CABA
Caballito: continúan las protestas por las obras del Gobierno porteño
La protesta vecinal se desarrolló en cercanías de la zona del Cid Campeador, donde confluyen las avenidas Honorio Pueyrredón y Gaona, en el lugar donde comenzaron la semana pasada los trabajos de construcción del parque lineal que se extenderá por 800 metros con una inversión de $500 millones.
Un grupo de vecinos del barrio de Caballito se movilizó este lunes a la zona de la obra que ejecuta el Gobierno porteño en la avenida Honorio Pueyrredón para manifestar su rechazo al proyecto de la administración local que plantea convertir la mitad de los carriles de la vía de circulación en un parque lineal.
La protesta vecinal se desarrolló en cercanías de la zona del Cid Campeador, donde confluyen las avenidas Honorio Pueyrredón y Gaona, en el lugar donde comenzaron la semana pasada los trabajos de construcción del parque lineal que se extenderá por 800 metros con una inversión de $500 millones.
La presencia de los manifestantes entre las máquinas viales generó la detención de las tareas «por precaución», informaron fuentes del Gobierno de la Ciudad, que indicaron que la intención es retomar el trabajo mañana.
No obstante, los vecinos que se oponen al proyecto afirmaron que la obra no cuenta con el permiso necesario para estar activa, por lo cual exigieron a las autoridades porteñas por la presentación de la documentación necesaria y la detención de la actividad hasta tanto ello ocurra.
El grupo barrial realizó varias protestas en los últimos meses en contra del parque lineal impulsado por la gestión local al considerar que perjudicará el tránsito en la zona tras el cierre de los carriles de Honorio Pueyrredón que van en dirección al norte y que traerá problemas con la carga y descarga para los comercios.
Además, afirmaron que hay una chance para conformar un «verdadero espacio verde y público con suelo absorbente, árboles, juegos infantiles, espacios culturales» en una zona cercana a la actual obra, situada en el terreno ferroviario de la línea de trenes Sarmiento.
Para el Gobierno porteño, el nuevo corredor «sumará árboles y generará una superficie drenante en la zona, lo que mejorará la absorción de agua en los días de lluvia», en tanto que «intervendrá una superficie de más de 40 mil metros cuadrados, se generarán cerca de 10 mil metros cuadrados de espacio verde con vegetación nativa».
CABA
Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo
La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.
Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares
La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.
En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.
Criminalizar la infancia, una respuesta ligera
Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?
- Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
- Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
- Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.
El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.
El fantasma de las redes y la coartada perfecta
La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.
En la Ciudad, docentes vienen denunciando:
- Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
- Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
- Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.
Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.
Protocolos sin comunidad
El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.
Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.
Lo que no se dice
Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:
- ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
- ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
- ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?
La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.
Entre el control y el abandono
El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.
En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.
La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?
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