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Leonardo Fariña detenido en allanamiento a «cueva» de Belgrano

El exfinancista condenado por lavado de dinero resultó apresado en un procedimiento en el que se secuestraron cajas y valijas con $500 millones.

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El exfinancista condenado por lavado de dinero Leonardo Fariña fue detenido esta tarde durante un procedimiento realizado por la Aduana y la Policía Federal en una «cueva» del barrio porteño de Belgrano, en donde se secuestraron cajas y valijas con $500 millones.

El operativo forma parte de los procedimientos de control de la comercialización de divisas que se vienen realizando en las últimas semanas.

Fuentes de la investigación señalaron que el allanamiento se realizaba en un departamento de Juramento 1475, a metros de Avenida del Libertador, en la Ciudad de Buenos Aires, donde fue encontrado y detenido el exfinancista, sobre quien pesa una condena a 3 años y seis meses por el delito de lavado de dinero.

En el operativo, se hallaron cajas y valijas con cerca de $500 millones en la «cueva» que los investigadores aseguran era manejada por Fariña.

En los últimos días se realizaron distintos allanamientos en domicilios del microcentro y el Barrio Norte de la ciudad de Buenos Aires que operarían como «cuevas», dentro de una causa que aún no se termina de esclarecer si podría tener vínculos con la que investiga al financista Ivo Rojnica, conocido como «El Croata».

En aquella oportunidad los allanamientos se llevaron a cabo en Esmeralda 1080 y en la avenida Corrientes 345 y 456, informaron fuentes oficiales, que aseguraron que desde esos lugares «coordinaban la suba del dólar blue».

Ese procedimiento fue llevado adelante en forma conjunta por la PFA, la Dirección General de Aduanas-AFIP y el Banco Central.La investigación está a cargo del juez federal Marcelo Martínez De Giorgi, quien ya investiga a Rojnica por manejar una «cueva» en el microcentro porteño, pero se había negado a detenerlo por no existir a su criterio riesgos procesales.

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Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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