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Villa Pueyrredón: Arrojan desde un auto el cadáver de un joven con un tiro en el rostro

La víctima aún no identificada de entre 20 y 30 años podría ser un ciudadano de origen peruano, la policía investiga si el día martes hubo algún tiroteo en las cercanías de la General Paz.

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El cadáver de un joven con un disparo en la cara fue arrojado desde un auto en el barrio porteño de Villa Pueyrredón y la justicia procuraba este miércoles determinar la identidad del fallecido, las circunstancias de su muerte y localizar el vehículo desde donde se lo descartó, informaron fuentes policiales.

El hecho sucedió el día martes alrededor de las 20.30, cuando desde un auto de color claro fue arrojado el cuerpo en la calle Condarco y Ezeiza, a 200 metros de la avenida General Paz. El cadáver quedó tendido en la calle, cerca del cordón y entre dos autos estacionados, uno de ellos un taxi.

Si bien en un principio se indicó que la víctima sólo presentaba una serie de cortes, uno de ellos en el cuero cabelludo, fuentes de la investigación aclararon que cuando se le quitó el barbijo negro que llevaba colocado, se observó que también tenía un disparo en un pómulo.

La víctima aún no había sido formalmente identificada, pero una fuente policial indicó que «podría tratarse de un ciudadano de nacionalidad peruana». El hombre asesinado, que aparenta tener entre 20 y 30 años, vestía remera gris de manga larga, pantalón blanco, zapatillas grises y un barbijo negro con el logo de la marca deportiva del basquetbolista Michael Jordan.

Según las primeras pesquisas y un video clave de una cámara de seguridad de la cuadra que registró el momento del descarte del cuerpo, dos hombres serían los ocupantes del automóvil marca Renault Megane color blanco desde donde fue arrojado el cadáver. Los vecinos del lugar fueron los que, frente al hallazgo del cuerpo, dieron aviso a efectivos que se encontraban en el puesto fijo de la Policía de la Ciudad ubicado en calles Curupayti y Condarco.

Efectivos de la comisaría vecinal 12B acudieron al lugar y convocaron una ambulancia del Same, cuyos médicos constataron que el joven ya estaba fallecido. El caso es investigado por la fiscal Laura Belloqui, de la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional 54, quien le dio intervención a los detectives de la División Homicidios de la Policía de la Ciudad.

«Estamos tratando de determinar si de uno u otro lado de la General Paz hubo algún tiroteo o hecho delictivo que pueda estar relacionado con este hombre asesinado. Estamos en plena etapa de investigación», confió un jefe policial.

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Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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