páez, la adolescente de 14 años asesinada en la ciudad santafesina de Rufino.

La organización MuMaLá-Mujeres de la Matria Latinoamericana, también dio a conocer sus cifras de femicidios cometidos durante los últimos ocho años e indicó que hubo 2209 asesinatos contra mujeres.
Según el balance de La Casa del Encuentro, entre junio del 2015 y mayo del 2023 se registró un total de 2554 femicidios, entre ellos 214 vinculados y 58 transfemcidios, los cuales ocasionaron que 2691 hijas e hijos -en su gran mayoría niños y adolescentes- se quedaran sin su madre.
El informe de la organización civil señala que el 61% de las víctimas (1558 casos) fueron asesinadas por sus parejas o exparejas y principalmente en sus propias casas.
A su vez, desde el observatorio indicaron que los distritos con mayores valores absolutos de femicidios fueron la provincia de Buenos Aires (808 casos), Santa Fe (266), Córdoba (199) y Salta (122).
El relevamiento también aseguró que el 26% de las mujeres asesinadas (664 casos) fueron baleadas y que el 21% (536) murieron a causa de heridas de arma blanca, mientras que el 11% (281) presentaban indicios de abuso sexual.
Por su parte, la estadística de La Casa del Encuentro añade que el 15% de las víctimas (383 casos) había realizado una denuncia previa contra su agresor, a la vez que el 5% (128) pertenecía a un pueblo originario y el 3% (76) se encontraba en una situación de presunción de trata.
Además, ese informe señala que el 5% de las asesinadas eran migrantes y otro 3% estaban embarazadas.

La mano de los verdugos
Con respecto a la conducta de los femicidas, el informe indica que el 16% (408 casos) de los agresores se suicidó tras cometer el hecho, que el 6% (153) tenía una medida cautelar en su contra y que otro 6% (153) formaban parte de alguna fuerza de seguridad.
Por otro lado, el informe de La Casa del Encuentro hizo un enfoque particular sobre la edad de las víctimas, en el que precisaron que el 66% de las mujeres fallecidas tenían entre 19 y 50 años (1685 casos), mientras que detallaron minuciosamente los hechos cometidos contra adolescentes de entre 13 y 17 años.
«A 8 años de este crimen realizamos un análisis sobre el rango etario al cual pertenecía Chiara y que consideramos merece una visibilizarían particular. Necesitamos trabajar en la prevención con la efectiva implementación de la ley de Educación Sexual Integral y de manera particular en las primeras relaciones ya que en muchos casos son la puerta de entrada de las violencias a través de lo que denominamos el ‘Amor Romántico’ que inicia en esa etapa de la vida», sintetizaron desde la organización.
Con este enfoque, contabilizaron un total de 121 femicidios, los cuales en más de la mitad (66 casos) fueron perpetrados por parejas o exparejas de las adolescentes fallecidas.
Sobre estos hechos, La Casa del Encuentro resaltó que en un tercio de los hechos las mujeres tenían indicios de haber sido abusadas sexualmente -3 de ellas en una violación grupal- y que 10 de las adolescentes estaban embarazadas.
Además, en cuanto a la edad de los femicidas, afirmaron que 12 asesinos eran menores de edad, mientras que 70 de ellos tenían entre 18 y 32 años.
Análisis
La culpa es nuestra: cómo la ciencia y los medios siguen apuntando a las madres cuando se habla de autismo
Cómo se envidencia en la nota de análisis de Clarin, rara vez se pregunta «¿qué hizo el padre?».
Machismo en la ciencia: el cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia
Un estudio publicado en el British Medical Journal sobre exposición laboral tóxica y autismo fue reencuadrado mediáticamente en clave de culpa materna. Una tradición que la ciencia superó, pero el machismo resiste.
Un estudio reciente de investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins y de la Universidad de Harvard, publicado en el British Medical Journal (The BMJ), analizó 1.702 casos de niños diagnosticados con trastorno del espectro autista (TEA) en Dinamarca entre 1973 y 2012.
Sus conclusiones son técnicas, acotadas y explícitas: las madres que trabajan en entornos con exposición frecuente a sustancias tóxicas (plomo, solventes, gases de escape, derivados de combustibles) o con niveles elevados de estrés laboral crónico tienen mayor probabilidad de tener hijos con TEA. Las profesiones identificadas incluyen transporte terrestre, defensa militar y administración pública.
Lo que el estudio dice, con precisión, es que ciertas condiciones laborales tóxicas afectan el neurodesarrollo fetal. Lo que ciertos medios transmitieron, en cambio, fue otra cosa: que el problema son las profesiones de las madres. Que el problema, una vez más, son ellas.
El regreso de la «madre culpable»: una historia que no termina
La narrativa que conecta al autismo con la conducta materna tiene una historia larga y vergonzosa. A mediados del siglo XX, el psiquiatra Bruno Bettelheim popularizó el concepto de la «madre nevera» (refrigerator mother), según el cual la frialdad emocional de las madres era la causa del autismo en sus hijos. La teoría fue desacreditada décadas después por la propia comunidad científica, pero el daño en miles de familias, y especialmente en miles de mujeres que cargaron durante años con una culpa que no les correspondía, fue irreparable.
Hoy, la ciencia acumulada es contundente en la dirección opuesta. Un estudio financiado por el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de los Estados Unidos (NICHD), que involucró a casi 2 millones de participantes, determinó que los factores genéticos hereditarios representan aproximadamente el 80,8% del riesgo de TEA, mientras que los llamados «efectos parentales maternos» representan entre el 0,4% y el 1,6% del riesgo, una cifra considerada estadísticamente insignificante por los propios autores. Ese mismo estudio advirtió, además, que no analizó los factores paternos, como la edad del padre, que la literatura científica también asocia con el riesgo de autismo.
La entidad Autismo España, en su portal institucional, señala que la investigación apunta a una «tasa aproximada de recurrencia del 20% en las familias» con un componente genético complejo y aún no completamente dilucidado. La organización también documenta que en los últimos años creció el diagnóstico de padres y madres después de que sus hijos fueran diagnosticados, lo que refuerza el peso de la herencia biológica compartida.
Lo que el estudio realmente dice (y lo que el titular omitió)
La investigación publicada en The BMJ no estudia si las madres trabajan o no. Estudia la exposición a agentes tóxicos y el estrés como factores de riesgo ambientales en el desarrollo fetal. La diferencia no es semántica: es política.
Afirmar que «las profesiones de las madres» tienen un «patrón común» en casos de autismo, sin contextualizar que lo que se mide es la exposición a plomo, solventes industriales, gases de escape y estrés crónico, es construir un titular que, deliberada o negligentemente, pone el foco en quién trabaja y no en qué condiciones laborales son toleradas por el Estado y los empleadores. Es trasladar la responsabilidad de una falla sistémica (la falta de regulación de ambientes laborales tóxicos) a las mujeres que los habitan.
Los propios investigadores del estudio son explícitos: el hallazgo requiere «investigar más en profundidad sobre las exposiciones laborales» y su relación con el neurodesarrollo, «usando metodologías que aborden estas exposiciones de manera específica y temporal». Es decir, la conclusión científica apunta a la regulación laboral y a la salud ocupacional, no a la maternidad como variable de riesgo en sí misma.
El doble estándar: padres invisibles, madres sospechosas
El sesgo de género en la investigación científica sobre autismo no es nuevo. La pregunta «¿qué hizo la madre?» estructura buena parte del campo desde sus orígenes, mientras que la pregunta «¿qué hizo el padre?» rara vez se formula con igual insistencia.
Sin embargo, la evidencia científica disponible indica que la edad paterna avanzada es también un factor de riesgo documentado para el TEA, asociado a mutaciones de novo en el esperma. Investigaciones publicadas en la revista Science, con datos de 2.600 familias, identificaron variantes genéticas raras heredadas paternamente como factores relevantes en el espectro autista.
El estudio de The BMJ, significativamente, no analizó las ocupaciones paternas. Esta asimetría metodológica no es neutral: refleja un sesgo histórico en la construcción de las preguntas científicas, que tiende a ver al cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia y al cuerpo paterno como un dato secundario.
Discapacidad en la Era Milei: un gobierno que recorta, criminaliza y señala
La circulación de este tipo de narrativas no ocurre en el vacío. En la Argentina de Javier Milei, el Estado retrocedió de manera sistemática sobre las políticas de discapacidad. La Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), creada para centralizar y garantizar derechos, fue disuelta en diciembre de 2025 mediante el Decreto 942/2025 y reconvertida en una Secretaría de menor rango bajo la órbita del Ministerio de Salud, movimiento que más de 400 organizaciones de personas con discapacidad y de derechos humanos calificaron como un «retroceso al modelo médico-rehabilitador» y un abandono del modelo social de la discapacidad.
El ajuste fue contundente: los $30 mil millones de presupuesto que tenía la ANDIS fueron redirigidos al Tesoro al momento de la disolución, según denunció la diputada peronista Roxana Monzón en la Cámara de Diputados de la Nación. La Justicia federal declaró inconstitucional parte de la reestructuración, pero el Gobierno apeló y, a mayo de 2026, solo reglamentó ocho artículos de la ley de emergencia en discapacidad, dejando diecisiete sin aplicar.
En ese marco, el gobierno impulsó además una nueva normativa presentada bajo el título «Contra el Fraude de Pensiones por Invalidez», que restringe los criterios de acceso a las pensiones y habilita suspensiones preventivas ante cualquier inconsistencia detectada.
Organizaciones como la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) documentaron que el relato oficial sobre el crecimiento «injustificado» de las pensiones por discapacidad utilizó datos manipulados para justificar el recorte, según publicó la propia ACIJ en su portal institucional.
Es en este contexto donde adquiere una dimensión adicional la circulación de estudios presentados de forma sesgada: cuando el Estado abandona a las familias que conviven con el autismo y recorta los apoyos que necesitan, resulta funcional instalar la idea de que el problema tiene nombre de mujer y que la solución está en las decisiones individuales de las madres, no en las políticas públicas ausentes.
Machismo de guardapolvo blanco
Culpar a las mujeres que trabajan por la condición neurológica de sus hijos no es ciencia: es ideología con bata blanca. Es el mismo mecanismo que durante décadas señaló a las madres que trabajaban fuera del hogar como responsables de los problemas emocionales de sus hijos, que culpó a las mujeres que no amamantaron, que patologizó a las que estudian, a las que tienen proyectos propios, a las que no se «sacrifican» en silencio.
La ciencia del neurodesarrollo lleva décadas construyendo una imagen cada vez más compleja del autismo: multicausal, con fuerte base genética, mediada por factores ambientales que incluyen desde la edad paterna hasta la exposición a pesticidas, desde infecciones durante el embarazo hasta complicaciones perinatales. En ese cuadro multifactorial, la ocupación laboral de la madre es, según el propio consenso científico, un factor menor y circunscripto a condiciones de exposición tóxica específicas, no al hecho de trabajar.
Presentarlo de otro modo no es divulgación científica. Es misoginia con estadísticas.
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